viernes, 24 de mayo de 2013

Sueño sobre El proceso de Kafka o la intención de desaparecer

   
Aquella mañana desperté de sopetón, sudando después de haber tenido una terrible pesadilla: ese sería mi último día en la faz de la tierra. Estaba todavía asustado, pensando que todo había sido un mal sueño, cuando sonó el ruidoso timbre de la vetusta vivienda. Era el cartero y venía a entregar una carta certificada. Todavía estaba envuelto en el horroroso batín de felpa azulado con extrañas figuras protozoicas cuando abrí el portón marrón y apareció un señor bajito, treméndamente bajito, con un enorme bigote que le ocultaba por completo la boca. -Aquí tiene una carta certificada. Firme aquí- creí entender. Su presencia desagradable propició una rápida firma sin que llegase a  percatarme del remitente de la misiva. 

  Sin pensar en ello cogí el sobre y me fuí a la cocina a preparar el necesario café que me permitiría aguantar las primeras horas de la mañana, hasta el mediodía, despierto  y activo. Dejé el sobre apoyado en el cenicero metálico repleto de colillas de cigarros a mitad de fumar. Estaba intentando dejar el tabaco desde hacía tres meses y los intentos habían acabado en desesperantes sesiones en las que me atracaba a fumar antes de dormir. Cogí el café y, cuando me dispuse a probar el primer trago de la hirviente solución, vi casi de refilón el remitente de la carta: Ministerio de Hacienda

   Ni que decir tiene que me quemé el labio inferior y buena parte de la lengua que me quedó como de estropajo durante todo el día, aquel nefasto día de todos los santos del año 6.
    Me puse muy nervioso. ¿Qué querrían los del fisco?. Yo había hecho correctamente la declaración, si bien el señor que me asesoró dijo que me podía desgravar un concepto de traslado de domicilio por estar viviendo en una vivienda diferente a la del lugar de mi trabajo, a 40 kilómetros de la ciudad. Antes de abrir la carta no sospechaba que un inspector de hacienda estaba investigando mi declaración desde hacía más de dos años y que había descubierto una incidencia, como ellos llaman a los "errores" que cometen los asesores fiscales al intentar aumentar las desgravaciones y que en realidad significa: te hemos pillado y lo vas a pagar muy caro por no ser un ladrón de guante blanco.

   Abrí la carta lentamente, como deseando íntimamente que el sobre cambiara de contenido, como invocando una plegaria al Ser Supremo que borrara la tinta impresa de la notificación o la transmutara en una cordial felicitación navideña o algo por el estilo aunque no me hacía muchas esperanzas ni era tan ingenuo para creerme mis deseos. Desdoblé la hoja y comencé su lectura, pausada pero directa. Era como un golpe en el bajo vientre: tenía que reintegrar más de 10.000 talegos.

   Se confirmaban para mí mis peores temores, el error contable era superior a lo imaginable. Además se acompañaba de una multa por incumplir la ley tributaria. De confirmase la sanción, si no presentaba recurso ordinario, me vería en la más absoluta quiebra, seguramente tendría que acabar viviendo debajo de algún puente, solo que en la ciudad no había ningún puente y, en ese caso, sería aun peor: debería vivir a ras de calle, en algún cajero automático o portal con las únicas y exclusivas pertenencias que unos cartones y algún tetra-brick de vino dulce que obtendría pidiendo en la calle principal, la más comercial de la urbe. Lo del recurso era una broma pesada: ya había recurrido alguna que otra multa por circular demasiado rápido en patinete hacía unos cuantos lustros y, tras el recurso, llegó una condena superior. Así que de recurrir ni pensarlo. Entrar en esa burocracia podía conducirme a la situación de Josef K, a un sinfín de ventanillas, personajes siniestros y adevenedizos sin piedad que podían llevarme al colapso nervioso.

    No sabía muy bien que hacer, barajé diversas opciones: acudir al asesor con un cuchillo de cocina lo suficientemente afilado para obligarle a reintegrarme el dinero, porque solo de él era la culpa, el descalabro absoluto de mis finanzas exiguas. Pero no era práctico y, además, podía dormir aquella misma noche en prisión porque no tenía ningún amigo en el gobierno que presionara a algún banquero para que depositara la costosísima fianza que me impondrían. No era del establishment, era del lumpen de las clases anteriormente medias reconvertidas actualmente en clase suelo, una nueva clasificación inventada por un grupo de personas  conocidas como sociólogos que se dedican en su día a día a falsear estadísticas y que abarcaba a aquellas personas que, no teniendo nada, debían cantidades astronómicas a los bancos, habían perdido su dignidad y su vivienda y el sistema financiero les llevaba a vivir eternamente en crecimiento negativo, en unos ingresos negativos, palabreja inventada por los ministros y tertulianos llamados economistas para no decir la mágica palabra decrecimiento. 

   Como no era amigo de ningún político pensé también en huir del país, marchar al extranjero, allí en donde las leyes de la nación no tuviesen vigencia. Naturalmente la mejor opción sería latinoamérica por el idioma. No había conseguido aprender a entender a las personas que hablan en inglés porque el sistema educativo solo nos había enseñado a entender algunas palabras escritas en un papel. Eso me cerraba muchas posibilidades, fundamentalmente el sureste asiático, lugar al que había viajado con la imaginación en numerosas ocasiones y que siempre había ansiado visitar algún día. El destino debía ser desde la raya del Río Grande hasta tierra de fuego. Opté finalmente por pensar en Yucatán porque, a pesar de las mafias asesinas de las drogas, podría dar clases de alfabetización y subsistir misérrimamente en alguna de las chabolas de la selva virgen o bien haciendo de guía de alguno de los múltiples yacimientos arqueológicos. Sinceramente era la opción que más me atraía.

   Sin embargo, una sensación de malestar se apoderó de mis entrañas, un miedo atávico a lo desconocido, a salir de mi casa, de mi ciudad, de mi país, de vivir solo y alejado del mundo, de no volver a saber nada de mis seres queridos y todo por culpa del sistema, de la desgraciada incidencia. ¿Qué podía hacer?. La ansiedad iba en aumento, nada ni nadie podían pararla. Tenía que poner fin a aquel estado de frustración y de sopor en el que me encontraba. Ya lo había pensado más de una vez en otras ocasiones y pensé que en esta era la mejor, como dicen, la ocasión la pintan calva y yo ya estaba en un proceso irreversible de cicatrización de la calvicie imparable. ¿Qué mejor opción que segar mi vida, una vida frustrada y frustrante, una vida que me había maltratado hasta ese momento, que me había apartado del mundo y que tan solo, en breves momentos de embriaguez, me devolvía algo positivo?. Si, era cierto. Era la mejor opción. Ni raudo ni perezoso pensé en la mejor manera. Algo limpio, indoloro, inodoro e insípido, como el agua. A ser posible que nadie encontrara jamás mi cadáver y quedara como desaparecido y así, fastidiar a Hacienda y al sistema, haciendo que los gastos por mi búsqueda superaran a la deuda que con ellos tenía. Entonces recordé aquella visita al vertedero de basuras, entre fétidos olores aquella mañana primaveral del año 4. Aunque era una visita protocolaria, fruto de una encerrona laboral con un grupo de adolescentes, recordaba unas máquinas trituradoras que deshacían raudamente todo lo que pasaba a través de ellas, enterrándolo todo con unos enormes martillos que apisonaban todo el material del que se apropiaban. La opción me sedujo, acabar debajo de una montaña de basura, yo, que había vivido una vida de mierda. Era hasta poético. Cogí un autobús que me dejó a 5 kilómetros del vertedero, ya anocheciendo, y conseguí introducirme en el complejo del hedor ciudadano. Entre la oscuridad y, gracias al machacón sonido, llegúe al lugar escogido, casi a ciegas. Había una persona allí, dirigiendo la máquina pero, agazapado, intenté esperar antes de lanzarme a la trituradora asesina a que el personaje se quedara durmiendo. Las horas pasaban y el momento llegó sobre las 6 de la mañana. Estaba a punto de amanecer, la luz en el horizonte empezaba a despuntar. En aquel preciso momento el operario bajó la cabeza, con la máquina todavía rodando, las cuchillas deshaciendo la basura. Me aupé a una pequeña plataforma y me tiré de cabeza contra el monstruo de las cuchillas. Sentí un dolor enorme en la cabeza, como un estallido, como si me golpearan fuertemente en el occipital. Estaba a punto de morir. En ese momento vi el rostro de una persona, era mi mujer, que me acababa de golpear fuertemente en los carrillos de la cara.  Estaba delirando. Todo había sido un mal sueño aunque minutos después de beber un helado vaso de agua se oyó el timbre de la calle. Era el cartero con una notificación. ¿Sería del fisco?.

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