viernes, 3 de mayo de 2013

EL CONCEJAL ( III)

    La idea había quedado clara para Pepito y sus compinches. Había que comenzar por la intimidación, con un golpe contundente para evitar males mayores. Hablaron con algunos del puticlub, amigotes de toda la vida del alcalde accidental, ya ex-alcalde provisionalmente y otros que no eran de la zona, extranjeros de oriental procedencia, dispuestos a romper alguna pata ( no de una mesa precisamente) si hiciera falta para llevar el pan a sus hijos. Era gente sin escrúpulos, desalmada, que habían atracado billares y lugares de poca monta y habían estado algunos meses en chirona. Allí forjaron un pacto de hierro, como aquel de las oligarquías de Michells. Primero irían una noche, probablemente la siguiente e irrumpirían en la casa de Jesús, el filósofo, dejando algún "recado". En principio pensaron en notas amenazantes pero Pepito quería algo más contundente, algo más auténtico que decantara rápido la balanza hacia su mafioso proceder electoral. Y así se llevó a cabo: la tarde siguiente, después del café que Escalambrín solía tomar en el pub Albarán, el más antiguo del pueblo, lo siguieron estos amigos de lo ajeno contratados previamente por el corrupto y ladrón saqueador de bienes públicos. Al doblar por el callejón que da a la plaza mayor, la del obispo Culiáñez, el callejón de los patos, se acercaron por detrás y lo rodearon. Dos de ellos estaban vigilando a los extremos de la pequeña calleja, con el objetivo de que nadie pasara por allí o bien avisar si la bofia hacía acto de presencia.  Comenzaron a pegar bofetadas a Jesús, este cayó al suelo y recibió unas cuantas patadas bastante duras, que le fisuraron unas cuantas costillas. Magullado, quedó tumbado en el suelo. Había recibido correctamente el mensaje, mientras era pateado escuchó: -tu no vales para político, tu eres un gilipollas profesor- y -ni se te ocurra tomar posesión de concejal o esto será una broma para lo que te haremos a ti o a tu mujer-. Corriendo salieron por el otro lado del callejón y cogieron el coche que les esperaba. Jesús, a duras penas, podía tenerse en pié. Había quedado muy magullado y humillado. Y de inmediato, como buen ciudadano que se creía, dió parte al cuartelillo de la Guardia Civil, afirmando punto por punto lo que le habían recomendado. La denuncia quedó archivada cuando no fue capaz de identificar a ninguno de sus agresores.
  Sintió en su interior la desprotección típica que suele quedar en el subconsciente después de una paliza y la consiguiente abulia de las fuerzas de seguridad para buscar al responsable, más si estaba relacionado con Pepito o su entorno, al que se le consentía casi todo en aquella comarca. Pero, sin embargo, Jesús decidió seguir adelante. Magullado, con los ojos amoratados y la nariz partida, un con unas muletas, se paseó al día siguiente por toda la plaza, hablando con unos y con otros. Habló con sus ahora compañeros de partido y decidió seguir adelante con su carrera política aunque en ello le fuese la vida. Su moral era inquebrantable, era un partidario de las reformas democráticas, de la limpieza pública de las administraciones. Todavía era un poco ingénuo puesto que nunca había tocado el poder real, pero esa ingenuidad la transmitía como un virus entre sus vecinos. Al saber de la paliza gran parte del pueblo se dirigió en manifestación, espontánea, ante la casa del Alcalde. Este, abrumado por la situación, no tuvo la valentía de salir al balcón, agachó las orejas y decidió esperar, incluso pensó que podría perder el poder momentáneamente, que ya daría un golpe de mano comprando a algunos concejales y, tras la oportuna moción de censura, volvería tan campante a su privilegiada atalaya. Pero nuevamente sus planes volvieron a torcerse.
  Había fallado su faceta matonil, su intención de amedentrar con violencia al díscolo ciudadano, dispuesto a democratizar y abrir las ventanas para aireara aquel olor a putrefacción moral que se respiraba hasta en el mismo salón de plenos. Por su parte Escalambrín y el resto de concejales tomaron posesión de sus cargos, previa declaración jurada de bienes ante el secretario municipal. Se acercaba el día de la sesión de investidura, donde se elegiría al nuevo alcalde. Este sería el líder de su partido, Jose Joaquín, el "patas", como era conocido en el pueblo. Ni que decir tiene que Jesús carecía de apodo porque su apellido ya servía de apodo por si mismo. Él era el "escalambrín", el resto todos tenían el suyo. De su partido, Pedro era el "cuentas", Alberto " el boyo" , María "la ahorcada", por que un tatarabuelo suyo se ahorcó por un asunto de deudas. Y así podríamos seguir. El patas iba a ser alcalde porque los socialistas ya habían firmado un acuerdo con el grupo independiente, al que cedían la cartera de urbanismo, la más golosa en cualquier consistorio. De este pacto saldrían muchos de los problemas a los que se enfrentarían en adelante.

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