lunes, 27 de julio de 2015

Lengua materna

     Ser locuaz siempre constituyó su esencia, su voluntad, su inalcanzable e irrealizable sueño. A él, solo a él, dedicó las más inhóspitas noches y los más luminosos días. Deseaba haber nacido con ese don, mas era todo lo contrario: hablaba mal, no tartamudeaba. De hecho casi todos con los que trató entendían perfectamente su voz pero, para su terrible desgracia, muy poca gente comprendía lo que su sistema fonador era capaz de articular a través de su boca.

    Su voz era fina, aflautada pero sin llegar al extremo de ser ridícula ni dar risa. De hecho, tras años de aprendizaje, había conseguido un tono aterciopelado, suave y lleno de matices. En el mercado, al pedir cuarto y mitad de bacaladilla las señoronas de abrigo con nutria giraban el pescuezo con un primor propio de la niña del exorcista. Todo el mundo admiraba su voz, era dulzona y agradable. 

   Sin embargo llegó a odiarla y a odiarse. Siempre se ha dicho que la voz de uno mismo resulta en extremo odiosa cuando es oída por su emisor. En nuestro caso, ese odio llegaba a extremos insoportables. Tanto era así que acabó por destruir todas las cintas en las que había grabado su voz, muchas casi constituían ya parte de la memoria de su vida. Pero su mayor problema estaba en el mensaje, en el contenido. 

  De joven le habían diagnosticado una extraña dislexia, tan rara que acabaron bautizando dicha variedad con su nombre. Leía con cierta soltura y llegó a escribir alguna novela que logró que le publicasen pagando, mas no era capaz de ser entendido por nadie excepto por su madre. Ella constituía la forma, la emisión, la traducción. El día en que ella murió quedó desconectado de la realidad porque hablaba una lengua que no era de este mundo. Un lenguaje propio, su lengua interior, única e intransferible. A partir de ese momento se aplicó en aprender la lengua vernácula, la común. 

  Visitó a cientos de especialistas que fracasaron en la primera sesión. Desalentado, acabó encerrándose en sí mismo, tornándose en un ser huraño que hasta retiró el saludo a los vecinos a los que toda la vida había tratado con lo que para nosotros hubiera sido un buenos días normal y corriente. Sin embargo un día, en la barandilla de una pasarela alguien le tocó por la espalda con un dedo. Podría haber sido cualquier persona, una niña pequeña o un triste anciano, un mendigo corriente o un oficinista en paro. Cualquiera podría haber sido el que evitase entonces su suicidio pero fue aquella chica de ojos límpidos y desmesurados que una vez había visto sentada en la misma sala en la que esperaba.

   Le preguntó que porqué quería hacerlo y él le respondió que porque nadie le entendía. Pero yo te entiendo, dijo ella. Asombrado, porque desde el fallecimiento de su madre no había encontrado a nadie con el que hablar, de sus ojos brotaron lágrimas incontenibles. Ella lo abrazó y lo invitó a hablar. Realmente nunca consiguió que nadie le entendiera durante el resto de su vida. Pero todo era distinto, ahora su voz encontraba el eco que siempre había ansiado. Ya no estaba solo, era suficiente, su vida había tenido sentido.


Elche, 27 de julio de 2015, 19:15

   

miércoles, 15 de julio de 2015

Paseo en medio de la nada

   Paseo en medio de la nada, fruto de la especulación de aquellos años salvajes. Un hombre, atravesando bancales, caminos y solares, algunos con los esqueletos oxidados por el paso de quinquenios de ignominia, camina sin descanso hacia algún sitio indeterminado. Va vestido de boda, encorbatado y engominado, pareciera todo un gánster. Pero no lo es, es simplemente un hombre. Es mayor y ha decidido salir a pasear, a recordar. El calor es asfixiante en estas fechas pero nunca había llegado a estos mínimos. El paisaje es desolador, el paisanaje lo es más todavía. 

    En su juventud, el hombre no pudo estudiar. Ahora no quieren, se dice mientras mira apesadumbrado los restos del naufragio. Los cascotes, las televisiones destrozadas, las neveras...todo roto, todo esparcido por un terreno inerte y sin sentido. Pasa por encima de la podredumbre de una realidad que le supera. Llega a la azarbe mayor y mira hacia el interior, hacia el agua que debe salvar alguna cosecha. Recuerda como de pequeño veía carneros destripados flotando en un agua turbia, grisácea. Ahora no ve nada, porque han enladrillado la azarbe. Solo ve granito y cemento y, al traspasarla recuerda el tablón de madera carcomido que juntaba ambas orillas. Se ve a si mismo cruzandolo con mucho terror, con aquel miedo al vacío y ese miedo inexplicable al agua, madre de todas las desgracias por aquellas tierras.

   Sigue adelante, hacia algún lugar en el que antes había alcachofas y algodón. Hace mucha calor, sofocante. Con su indumentaria oscura suda sin descanso pero continua. No quiere parar. No puede parar. Su mundo no es este y va en busca de otro lugar, quizás es ya imposible encontrarlo. Busca el mar. Casi desfallecido llega bordeando un camino pedregoso a una pequeña sierra tras la que se haya la  playa. Al cruzar al carretera descubre con espanto que donde solo había unas cuantas casitas ahora hay cientos, quizás miles. Cemento, se dice. Horrible escenario. Calles vacías, asfalto requemado, espejismos a lo lejos. Habrá que proseguir, piensa. Ve a un  niño. Trata de hablar con el pero no lo entiende aunque habla su mismo idioma. Se esboza una leve sonrisa en su agrietada faz. 

  La visión infantil le ha insuflado ánimos. Atraviesa un jardín vacío y observa con perplejidad que el agua sale disparada de entre la hierba por unos aparatos negros. Gira y le moja. Se refresca. Prosigue su camino y desciende la carretera todavía sin arcén, como en su juventud. Llega a un cruce de caminos redondo. Hay una mujer joven sentada en una hamaca, con un parasol que la protege del ardiente sol. Observa que algún coche rodea y regresa por donde venía. De repente levanta su pesada mirada, apesadumbrada ya, y ve una lámina marrón a lo lejos. No es el mar, es la vieja pinada, en la que con sus amigos venía algunos domingos a pasar el día. Delante estaba el mar. No lo ve. No ve nada más allá, solo un terrible vacío, una especie de desierto blanco, como una salina desecada pero inabarcable.

   La visión lo perturba. ¿Qué ha pasado?, piensa muy agitado. El calor acumulado y los nervios le precipitan a un mar de sudor. Desciende por la carretera hacia la masa boscosa con la esperanza de que el mar siga existiendo. Ve personas acampadas entre los pinos, en furgones, ropa tendida. Vuelve a su imaginación el recuerdo de aquella ropa blanca, la colada que su madre tendía en varias cuerdas sostenidas en cañizos. Llega a la playa, todavía desierta piensa porque no es verano. Ve el bar casi sumergido en las dunas y no ve el mar. Solo ve dunas y más dunas. Con mucho esfuerzo, casi a punto de desfallecer, observa un promontorio y asciende, aunque tropieza sofocado y cae al suelo. Su boca se llena de arena, como aquella que probaba ingenuamente de pequeño o cuando daba una dentellada a un bocadillo y tenía que escupir porque había entrado. Esa sensación desagradable se apodera de su ser.

  Llega a la cima y un inmenso desierto amarillo se levanta entorno suyo. Cuando mira hacia atrás ve a lo lejos la arboleda y más atrás la colina llena de casas sin sentido. Sin darse cuenta ha penetrado más de tres kilómetros en la muralla que formaba el mar solo que ese mar ya no existe. No se divisa el agua. Trata de buscar la isla plana. La ve. Se podría llegar hasta ella caminando. Una sensación de desamparo se une a sus agotadas fuerzas, a su boca reseca y todavía llena de tierra. Piensa, que desolación, que desastre, que  vacío. Ya no hay nada.