jueves, 19 de septiembre de 2013

Fragmentación I (La persona)

  
 Aquel cuerpo formado por diferentes extremidades se había construído con el trancurso lento pero inexorable del tiempo. Desde que era un sencillo embrión, con tan solo nueve semanas de vida ya contaba con unos diminutos brazos y piernas dentro del útero de su madre. En pocos meses había ya terminado su formación intrauterina y había comenzado a vivir en el mundo exterior. Era un ser vivo entero y completamente formado, con sus órganos, cabeza, tronco, brazos y piernas perfectamente constituídos. Pero tuvo, desde el mismo momento es que echó a andar algunas partes de su cuerpecito que no controlaba totalmente su sistema nervioso central. Nada hacía sospechar que este bebé que había comenzado a decir algunas palabras fuera a tener de adulto y, posteriormente en su senectud, graves deficiencias motoras que le llevarían a convertise en un ser mutilado, incompleto y psicológiamente hundido en una esquizofrenia incurable.

   En su infancia aparentaba normalidad aunque ya en el colegio dió muestras de problemas en sus extremidades. Una pierna se negaba a obedecer. Era una especie de rebeldía que ningún médico sabía cual podía ser su verdadero origen. Le hicieron pruebas psicológicas y neurológicas después de largos meses de análisis completados con alguna intervención invasiva. Consistió esta en la aplicación de pequeñas descargas eléctricas, de mucha potencia, cual bombardeo incesante sobre el miembro díscolo, concretamente sobre el nervio principal que dirige como una autopista las instrucciones del cerebro hasta el pie. Los médicos estaban patidifusos: no sabían dar con el mal. Mientras tanto el chiquillo tenía que seguir su educación y, sorprendentemente, la pierna fue dando signos de recuperación hasta que, pasados unos años, volvió a ser fiel al resto del cuerpo. La crisis que nadie se lograba explicar pareció llegar a su fin. Así creció y llegó a su adolescencia.

  Todo era normal e incluso consiguió, tras años de gimnasio y una notable educación física, una potente figura anatómica, musculada, sana y fuerte. Era la admiración del resto de su clase en el instituto. Pero fue por entonces cuando dió muestras de debilidades mentales o, podríamos llamarlas, excitaciones aleatorias, que comenzaron a sembrar la sospecha de que padecía severos transtornos de la personalidad. Sus padres, muy religiosos, tanto que habían sometido al chico desde su más tierna infancia a una educación cristiana profunda, casi preparatoria para entrar al seminario, no entendían su cambio de personalidad. Algunos días voceaba y gritaba palabras sin sentido durante la noche, despertando al vecindario. Dada la religiosidad paterna, llegaron a acudir al exhorcismo, figura absurda que no permite más que la locura inminente de su protagonista.

    No obstante aquellas sesiones que dirigía el padre Piquer consiguieron aplacar a la bestia o, al menos, entender que quien hablaba por él no era satanás, sino él mismo transmutado en otro ser. En definitiva, llegaron a la conclusión de que el problema tenía más que ver con una esquizofrenia incipiente que era necesario tratar. Lo cierto es que el joven dominaba las dos lenguas maternas de sus padres. Por eso no sorprendía a nadie que ahora hablase en un idioma y, al cabo del rato, contestase en otro. Sin embargo era a través del cambio de lengua como cambiaba también de alma, de ser consciente. Esto le sucedía en cualquier momento y situación y sus compañeros de clase lo dieron por desahuciado. Sus escasos amigos fueron desapareciendo y pronto se vió solo, abandonado por los demás, empeorando a pasos agigantados su decrepitud mental. Su familia decidió entonces mandarlo a un sanatorio mental. Allí, con duras técnicas psiquiátricas, consiguieron enderezar su rumbo. Incluso pudo llegar a ser un ser social completo, relacionándose con el resto de su familia y vecinos. Una gran fiesta celebró su reintegración en esa especial sociedad, marcada por la diversidad de nacionalidades.

   Así llegó a la madurez, a la juventud plena y adulta.  Un día de septiembre, finalizando ya el verano, decidió marcharse de casa para empezar una nueva vida con una compañera de viaje a la que había conocido meses atrás. Pero esta relación duró lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Desde los primeros días dió muestra de una brutal e intolerante independencia. Su actitud dictatorial y violenta se exacerbó llegando a los malos tratos. Era una guerra sin cuartel que solo un tratado de paz podía ponerle fin. Una serie de personas hubieron de mediar para que la separación fuese lo menos traumática posible. Ella se quedaba el piso en el que vivían. Eso a él ya no le preocupaba en esos instantes pues la familia disponía de una jugosa herencia familiar que incluía diversas propiedades rurales y urbanas. Después de la muerte de sus progenitores, como hijo único, había heredado un gran patrimonio y no le produjo especial dolor tener que ceder su pequeño apartamento a su compañera. Sin embargo un sentimiento de deterioro, decaimiento y depresión se apoderó de sí mismo. Había sido un ser violento e intolerante, dictatorial, obtuso y el resto de la sociedad le había dado de lado. Estaba solo, terriblemente solo. Fue entonces cuando los problemas de la infancia tomaron unos acontecimientos que ni él mismo podía entender. Su pierna díscola comenzó a propiciarle unos enormes dolores. Su pie derecho no respondía, como si se hubiera rebelado. Fue entonces cuando su brazo izquierdo comenzó a dar las mismas señales de alarma. Parecía como si hubiese sufrido, después de una angustiosa noche de verano, un accidente cerebro-vascular. La pierna y el brazo no respondían, estaban insensibles al dolor, casi la mitad de su cuerpo no obedecía a su mente. Los médicos no vieron en el centro de su sistema límbico nada extraño. Sí, era autoritario y padecía esquizofrenia, pero no había mácula de  ninguna arteria ni vena estropeada por la acción de un coágulo.

   Realmente su pierna y su brazo se habían revelado. Actuaban de manera independiente aunque él no sintiera su actividad. Era en la noche, cuando no estaba consciente, cuando estas se movían, se doblaban de forma inquieta. Nadie se dió cuenta de esta actividad hasta que una noche se despertó muy alarmado y con graves heridas en la cara y tronco. Su brazo izquierdo había comenzado sin que se diera cuenta a apretar el puño y había propinado un terrible puñetazo a su ojo derecho. También había heridas en la pierna izquierda, laceraciones y moratones muy preocupantes.  Asustado, pensaba que alguien en la habitación había entrado y lo había drogado. Alguna banda de desalmados le había hecho esas heridas. Acudió a policía y hospital donde fue atendido pero nada hacía pensar en un robo violento. Nada se habían llevado ni nadie había forzado la puerta de su domicilio. Fue por entonces cuando decidió poner cámaras en su habitación, en realidad en toda el cortijo, que incluía una ganadería taurina y caballar de gran valor.

   Al cabo de poco tiempo, apenas unas semanas, volvió a amanecer antes de hora lleno de golpes. Alterado, antes de llamar a la policía, sudoroso y ensangrentado, pasó a la sala de control y vió horrorizado como sus extremidades eran las causantes del penoso estado en el que se encontraba. Parecía como si de un mal sueño se tratase. Durante semanas no salió de su domicilio, aturdido por lo que había visto. No sabía a quién revelar su secreto, si era obra del maligno o una enfermedad neurológica. En realidad no creía mucho en lo primero porque era ateo, lógico estado después de una educación  extremadamente religiosa. Y pensó racionalmente que era su psique la causante de estas autoagresiones nocturnas. Finalmente decidió salir de su aislamiento y visitar a una panoplia de especialistas. Nadie llegó a una conclusión clara pero lo único que parecían confirmarle todos los médicos era que la amputación podía ser la mejor opción. Era lógico teniendo en cuenta que estas partes de su cuerpo iban por libre, no respondían al centro de gravedad de su mente. Pero se negó en redondo a todos estos dictámenes. Pensaba que algo se podría hacer antes de amputar, algún tratamiento conservador, no invasivo, que permitiese la recuperación de estos miembros díscolos.

   Fue de esta manera como contactó con especialistas foráneos, hasta a China viajó, poniéndose en manos de médicos cuyas prácticas se basaban en un tratamiento quasi mágico. Pensaban que algún problema espiritual lo atormentaba, que algo desde su nacimiento como ser no había funcionado bien y que podía conservar sus extremidades si resolvía su pasado incógnito que era el origen de la disputa. A pesar de no creer mucho en este tipo de magias se entregó con fruición a sus prácticas y, sorpresivamente para él, un cambio espiritual permitió la resolución aparente del problema. Parecía como si su mente había pactado con sus extremidades una acomodación real en su cuerpo. Pero era tan solo una tregua, un paréntesis disfuncional que acabaría por llevar a una ansiada independencia fisiológica. El acuerdo le permitió funcionar como un cuerpo unido, como un ser humano perfecto, creciendo espiritual y emocionalmente. Durante unos cuantos años todo fue bien. Pero, de nuevo, una calurosa noche de otoño regresó a su pesadilla. Una parte de sí mismo pensaba firmemente que lo mejor era amputar para siempre con sus problemas. Separar para poder andar un nuevo camino, una nueva identidad. Pero, por otro lado, su otro yo consciente le decía que si se producía la separación su identidad se vería seriamente alterada: ya no sería él mismo. Incluso se planteaba cambiar de nombre en el registro civil, mientras esos dos apéndices, tan suyos como el resto de su cuerpo, acabarían en el cubo de basura de la historia. La locura se apoderó de su ser completo y, en una ancianidad anticipada, se preparó para liberarse totalmente de la pesada carga.

   Esos díscolos miembros podrían acaso encontrar su camino. Es cierto que ya no tendrían vida real, porque la ruptura de los lazos nerviosos y de los vasos sanguíneos produce la muerte casi al instante, pero lo cierto es que ellos eran los únicos que pedían a gritos su alejamiento definitivo. Dispuestos a todo, como si poseyeran identidad por sí mismos anhelaban de manera insistente su autonomía. Y aunque habían llegado a convivir cordialmente con el todo, no descartaron nunca, en sus más íntimos deseos la independencia total y absoluta. Bien es cierto que no toda su substancia actuaba por igual: la mano era la responsable de todo el problema. Ella era la que decidía moverse pero es cierto que sin el resto nada hubiera sido posible. Llegó a descubrir que la musculatura del antebrazo era favorable a la unidad. Pero esto no le importó a la rebelde mano, que quiso que todo el conjunto se separase. Así, llegó el día tan anhelado por ellos: el día de la operación. Ingresó en el hospital para la amputación menos traumática posible: la quirúrgica. 

  Fue así como sucedió la fragmentación y muerte de nuestro personaje. En la sala de operaciones el corazón comenzó a latir cada vez más deprisa. Ya, en un rincón oscuro y apestoso, las extremidades habían sido separadas y la muerte biológica de estas se había producido: su independencia había sido un rotundo fracaso y no había servido para acallar sus dramas existenciales. Mientras el resto del cuerpo entraba en parada cardiovascular. La muerte, tratada de evitar por los cirujanos, terminó por imponerse. Lo que había comenzado con una anomalía, con una desgracia, su propia existencia, su triste devenir por la historia del mundo, finalizaba definitivamente para siempre. Con el paso del tiempo nadie ya recordó su existencia. Su memoria se perdió para siempre, aunque en varios libros registrales había quedado impreso con letras de fuego su nacimiento y desarrollo. Así terminó todo: en la nada, esa nada que todo lo envuelve cuando todo es nada.

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jueves, 12 de septiembre de 2013

Paco, el buen ladrón

   Nunca dejó de ser él. Siempre, hasta en su lecho de muerte, genio y figura, despuntó por su ingenio, por su brillante forma de golpear a la realidad, muchas veces esquiva y nauseabunda. Su desfachatez, su sentido del humor y su camaradería fueron siempre su santo y seña. Tenía esos brillantes momentos de lucidez cuando planeaba, de manera siempre magistral, toda una panoplia de atracos y delitos. Caía bien entre sus conocidos precisamente por la limpieza de sus actuaciones, era un delincuente común muy querido por todos. Incluso algunos de los que sufrieron sus actuaciones sintieron al final de su vida una enorme satisfacción no por el hecho de que dejara este mundo sino precisamente por el buen trato que siempre dispensó a sus rehenes en aquellos míticos atracos al banco central o al hispano americano. 

   Su nombre real no era Paco, como todos lo concieron. No era más que un alias de su verdadero nombre: Francisco. Pero jamás trató de engañar a nadie, ni siquiera a la policía. Jugaba limpio también con ellos: aunque los humillaba con sus arriesgadas maneras de esquivarlos siempre enviaba una nota de agradecimiento por navidad o semana santa, unos miguelitos de La Roda o una buena fabada asturiana. Y además era generoso: desde su retiro ordenaba a través de terceras y cuartas personas una lluvia de regalos para toda la comisaría. Era querido hasta por los políticos que tenían la obligación de dimitir por sus sonadas fugas, en especial aquella después de asaltar los sótanos del Banco de España. Se jactaba con sus amigos, en alegres tabernas, de ser una buena persona, de repartir, de ser una especie de Robin Hood urbano. Cuando robó su primer camión de dinero, después de repartir gentilmente unos fajos de billetes con los guardias de seguridad, puso el resto del botín directamente en el barrio de la anguila, el más pobre de la ciudad. Fue dejando en los buzones fajos y fajos del dinero. Sólo retuvo mil pesetas para tomarse una buena cerveza acompañada de un suculento guiso de la Juani. Era suficiente para él. Así fue como todo el mundo acabó por quererlo y hasta se llegó a proponer darle el título de hijo de la ciudad y las llaves de la misma aunque el rehusó horas antes de robarlas y dejarlas en la puerta del periódico principal acompañadas de la contabilidad B del partido del gobierno. 

  Jugaba siempre limpio en esos atracos, solo quería el dinero para vivir bien, para que la gente tuviera un poquito de esa felicidad que a diario le hurtaban los amigos de la poltrona. Nunca utilizó armas de fuego, de hecho, nunca las necesitó. Era mucho más sutil que todo eso. Atracaba sin violencia porque cuando entraba en las oficianas todos sabían que era él, Paco, y le abrían amablemente la caja fuerte. Iba de paisano, no se ponía máscaras ni amenazaba a nadie. Simplemente se llevaba lo que otros se habían llevado. No era legal pero al menos era honrado. Es cierto que llegó a acumular un sustancioso patrimonio, eso nunca lo negó, pero con vista a que su familia no pasase hambre cuando llegara su hora de acceder a prisión. Incluso allí hizo amigos y su misión fue siempre como evangélica, trataba de llevar la palabra de la bondad, de una espiritualidad que ni él mismo entendía a los desgraciados que habían caído pasto de la maldad del ser humano. Cuando salía del trullo siempre volvía a su único oficio, el que siempre ejerció desde que tuvo uso de razón. Alguien le preguntó en una ocasión el porqué no buscaba un trabajo honrado y se rehabilitaba para la socidad y el respondió que su trabajo era más honrado que el de muchos cargos a dedo, que medran del presupuesto de todos. Él, al menos, solo medraba del presupuesto de los explotadores, los bancos, las empresas. Era y fue, para todos, un ángel. Una buena persona, un hombre honrado, de los que ya no quedan.

lunes, 9 de septiembre de 2013

La máscara abrasiva

  *Se advierte de que este relato contiene alto contenido sexual.

   Había estado visitando casas de lenocinio desde que su esposa lo dejó, dos años atrás. Poco a poco, como quien estudia las diversas variedades genéticas del ser humano, había conseguido cierta experiencia en la fisonomía femenina. Desde luego para él no era una completa novedad puesto que, si bien no había gozado de la experiencia carnal femenina hasta que conoció a su exmujer, había practicado un onanismo descarnado y salvaje en su juventud aprovechando todo tipo de materiales pornográficos existentes entonces, antes de la era de internet.  Era por tanto ya a sus 40 años recién estrenados una persona versada en la materia. Pero algo indescriptible se fue apoderando de su ser. Después del abandono conyugal por circunstancias que no vienen ahora al caso comenzó a frecuentar las casas de putas más conocidas de la ciudad. Es cierto que no quería acercarse a esos clubs de carretera por una mala experiencia juvenil en la que ni siquiera pudo consumar el acto ante una poderosa prostituta negra. Y es por ello que buscaba en las páginas de contactos del diario local casas, apartamentos y pisos en los que señoritas de la vida ofrecían sus cuerpos por una módica cantidad. Había desarrollado las artes amatorias como nunca hubiera pensado. Hasta era capaz de aguantar el sexo en trío durante varias horas, dejando a las muchachas en un estado de postración que los 50 euros que depositaba no compensaban en modo alguno sus sinsabores. 

    Desde luego, nuestro protagonista se había convertido en todo un experto en las artes amatorias. Se jactaba en su conciliábulo de amigotes, en un bar mugriento y lleno de cucarachas, de ser todo un toro sexualmente hablando. Ellos se daban cuenta del peligroso camino que estaba tomando y le advertían que no derrochara en exceso en putas, que podría verse en la indigencia si seguía así, teniendo en cuenta que tenía que pasar la mitad de su suelo a su exmujer y que debía pagar el alquiler de su buhardilla más la hipoteca del domicilio conyugal en el que cohabitó durante más de una década. En realidad estaba tieso. Había días en los que no comía prácticamente nada. Acudía a hospitales  y hogares del pensionista para comer por 3 euros matando el hambre el resto del día con chucherías que compraba, cual colegial, en los quioscos del barrio. No obstante siempre reservaba parte de sus escasos emolumentos sobrantes para acudir a todas las casas de citas que pudiera costearse. Fue así como acabó en la completa ruína e indigencia, llegando a rebuscar de manera vergonzante en contenedores de basura, frutas y verduras deshechadas por tiendas y ciudadanos. Así trataba de seguir aguantando hasta que algo o alguien lo sacara del atolladero.

    Pero una fuerza que era superior a su voluntad lo impulsaba más y más a experimentar en lo sexual. Cada semana eran tres los días que buscaba sexo fácil en las páginas de la prensa. Cuando la economía se le echaba encima buscó la prostitución callejera, menos sutil pero más económica. Lo hacía con mujeres sin dientes, enfermas de alcoholismo y sida, mujeres de toda raza y volumetría, embarazadas, negras, obesas y hasta con travestis. No se avergonzaba de ello ya que sostenía que en realidad él pensaba en una mujer, que de hecho los travestis lo eran salvo por la sorpresa que escondían ahí abajo y que, en todo caso, pasaba desapercibida. Ello no le causó remordimientos puesto que ya había sido un sodomita desde que comenzó las relaciones con su novia, después esposa y  por lo tanto no le importaba tanto el agujero como la seguridad de saber que estaba con una tía. O que al menos lo aparentase y, desde luego, aseguraba, los travestis eran unas mujeronas impresionantes.

  No le importaba el aspecto ni la condición del material humano con el que estaba obsesionado: ahora debía conformarse con lo que su inexistente presupuesto no le iba permitiendo. Cayó en una espiral quasi demoníaca, solo pensaba en el sexo fácil y comenzó a buscarlo a diario. Se diría que estaba cayendo en una enorme adicción pero él, lejos de ser consciente de ello, continuaba como si de una rutina diaria se tratase, como si se lavase los dientes, costumbre que no solía practicar habitualmente  o como si viera la tele o  se echara a dormir impunemente en cualquier butacón de su triste buhardilla.

   En realidad un día del mes de enero, frío y desangelado, le sobrevino la muerte. Era finales de mes y su saldo estaba ya en números rojos. Verdaderamente desde hacía meses siempre lo estaba. Ni siquiera la tarjeta de crédito que otrora le ofertaba hasta 3000 euros para gastar alegremente vomitaba papel de ninguna clase en el cajero de la esquina. Sus deudas eran ya enormes y el saldo se le había acabado. Pero necesitaba sexo. Pero ya no se conformaba con cualquier cosa. Necesitaba algo muy potente porque, como suele suceder a los adictos en su espiral endiablada de urgencias, cuanto peor mejor. Y cuando el dinero se le acababa y menos días de sexo podía permitirse, la ansiedad lo llevaba a buscar desesperadamente cualquier cosa. 

  Fue así como, buscando en un contenedor próximo a un sex-shop de la ciudad dió con una caja que, aparentemente sin abrir, alguien que la había adquirido en la tienda de perversión había arrojado a la basura.  En su interior contenía, según referencia, una máscara de cuero de las que se venden a los sadomasoquistas, con  aberturas para los ojos y cremalleras por doquier, por supuesto una muy ancha en la boca. No comprendía como alguien se podía haber gastado 100 euros ( eso marcaba el cartón) y haberlo arrojado al cubo de basura sin haberle dado uso. Pero el no sabía todavía, en ese momento, que algo diabólico, un espíritu maligno que había tenido una muerte traumática era el responsable del contenido de esa caja. 

  Sin saberlo la recogió y se la llevó a su casa. Sin cenar, hambriento pero con una gran voluntad de no dejar esperar ni un segundo más de su existencia para probar algo nuevo, algo que le atraía de una manera terrible, como atrae un plato de sopa al mendigo que lleva sin comer dos días se apostó delante del espejo más grande que tenía en su casa para verse desnudo, todo su cuerpo piloso y fláccido a la vista, con la máscara puesta. 

  Al principio le resultó gracioso pero enseguida encontró su potencial erótico. Comenzó sin pensárselo a masturbarse compulsivamente. Abria y cerraba la cremallera de la máscara negra de cuero. El olor a dicho material, su lengua entrando  y saliendo y sus fuertes fricciones fueron incrementando su potencia sexual hasta que eyaculó poniendo el cristal perdido de semen. A continuación, extenuado, sin quitarse su disfraz, se dejó caer en el catre lleno de moho en el que, de vez en cuando, dormía. Sin embargo, cuando a punto estaba de quedarse dormido, un picor tremendo en la cabeza y cara empezó a molestarle. Primero no le dió mucha importancia, rascándose la nueva piel de cuero que había adoptado. Pero pocos segundos después notó un recalentamiento del cuero del que desconocía su origen. Rápidamente, para evitar posibles daños, trató de quitarse la máscara abriendo la enorme cremallera que la cerraba por su nuca. Pero esta estaba atascada. No entendía porqué le estaba sucediendo aquella desgracia. Su cara estaba empezando a quemarse, cada vez con mayor intensidad.

 Loco de furia intentó arrancarse la máscara por las bravas, sin abrir la cremallera, pero resultaba imposible. La máscara había alcanzado ya el punto de ebullición y su cara había empezado a convertise en un remedo de cera goteando cuando es calentada. Los alaridos y aullidos de dolor se escucharon en la vecindad que, lógicamente, salío a las escaleras alarmada. Varios vecinos traquetearon su puerta mientras que él seguía suplicando, clamando y gritando los más variopintos insultos que le venían a la mente. Pero todo esto no duró más que unos minutos porque su piel había desaparecido. 

   El cuero derretido se había adherido a la carne y así murió nuestro protagonista, derrotado por una máscara abrasiva que encontró en la basura. Cuando la policía lo encontró y los forenses actuaron pensaron que el individuo había puesto ácido en la máscara y que este era el responsable de la brutalidad que se encontraron en la mesa de disección. Pero no era así. Ese fue el informe oficial que todo el mundo leyó: su exmujer y sus examigos. En realidad la máscara abrasiva era un engaño del demonio, una perversión ideada por el maligno que había encontrado una víctima propicia para engrosar su desalmado proyecto. En realidad había caído en manos de lucifer mucho antes, el día después que pegó a su mujer y esta no lo denunció a la policía pero le puso de patitas en  la calle, ese día en que arrastrado por el odio y la concupiscencia, había acabado la noche durmiendo en un antro de la Calle de los Turcos rodeado de oprobio y desgracia.

imagen: fotolog.com

sábado, 7 de septiembre de 2013

Azufaifo García





 Hombre peculiar desde el momento que su madre lo parió, quedó para siempre estigmatizado por la fragancia implacable y gélida de un nombre que se encontró en la cara cuando llegó al colegio. Allí advirtió por vez primera la vergüenza de llamarse así y el odio hacia sus padres por haberle torturado para toda su existencia con tamaño despropósito. En realidad era un venganza (eso creía él) de su madre, que tuvo un embarazo terrible, con sangrados constantes y siete meses de reposo casi absoluto. Además, según alegremente, como no puede ser de otra manera cuando una madre refiere al hijo sus primeros meses de existencia, relataba ella, Azufaifo era un feto de lo más movido. No se estaba quieto en el vientre materno y el útero de su madre bien pudo haber sido una enorme pelota golpeada constantemente desde dentro: ni de noche ni por el día descansaba el feto, señal de su futuro insomnio crónico. Quizás por esta tortura a la que sometió a su madre pudo ella decidir castigar al pequeño con un nombre tan ridículo. Pero no eran más que disquisiciones del chico.

  La excusa propicia de la madre era que uno de sus antojos más acuciantes durante la gestación fue la ingesta casi diaria, podríamos decir que compulsiva, del fruto conocido en  la comarca como jínjol. Se trata de un pequeño fruto del tamaño de una aceituna grande con sabor a manzana pero más dulce, en ocasiones de textura harinosa y piel marrón oscura cuando está maduro, generalmente muy duro. El árbol que produce esta fruta que por otros lares es conocido también como Jujube pertenece a la familia de las ramnáceas de origen asiático. El fruto del árbol es la azufaifa o azofaifa conocida como decíamos con jínjol. Pero a la buena mujer no se le había ocurrido otra cosa, con la aquiescencia del progenitor, de ponerle al chaval ese nombre tan estrafalario y curioso.

 Entre unas cosas y otras en Azufaifo se había quedado y las dudas siempre lo atormentaron. No sabía bien el porqué de ese castigo tan brutal, de esa marca, como si de una res se tratase, que pasearía por el mundo durante su existencia. Por supuesto este era su sentir. Que duda cabe que para el resto de la familia, padres  y hermanos, era un digno nombre, a la altura de la alcurnia que pretendía haber tenido la familia.

   La historia del antojo no le acababa de convencer. -Es como si a un hijo lo llamas hamburguesa por haber tenido antojos de hamburguesa, mama, le decía él ( nótese el mama en vez del mamá, reflejo de la vulgaridad de Azufaifo desde su tierna infancia). Siguió preguntando e inquiriendo cual pequeño detective a toda su familia, preguntaba a tíos y primos y hasta una pequeña encuesta llegó a hacer cuando tuvo conciencia de lo que era en el vecindario, en su modesto edificio. 

  Las vecinas más ancianas le trataban de consolar con la vergüenza de sus nombres. La anciana viuda mujer del tercero, una mujer de ojillos pequeños y lúcidos le dijo, la primera vez que le hizo la pregunta que no se molestara en preguntar. Ella se llamaba Aurea, es decir, hecha de oro y  que era un nombre que había odiado desde siempre por su ridiculez. Pero lo aceptaba porque sus padres así lo habían querido. En aquella época, decía la venerable anciana, se ponía el nombre del santo del día, aseguraba.

 -Fíjate en el santoral de tu fecha de nacimiento, Quizás hubiera sido peor. Rápidamente bajó hacia su apartamento e intentando leer el santoral del 11 de diciembre, todavía sin entender muy bien las letras, observó que ese día el santo era San Dámaso. Pues no está tan mal, pensó. Al menos es un santo, pero llamarse como un fruto es una vergüenza.

   Y bien cierto que al principio lo pasó verdaderamente mal. En la guardería y después en el colegio ya los niños se burlaban de su nombre haciendo odiosas comparaciones. Él no tuvo más remedio que recurrir a la violencia física ya que la verbal todavía no la tenía bien desarrollada. Así comenzó su carrera de daño y maldad que, durante su vida adulta, infringió impunemente a casi todas las personas que le rodearon. Cuando su madre ( en realidad la única que le educó en su casa por las ausencias de su padre) le preguntaba tirándole de las orejas que porqué se pegaba con los niños él respondía que la culpa era suya, que le había puesto un nombre tonto.

  Como no encontraba respuestas el pequeño Azufaifo se fue haciendo cada vez más huraño. Se convirtió en poco tiempo en una personita cruel. Le gustaba coger ranas e ir diseccionando con un cuchillito muy afilado, cual bisturí casero al pobre animal. Empezaba por extirparle las ancas, dejándolas minusválidas. Después las volvía a tirar a las acequias que poblaban los alrededores del pueblo. Con las arañas disfrutaba también dejándolas sin extremidades. Años después, cuando tuvo que inflingir un daño bestial a una persona que no pagaba sus deudas seccionó tranquilamente el meñique del susodicho para enviarlo a su dirección en búsqueda de un pronto pago para sus clientes. No era el único animal al que maltrataba, también descargaba su ira, como ya hiciera el rey ruso Iván el terrible, con gatos y perros. Pero si en el caso del monarca era una clara enfermedad mental, en su caso era por placer, una satisfacción oculta que aliviaba su  desdicha.

   A los primeros gustaba  lanzarlos desde la azotea a la calle en el preciso momento en que el vendedor de arrope pasaba con su bicicleta o cuando el afilador, con su sonido inconfundible de harmónica descendente y ascendente hacía su aparición. Tenía especial fijación con estos pobres vendedores ambulantes y con las viejas que casi no podían subir la costana con el carro de la compra. Una vez a punto estuvo de matar a una vecina de enfrente que llevaba marcapasos. La buena mujer, al ver caer espachurrado al pobre animal, en ocasiones previamente inflado con una bomba de bicicleta introducida por su ano, pegó tal alarido que cayó desmayada al suelo. 

  Lo cierto es que más que gato parecía un globo amorfo al que salían las tripas por la boca. La escena, el gato reventado, hicieron ya famoso al pequeño Azufaifo en todo el barrio. ¿Quién será el sicópata que hace estas aberraciones?, se preguntaban en los bares. Y pronto tuvieron respuesta: Azufaifo, el de la Toñi. Que si estaba loco, que si era un sinvergüenza. Mala prensa con tan solo 6 años de edad. Con los perros también se deleitaba. A uno pequeño, que asemejaba una rata, trató de extraerle los dientes con unas tenazas. El pequeño animal ladraba y lloraba de dolor y después de quitarle los incisivos lo dejó salir por sorpresa del descansillo de la escalera y, cual alma que lleva al diablo, cruzó la calle a tal velocidad, la cara hinchada y embadurnada de sangre que murió estrellado contra el muro de enfrente, después de haber sembrado el pánico entre los conductores que, frenando en seco, provocaron un choque por alcance en el que se involucraron 5 autos. En estas y otras distracciones mataba su tiempo. La escuela no le interesaba  y ya desde pequeño se escapaba sigilosamente para hacer sus macabras travesuras.

   Así iba trancurriendo la vida del niño Azufaifo que, por mor de un desgraciado nombre se convertiría en un energúmeno impresentable. Y atormetaría a las buenas gentes de su localidad, esas gentes tranquilas y ufanas, con nombres tranquilos y corrientes, sencillos, gratos al oído, sin mácula de una pérfida ridiculez. Los Paco, Pepe o Javier de toda la vida. Nombres inócuos en todo caso, nombres habituales pero que hacían pasar desapercibidas sus vidas, insulsas, indoloras e inodoras, como el agua pura y aburrida de un manantial.

jueves, 29 de agosto de 2013

La velocidad de la luz

Para Manuela García, que me trajo a donde estoy
   

   Mariela vivía en un túnel de oscuridad perpétua. Había nacido normal, tenía una visión y audición que no hacían prever, en principio, que poseyera el gen autonómico recesivo que provoca la desagradable enfermedad genética que el médico escocés Usher describió en el siglo XX y que se caracteriza por aunar una sordera incipiente con una ceguera progresiva, conocida como Retinosis Pigmentaria. 

   Sin embargo desde su más tierna infancia  tenía que acercarse a la pizarra a copiar lo que la monja Doña Julia escribía en el encerado con el cabreo consiguiente de la desalmada religiosa. Esa dureza la atormentaba y, cuando llegaba a casa, insistía una y otra vez en que le costaba ver la pizarra desde el fondo del aula. A pesar de esa pronta dificultad para ver bien no tuvo gafas hasta los 16 años, cuando sus padres, analfabetos en un pueblo del interior de la España profunda, decidieron acercarse a la capital de la provincia a que un médico viera a la chiquilla. Gafas graduadas, miopía. Ese fue el primer diagnóstico y el primer tratamiento para una enfermedad que no espera a nadie y se desarrolla paulatinamente, en silencio, sin avisar, hasta la total oscuridad y silencio.

    Cuando fue consciente de su enfermedad los años perdidos ya no podían regresar y las dificultades de aprendizaje habían hecho mella en su espíritu. Era un ser incompleto, incapaz de salir a  la vida con total seguridad. Quizás por eso resultó ser que la familia la había destinado para vestir santos. Cuidaría de la anciana que todavía era viuda joven, ella sola, sin ayuda de sus hermanos. Pero un día todo comenzó a correr como la velocidad de la luz, como esa luz que perdía por meses, por semanas y días, que se le escurría de las manos, mientras un hálito de sonido escapaba de sus oídos. Su vida pasaba rápido, debía acelerarla   y por eso encontró lo que buscaba, su liberación, abandonarse al mundo, salir a la calle, sin transporte, sin carnet, ofreciéndose al primer amor que la respetara como era y que la ayudara a salir del agujero al que se avecinaba a esa endiablada velocidad. 

   La dura y triste realidad la llevó a convertirse en itinerante y en interina. Necesitaba atrapar las imágenes y sonidos que el diabólico gen recesivo le trataba de arrebatar cruelmente. Decidió proseguir pese a las atávicas dificultades, que habían conseguido momificar a varios antepasados suyos en vida. Visitó los  lugares más remotos de su bella patria, escuchó las melodías más dulces que ofrece la naturaleza, la caída de una cascada, el aullido de un lobo, el chirrido de los grillos. También quería ver y aprehender las imágenes de las más bellas ciudades de Europa y sus característicos sonidos. Y conocer a mucha gente para verles el rostro, definirlos en su mente y grabar como si de un autómata fuera sus voces, sus tonos y sonidos naturales. Así transcurrió la vida, a toda velocidad, sin pausa y con prisa.

miércoles, 28 de agosto de 2013

La decisión de P.D.

   Aquella mañana de primavera había sido muy nubosa desde las primeras horas del día. Nada más despuntar el alba percibió desde la autovía que iba a ser un día lluvioso. Pero eso a él poco le importaba. P.D. estaba material y moralmente arruinado. Su vida había dado un vuelco completo en su mente y pensaba con razones fundadas que ese proyecto tan acariciado y deseado estaba pronto a su consecución y, sin embargo, había comprobado de manera fehaciente que nada de eso era ya posible. Todos sus pequeños sueños, ingénuos quizás, eran papel mojado. Tan mojado como las pruebas, los documentos que ante toda la sociedad habían dejado constancia de un proyecto que se acababa de desmoronar.

   No tuvo el valor ni la hombría suficientes para asumirlo. Sin pensárselo dos veces y, a la  vista de aquella construcción metálica, la más grande de su país, giró el automóvil por una carretera secundaria. Buscando el rojo metálico que distinguía aquel ingenio de las comunicaciones torció a la derecha y llegó al camino que ascendía hacia él. Era una rampa con poca inclinación y el camino estaba empedrado como del siglo XVI pero conforme se acercaba a su objetivo el camino se hacía cada vez más intransitable. Estratagemas del amigo americano que levantó la torre, pensó él. Comenzó a llover una fina capa de agua que parecía el rocío de la noche pulverizado por el aire. Pronto se dió cuenta de su desesperación y todo su fracaso volvió a su imaginación. Detuvo el vehículo cuando un gran portón metálico prohibía expresamente el paso a todo personal no militar. No había nadie en la garita pero decidió dar la vuelta descendiendo hasta un solar que había a la derecha de la carretera que llevaba al pueblo del Monte Sinaí.

    Allí se derrumbó definitivamente. Las lágrimas acudieron a sus ojos, sus sentimientos afloraron en un mar de frustración y decepción.  La meteorología facilitaba las cosas: bajó del coche y, llorando, golpeó a patadas la fina hierba y las gruesas matas resecas del lugar mientras el agua comenzaba a calar en su pelo, más largo de lo habitual por  aquellas fechas. Pronto estaría mojado por completo si no regresaba pero nada le importaba ya.  Era Abril y las aguas calaban su cuerpo anunciando una despreocupación total y absoluta por seguir viviendo. ¿Tenía sentido?. Para P.D. la asunción del fracaso absoluto, de ese monte acantilado imaginario que había construído en su imaginación y nada más que en su imaginación a pesar de que durante meses creyó firmemente que no estaba solo en el proyecto, no dejaban lugar a la esperanza. El agua se mezclaba con sus lágrimas desconsoladas. Un coche pasó al lado del solar y lo miró, pero para P.D. es como si el coche no estuviera ahí o como si fuera un autómata el que lo conducía, como esos autómatas de los relojes del siglo XVII.

   Ahora ya nada le importaba: ni su familia, ni sus amigos, ni el proyecto que se había derrumbado. Solo pensaba en la forma más adecuada de poner fin a su existencia. Y, obviamente, pensó en la localidad en la que residía, una ciudad mediana surcada por un río caudaloso pero que permitía, al atravesar uno de sus dos puentes, lanzarse al vacío y terminar sin dolor con todo el sufrimiento. Quedó convencido de ello tras descargar toda la adrenalina. Como testigos de su decisión estaba la torre yankee otrora, el solar reseco y la lluvia que empezaba a escampar. La suerte estaba echada, su plan se llevaría a cabo en pocos días, desaparecer sin dejar rastro, era un suicidio aparente, sin cuerpo. El río se encargaría de ello o eso pensaba él en ese momento de crecidas. Subió al coche todavía con las lágrimas derramándose. Apretó los dientes y encendió el motor. Puso la radio. Sonaba un tema brutal de Nirvana. Eso le dió fuerzas para ponerse en marcha y llegar a su hogar. Ahora solo faltaba poner en marcha el diabólico plan que lo condenaría al infierno para la eternidad, por un proyecto que él creyó sólido, consolidado, pero que jamás podría realizarse.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Memoria de mis lecturas

   Me gusta leer, pero reconozco que, en mi casa, me cuesta avanzar en las lecturas. Igual me pasaba con los estudios. Tuve que tener una fuerza de voluntad extraordinaria para poder acabar mis estudios superiores, fui perezoso, iba poco a la facultad y leía por obligación. Nada o casi nada de novela, solo los libros exigidos por los catedráticos. Después, al acabar la  universidad, descubrí con asombro que no había leído prácticamente nada, a excepción del Quijote, entero, otra vez por obligación. Aunque hay que decir en honor a la verdad que tampoco sabía mucho de Historia, solo algo de contemporánea y muy poco de historia del arte. Había hecho un viaje a Salamanca en segundo curso, uno de esos viajes que se organizan entre compinches para un fin de semana. Y salió bien: bebimos lo habido y por haber. A pesar de que estaba con mis habituales dosis de antibióticos, por la garganta. Pues en la señorial y monumental ciudad helmántica no vi nada. Tampoco me interesó en exceso. La catedral la atravesé como se pasa uno por una calle comercial, mirando a derecha e izquierda sin pararme en nada. Pues así con todo.  

   La preparación de la oposición me descubrió un mundo nuevo. Tenía que leer mucho más porque si no sería un completo mastuerzo en arte, en geografía y en historia. Poco a poco empecé a ver láminas con esculturas, arquitecturas y pinturas que desconocía. Y empecé a valorar todo eso quizás porque me di cuenta del enorme esfuerzo que para mi suponía tener que aprender tantos detalles, tanta información, algo que jamás había hecho, ni siquiera en los exámenes más duros de la facultad. Por eso mi nota media en la carrera de Historia fue mediocre, un bien, nada de notables y sobresalientes,a excepción de un puñado de nueves y dieces, uno de ellos en clamoroso chanchullo, copiando literalmente, a manual abierto. Pero no tenía mucha importancia. Sabía que no era correcto, pero no sentí remordimientos por tratarse de una asignatura de las llamadas "marías". El caso es que cuando acudí a la academia EPO tuve a mi abasto un mundo nuevo. Fue como hacer tres carreras en una, en períodos cortos, de 5 o 6 meses, hasta los temidos exámenes de Julio. Ahí descubrí mi verdadera vocación y empecé a leer compulsivamente, especialmente los veranos, en la playa, en plazas y plazuelas, en bares y cafeterías, en el autobús, cuando iba de  la capital  al pueblo o del pueblo a la capital. Necesitaba leer pero no cualquier cosa: quería leer los clásicos, especialmente los del XIX, el siglo de la novela: los Flauvert, Dostoyevski, Hugo, Pérez Galdós...porque, ¿de qué vale leer novela actual, best-sellers, si no tienes en tu haber esas grandes novelas: crimen y castigo, la educación sentimental. 

  Fue por esa época cuando empecé a acumular libros que no podía leer en breve. Siempre esperaba a otra época para meterles mano. Pero siempre me costaba leer en casa. Necesitaba ( y necesito) espacios en los que no tenga nada que hacer porque no esté en mi casa haciendo algo: esperando para entrar al médico, lugar de visita frecuente por mis habituales achaques o, a veces, incluso, en las bibliotecas, que es el peor lugar para leer si vives en un pueblo. Poco dura tu paz y sosiego porque entra algún conocido y te habla: vamos al bar y adiós lecturas. Esos rincones tenían que ser públicos. Me vi leyendo la excepcional novela de Pío Baroja El árbol de la ciencia en la Placeta de San Juan de Dios. Ese verano devoré a Don Pío, su trilogía la lucha por la vida, la busca en ese lugar, por las tardes, después de que el radiante sol desapareciera volvía y retornaba a esa ruidosa plaza cercana a Campoamor, llena de niños y niñeras, de madres y abuelas, me sentaba en un banco libre y leía y leía, también de vez en cuando ojeaba al personal ( femenino, se entiende) pero no era esa mi motivación. Mi interés es que en esos lugares podía leer a ojo suelto....sin ataduras. En mi casa siempre había algo que me distraía y me lo impedía. Creo que si algún día tengo cáncer de piel la culpa será de las lecturas, porque la playa, en verano, era simplemente una excusa para leer. En las breves pausas en que mi cerviz se enderezaba, entre bikini y bikini, bebía limonada u otro refresco. Iba solo al Postiguet y al Pinet, playa virgen con pequeñas casitas otrora de pescadores, ahora ilegales legalizadas con el paso de las décadas por desidia administrativa. Iba a leer, solo, al lugar donde menos gente hubiese, en el centro de la playa, entre restaurantes.

     Y así, cuando acabé las oposiciones y conseguí mi primer trabajo en Benlliure, en Valencia, podía pasear por las tardes por la ribera vieja del Turia y sentarme en una sombra a leer. O en Marqués del Turia, o en la Plaza en donde se asienta ese neptuno agigantado, cercana a una de mis librerías favoritas, la París-Valencia, de donde siempre salía cargado con libros en busca del lugar donde había dejado el coche. En definitiva leía y compraba, compraba y leía y sigo y seguiré leyendo hasta que la vista me alcance. Lo más importante en la vida, a parte de leer y sumergirse en nuevos mundos a través de los grandes de la literatura, es la voluntad de conocer y de querer seguir conociendo y leyendo. Según mi teoría, una persona que deja de estar interesada en aprender nuevas cosas, en leer nuevas historias o repetidas ( sana costumbre), está perdiendo su vida. Vamos, que está muriendo poco a poco por dentro. Puede ser por mi deformación profesional de profesor, deseoso siempre de aprender y poder transmitir a mis alumnos algo de lo que ya he aprendido yo.  


    Es así como concibo la vida ahora, y como me doy cuenta de que nadie tiene su vida marcada de antemano, la puede cambiar, la puede mejorar (o empeorar) con sus lecturas o, sencillamente, como hacen la mayoría de los españoles, no leyendo o mintiendo en lo que  leen, quizás en un afán de esnobismo trasnochado. No hay que despreciar a nadie por su trayectoria, esta siempre puede ser modificada. Aun recuerdo a mi profesora de Inglés de Séptimo curso de EGB cuando me espetó que nunca llegaría a nada, por vago y por mi letra, que era horrorosa. Tenía razón en las dos cosas, no así en la primera parte de su aseveración. Ahora soy profesor y escribo en la pizarra bastante claro, quizás mejor que ella.

    Y si soy lo que soy es por un esfuerzo brutal, por un sacar fuerzas de donde no las había ni nunca las había habido. Pero salieron, por arte de magia o por narices, por cabezonería y por un placer nunca confesado por el saber que aprendí a apreciar. Por mi parte continuaré siempre buscando esos lugares, seguiré quemándome en la playa, buscando bancos, citas con el médico,tiempos perdidos en apariencia para acabar de leer todo lo que nunca podré leer en lo que me quede de vida. Esos lugares mágicos y tan al alcance de todos, todo por pereza, por esa pereza que da el propio hogar.

La carta -II-

   No se porqué estoy escribiendo todo esto en mi libreta moleskine. La verdad es que ya todo me suda la polla. Hice lo que hice y ahora solo quiero salir de este pudridero que es mi piso. Pero tengo que ocultar el cuerpo. Lo primero que tengo que hacer es salir cuando sea de noche y deshacerme del muñeco. Si, ahora lo veo: escribo todo esto para tranquilizarme.  Obviamente cuando acabe todo el proceso destruiré este escrito para que nadie lo vea. Lo más importante ahora es dejarlo todo como estaba antes, ya limpié el piso y ahora tengo un cadáver en la bañera con el cráneo destrozado. El olor es insoportable. ¿Cómo me desharé de la hija de puta esta?. 
   Existen varias posibilidades pero no todas están a mi alcance. Además el tiempo es oro porque su madre pronto la echará de menos. Alguna amiga...puede llamar a casa aunque he desconectado el teléfono. Pueden sospechar....me llamarán a ver dónde estoy yo...!!Dios mío, porqué pones tantas dificultades a los que hacemos justicia¡¡.  Tengo que hacerlo muy rápido...la  puedo triturar, pero ¿cómo?...no,no, eso no puede ser. Deshacerla en ácido...pero si no tengo ácido, solo una botella de salfumán para los desatascos. El emparedamiento es inviable...ni yo soy albañil ni tengo material ni puedo hacer ruido. Yo solo soy un triste juntador de letras que se gana la vida de mala manera. Jamás conseguí aprobar esas asquerosas oposiciones, lo más que he hecho en serio es escribir algún artículo en la prensa local a cincuenta céntimos. Ni para pipas. Pero era luchador...buscaba lo que hiciese falta, menos en la  obra, he sido corredor de seguros, he vendido hasta casas en una triste inmobiliaria que jamás me dió de alta. ¿Pero porqué escribo ahora esto, a quién coño le importa todo lo que yo he hecho?. 

   Tengo que pensar más rápido que lo que escribo. He descartado varias opciones. Creo que lo más sencillo será cortarla en pedacitos, si y después, jajaja, que gran venganza sería, enviar hamburguesas a la casa del cabrón de su amante o colárselas en la compra para que así se la comiera de verdad. Pero tengo que dejar de desvariar. A ver que tengo por la casa. Voy a mirar en los cajones. Tengo un cuchillo de sierra para cortar el pan. Con las bolsas de plástico puedo bajarlas al maletero esta noche y llevarlas a algún vertedero de la zona o enterrarlas. Pero tengo que hacerlo ya. Voy a entrar al baño y ahora sigo escribiendo...No he podido aguantar el pútrido olor y la escena dantesca de la bañera. Vengo descompuesto y he tenido que vomitar en el fregadero de la cocina. Creo que deberé buscar algún tipo de trapo que puesto de parapeto en mi cara haga de mascarilla. Primero cogeré todo el fixo y lo voy a envolver a mi nariz y boca, pero antes perfumaré el pañuelo o los pañuelos, meteré un buen mogollón para poder volver a entrar, cuchillo en mano para serrar los huesos más importantes. 

   Ya me he enarbolado en la cabeza todo el aparataje necesario, parece que funciona, he entrado en el baño y no olía muy mal, porque había puesto perfume de jazmin a los trapos que me hacen de máscarilla. Voy a proceder a serrar esa amalgama descomupuesta. El muñeco, depués de desvestirlo tiene un aspecto aterrador. Está todas las piernas y el vientre morados, como negros, y  el resto de un blancor resplandeciente. No se a que se debe, pero se ven como cicatrices en la piel. Puajjjj. Es muy asqueroso. Voy a empezar a serrar por la cabeza. No quiero ver ese rostro que parece que me sigue mirando. Intentaré sacar el cráneo rápido para poder descansar y seguir después un poco más. Ya he serrado la cabeza y la he metido en la primera bolsa negra. Ahora acabo de descubrir que solo quedan 5 bolsas de basura. ¿Cábrá todo el cuerpo ahí?. Lo dudo.

martes, 20 de agosto de 2013

La carta -I-





Buenos días, tardes o noches, no se muy bien que hora es puesto que llevo dos días encerrado en mi casa con las persianas bajadas. El único reloj que llevaba en la muñeca izquierda se cayó al suelo hace como un mes y no ha vuelto a funcionar. El resto de aparatos móviles y ordenadores los he inutilizado a propósito para que nadie me pueda localizar. Creo que voy a buscar el momento propicio para salir. Mejor por la noche. Escaparé de mi casa porque el hedor a cadáver es ya insoportable. Mirando por la mirilla de la puerta principal del tercer piso de la calle Hospital podré saber cuándo es de noche. Además el hambre provoca en mi estómago una serie de ruidos y dolores casi insoportables. He matado a mi mujer. Lo hice ayer después de dejarla inconsciente por un golpe en el cráneo. Fue muy desagradable porque no solo salió un enorme chorro de sangre, como disparado, hacia arriba y en todas direcciones, sino que los sesos han impregnado el pasillo que lleva al comedor, justamente cuando ella llevaba en una bandeja su desayuno, compuesto de un vaso de leche caliente con galletas. Para mi no había nada. Tal era el respeto que esa zorra me tenía. El día de antes de mi regreso al piso había invitado a mi casa a un joven bien parecido, un impresentable niñato diez años menor que ella y habían follado en mi cama de matrimonio. Cuando llegué los pille dándose una ducha en el baño, los dos juntos, follando como perros. Cuando ella notó mi presencia trató de secarse, echar rápidamente al niñato y venir al comedor a darme explicaciones. Pero no había nada que explicar.

   Me llamo Pedro y lo he tenido que hacer. No había elección. ¿Quién se  había creído que era la hija de puta esta?. Hace un mes que vivo en una pensión del extrarradio porque me dijo que lo nuestro había acabado. Con dos cojones. Que se había cansado de mi, de mis extravagancias ( a escribir le llama extravagancia), que prestaba más atención al teclado que a ella, que lo nuestro había terminado. Llevábamos tres felices años casados hasta que la muy zorra va y me dice que se había terminado.  Esa no es forma de tratar a alguien que se lo ha dado todo: que traía el dinero a casa, a pesar de estar en paro desde hace 2 años, mis apaños hacía, mis chanchullos ayudando a un amigo a distribuir maría. Ella, sin embargo, no movía un dedo. En paro desde hacía 5 años, ni siquiera madrugaba para ir a comprar, tenía la casa manga por hombro y, por supuesto, no había buscado trabajo desde hacía siglos. Era yo el que sostenía su insostenible manera de vivir. Porque ella no se privaba de nada, faltaría más. Derrochaba y derrochaba cual políticucho de tres al cuarto. Y un día va y me dice que se  ha enamorado de un hombre que la trata mejor que yo.

   Ella se llamaba Beatriz, como en el cuento de Dante y ese día había puesto en la escalera todas las cosas más preciadas. Me  había llamado por teléfono y me había dicho que fuese a mi casa. Cuál sería mi sorpresa cuando veo un cajón con mis libros, los más queridos, y ropa, mucha ropa. Intenté entrar sin llamar y la muy desgraciada estaba follándose al hijo de puta en la ducha. No se porqué no los  maté allí mismo. Pero le permití salir del piso casi en pelota. Ella, llorando, me dijo que no volviera más, que todo lo mío estaba en el pasillo del descansillo del edificio. -Y una mierda, le repliqué. Esta casa es mía, la compré yo y la he pagado yo porque tu, desde hace 4 años no aportas nada, vives de prestado en mi casa.

  Le remarqué que la casa era mía y que no se le ocurriera cambiar la cerradura o la denunciaría. Como ya estaba dentro decidí quedarme, hacer presión para que la guarra decidiera abrir la puerta blindada y se largase por sus propios medios. Pero nada, ella se quedó allí, mirándome, chuleándome, burlándose de mi, incitándome a tener sexo con ella, me sacaba la lengua y hasta hacía gestos libidinosos con algunas frutas. Yo me metí en mi cuarto y me encerré allí. Pasé la noche sin dormir hasta la mañana fatídica de los hechos. Cuando levanté ella se paseaba desnuda, provocandome o mejor, hiriendo mi sensibilidad. Ella sabía de mis problemas de erección desde hacía un año. Un síndrome de no se qué me impedia ponerme duro aunque se me pusiera delante la mismísima Charlize Theron en tanga. La muy zorra me provocaba, iba por el pasillo como desfilando por una pasarela para  humillarme más y  más. Entonces no pude más. Hice lo que se merecía. Ella cogió su bandeja de desayuno y yo cogí el martillo más grande que había en la galería, encima de la lavadora, en la caja de herramientas. Sin mediar palabra clavé en su cráneo con todas las fuerzas que tenía, con un odio infernal que desconocía, una fuerza fuera de lugar. Le hinqué la parte que saca los clavos, la más afilada y aquelló pegó un reventón espectacular. Yo mismo me manché de sesos y sangre. El muñeco cayó boca abajo.


    No sentí nada en particular. Solo que un peso muy pesado se había ido para siempre. Me sentía ligero, sin remordimientos, ¡¡que cojones¡¡, era lo que se merecía. Arrastré el cadáver desnudo hasta la bañera y allí lo dejé. Limpié lo que pude porque el olor a sangre y sesos es muy desagradable, deja un ambiente agrio, como a cítricos podridos. Casi tanto más que la podredumbre de un cuerpo en descomposición.  Utilicé lejía y agua y el suelo lo sequé incontables veces, fregándolo sin descanso. Después me deshice en bolsas de basura del mocho y el cubo. Los trapos y demás productos que usé para dejar niquelado el pasillo también lo apelmacé en una gran bolsa de basura. 

Ahora me toca  deshacerme del cadáver pero estoy  reventado y me voy a acostar. Antes voy a cerrar la puerta del baño a cal y canto y a poner algo que impida que el olor llegue al resto de la casa. Me voy a dormir, creo que voy a dormir bien por primera vez en muchos años, he hecho lo que debía de haber hecho hace mucho tiempo.


Imagen: el santuario del rock.com

lunes, 19 de agosto de 2013

Exámenes en Toledo II

 
 Pero parecía no tener fin, ese conjunto informe de callejones y callejas sin salida. El agobio pronto se apoderó de nuestras ya perturbadas mentes. Nuestra Ariadna era invisible y el hilo lo deberíamos buscar con denuedo en las siguientes horas.  Por suerte para los dos la llovizna se transmutó en lluvia o chubasco veraniego y nos calamos hasta los huesos. Ahora si que parecíamos almas en pena en un  Toledo resbaladizo, empedrado y volátil. Tanteábamos algunas paredes al girar por Santa Úrsula, que no villagrán. La luz se había ido en todo el casco viejo. Solo la luna, cerrada por el momento por unos cumulonimbos espesos, podría guiarnos en esa maraña tupida. Yo sugerí girar a la izquierda, por un pasadizo cubierto de chapas y andamios por alguna de las recurrentes obras de restauración. 

  Por uno de esos azares que ofrece Toledo aparecimos en la Plaza del Ayuntamiento tras casi caernos por unos peldaños que nos dejaron en el lugar más esplendoroso de la urbe. A nuestra vista se encontraba la majestuosa fachada principal de la Catedral Primada. Solo veímos sombras en lo que eran arquivoltas y, con la luz ya despejada de la luna, pudimos observar el enorme campanario coronado con una flecha metálica reluciente que un flamenco levantó en el XV. Nuestro deseo de salir de aquel laberinto primó más que la necesidad de contemplar la maravilla gótica que teníamos delante. Solo la triste y desangelada puerta del infierno pareció llamarnos la atención y, solo de pensarlo, pusimos pies en polvorosa por la rampa que asciende hacia arco de palacio en donde, tras un requiebro, vislumbramos la salida por Hombre de Palo, todavía lejana, casi a tientas avanzábamos en línea recta, lo cual nos tranquilizó. Yo observé a Juan que esta sería la mejor decisión: la recta siempre nos sacaría hacia afuera. De repente la luz urbana regresó mientras la lluvia había escampado dejando un fulgor en el empedrado maravilloso. Algunos comercios comenzábamos a ver con sus escaparates. A su calle habíamos arribado. La amplitud de la calle y su animación lumínica relajó nuestra ansiedad enormemente. Casi sin voluntad seguimos andando como yo había pensado anteriormente: el tramo recto es la mejor manera de salir de un laberinto. Y así llegamos de repente a la gran Zocodóver donde algunos incautos todavía permanecían resguardados en sus soportales mientras tomaban algún refrigerio. Sugerí a Juan tomar algo antes de buscar la salida lumínica que era evidente por la cuesta de armas. Se negó, estaba obcecado y aturdido, el miedo había hecho mella después de nuestra primera y única experiencia juntos por las calles de un Toledo aterrorizador. 

   Descendimos convencidos de regresar pronto a la  pensión. Pronto descubrimos la Puerta del Sol y el camino de llegada al casco antiguo. Pensamos en bajar a ver a Don Carlos el Primero de España y Quinto de Alemania antes de regresar por una avenida más concurrida que las lúgubres calles de la Antequeruela. Así lo hicimos, rendimos pleitesía al más grande monarca de nuestra cruel historia y, sin demora, llegamos a la rotonda que enfilaba el puente de la avenida que llegaba, tras cruzar el Tajo, a la bella estación de ferrocarril neomudéjar. Lo habíamos conseguido. Estábamos vivos, había que celebrarlo pero nuestros ingresos no daban para nada. Además no había ni un triste garito abierto en aquella alejada zona. Entramos en la pensión del infierno, último piso. Eran las 4 de la mañana, el tren salía a las 10. ¿Quién podría dormir después de esta aventura?. Yo desde luego no: los tremendos dolores que la muela del juicio superior me estaban provocando se agravaba por el asfixiante calor. La mañana despuntó por la ventana apenas tapada por una triste persiana verde desenrollada. No podía más, quería coger el tren, necesitábamos llegar a Madrid para enlazar con Murcia.  La bella estación toledana iba quedando atrás. Nuestras ilusiones también. La  primera impresión de mi vida de Toledo quedó para siempre grabada en mi memoria y de que manera. Madrid, con su Museo del Prado esperaba,  legañosos, nuestra indigna visita.

viernes, 16 de agosto de 2013

Exámenes en Toledo

   Aquella mañana habíamos llegado demasiado pronto a la estación de Atocha. El talgo para Murcia salía a las dos de la tarde y eran las once de la  mañana. Nuestra peripecia en Toledo había sido en general bastante desagradable, no por el fracaso conjunto en los exámenes, ya previsto, sino por el asfixiante calor de la pensión que nos mantuvo en vela los dos días que experimentamos esas noches infernales. Toledo en Julio es una especie de lugar romántico convertido en el infierno de Dante. No obstante tuvimos la enorme sorpresa de una lluvia fina, casi inapreciable, que nos animó a cruzar el puente sobre el Tajo la tarde después de las primeras pruebas. Habíamos cenado de manera lamentable en uno de esos bares típicos que bien recordaban a un  cuéntame avinagrado. El estómago, fruto del nerviosismo atenazante que nos había invadido desde que estuvimos cerca de llegar tarde a la universidad laboral por un atasco, no daba más de si. El ardor y las flatulencias eran cada vez más acuciantes. Pero ya no teníamos que volver a leer hasta cinco días después. Evidentemente nuestro plan era regresar a casa al día siguiente y volver nuevamente aunque sin muchas esperanzas de consguir la ansiada plaza que nos despejara definitivamente el incierto futuro que se ceñía sobre nuestras vidas. 

    Cruzamos por el puente menos romántico, un puente de metal sin mucha gracia, sin historia, por el que pasa la carretera principal de entrada a la ciudad desde Madrid. El camino era arduo puesto que empezaba a anochecer y la pensión se iba alejando de nuestra vista de manera kilométrica. La primera idea que nos vino a la cabeza fue la de regresar: estábamos hechos cenizas. Una noche sin conciliar a penas el sueño, una mañana ajetreada de exámenes y una tarde bochornosa que alcanzó la cuarentena de centígrados había minado nuestro físico y nuestra psique. Pero la visión de Toledo y las tímidas gotitas de lo que fuera refrescó el ambiente y nuestro ánimo. Llegamos a la glorieta que da acceso al casco histórico de la imperial ciudad. No teníamos nada mejor que hacer, no teníamos nada que perder. Bordeamos la ciudad por la antequeruela después de haber callejeado por un barrio sin vida, mortecino, casi a oscuras. Por Azacanes llegamos a la cuesta de Carretas, a la altura de la majestuosa visión de la Puerta del Sol, con su bello arco mozárabe. Nunca habíamos visitado Toledo, jamás el casco antiguo. Solo conocíamos los fríos e insulsos barrios del extrarradio, ardientes del calor de mediados de Julio. Ni siquiera contábamos con un triste plano. Por esas circunstancias y otras que no vienen al caso no ascendimos la cuesta ya que habíamos hecho una subida muy sufrida y pensamos que esa rampa no llevaba a ningún lado. Así, casi sin darnos cuenta, evitamos Zocodóver, el corazón de la ciudad nueva y bajamos hasta la inmortal puerta de Bisagra, con la efigie del emperador Carlos esperándonos impertérrito. 
   Fue en ese momento cuando Juan pensó en acceder al corazón de Toledo, al centro neurálgico: a  la Catedral. Yo asentí y propuse bordear las murallas que ya percibíamos a luz de gas. Echamos a andar después de un breve descanso en Merchán y ascendimos levemente por Recaredo. Pronto percibimos que no era ese el mejor camino para lograr nuestro objetivo pero como quiera que ya habíamos andado mucho pensamos en continuar hasta donde la fortificación ofreciera una puerta para penetrar en ese Toledo mágico y sublime. Antes de llegar a la puerta de los Cambrones tuvimos un breve y animado encuentro con unas cortesanas que por aquella época todavía eran paisanas. Ellas nos guiaron correctamente sin pedir nada a cambio. Tampoco hubiéramos podido satisfacer nuestros ocultos deseos porque no teníamos ni para un triste refresco. 

   Nuestro objetivo era encontrar rápidamente el corazón de la legendaria urbe, almenada y fortificada, para regresar cuanto antes a nuestra horrorosa morada. Nuestro pensamiento estaba ya en casa, en ese regreso menos que triunfal a la estación del Carmen para después soñar con un golpe extraordinario de suerte que solucionara nuestros quebraderos  de cabeza. Era tarde. Todo aquel recorrido demoledor y oscuro, taciturno, había minado nuestras ganas de ver la inmortal en todo su esplendor, en rememorar unas calles solitarias y mojadas, casi siniestras. Pero sacamos fuerzas de flaqueza al atravesar Cambrón y ascender casi a tientas hasta San Juan de los Reyes que se nos mostró majestuosa presidida por la blanca efigie de la Católica Isabel. Proseguimos arduamente nuestra frugal y ciega visita a Toledo por la interminable Reyes Católicos hasta ascender por unas pequeñas escaleras que avecinaban hacia unos callejones lúgubres: los del Taller del Moro. Casi sin saberlo atravesábamos lugares históricos que habíamos estudiado arduamente en los libros y que dejábamos atrás sin ninguna preocupación. Tan solo queríamos salir de un callejero que, cada vez más, asemejaba para nosotros el laberinto de aquel ser mitad toro y necesitábamos una ariadna silente que nos lanzara un hilo de gratitud con el que regresar hasta aquella antequeruela humana y cercana.

viernes, 9 de agosto de 2013

Para Dante o Fernando

Cigoto unido por gametos, ahora eres mórula o amalgama de células
ávidas de nutrición gestataria, en pocos instantes serás
conjunto de células informe y sin sentido,
llegaste como el rayo inesperado, en una noche de tormenta estival,
retuerces ahora como una granada los aceros de la verja de nuestra vida
planteas una ilusión desconocida, mágica de algo que, ya existiendo,
todavía no se puede comunicar. 

Eres el desconocido que llamará a nuestra puerta algún día
llevándonos la buenanueva de tu esperanza vital, de tu armonía
con la creación, das carta de naturaleza desde ahora que no te vemos 
ni escuchamos. Pequeño Dante, futuro Fénix de los ingenios,
próximo buscón que comienzas ya tus travesuras
apareciendo reluciente en nuestras despreocupadas vidas
ayudando a trasmutar un bello cuerpo, en la belleza suprema del ser.

Sin nombre seguro, solo con seudónimo pero sí con identidad forjada
en múltiples batallas libradas en los microscópicos genes entremezclados,
serán tus luchas acuáticas sutiles frente a las dificultades mundanas,
que te esperan próximas y que seguirán siendo hostiles cuando llegues
porque Dante, el mundo en el que has aparecido está lleno de sinsabores 
que tu sabrás endulzar cuando salgas de la amiosis al aire y vueles
como un pequeño pajarillo amamantado de dichas y parabienes.

Fernando, que también así te llamarás, bendice con tu progreso la inquietud
de nuestras vidas. Flota, navega por ese mundo de oscuridad al que nosotros 
nos asomaremos algún día, para verte palpitar. Ahora solo eres un pequeño
renacuajo sin extremidades ni ojos. Mañana serás un feto bello y dulce, que
aumentarás de volumen para dar el salto mortal que supone el  momento
de tu vida más traumático aunque nunca jamás lo vayas a recordar.

Estaremos pendientes de tu vida, de tu evolución, de tu alma ya transmutada en 
las nuestras, imbrincada por una cuerda umbilical de emociones que por siempre
serán nuestras y, sobre todo, tuyas. Te esperamos en la luz Fernando, Dante, Dante, 
Fernando o como tu te llames, bello garbanzo de vida, luz en la oscuridad intrauterina.


jueves, 8 de agosto de 2013

El reloj de arena

  
   Una mañana de agosto Antigua barría el suelo sin adoquinar de una pequeña habitación. Encima de la repisa de la chimenea, todavía humeante, los rescoldos saltarines mirando en rededor, se encontraba un enigmático reloj de arena. Era un reloj extraño, por cuyo cristal se deslizaban de tanto en tanto arenillas de colores del tiempo pasado, imperceptibles al oído, pero implacables en cualquier caso.  La anciana que habitaba la sala había cumplido ya cien años y recordaba desde muy niña al reloj de arena parda que solo cobraba vida si otra vida lo giraba caprichosamente. Jamás, desde que su marido murió, hacía ya más de cinco décadas, había abandonado aquel lugar. Nadie le impedía salir, nadie le prohibía percibir, de vez en cuando, la leve brisa del amanecer o los calurosos vientos del estio. Selló con la vida un feroz pacto de silencio, un alejamiento consciente de la realidad común. No tenía hijos aunque, muy joven, dió a luz un feto de cuatro meses al que bautizó como Hemógenes por ser ese el día del santo. Decidió enterrarlo en el centro de esa diminuta sala de la chimenea y el reloj. Allí, treinta años más tarde, había sepultado en silencio a su esposo, agricultor, que con sus rudas  manos pasaba las tardes girando y dando vida al reloj.

   Una tarde de Agosto, en plena canícula estival, ambos mataban el tiempo jugando al cinquillo y al parchís, cuando el reloj de arena, no se sabe muy bien por que circunstancia, abandonó su lugar en la repisa y cayó precipitadamente al suelo de tierra del pequeño hogar. Ambos quedaron un tanto desconcertados puesto que ningún temblor de tierra, ningún soplido de viento que se hubiese colado por las rendijas del portón de madera llena de grietas había podido precipitar su caída y posterior estallido en el suelo. Esa tarde hacía exactamente un mes. Era el mismo día de la semana y el mismo día del mes, que Antigua había abortado precipitadamente a su todavía prehumano Hermógenes. Antigua pensó en la presencia del infante y que era un aviso de que estaba junto a ellos. El marido, Juan, que era anticlerical y no creía en cuentos del otro mundo, quitó importancia al asunto. A pesar de todo, Antigua obligó a Juan a restaurar el reloj de arena. Sin pensárselo dos veces el marido barrió toda la arena que el reloj contenía y parte de la que quedaba en el suelo, muy cerca del lugar de donde habían sepultado el pequeño cuerpecito de Hermógenes. Años después Antigua, sola y abandonada, en ese retiro voluntario, como si de un arresto domiciliario se tratase, pensaba que dándole vueltas al reloj, periódicamente, mantenía consigo el alma de su pequeño. 

   Una tarde de Agosto, muchos años depués, Antigua murió de lo mayor que era. Desde hacía unos meses notaba que su esposo y su hijo non nato la llamaban desde el centro de la habitación. El reloj de arena parecía, ahora, perceptible para sus sordos oídos. Se sentaba en una avejentada silla de mimbre en el centro de la habitación, debajo de sus restos, delante de los caprichosos rescoldos de la chimenea y pasaba las horas viendo como giraba el reloj, volteándolo cada cinco inteminables minutos. Ella creía que en el reloj estaban las almas de sus dos seres queridos y que cuando cobraba vida y la arena parda comenzaba a moverse y descender estaba mucho más cerca de alcanzar su deseo, su único y desesperado deseo: morir pronto para estar con ellos en el reloj de arena.

miércoles, 24 de julio de 2013

Madre

 

*Dedicado a mi querida Mamá, a la que nunca llamé por ese nombre, pero con quien tanto quiero.

    
  Pequeño hilo de luz que percibes por tus dulces ojos oscuros, ojeras negras de tanto llorar por un futuro incierto que te lleva irremediablemente al final de tus días de luz y tu acceso al mundo de las tinieblas. Pero siempre serás aquella que nos dió la vida, la única que nos dió su cariño. Muy triste para mi era verte darte golpes en las piernas, llenar de moratones tu delicado cuerpo. Pero siempre salías adelante, tu sola, sin ayudas, hacías la compra, hacías la casa, luchabas por tus hijos y les dabas todo el amor que necesitabamos y que no podíamos percibir de quién si veía.  
    Jamás una reprimenda, siempre libertad, la que tu no gozaste por vivir bajo la tiránica esclavitud de tu padre, energúmeno radical que solo pensaba en su ego y en su barriga mientras tu trabajabas la simiente de los campos de castilla. Has sido y serás la persona con más luz que he conocido, una luz que apenas ya percibes, que no logras alcanzar desesperada por las tardes. Pero tu no te rindes, tu haces la comida y sales a la calle sola, jugándote la vida por los tuyos, cruzando peligrosas calles en la casi total oscuridad. 

   Es una pena que tu vida se acabe, que la luz se apague, auque sigas viva. Me duele en el alma verte sufrir, verte discutir con ese hombre brillante que te acompaña pero que no lo da todo. Pero siempre me tendrás ahí, dulce mujer, sabia mujer de pueblo sin educación, con mentalidad arcaica pero con un amor que traspasará siempre las fronteras de tu delicada retina. Una retina que se cierra, un nervio óptico que periclita en tu lucha constante por sobrevivir.

   A ti, a quien tanto querré, aunque ya no estés aquí, para vernos, para ver a tus hijos y familiares....seguirás entre nosotros, te cuidaremos y te amaremos como tu te lo has merecido,  a pesar de tu carácter irascible y tu dureza de corazón. Eres mi madre y siempre te echaré de menos, simpre pensaré que cómo hubiera sido mi vida si tu hubieses podido ver bien. Yo no sería el mismo ni nadie de la familia lo sería: tu has cambiado y nos has cambiado para mejor, al menos en mi  caso. Me siento orgulloso de ir contigo de la mano, cogiéndote el brazo y ayudándote a cruzar la calle. Se que antes, en mi inmadurez, llegué a sentir vergüenza. Eso me martirizó durante años, pero ahora se que eres lo más grande que hemos tenido en esta familia. Eres y serás mi querida mamá, aunque no te llamara así nunca. Te quiero y siempre me tendrás a tu lado.


lunes, 1 de julio de 2013

El psiquiatra demente

  -"Ese culito, ese culito"- vociferaban desde la sala acolchada un nutrido grupo de locos de atar. Las puertas estaban bien selladas pero en los rostros de las enfermeras y de Don Gregorio, el psiquiatra titular de la plaza del sanatorio mental de La Camarga, en Valdecebreros, se apreciaba una creciente preocupación por lo que parecía ser el inicio de un motín de insospechadas consecuencias.
   Manolita, la enfermera jefe, 30 años de duro servicio abnegado a los perturbados más peligrosos de la provincia comentó con el flemático doctor: -tengo miedo, Gregorio. En los años que llevo aquí jamás había visto algo igual. Y es que, efectivamente, en la sala acolchada los gritos que ya eran audibles por el resto de los enfermos, parecían indicar que una paranoia colectiva había desatado un estado de excitación que era imposible de detener.  
   Todo provenía de los experimentos de Don Gregorio. El venerable anciano, todavía no jubilado por la crisis económica, había decidido saltarse a la torera todos los protocolos de seguridad y comenzar a administrar dosis cada vez más grandes de placebo en parte achuchado por los recortes en medicamentos. Si bien la escasez era acuciante el facultativo por su cuenta y riesgo y, seguramente, por su avanzado estado de demencia senil, había tomado una decisión harto peligrosa. Después de 40 años administrando todo tipo de barbitúricos acompañados de sesiones interminables de electro-shock, ahora salía con la excéntrica idea de que para sanar todo tipo de enfermedades mentales solo cabía una cura definitiva que el llamaba "cura de humildad". 
  Nadie sabía muy bien a qué se refería con ello. Pero Manolita, antigua amante de Don Gregorio, trató de convencerlo de sus disparatadas obsesiones. 
-Gregor, mi vida, deja de hacer tonterías, recapacita. Debes  administrar lorazepam de 5 miligramos al grupo de los psicóticos sexuales que últimamente los veo desatados- 
A lo que el médico respondía:-el placebo está haciendo sus efectos,¿es qué no te das cuenta de que todos los piropos van hacia ti?. 
-¿Qué pasa, que porque haya cogido unos kilitos últimamente no me pueden piropear-
-Bueno querida el problema no son tus kilos sino tu acuciante estado de flaccidez.
Y Manolita salió llorando del despacho después de dar un estruendoso portazo. La llamada cura de humildad consistía en administrar caramelos sin azucar de diversos sabores, con forma de pastillas. Los dos primeros días después de la orden del jefe del sanatorio los enfermos sexuales más desatados comenzaron a dar muestras de un feroz instinto sexual durante largos años reprimidos. Comenzaron a piropear de una manera bastante chabacana y grosera al personal médico, no solo a enfermeras, sino también a celadores y administrativos. El tercer día Manolita, al entrar en la sala acolchada, pudo ver en sus ojos rojos y llenos de pequeños derrames, fruto evidente de sus  tres días sin dormir, una furia descomunal. Después de administrar los caramelos, un par de locos se le acercaron y empezaron a acosarla sexualmente. Tuvo suerte de alcanzar la salida antes de que la agarraran y poder cerrar convenientemente la puerta de seguridad, pero una espuma blanquecina salía de sus bocas acompañada de gritos cada vez más violentos. A través de los pequeños ojos o mirillas de la puerta pudo ver a varios de ellos masturbándose con tal fuerza que sus penes comenzaban a sangrar. La habitación se había llenado por momentos de semen mezclado con el rojo de las heridas. La paranoia sexual comenzaba en camino de no retorno que conduciría al preventorio de locos de Valdecebreros hasta el desastre final.

   Aquella escena impresionó a Manolita. Y para impresionarla a ella algo muy grave tenía que estar pasando puesto que había utilizado de manera implacable durante años las más sucias artimañas para drogar a los enfermos sin conocimiento del equipo médico habitual. Como si de una madre con síndrome de munchausen se tratase, daba medicamentos equivocados a propósito para que los desgraciados dementes enfermaran más si cabe, para después, en estado cercano a la muerte, cuidarlos de manera adorable. Esta situación fue descubierta por el Doctor Gregorio Esteban, el anciano facultativo 15 años antes. Pero su relación extramatrimonial con Manolita le llevó a no denunciarla y comenzar a tratarla psiquiátricamente con el objetivo de que esta no soltara prenda de sus prácticas sexuales. 

   El doctor Esteban temía más a su mujer que a la dulce enfermera. Sabía que si se enteraba de su romance sus días estaban contados. Su mujer padecía una severa deficiencia mental que la  había conducido por varios sanatorios mentales hasta que había dado con sus huesos en La Camarga, de donde Don Gregorio la sacó después de que mejorara en su perturbado estado mental. Ella, en agradecimiento, le concedió su vida como abnegada esposa y madre de tres hijos que, dicho sea de paso, tuvieron desde su nacimiento la consideración administrativa de idiota, imbécil y tonto, tal y como se describía clínicamente a los discapacitados intelectuales en los años 60. Pero Antía, su mujer, mantenía intactos sus instintos criminales y era capaz de cualquier cosa si una noticia de ese calibre llegaba a sus oídos. 

   Cuatro días después de aquel suceso se encontraban Don Gregorio y Manolita, junto al resto del personal de la clínica ante el espantoso aullido de los locos de atar. - Ese culito, ese culito- seguían gritando desde dentro de la sala. El doctor observó tras la mirilla las aberraciones más bestiales que en su larga y desastrosa vida había presenciado. Unos enfermos violaban a otros, produciendo una sangría inenarrable, unos alaridos de dolor insoportables. La situación era mucho peor que una situación dantesca. Y el resto de enfermos, desde sus habitaciones, a las tres de la madrugada, se levantaron alterados. Desde sus celdas, estas no acolchadas, se unían en coro a la alocución.  La "cura de humildad" comenzaba a volverse "castigo humillante" y Manolita quiso llamar por teléfono a la policía a lo que el senil médico se opuso con rotundidad. - Este es un asunto que me compete como profesional- aseveró. Pero la situación no tenía ya vuelta atrás. A fuerza de golpear las puertas los 45 enfermos que dormían consiguieron liberarse de su presidio. Fue curiosamente una loca llamada Etelvina la que tiró abajo la puerta. Era como si una rabia demoníaca hubiera poseído su anoréxico cuerpo. Ella se encargó de liberar al resto de enfermos. Desde la planta superior salieron con los rostros desencajados, algunos, otros sin ninguna expresión, como ausentes por completo pero poseídos de una histeria colectiva que amenazaba al personal clínico.

    Pronto llegaron a la habitación acolchada. Manolita y Gregorio lograron ponerse a salvo encerrándose en una pequeña celda sin ventilación ni luz, quedanto en total oscuridad. Mientras tanto los enfermos ya habían liberado a los paranoicos violadores y habían tomado por la fuerza a administrativos y celadores a los que habían obligado a practicar las más descomunales parafilias sexuales. Bien entrada la mañana  habían degollado como si de aves cualquiera se tratara a todos los trabajadores de Valdecebreros que suplicaban a los locos que tuviesen piedad y los degollasen rápidamente, tal era su estado de humillación por las violaciones y mutilaciones vergonzosas a los que habían sido sometidos.  Don Gregorio y Manolita permanecían en la más absoluta oscuridad. El senil anciano causante del desastre, por su obsesión enfermiza por suprimir los psicotrópicos y adminstrar placebo no dejaba de llorar desconsoladamente como un bebé que no puede dormir. Manolita había fallecido víctima de un infarto agudo de miocardio entre las tinieblas de la lúgubre celda de castigo. Todos los enfermos controlaban el preventorio de locos. El psiquiatra jefe, el que había electrocutado a miles de inocentes, llevándolos irremediablemente a la locura incurable, era ahora el prisionero. Nadie pudo avisar a la policía. La vida continuó en el sanatorio mental de La Camarga solo que ahora dirigían el establecimiento otros dementes.