Para Manuela García, que me trajo a donde estoy
Mariela vivía en un túnel de oscuridad perpétua. Había nacido normal, tenía una visión y audición que no hacían prever, en principio, que poseyera el gen autonómico recesivo que provoca la desagradable enfermedad genética que el médico escocés Usher describió en el siglo XX y que se caracteriza por aunar una sordera incipiente con una ceguera progresiva, conocida como Retinosis Pigmentaria.
Sin embargo desde su más tierna infancia tenía que acercarse a la pizarra a copiar lo que la monja Doña Julia escribía en el encerado con el cabreo consiguiente de la desalmada religiosa. Esa dureza la atormentaba y, cuando llegaba a casa, insistía una y otra vez en que le costaba ver la pizarra desde el fondo del aula. A pesar de esa pronta dificultad para ver bien no tuvo gafas hasta los 16 años, cuando sus padres, analfabetos en un pueblo del interior de la España profunda, decidieron acercarse a la capital de la provincia a que un médico viera a la chiquilla. Gafas graduadas, miopía. Ese fue el primer diagnóstico y el primer tratamiento para una enfermedad que no espera a nadie y se desarrolla paulatinamente, en silencio, sin avisar, hasta la total oscuridad y silencio.
Cuando fue consciente de su enfermedad los años perdidos ya no podían regresar y las dificultades de aprendizaje habían hecho mella en su espíritu. Era un ser incompleto, incapaz de salir a la vida con total seguridad. Quizás por eso resultó ser que la familia la había destinado para vestir santos. Cuidaría de la anciana que todavía era viuda joven, ella sola, sin ayuda de sus hermanos. Pero un día todo comenzó a correr como la velocidad de la luz, como esa luz que perdía por meses, por semanas y días, que se le escurría de las manos, mientras un hálito de sonido escapaba de sus oídos. Su vida pasaba rápido, debía acelerarla y por eso encontró lo que buscaba, su liberación, abandonarse al mundo, salir a la calle, sin transporte, sin carnet, ofreciéndose al primer amor que la respetara como era y que la ayudara a salir del agujero al que se avecinaba a esa endiablada velocidad.
La dura y triste realidad la llevó a convertirse en itinerante y en interina. Necesitaba atrapar las imágenes y sonidos que el diabólico gen recesivo le trataba de arrebatar cruelmente. Decidió proseguir pese a las atávicas dificultades, que habían conseguido momificar a varios antepasados suyos en vida. Visitó los lugares más remotos de su bella patria, escuchó las melodías más dulces que ofrece la naturaleza, la caída de una cascada, el aullido de un lobo, el chirrido de los grillos. También quería ver y aprehender las imágenes de las más bellas ciudades de Europa y sus característicos sonidos. Y conocer a mucha gente para verles el rostro, definirlos en su mente y grabar como si de un autómata fuera sus voces, sus tonos y sonidos naturales. Así transcurrió la vida, a toda velocidad, sin pausa y con prisa.

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