miércoles, 24 de julio de 2013

Madre

 

*Dedicado a mi querida Mamá, a la que nunca llamé por ese nombre, pero con quien tanto quiero.

    
  Pequeño hilo de luz que percibes por tus dulces ojos oscuros, ojeras negras de tanto llorar por un futuro incierto que te lleva irremediablemente al final de tus días de luz y tu acceso al mundo de las tinieblas. Pero siempre serás aquella que nos dió la vida, la única que nos dió su cariño. Muy triste para mi era verte darte golpes en las piernas, llenar de moratones tu delicado cuerpo. Pero siempre salías adelante, tu sola, sin ayudas, hacías la compra, hacías la casa, luchabas por tus hijos y les dabas todo el amor que necesitabamos y que no podíamos percibir de quién si veía.  
    Jamás una reprimenda, siempre libertad, la que tu no gozaste por vivir bajo la tiránica esclavitud de tu padre, energúmeno radical que solo pensaba en su ego y en su barriga mientras tu trabajabas la simiente de los campos de castilla. Has sido y serás la persona con más luz que he conocido, una luz que apenas ya percibes, que no logras alcanzar desesperada por las tardes. Pero tu no te rindes, tu haces la comida y sales a la calle sola, jugándote la vida por los tuyos, cruzando peligrosas calles en la casi total oscuridad. 

   Es una pena que tu vida se acabe, que la luz se apague, auque sigas viva. Me duele en el alma verte sufrir, verte discutir con ese hombre brillante que te acompaña pero que no lo da todo. Pero siempre me tendrás ahí, dulce mujer, sabia mujer de pueblo sin educación, con mentalidad arcaica pero con un amor que traspasará siempre las fronteras de tu delicada retina. Una retina que se cierra, un nervio óptico que periclita en tu lucha constante por sobrevivir.

   A ti, a quien tanto querré, aunque ya no estés aquí, para vernos, para ver a tus hijos y familiares....seguirás entre nosotros, te cuidaremos y te amaremos como tu te lo has merecido,  a pesar de tu carácter irascible y tu dureza de corazón. Eres mi madre y siempre te echaré de menos, simpre pensaré que cómo hubiera sido mi vida si tu hubieses podido ver bien. Yo no sería el mismo ni nadie de la familia lo sería: tu has cambiado y nos has cambiado para mejor, al menos en mi  caso. Me siento orgulloso de ir contigo de la mano, cogiéndote el brazo y ayudándote a cruzar la calle. Se que antes, en mi inmadurez, llegué a sentir vergüenza. Eso me martirizó durante años, pero ahora se que eres lo más grande que hemos tenido en esta familia. Eres y serás mi querida mamá, aunque no te llamara así nunca. Te quiero y siempre me tendrás a tu lado.


lunes, 1 de julio de 2013

El psiquiatra demente

  -"Ese culito, ese culito"- vociferaban desde la sala acolchada un nutrido grupo de locos de atar. Las puertas estaban bien selladas pero en los rostros de las enfermeras y de Don Gregorio, el psiquiatra titular de la plaza del sanatorio mental de La Camarga, en Valdecebreros, se apreciaba una creciente preocupación por lo que parecía ser el inicio de un motín de insospechadas consecuencias.
   Manolita, la enfermera jefe, 30 años de duro servicio abnegado a los perturbados más peligrosos de la provincia comentó con el flemático doctor: -tengo miedo, Gregorio. En los años que llevo aquí jamás había visto algo igual. Y es que, efectivamente, en la sala acolchada los gritos que ya eran audibles por el resto de los enfermos, parecían indicar que una paranoia colectiva había desatado un estado de excitación que era imposible de detener.  
   Todo provenía de los experimentos de Don Gregorio. El venerable anciano, todavía no jubilado por la crisis económica, había decidido saltarse a la torera todos los protocolos de seguridad y comenzar a administrar dosis cada vez más grandes de placebo en parte achuchado por los recortes en medicamentos. Si bien la escasez era acuciante el facultativo por su cuenta y riesgo y, seguramente, por su avanzado estado de demencia senil, había tomado una decisión harto peligrosa. Después de 40 años administrando todo tipo de barbitúricos acompañados de sesiones interminables de electro-shock, ahora salía con la excéntrica idea de que para sanar todo tipo de enfermedades mentales solo cabía una cura definitiva que el llamaba "cura de humildad". 
  Nadie sabía muy bien a qué se refería con ello. Pero Manolita, antigua amante de Don Gregorio, trató de convencerlo de sus disparatadas obsesiones. 
-Gregor, mi vida, deja de hacer tonterías, recapacita. Debes  administrar lorazepam de 5 miligramos al grupo de los psicóticos sexuales que últimamente los veo desatados- 
A lo que el médico respondía:-el placebo está haciendo sus efectos,¿es qué no te das cuenta de que todos los piropos van hacia ti?. 
-¿Qué pasa, que porque haya cogido unos kilitos últimamente no me pueden piropear-
-Bueno querida el problema no son tus kilos sino tu acuciante estado de flaccidez.
Y Manolita salió llorando del despacho después de dar un estruendoso portazo. La llamada cura de humildad consistía en administrar caramelos sin azucar de diversos sabores, con forma de pastillas. Los dos primeros días después de la orden del jefe del sanatorio los enfermos sexuales más desatados comenzaron a dar muestras de un feroz instinto sexual durante largos años reprimidos. Comenzaron a piropear de una manera bastante chabacana y grosera al personal médico, no solo a enfermeras, sino también a celadores y administrativos. El tercer día Manolita, al entrar en la sala acolchada, pudo ver en sus ojos rojos y llenos de pequeños derrames, fruto evidente de sus  tres días sin dormir, una furia descomunal. Después de administrar los caramelos, un par de locos se le acercaron y empezaron a acosarla sexualmente. Tuvo suerte de alcanzar la salida antes de que la agarraran y poder cerrar convenientemente la puerta de seguridad, pero una espuma blanquecina salía de sus bocas acompañada de gritos cada vez más violentos. A través de los pequeños ojos o mirillas de la puerta pudo ver a varios de ellos masturbándose con tal fuerza que sus penes comenzaban a sangrar. La habitación se había llenado por momentos de semen mezclado con el rojo de las heridas. La paranoia sexual comenzaba en camino de no retorno que conduciría al preventorio de locos de Valdecebreros hasta el desastre final.

   Aquella escena impresionó a Manolita. Y para impresionarla a ella algo muy grave tenía que estar pasando puesto que había utilizado de manera implacable durante años las más sucias artimañas para drogar a los enfermos sin conocimiento del equipo médico habitual. Como si de una madre con síndrome de munchausen se tratase, daba medicamentos equivocados a propósito para que los desgraciados dementes enfermaran más si cabe, para después, en estado cercano a la muerte, cuidarlos de manera adorable. Esta situación fue descubierta por el Doctor Gregorio Esteban, el anciano facultativo 15 años antes. Pero su relación extramatrimonial con Manolita le llevó a no denunciarla y comenzar a tratarla psiquiátricamente con el objetivo de que esta no soltara prenda de sus prácticas sexuales. 

   El doctor Esteban temía más a su mujer que a la dulce enfermera. Sabía que si se enteraba de su romance sus días estaban contados. Su mujer padecía una severa deficiencia mental que la  había conducido por varios sanatorios mentales hasta que había dado con sus huesos en La Camarga, de donde Don Gregorio la sacó después de que mejorara en su perturbado estado mental. Ella, en agradecimiento, le concedió su vida como abnegada esposa y madre de tres hijos que, dicho sea de paso, tuvieron desde su nacimiento la consideración administrativa de idiota, imbécil y tonto, tal y como se describía clínicamente a los discapacitados intelectuales en los años 60. Pero Antía, su mujer, mantenía intactos sus instintos criminales y era capaz de cualquier cosa si una noticia de ese calibre llegaba a sus oídos. 

   Cuatro días después de aquel suceso se encontraban Don Gregorio y Manolita, junto al resto del personal de la clínica ante el espantoso aullido de los locos de atar. - Ese culito, ese culito- seguían gritando desde dentro de la sala. El doctor observó tras la mirilla las aberraciones más bestiales que en su larga y desastrosa vida había presenciado. Unos enfermos violaban a otros, produciendo una sangría inenarrable, unos alaridos de dolor insoportables. La situación era mucho peor que una situación dantesca. Y el resto de enfermos, desde sus habitaciones, a las tres de la madrugada, se levantaron alterados. Desde sus celdas, estas no acolchadas, se unían en coro a la alocución.  La "cura de humildad" comenzaba a volverse "castigo humillante" y Manolita quiso llamar por teléfono a la policía a lo que el senil médico se opuso con rotundidad. - Este es un asunto que me compete como profesional- aseveró. Pero la situación no tenía ya vuelta atrás. A fuerza de golpear las puertas los 45 enfermos que dormían consiguieron liberarse de su presidio. Fue curiosamente una loca llamada Etelvina la que tiró abajo la puerta. Era como si una rabia demoníaca hubiera poseído su anoréxico cuerpo. Ella se encargó de liberar al resto de enfermos. Desde la planta superior salieron con los rostros desencajados, algunos, otros sin ninguna expresión, como ausentes por completo pero poseídos de una histeria colectiva que amenazaba al personal clínico.

    Pronto llegaron a la habitación acolchada. Manolita y Gregorio lograron ponerse a salvo encerrándose en una pequeña celda sin ventilación ni luz, quedanto en total oscuridad. Mientras tanto los enfermos ya habían liberado a los paranoicos violadores y habían tomado por la fuerza a administrativos y celadores a los que habían obligado a practicar las más descomunales parafilias sexuales. Bien entrada la mañana  habían degollado como si de aves cualquiera se tratara a todos los trabajadores de Valdecebreros que suplicaban a los locos que tuviesen piedad y los degollasen rápidamente, tal era su estado de humillación por las violaciones y mutilaciones vergonzosas a los que habían sido sometidos.  Don Gregorio y Manolita permanecían en la más absoluta oscuridad. El senil anciano causante del desastre, por su obsesión enfermiza por suprimir los psicotrópicos y adminstrar placebo no dejaba de llorar desconsoladamente como un bebé que no puede dormir. Manolita había fallecido víctima de un infarto agudo de miocardio entre las tinieblas de la lúgubre celda de castigo. Todos los enfermos controlaban el preventorio de locos. El psiquiatra jefe, el que había electrocutado a miles de inocentes, llevándolos irremediablemente a la locura incurable, era ahora el prisionero. Nadie pudo avisar a la policía. La vida continuó en el sanatorio mental de La Camarga solo que ahora dirigían el establecimiento otros dementes.