viernes, 24 de mayo de 2013

Sueño sobre El proceso de Kafka o la intención de desaparecer

   
Aquella mañana desperté de sopetón, sudando después de haber tenido una terrible pesadilla: ese sería mi último día en la faz de la tierra. Estaba todavía asustado, pensando que todo había sido un mal sueño, cuando sonó el ruidoso timbre de la vetusta vivienda. Era el cartero y venía a entregar una carta certificada. Todavía estaba envuelto en el horroroso batín de felpa azulado con extrañas figuras protozoicas cuando abrí el portón marrón y apareció un señor bajito, treméndamente bajito, con un enorme bigote que le ocultaba por completo la boca. -Aquí tiene una carta certificada. Firme aquí- creí entender. Su presencia desagradable propició una rápida firma sin que llegase a  percatarme del remitente de la misiva. 

  Sin pensar en ello cogí el sobre y me fuí a la cocina a preparar el necesario café que me permitiría aguantar las primeras horas de la mañana, hasta el mediodía, despierto  y activo. Dejé el sobre apoyado en el cenicero metálico repleto de colillas de cigarros a mitad de fumar. Estaba intentando dejar el tabaco desde hacía tres meses y los intentos habían acabado en desesperantes sesiones en las que me atracaba a fumar antes de dormir. Cogí el café y, cuando me dispuse a probar el primer trago de la hirviente solución, vi casi de refilón el remitente de la carta: Ministerio de Hacienda. 

   Ni que decir tiene que me quemé el labio inferior y buena parte de la lengua que me quedó como de estropajo durante todo el día, aquel nefasto día de todos los santos del año 6.
    Me puse muy nervioso. ¿Qué querrían los del fisco?. Yo había hecho correctamente la declaración, si bien el señor que me asesoró dijo que me podía desgravar un concepto de traslado de domicilio por estar viviendo en una vivienda diferente a la del lugar de mi trabajo, a 40 kilómetros de la ciudad. Antes de abrir la carta no sospechaba que un inspector de hacienda estaba investigando mi declaración desde hacía más de dos años y que había descubierto una incidencia, como ellos llaman a los "errores" que cometen los asesores fiscales al intentar aumentar las desgravaciones y que en realidad significa: te hemos pillado y lo vas a pagar muy caro por no ser un ladrón de guante blanco.

   Abrí la carta lentamente, como deseando íntimamente que el sobre cambiara de contenido, como invocando una plegaria al Ser Supremo que borrara la tinta impresa de la notificación o la transmutara en una cordial felicitación navideña o algo por el estilo aunque no me hacía muchas esperanzas ni era tan ingenuo para creerme mis deseos. Desdoblé la hoja y comencé su lectura, pausada pero directa. Era como un golpe en el bajo vientre: tenía que reintegrar más de 10.000 talegos.

   Se confirmaban para mí mis peores temores, el error contable era superior a lo imaginable. Además se acompañaba de una multa por incumplir la ley tributaria. De confirmase la sanción, si no presentaba recurso ordinario, me vería en la más absoluta quiebra, seguramente tendría que acabar viviendo debajo de algún puente, solo que en la ciudad no había ningún puente y, en ese caso, sería aun peor: debería vivir a ras de calle, en algún cajero automático o portal con las únicas y exclusivas pertenencias que unos cartones y algún tetra-brick de vino dulce que obtendría pidiendo en la calle principal, la más comercial de la urbe. Lo del recurso era una broma pesada: ya había recurrido alguna que otra multa por circular demasiado rápido en patinete hacía unos cuantos lustros y, tras el recurso, llegó una condena superior. Así que de recurrir ni pensarlo. Entrar en esa burocracia podía conducirme a la situación de Josef K, a un sinfín de ventanillas, personajes siniestros y adevenedizos sin piedad que podían llevarme al colapso nervioso.

    No sabía muy bien que hacer, barajé diversas opciones: acudir al asesor con un cuchillo de cocina lo suficientemente afilado para obligarle a reintegrarme el dinero, porque solo de él era la culpa, el descalabro absoluto de mis finanzas exiguas. Pero no era práctico y, además, podía dormir aquella misma noche en prisión porque no tenía ningún amigo en el gobierno que presionara a algún banquero para que depositara la costosísima fianza que me impondrían. No era del establishment, era del lumpen de las clases anteriormente medias reconvertidas actualmente en clase suelo, una nueva clasificación inventada por un grupo de personas  conocidas como sociólogos que se dedican en su día a día a falsear estadísticas y que abarcaba a aquellas personas que, no teniendo nada, debían cantidades astronómicas a los bancos, habían perdido su dignidad y su vivienda y el sistema financiero les llevaba a vivir eternamente en crecimiento negativo, en unos ingresos negativos, palabreja inventada por los ministros y tertulianos llamados economistas para no decir la mágica palabra decrecimiento. 

   Como no era amigo de ningún político pensé también en huir del país, marchar al extranjero, allí en donde las leyes de la nación no tuviesen vigencia. Naturalmente la mejor opción sería latinoamérica por el idioma. No había conseguido aprender a entender a las personas que hablan en inglés porque el sistema educativo solo nos había enseñado a entender algunas palabras escritas en un papel. Eso me cerraba muchas posibilidades, fundamentalmente el sureste asiático, lugar al que había viajado con la imaginación en numerosas ocasiones y que siempre había ansiado visitar algún día. El destino debía ser desde la raya del Río Grande hasta tierra de fuego. Opté finalmente por pensar en Yucatán porque, a pesar de las mafias asesinas de las drogas, podría dar clases de alfabetización y subsistir misérrimamente en alguna de las chabolas de la selva virgen o bien haciendo de guía de alguno de los múltiples yacimientos arqueológicos. Sinceramente era la opción que más me atraía.

   Sin embargo, una sensación de malestar se apoderó de mis entrañas, un miedo atávico a lo desconocido, a salir de mi casa, de mi ciudad, de mi país, de vivir solo y alejado del mundo, de no volver a saber nada de mis seres queridos y todo por culpa del sistema, de la desgraciada incidencia. ¿Qué podía hacer?. La ansiedad iba en aumento, nada ni nadie podían pararla. Tenía que poner fin a aquel estado de frustración y de sopor en el que me encontraba. Ya lo había pensado más de una vez en otras ocasiones y pensé que en esta era la mejor, como dicen, la ocasión la pintan calva y yo ya estaba en un proceso irreversible de cicatrización de la calvicie imparable. ¿Qué mejor opción que segar mi vida, una vida frustrada y frustrante, una vida que me había maltratado hasta ese momento, que me había apartado del mundo y que tan solo, en breves momentos de embriaguez, me devolvía algo positivo?. Si, era cierto. Era la mejor opción. Ni raudo ni perezoso pensé en la mejor manera. Algo limpio, indoloro, inodoro e insípido, como el agua. A ser posible que nadie encontrara jamás mi cadáver y quedara como desaparecido y así, fastidiar a Hacienda y al sistema, haciendo que los gastos por mi búsqueda superaran a la deuda que con ellos tenía. Entonces recordé aquella visita al vertedero de basuras, entre fétidos olores aquella mañana primaveral del año 4. Aunque era una visita protocolaria, fruto de una encerrona laboral con un grupo de adolescentes, recordaba unas máquinas trituradoras que deshacían raudamente todo lo que pasaba a través de ellas, enterrándolo todo con unos enormes martillos que apisonaban todo el material del que se apropiaban. La opción me sedujo, acabar debajo de una montaña de basura, yo, que había vivido una vida de mierda. Era hasta poético. Cogí un autobús que me dejó a 5 kilómetros del vertedero, ya anocheciendo, y conseguí introducirme en el complejo del hedor ciudadano. Entre la oscuridad y, gracias al machacón sonido, llegúe al lugar escogido, casi a ciegas. Había una persona allí, dirigiendo la máquina pero, agazapado, intenté esperar antes de lanzarme a la trituradora asesina a que el personaje se quedara durmiendo. Las horas pasaban y el momento llegó sobre las 6 de la mañana. Estaba a punto de amanecer, la luz en el horizonte empezaba a despuntar. En aquel preciso momento el operario bajó la cabeza, con la máquina todavía rodando, las cuchillas deshaciendo la basura. Me aupé a una pequeña plataforma y me tiré de cabeza contra el monstruo de las cuchillas. Sentí un dolor enorme en la cabeza, como un estallido, como si me golpearan fuertemente en el occipital. Estaba a punto de morir. En ese momento vi el rostro de una persona, era mi mujer, que me acababa de golpear fuertemente en los carrillos de la cara.  Estaba delirando. Todo había sido un mal sueño aunque minutos después de beber un helado vaso de agua se oyó el timbre de la calle. Era el cartero con una notificación. ¿Sería del fisco?.

viernes, 10 de mayo de 2013

Star 6,35 mm. 20:30

  

 Pistola Star 6,35 mm. o de calibre 22, 20:30 horas del 29 de Marzo de 1956. La hora es aproximada, pero por redondear lo dejaremos a las 8 de la tarde. Dos hermanos, uno de 18 años, con varios meses de instrucción militar en la Academia de Zaragoza y el otro, adolescente de 14 años. El primero empuñará el arma y disparará al segundo, matándolo de un tiro en la cabeza.

   Su familia,  importante y de rancio abolengo en la Historia de un vetusto país, alarmada por el disparo, acude al piso superior del palacete. Allí encuentran al pequeño con la cara destrozada y desangrándose en el suelo. Su cráneo ha sido atravesado por la bala asesina en una trayectoria que, en diagonal, atraviesa la nariz para salir por detrás del cráneo. La muerte es casi instantánea. El joven de 18 años, militar por imposición, ha realizado el disparo. Su padre le hace jurar ante una bandera de España que no ha disparado a propósito, sino que ha sido un accidente trágico. 

  La versión oficiosa será que la pistola se ha disparado sola, en un accidente lamentable. Pero no se investiga, no hay autopsia, solo un médico certifica la muerte. Rápidamente se celebran las exequias y ni siquiera se informa inmediatamente del suceso. Tan solo se dirá que el joven adolescente ha muerto a consecuencia de un accidente  mientras  manipulaba un arma. Todo es una gran patraña para ocultar que el hermano mayor, experto en armas, ha asestado un disparo a la cara de su hermano menor, acabando con su vida. Pero hay que ocultar la realidad puesto que este joven de 18 años tiene una misión en su vida de gran trascendencia. Deberá ser el sucesor de un dictador, un sanguinario dictador que arrebató a su pueblo la libertad y que masacró a la poca oposición que no huyó a tiempo después de una cruel guerra. No conviene sembrar dudas acerca de la honorabilidad del joven, futuro jefe de Estado.

  Pero, si sabemos que la versión oficial es falsa, ¿por qué nadie ha investigado el caso?.   La muerte de su hermano jamás se investigará, no se podrá acceder a su cadáver para realizarle las oportunas pesquisas forenses ante una muerte violenta, cubriendo el suceso con un manto de olvido y no se puede ahora porque ese personaje tan importante es ininmputable, es el único ser en toda la nación que no puede ser investigado. Y eso es ley, está por escrito en un papel que sirvió para su propia legitimación. 

   Cierto es que el homicidio podía ser accidental, siendo entonces un homicidio imprudente. Ello nos llevaría a otras hipótesis, algunas más acomodaticias, como que el descuidado cadete militar tuviera la sangre fría de empuñar un arma y apuntar a la cabeza de su hermano y que el arma se le disparara sin querer. Sigue siendo, no obstante, el causante de una muerte violenta. Aunque se le quiera llamar accidente, no es ni más ni menos que un homicidio imprudente. Ello si aceptamos la hipótesis después difundida por los hagiógrafos del capitoste, los aduladores del heredero del dictador. 
    Porque, ¿quién nos puede asegurar con total certeza que esta última versión oficial sea verdadera?. ¿Por qué creer en ella y no caminar sobre la tesis de un homicidio?. ¿Por qué dijeron que el muerto se había disparado accidentalmente cuando después aseguraron que su hermano, heredero de un dictador, había apretado el gatillo por accidente?. El homicidio cambiaba muchas cosas, hay que pensar que eliminado su hermano se quitaba un posible rival en su carrera política, en su apetencia de poder y en la posibilidad incómoda de tener una espada de damocles encima esperando su caída para ocupar su lugar, para usurpar lo que ya era suyo por mor de la voluntad del asesino jefe del gobierno.

  Porque, en un momento dado, este incómodo hermano podía ser el recambio, apoyado por diferentes grupos de presión política, que sustituyera, depusiera, detuviera y encarcelara o bien, exiliara, al joven ávido de poder, sustituyéndolo en la cúpula del poder. Con su desaparición terminaba esa posible incertidumbre para el presunto homicida.

   Otras posibilidades, los celos terribles que tenía el hermano mayor del pequeño. En una mente todavía inmadura, aunque 18 años y varios meses de disciplina militar estricta hacen madurar a cualquiera, podía albergar ese sentimiento de envidia por ser su hermano el preferido de su padre. Unos celos patológicos, una envidia primaria y cruel, que llegara al extremo de matar a su hermano. Una vuelta al mito de Caín y Abel, de Rómulo y Remo, pero en una aristocrática familia de mediados del siglo XX. ¿Pudieron ser los celos el causante del disparo, siendo por tanto, en este último caso la causa de  un asesinato?. Es una posibilidad que no se debe descartar.
  Después, al no aclararse jamás del todo el suceso, pueden surgir nuevas hipótesis. Porque cuando lo que se hace es tapar un acontecimiento luctuoso de esta magnitud, poco queda que decir. Siempre estará ahí, la duda, la conspiración, la trama, el  misterio. 

  La historia comienza en Estoril, en una lujosa mansión. Toda la familia regresa de un servicio religioso en pleno Jueves Santo. Los dos hermanos suben al primer piso y el resto de la familia se encuentra en la planta baja. Al llegar arriba el hermano mayor, el posiblimente aunque poco creíble inmaduro, coge la pistola, regalo de su padre, con la que ambos habían estado disparando a las farolas de la calle en días previos, con la permisividad de sus irresponsables padres.  
   Una vez que la tiene en sus manos, la carga y elimina los seguros que disopone. Obviamente tiene intención de disparar, de usarla. Si no fuese así no hubiera eliminado los seguros y cargado el percutor.  ¿Qué macabro juego piensan hacer los hermanos para tener una pistola cargada y lista para ser detonada?. ¿Están los dos hermanos en esto o es cosa únicamente del que va a disparar después?. De ser así, o es un verdadero mentecato irresponsable, que va a bromear , a gastar una pesada broma a su hermano poniendo en peligro su propia vida o estamos ante un auténtico homicida, ante un frío y calculador asesino. Nunca se sabrá. 

   El misterio quedará para siempre enterrado en ese primer piso de la villa, de la lujosa mansión en la que un  Jueves Santo de 1954 desapareció una vida y continuó otra por obra y gracia de una Star del calibre 22. La historia de una vetusta nación pudo haber dado un giro de 180º. ¿ Y si el que hubiese cogido el arma hubiese sido el pequeño?.¿Y si hubiese destrozado el cráneo del joven de 18 años preparado para asumir destinos inimaginables por él en aquel instante?.

jueves, 9 de mayo de 2013

El monstruo dentro de la nevera




*Hecho verídico ocurrido en Alicante el 22 de Julio de 1999

Acababa de llegar de la calle. Había adquirido en la tienda de la calle Garbinet el suficiente número de víveres para pasar aquel fin de semana en mi antiguo apartamento de 30 de Marzo. La última vez que había habitado allí parecía muy lejana pero era solo imaginación mía. En realidad había estado allí hacía, tan solo, 15 días. Había regresado a mi domicilio en la vega para visitar a mi familia. Era un día caluroso, las dos de la tarde, en pleno verano mediterráneo, era ya hora de comer. Abrí el portón de la calle con serias dificultades, asediado por el sudor y el peso de las dos bolsas de plástico que herían mis manos, estaba empezando a vislumbrar mis dedos azulados, casi amoratados, por la presión del plástico sobre ellos.  Dejé la compra abajo para dejar el peso de mi maleta arriba, en la primera planta de aquella escalera de caracol. Introduje la llave en la cerradura anquilosada, antigua, casi enrobinada por su falta de uso. Giré la llave alargada y desplacé la barra de acero hacia la derecha, dejando la puerta semiabieerta.  En ese momento tuve una sensación desagradable por el pútrido olor que llegaba hasta mi. No era un olor excesivamente ácido pero si lo suficientemente asqueroso para entrar con ciertas precauciones. 

 - Ya me he dejado la basura sin bajar durante dos semanas, esta cabeza mía- pensé con cierto agrado, con regocijo de que solo fuera eso. Pero era algo mucho peor. Antes que nada, penetré en la salita de estar y abrí las vetustas puertas desconchadas y férricas. La luz penetró poniendo a su trasluz todo el polvo que flotaba en el habitáculo, mostrando la luz en haces, quasi fasciculados. Pero el olor lo inundaba todo. No era visible pero casi se podía percibir su silueta. Raudo, corrí hacia la pequeña cocina, al cubo de basura. Con mucho temor levanté la tapa mugrienta y descubrí un vacío que me alegró, de una manera un tanto absurda, casi infantil. Esbocé una sonrisa atontada. Sin embargo, el peligro no había pasado porque el aroma perduraba indeleblemente.

   Abrí cajones de diversos armarios, penetré en el minúsculo aseo, otrora balcón reformado, con la esperanza de encontrar algún deshecho orgánico petrificado, que justificase la desagradable situación. No obstante carecía de poca fe, porque no era ese el olor que percibía mi  nariz. Algo más desagradable se encontraba dentro del piso, algo nunca imaginado ni pensado, algo más allá de lo humanamente comprensible y que iba a desatar en breves momentos una peligrosa reacción que a punto estuvo de acabar con mi existencia. Después de , agotado por la búsqueda incansable, una terrible hora en la que hube de fabricarme una especie de filtro con un par de trapos viejos anudados a mi cuello y tapándome medio rostro, cual forajido del antiguo oeste, salí a uno de los balconcitos que daban a la estrecha y ruidosa calle, respiré aire contaminado puro, para  mi constituía un aire absolutamente límpido, un aire propio de Ordesa. Mis pulmones se llenaron y mi espíritu retornó a su inquietud. ¿Qué terrible material se habría desparramado en la vivienda y, sobre todo, de qué naturaleza era?.¿Sería algún tipo de gas que hubiese penetrado mágicamente por las paredes o bien procediera del subsuelo y, por infiltración en los gruesos muros de carga de sillares, hubiese ascendido hasta la primera planta?. Pero no podía ser así, eso era un locura y comenzaba a mostrar síntomas de cierta demencia. ¿Qué descabellada idea era esa?. De ser así, en la vivienda de abajo, habitada por un ser quasi novelesco, anciano de barba blanca, habría dado la voz de alarma mucho antes. Pero nada de esto había ocurrido.

   Entonces un sudor frío me invadió cuando comprendí que había un único lugar que todavía no había explorado: la nevera. Y lo cierto es que la atención debía de haberse dirigido a ella en primer lugar, puesto que estaba cerrada. Nunca después de abandonar el apartamento durante más de 15 días y haber apagado el interruptor general de la corriente alterna había dejado la nevera cerrada. Y ahora, ante mi, aparecía la pequeña y blanca máquina de enfriar, totalmente cerrada y, lo que es peor, el cable de alimentación estaba en el suelo, sin conectar a la luz. En ese momento vino a mi mente la solución al enigma: algo había quedado dentro de la nevera y  yo, por error, la desconecté de la luz sin vaciarla. Lo que fuera estaba todavía por adivinar pero, obviamente, tampoco podía esperar mucho más en ese ambiente insano con lo cual la solución fue armarse de un enorme valor y abrir la puerta magnéticamente sellada. Volví al pañuelo en la boca y abrí de sopetón, no cabía más esperas. 

   Allí se confirmó la idea anteriormente esbozada: ante mi asombro observé un monstruo verdoso, absolutamente repugnante. Ni que decir tiene que mi primera reacción fue salir corriendo, abrí la puerta de la calle y abandoné el habitáculo. El corazón me latía demasiado aceleradamente para no haber hecho ningún ejercicio físico, el  miedo se había apoderado de mi. Pero ahora, ya en la calle, pensé en qué podía ser aquello que había crecido dentro del frigorífico, debía llegar a un acuerdo con mi propia imaginación, poner las ideas en claro y, mediante la memoria fotográfica que tanto había desarrollado durante los largos años de oposiciones mirando láminas artísticas, recreé el ser que me  había encontrado dentro. Volví a verlo: partiendo de un núcleo verdoso oscuro, casi ínfimo, como derretido, salían infinidad de ramificaciones, de finos tentáculos que se expandían en todas direcciones, colonizando por completo todo el espacio interior del electrodoméstico.  Lo había visto si luz, porque no había encendido el aparato antes de abrirlo de sopetón, pero podía recrear su imagen. Esos tentáculos, casi hilillos pequeños, salían de manera prodigiosa del núcleo central disminuído. ¿Qué podía ser aquel monstruo casi cartilaginoso?. ¿Dé donde podía proceder?.
   Miles de preguntas rebotaban en mi cráneo. Sería acaso algún hongo venido de no se sabe dónde que hubiera colonizado la nevera y, próximamente, colonizara todo el apartamento. Incluso recreé en mi mente aquel misterio de la invasión de  los ladrones de cuerpos, la mítica película de Siegel. Pero todo era absurdo, tenía que subir y enfrentarme a lo que fuera porque tampoco había visto que tuviese vida, que se moviera, que emitiera algún sonido. ¿Tendría el valor suficiente para hacerlo?. 

   Pensé que era absurdo pensar en nada extrarodinario y, tras un tranquilizador paseo, cogí las llaves y abrí la puerta del edificio. Volví a subir la enrevesada y vetusta escalera de caracol y llegué al primer piso. Sin pensármelo dos veces, penetré en el piso y, raudo, me lancé contra el monstruo. Allí estaba todavía, inmóvil, con sus millones de pequeñas fibras en modo de tentáculos que salían del cuerpo central. Hice lo primero que se me vino a la cabeza, atestar un raudo y certero navajazo sobre el bulto que se encontraba en el centro. Para ello había abierto el cajón de los cubiertos y asido con enorme fuerza el cuchillo jamonero, el más largo que había podido encontrar. 

  La certera estocada penetró como si de un flan se tratara, tal era su cartilaginoso estado. Solté el cuchillo para ver la reacción de esa cosa tan horrible. Nada ocurrió salvo que esa masa empezó a menguar de forma prodigiosa. Al agujerearla había comenzado a expulsar los pútridos líquidos que todavía albergaba en su interior. Inmediatamente, en cuestión de segundos, quedó reducida al tamaño de un limón. El líquido pringaba ya hasta el suelo de la habitación. Decidí no seguir esperando y cogí  un paño con el que pude coger el mango de cuchillo asido al monstruo. Con vigor, extraje de la maleza el pequeño núcleo menguante. Cuál fue mi sorpresa al reconocer en el ese color verduzco, como de sapo, del melón que había dejado, dos semanas atrás en pleno verano, dentro del frigorífico sin refrigeración. Los tentáculos no eran más que hilillos de moho que colgaban como si de un arbol se tratase. Quedaba mucho por hacer, en primer lugar una concienzcuda limpieza pero lo más importante era que el monstruo había muerto y que mi vida en aquella vivienda podría continuar.
  

viernes, 3 de mayo de 2013

EL CONCEJAL ( III)

    La idea había quedado clara para Pepito y sus compinches. Había que comenzar por la intimidación, con un golpe contundente para evitar males mayores. Hablaron con algunos del puticlub, amigotes de toda la vida del alcalde accidental, ya ex-alcalde provisionalmente y otros que no eran de la zona, extranjeros de oriental procedencia, dispuestos a romper alguna pata ( no de una mesa precisamente) si hiciera falta para llevar el pan a sus hijos. Era gente sin escrúpulos, desalmada, que habían atracado billares y lugares de poca monta y habían estado algunos meses en chirona. Allí forjaron un pacto de hierro, como aquel de las oligarquías de Michells. Primero irían una noche, probablemente la siguiente e irrumpirían en la casa de Jesús, el filósofo, dejando algún "recado". En principio pensaron en notas amenazantes pero Pepito quería algo más contundente, algo más auténtico que decantara rápido la balanza hacia su mafioso proceder electoral. Y así se llevó a cabo: la tarde siguiente, después del café que Escalambrín solía tomar en el pub Albarán, el más antiguo del pueblo, lo siguieron estos amigos de lo ajeno contratados previamente por el corrupto y ladrón saqueador de bienes públicos. Al doblar por el callejón que da a la plaza mayor, la del obispo Culiáñez, el callejón de los patos, se acercaron por detrás y lo rodearon. Dos de ellos estaban vigilando a los extremos de la pequeña calleja, con el objetivo de que nadie pasara por allí o bien avisar si la bofia hacía acto de presencia.  Comenzaron a pegar bofetadas a Jesús, este cayó al suelo y recibió unas cuantas patadas bastante duras, que le fisuraron unas cuantas costillas. Magullado, quedó tumbado en el suelo. Había recibido correctamente el mensaje, mientras era pateado escuchó: -tu no vales para político, tu eres un gilipollas profesor- y -ni se te ocurra tomar posesión de concejal o esto será una broma para lo que te haremos a ti o a tu mujer-. Corriendo salieron por el otro lado del callejón y cogieron el coche que les esperaba. Jesús, a duras penas, podía tenerse en pié. Había quedado muy magullado y humillado. Y de inmediato, como buen ciudadano que se creía, dió parte al cuartelillo de la Guardia Civil, afirmando punto por punto lo que le habían recomendado. La denuncia quedó archivada cuando no fue capaz de identificar a ninguno de sus agresores.
  Sintió en su interior la desprotección típica que suele quedar en el subconsciente después de una paliza y la consiguiente abulia de las fuerzas de seguridad para buscar al responsable, más si estaba relacionado con Pepito o su entorno, al que se le consentía casi todo en aquella comarca. Pero, sin embargo, Jesús decidió seguir adelante. Magullado, con los ojos amoratados y la nariz partida, un con unas muletas, se paseó al día siguiente por toda la plaza, hablando con unos y con otros. Habló con sus ahora compañeros de partido y decidió seguir adelante con su carrera política aunque en ello le fuese la vida. Su moral era inquebrantable, era un partidario de las reformas democráticas, de la limpieza pública de las administraciones. Todavía era un poco ingénuo puesto que nunca había tocado el poder real, pero esa ingenuidad la transmitía como un virus entre sus vecinos. Al saber de la paliza gran parte del pueblo se dirigió en manifestación, espontánea, ante la casa del Alcalde. Este, abrumado por la situación, no tuvo la valentía de salir al balcón, agachó las orejas y decidió esperar, incluso pensó que podría perder el poder momentáneamente, que ya daría un golpe de mano comprando a algunos concejales y, tras la oportuna moción de censura, volvería tan campante a su privilegiada atalaya. Pero nuevamente sus planes volvieron a torcerse.
  Había fallado su faceta matonil, su intención de amedentrar con violencia al díscolo ciudadano, dispuesto a democratizar y abrir las ventanas para aireara aquel olor a putrefacción moral que se respiraba hasta en el mismo salón de plenos. Por su parte Escalambrín y el resto de concejales tomaron posesión de sus cargos, previa declaración jurada de bienes ante el secretario municipal. Se acercaba el día de la sesión de investidura, donde se elegiría al nuevo alcalde. Este sería el líder de su partido, Jose Joaquín, el "patas", como era conocido en el pueblo. Ni que decir tiene que Jesús carecía de apodo porque su apellido ya servía de apodo por si mismo. Él era el "escalambrín", el resto todos tenían el suyo. De su partido, Pedro era el "cuentas", Alberto " el boyo" , María "la ahorcada", por que un tatarabuelo suyo se ahorcó por un asunto de deudas. Y así podríamos seguir. El patas iba a ser alcalde porque los socialistas ya habían firmado un acuerdo con el grupo independiente, al que cedían la cartera de urbanismo, la más golosa en cualquier consistorio. De este pacto saldrían muchos de los problemas a los que se enfrentarían en adelante.