jueves, 14 de diciembre de 2017

Prefiero morir


Prefiero morir deprisa
junto a mis seres queridos,
consciente de mi despedida, 
llorando por iniciar un viaje a lo desconocido. 

Preferiría morir tumbado frente al sol 
que amanece viendo, si es posible, y escuchando los sonidos latentes de la naturaleza y de mis amigos, sentir sus manos en las mías, descansando en libertad.

Marcharme dulcemente pensando que la vida sigue plena, sin amarguras.

Hubiera preferido vivir viviendo,sin victorias ni derrotas,
siendo feliz pese a la vida, no habiendo llorado por los que murieron agónicamente.

Hubiera preferido no morir en vida
cuando los míos y los tuyos agonizaban tristemente en un frío hospital. 

Por eso quiero vivir la muerte en paz, escuchando Brandenburgo o Pink Floyd, sin drogas, solo pensando que se acaba todo para mi y empieza la nada para los que me han querido. 

Quisiera irme valiente, con lágrimas en los ojos pero rápido, corriendo 
hacia esa luz real o metafórica que dicen que vemos antes de que nos cierren los ojos para siempre.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Adiós madre

 En Orihuela, ni su pueblo ni el mío, se me ha muerto para siempre Manuela García Vallés.


  Madre, mamá, Manuela,  Manolita, tu que la vida me entregaste, que alcanzaste aquella inmensa gesta de once meses: ofrecer entre tinieblas a la luz dos pequeñas criaturas, invisibles e inseguras del porvenir , pero cargadas de esperanza por tu colosal lucha diaria, sufrida, inmensa. Tu que aislada por esa malnacida sordo-ceguera  nos criaste a trompicones, te encuentras de nuevo encinta, con un embarazo ascítico, plena de líquido, como aquel en el que navegaba todavía ignoto,  sin sexo, sin nombre, sin nada, solo en tus entrañas, tus vísceras, tu vida. Aquellos latidos que dicen que escuchamos son los que  ahora, agotada, suenan cada vez con más  fuerza, como no queriendo pararse nunca, como esprintando hacia la meta final, inconsciente ya de tu futuro. 

    Mamá, aquellas aguas cristalinas se han tornado ahora en opaco residuo de un hígado cirrótico. Tu vientre se hincha orgulloso mientras tu lívido cuerpo, agotado ya, prosigue su descenso constitucional hacia la nada.  Cantidades ingentes de sangre derramada sobre tus entrañas te han mantenido con vida, permitiéndonos el lujo de seguir teniéndote , maravillas de la ciencia médica moderna que ya renunció a la curación  , solo al engrosamiento, a la hinchazón de las cifras de envejecimiento del país, como se hinchan tus piernas y tus manos, ya irreconocibles. 

 Pero ahora te nos vas yendo, madre, y me resisto a que ello suceda porque has luchado infatigablemente, con casi nula ayuda, contra viento y marea y porque me has querido, como yo te he querido a ti. Tu corazón se debilita, corre y se detiene exhausto. Tu y tus huesos que ya se han quebrado después de aquella desgraciada caída dáis signos claros de un evidente final. Ahora madre, mamá, te falta ya poco y sigues luchando, porque eres más fuerte que cualquier persona que haya conocido, mas todo comienzo tiene un inevitable y desagradable final. Te lloramos y te lloraremos, te echaremos de menos, te añoraré y te recordaré como lo que has sido, una mujer admirable e indomable, ciega y casi sorda, muchas veces ayuna de cariño, pero que  ha sabido sacar siempre fuerzas de flaqueza para criar a sus hijos, para sacarnos adelante frente a las adversidades. 

  Todavía no eres consciente de que te vas a marchar, que abandonas ese sufrido cuerpo para no recuperarlo más. Sonríes, ya sin dolor, y te agarro la mano que tus fuerzas aprietan sobre la mía, acordándote de alguna absurda anécdota del pueblo, de tu pueblo, Minaya.  No me ves y casi no me entiendes pero en el fondo de ti algo intuyes. Duermes ya con una sedación muy ligera, respiras con dificultad, con pequeñas apneas, toses y te hinchas porque orinas ya muy poco, de un color muy tostado .  Pero te apagas feliz y yo lo disfruto sufriendo, derramando a escondidas algunas lágrimas de frustración y pena. Fue muy duro aquella noche en la cueva del dolor  verte pararte por completo, en shock brutal, tu dulce corazón a cero, los ojos desorbitados, pero volviste a la vida y prolongaste tu lenta agonía, mi agonía, nuestra agonía. Quiero seguir cogiéndote la dilatada mano, cada vez con la piel más tirante y sedosa y estar a solas contigo, como durante aquellos nueve meses en los que finalmente me diste la luz un mediodía en el que perdiste parte de ella por los terribles esfuerzos. 

  Madre fueron, han sido dos interminables años de penurias y sufrimientos, de desangramientos crónicos, como si algún maléfico vampiro te succionara por la noche parte de lo que habías recibido generosamente de nuestros compatriotas . Un perpetuo deterioro de varices sangrantes, de heces tiznadas de carbón, de melenas persistentes, de adelgazamiento y desazón, tuya y nuestra, de conocimiento y reconocimiento de un hospital como todos,  de triste recuerdo, de visitas y análisis, de ingresos y altas, de día, tarde y noche cerrada, de gratas e ingratas compañeras de habitación, de insomnios y malos sueños en camas, camastros y sillones, finalmente de flebitis y de encallecimiento de tus venas, finas, quebradizas, imposibles, inservibles hasta desembocar en la terrible vía central de los últimos momentos . Todo eso y mucho más has sido capaz de soportar:pruebas, pruebas y más pruebas. Un médico, después otro y otro, pasándose una patata menguada pero siempre caliente. Te vas con la seguridad de que he hecho todo lo humanamente posible porque tu pervivencia entre nosotros fuese semana a semana, día a día, hora a hora, no sólo posible sino necesaria. Dejas muchos huecos en este puzzle que se deshace y que transcurre irremediable: nuestra familia, nuestra vida. 

 Madre, mamá, en mi memoria quedará siempre, hasta que exhale mi último aliento, tus cosas, tus furias, tus fobias y tus filias, tu amor y tus recuerdos, casi siempre simpáticos, a veces de una dureza inhumana. Porque has sido una fuente inagotable de recuerdos familiares :de la guerra y la represión de tu padre, preso por su obstinada manera de ver la vida (aunque lo cuentes de oídas porque todavía no habías  nacido,  de su primera mujer que era hermana de tu madre.   De tus propias  hermanas, tus hermanicas, las que ya no están y las que prosiguen su camino. Esas historias negras de cárcel, exilio interior y muerte, de muñones sangrantes y alcoholismo. De malos tratos y negro luto lorquiano en un poblachón manchego, todas esas historias que nos contabas asiduamente, repetitivamente, pero de las que nunca me cansaba de escuchar y grabar sin tu permiso. Los truculentos y simpáticos  motes del pueblo (el muerto, cagada, el ahorcado, el  mocho),  esas historias extravagantes, hasta de una hermana y sobrina desconocida, extraconyugal. La falta de cariño, la dureza de una época ignominiosa, el desaliento, las operaciones y caídas fatales, la pérdida del sentido común, la soltería inevitable hasta que la pudiste evitar. La muerte casi en tus manos de tu propia madre, una mujer casada con su cuñado y que quedó encinta antes de la boda (por eso te registraron días después de nacer). Un padre dictador, que hubiese querido tener hijos y solo engendraba niñas y os endosaba esa vida dura de colegio de monjas y siembra en las viñas, de recolección de lentejas y yeros, de polvos para la uva.  Las cosas de los jornaleros de las tierras de tu madre,  de las mulas y los cerdos, de las matanzas del pueblo . Las historias del cine que tu padre regentaba, de los viajantes de películas, de la ruina y mala administración paterna, de fortunas robadas en forma de trigo y cebada, de tu madre, esa abuela que solo conozco por dos fotos, también disminuida físicamente por infartos y fracturas, siempre de luto, siempre de negro, cocinando las gachas o el potaje.  Tu hermanastro, único varón de la prole,  con el que os dejásteis de hablar para siempre, cosas de pueblo, cosas de una España muy profunda que en parte lo sigue siendo. Hay tantas y tantas historias detrás de tu historia que me resisto, un poco egoístamente, a dejar de oír, a proseguir con el árbol genealógico que nos permita saber, de una vez por todas, de donde viene la retinas que te sumergió en las oscuridades del mundo. Sólo hace unos días, todavía en el lecho del. Dolor recordaba a tus primas y a tu tía Dolores, discapacitada mental que a cogísteis en tu casa. 

  !Madre, no nos dejes  nunca, no me dejes nunca¡. Ya se que, según el doctor, tu situación es irreversible y que te mueres, te nos vas para siempre, aunque no seas capaz de aceptarlo. Ahora ya no importa, te has ido sin conciencia exacta de lo que te estaba ocurriendo en estos aberrantes siete días, una de las ventajas de la impersonal e insufrible muerte amarga en un centro hospitalario.  Ya duermes para siempre: ¡Descansa en paz guerrera, que nunca nadie se ganó tanto estar en una eternidad apacible y gloriosa, triunfante!. Te quise, te quiero y te querré. Siempre vivirás en mi y perpetuaré tu memoria el resto de mi vida entre tus nietos, a los que tanto has querido.   Adiós,  hasta luego, que te vaya bien,   camarada. 


Tu hijo, que jamás te olvidará y que te llevará siempre consigo.   Luis G. Pueyo Noviembre de 2017


lunes, 16 de octubre de 2017

Máximas de pacotilla (X)

-En el Vaticano han cambiado los colchones, ahora son todos escolásticos.

-En los gimnasios se practica poco la reflexión.

-Divide y perderás, le dijo la tijera al papel.

-Diversidad en la unidad, proclamó el partido esquizoide.

-¿Cuadramos el rombo?, le dijo el círculo al cuadrilátero.

-Hoy ya no se boxea como era necesario.

-La violencia sin sentido consentido carece de sentido.

-! Incívico¡, le dijo el dueño del perro al barrendero que recogía sus excrementos.

-! Blanco! Le gritó la supremacista negra al luchador por los derechos incívicos.

-La psicologia mejorará mucho cuando se suprima la psiquiatría. Sólo tienen que examinar mi caso, dijo el genio demente en una crisis de creatividad.

-Políticos ecologistas obesos pidiendo la abolición de las verdulerías.

-Políticas frenéticas pidiendo la abolición del frenesí

-Contra el frenopático vivíamos mejor, dijo el psiquiatra depresivo

-Dermatólogos melenudos implantando calvas en cabezas huecas.

-Érase una vez un médico que creía curar a alguien.

-Si usted me dice ven me parece una falta de respeto.

-Sin duda quedaron despejadas todas las certezas.

-El día de mañana no será como esperábamos que fuera ayer.

-El mundo se va a la mierda, concluyó el basurero filósofo.

-Meter la basura en la cabeza, dijo el basurero miembro de la RAE

-Con el matrimonio homosexual somos un país mucho mejor, por lo menos ahora se entiende todo.

-Esto es todo por mañana, tras la medicación. Hasta ayer. Buenas atardeceres.

lunes, 27 de febrero de 2017

Segunda carta a mis hijos: a los tres años de vida

 A los tres años de vida:

 Me he resistido a escribir esta carta,  mis niños rubios de ojos pardo avellana. Quería demorarme hasta que la leyeseis, hijos, vosotros que todavía ni siquiera sabéis hacerlo, pero no podía esperar a este doble trienio que ahora alcanzáis, alcanzamos. Ya sabéis decir lo más importante: te quiero. Habláis a trompicones, inventando extrañas palabras que algún día deberían de figurar en algún remoto diccionario de ingenios, incluído el oportuno "no cabo" de toda la vida. Todavía os caéis, os tropezáis con "la raya de un lápiz", como dicen los lugareños, y en bastantes ocasiones aparecéis gritando y con moratones por todas partes, fruto de golpes o peleas,riñas siempre sin sentido, enfados y rabietas absurdas pero necesarias para vuestro desarrollo. Gajes de vuestro enormemente complicado oficio: crecer y aprender, disfrutar de la vida, querer. Ahí es nada. Algún hijo de puta dijo que vosotros viviríais peor que nosotros: no será por culpa nuestra, hijos. Tendréis lo más importante que pueda tener un Ser Humano: la mejor educación posible, la que dan unos padres comprometidos con vosotros.

  Aunque a veces me entran ganas de pediros perdón humildemente por haberos traído a este mundo de mierda: hambre, muerte, guerra y salarios de miseria, reflexiono después, cuando os veo las pequeñas caritas descansando sobre la almohada en vuestra siesta o cuando por el cristal del espejo del coche veo cómo se os cierran los ojitos y cuando, por la noche, a horas intempestivas para vosotros, justo después de que, exhausto, termino de contaros la leyenda de los molinos de viento y la infancia inventada de Sancho Panza, ese disparatado relato del perrito Patán, la absurda historia de Popeye y Brutus o el huevo Humpty cayéndose del muro, y entonces pienso que este mundo todavía tiene sentido, porque la vida se tiene que abrir paso a pesar de todo, a pesar de tanta inmundicia y degradación.

 Verdaderamente, ha sido todo un placer el haberos conocido, Álex y Fran, Francisco y Alejandro el mayor placer de mi vida. Aparecisteis un día por casa y ahí estáis, okupas de por vida, pero unos okupas deliciosos, casi digestivos, porque dan unas ganas tremendas de comeros aunque otras veces os mandaría a hacer puñetas, todo hay que decirlo. 

   Quiero deciros todos los días que os quiero aunque algunos no me dé tiempo, el maldito trajín de esta vida. Quiero evitar que se repita la nefasta herencia de unas generaciones maltratadas por el autoritarismo de unos padres que no faltos de amor, reprimían sus emociones. Por eso, cuando me acuesto contigo, Álex, todos los días, antes de cerrar los ojos, te recuerdo mi amor. Y a ti querido Fran también aunque no duermas a mi lado. Reconforta poder decir esas mágicas palabras sin rubor, con insultante alegría, a unos oídos todavía vírgenes de sucias inmundicias.

  Ya tenéis tres años y seguís dando miedo: todavía os mostráis torpes, con esas carreritas por el pasillo como robotizadas, con esos lamparones en el pijama al comeros el yogur, con esos tortazos cotidianos que tanto nos asustan y esos chichones al caeros del sofá. Vuestros diálogos son magistrales aunque no se comprendan del todo: ya habláis, perfectamente, repitiendo cualquier cosa que se os ocurre. Pedís "una cosita que me cure", o os aplicáis tranquilamente el "cura sana, culito de rana" en vuestros propios cuerpecitos, en la cabeza, brazos o piernas o decís insultantemente a un desconocido: yo no tengo nombre, con un par, demencia fabulosa propia de genio delirante. Cuando me afeito, me ayudáis, pasando la cuchilla suavemente por mi rostro, después, al acariciarme decís: pincha poquito, aquí, ahí… o como tu, Alejandro, asientes con un doble sí mágico a cualquier pregunta que  te interese. Ahora estáis en el momento que más gracia hacéis y podemos todavía moldear vuestros gustos: primero fue el Antiguo Egipto, que identificabais con la esfinge (que era Tut-Ank-Amón), después Don Quijote y Sancho, Dulcinea y los gigantes, continuamos luego con las parejas al bajar las escaleras: Pikachu y Ash, Mortadelo y Filemón, Patán y Pierre, Pinocho y Gepetto, Zipi y Zape y cualquier otra que os mostraba en televisión, sois verdaderamente adorables y para  nada me molesta que entréis como caballo en una cacharrería por todas partes, hasta al aseo cuando hago pipí. 


   Sin madrugar, como locos trasnochadores, os levantáis hacia la tele, la maldita tele, de la que tanto abusamos, abusáis. Pero estáis ya educados, por vuestra madre, que ha sacrificado su tiempo y su esfuerzo a vosotros, por vuestros abuelos, que os conducen dulcemente por vuestros primeros años de vida, apoyándoos, jugando, dándoos la comida, ayudando en todo lo humanamente posible en estos duros momentos en el que me ha tocado también cuidar de mis mayores, imprescindibles seres que os dan lo que les queda de vida, tanta o más como la que os pueda dar yo, ocupado con tantas ocupaciones laborales y familiares. Tan pequeños, tan rebeldes, tan simpáticos y tan dulces, tan regañados cuando os viene en gana, derrocháis el tiempo en armar puzzles, crear corrales insospechados para el ganado miniaturizado que pastoreáis con vehemencia, garabateando sin piedad sobre cualquier papel que se os ponga por delante, con cualquier bolígrafo, lápiz, pintura o tiza que encontráis sin buscarlas, incluso sobre exámenes que impúdicamente intentáis corregir mientras me despisto más de la cuenta.

  Este vuestro tercer año transcurriendo por este desgraciado planeta ha sido duro para todos, como los anteriores. Todavía está en mi memoria, aunque el tiempo pasa muy rápido, esos baños en la bañera de plástico, desbordada, que tenía que montar con sus soportes abatibles en la habitación de Álex porque el cuarto de baño es demasiado pequeño. Y el agua, que había que transportarla en un gran balde y después regresarla por un tubito finalmente corroído por la suciedad. En poco tiempo, parece que una eternidad (nunca sabremos como transcurre el tiempo, como decía Proust) os duchaba, primero los tres juntos, en verano, después de uno en uno, con los riñones reventados de agachar y  cogeros en peso para secaros. Allí teníais a vuestros amigos, el Pulpi y  el Hipo, con los que os lo pasabais de rechupete.

   O cómo os teníamos que acarrear en brazos cuando no queríais seguir andando (el carro desapareció de vuestras vidas y de las nuestras, por suerte). Los paseos por la explanada y el parque, los columpios, en especial los toboganes a los que os encaramabais finalmente sin ayuda, dejándoos caer en posiciones inverosímiles o la casita de los gnomos en la calle de las setas (antiguo San Francisco), los árboles gigantes en Gabriel Miró, el barco pirata del puerto y tantos otros parques por vivir, por sentir.
   Y el sueño, siempre acostumbrados a las hamaquitas de bebé, ya con 15 kilos, tocando el suelo, desparramados sobre el balancín, era vuestro fetiche para dormir, arriba y abajo, después con cuento incluido. Pero luego, ahora ya, en la cama, separados, como divorciados en sueños, necesitáis nuestra presencia a vuestro lado, cogiéndote la mano Álex, con cualquier cuento inventado que asumes sin rechistar, con tu mantita y la chufa en la boca, manía difícil de suprimir, a veces la noche se nos echa encima y despierto a las tantas porque no paras de moverte, inquieto en sueños igual que en vigilia.

  Así transcurre y ha transcurrido todo este tiempo magnífico y agotador.   Ahora nos gustaría que no cambiaseis nunca, que os detuvieseis ya, porque se os entiende todo: si os duele algo ya decís dónde tenéis el “coco”, hace mucha gracia cuando decís: “estoy muy triste” cuando se marchan los abuelos o al repetir: eres malo, eres feo, confundiendo malo con feo, bueno con guapo y, en fin, discutiendo tan pequeños las órdenes de los superiores: no grites papá, cuando en un momento de estrés elevo en exceso el tono. Sois dos, con diferentes personalidades, diferentes gustos y diferentes rostros, aunque todo el mundo os confunda todavía, incluso yo cuando no os tengo cara a cara. Creceréis y llegaréis lejos en la vida si vuestro tronco se yergue recio y robusto, hacia el cielo. Estaremos, mientras sea posible, en ello. Seguimos en la lucha. Ya sabéis de sobra que os quiero, hijos.
Vuestro Padre, Luis.

30-03-17




domingo, 15 de enero de 2017

Y cuando...

Resultado de imagen de micro relato
-Y cuando despertó, el político todavía estaba allí.


-Y cuando se durmió, el asesino despertó de nuevo.

-Y cuando amaneció, la oscuridad se le echó encima.

-Y cuando murió, el caído nació para nunca.

-Y cuando rió, el cómico murió de tristeza.

-Y cuando volvió, el emigrante se exilió para siempre.


miércoles, 4 de enero de 2017

El árbol de la felicidad

   
  Descuajado de su madre tierra, de esa pequeña colina en la que compartía morada con cientos de sus hermanos, acabó el árbol en el salón-recibidor de una diminuta morada, una de esas soluciones que con tantas alharacas el estado había proporcionado a un joven matrimonio mileurista. Obviamente era navidad. A pesar de que lo habían desgajado de su sustento primigenio, todavía mantenía constancia vital, una ínfima vida que se apagaba lentamente. -Quizás hubiera sido mejor no haber nacido o que me hubiese quemado rápidamente-, es posible que pensara para sí mismo rodeado de todo tipo de bártulos, guirnaldas y luces propias de las fiestas pascuales.

        Linda y Hanna, las habitantes del pisito, eran felices porque, dentro de su pertenencia al precariado, aquella clase social surgida al calor del terrible empobrecimiento de la sociedad capitalista, orgullosa de sí misma, podían presumir de una vida digna: ambas tenían empleo, lo cual garantizaba los ingresos de un trabajador de antaño,algo que, por desgracia, no podían asegurar la gran mayoría de sus conocidos. Vivían aparentemente cómodas en aquel cuchitril pensado para hacer creer a los pobres que no lo eran, que ya no existían diferencias de clase y que todos constituían la orgullosa clase media.
  Llevaban una vida aparentemente normal: la sociedad había aceptado de buen grado su homosexualidad y ambas disponían de una posición social aceptable. Entonces, casi de improvisto, se les echó encima la navidad y apareció el árbol. Hanna lo adquirió en una tienda sin apenas percatarse de que estaba recién talado, de que no era artificial. Linda, que era atea, no creía que hubiese nada que celebrar por esas fechas. Finalmente accedió a que su mujer maquillara el pequeño agujero en el que vivían con las típicas alharacas de la festividad que anuncia el inicio del invierno.
    Llegó la noche del día 24, después de una agotadora jornada laboral.  Hanna, que había librado todo el día, se había ocupado de preparar un ligero refrigerio y, por supuesto, de ultimar una abigarrada decoración hogareña. Linda, al abrir la puerta vio el árbol moribundo, suplicando  piedad, quizás un atisbo de humanidad para evitar prolongar la agonía que precede a una muerte dolorosa. Sin embargo ninguna de las dos podía percibir esa señal, ese espíritu atormentado que yacía lleno de bolitas de colores y luces intermitentes que arañaban sus extremidades provocando imperceptibles quemaduras. Después de cenar se sentaron a descansar y cayeron en un profundo sueño. Algo indefinible y que algunos expertos en descifrar el significado de las imágenes oníricas, en ocasiones tortuosas, que nuestro cerebro fabrica denominaría espíritu de la navidad poseyó a ambas con idénticos pensamientos.
   Al despertar, casi al mismo tiempo, nada se dijeron. Hanna y Linda habían visto difusamente la imagen de un bebé muy pequeño, casi recién nacido. Pero la criatura no estaba en una cunita, ni en un cesto acolchado, ni en un carrito. Estaba desvalido, desnudo en medio de un frondoso bosque de abetos. Al ver esa imagen ambas habían comenzado a sentir escalofríos y temor a que muriese de frío. Trataban de acercarse a él, que se retorcía y lloraba desconsoladamente. Entonces ocurría algo inconcebible y maravilloso cuando desde el tronco de un pequeño árbol junto al que reposaba su cuerpecito muchas ramas con sus hojas no punzantes se desprendían rodeando con absoluta perfección el diminuto cuerpo del niño, como formando una ligera y acolchada cunita.  Después de haber sido abrigado por el árbol, dejó de llorar y, al llegar a su lado, Linda y Hanna, cada una sin ser consciente de la presencia de la otra, lo tomaban y acurrucaban en sus brazos, esbozando el bebé una preciosa y dulce sonrisa de satisfacción.
     En el sueño había sido el árbol, de manera extraña, pues los abetos son de hoja perenne y no desprenden sus hojas, el que había salvado la vida al niño. Trascurrieron unas horas hasta que amaneció el día 25 y las dos salieron a pasear bajo la nieve, cogidas de la mano. Casi sin pensarlo y colisionando sus discursos, empezaron a relatar el sueño que habían tenido la noche anterior.  No acertaban a comprender el porqué habían soñado exactamente lo mismo: las mismas imágenes, el mismo paisaje invernal, el niño desvalido y el árbol, el mismo árbol que había perdido voluntariamente algunas de sus extremidades para salvarle la vida. No entendían nada, achacándo la pesadilla a los excesos acumulados de la gastronomía navideña.  Sin embargo, en su fuero interno, ambas seguían pensando que aquella circunstancia no era para nada corriente.
   En realidad nuestra pareja era inmensamente dichosa por haberse encontrado en la vida. Se amaban y no concebían la posibilidad de separarse jamás.  Sin embargo, aunque habían esquivado el tema por una u otra razón, siempre habían deseado ser madres, cuidando y ensanchando de esta manera los límites de su amor con la crianza de un niño. Cuando surgía el tema se ponían muy tristes: en aquella sociedad todavía no se permitía la adopción a las parejas del mismo sexo. Por ello habían solicitado repetidamente la adopción internacional, siempre con negativa o dilaciones. Siendo inmensamente felices habían ansiado la llegada de ese chiquillo que inundara más si cabe de alegría sus vidas, pero después de tantos años de espera, habían desistido con una gran amargura sobre sus conciencias.  
   Durante aquel día de navidad retornó recurrente el asunto del sueño compartido la noche anterior. Después de comer y abrigadas ante un pequeño brasero ante el televisor cayeron en una profunda siesta. El sueño regresó: allí estaba el niño sufriente, debajo del árbol que lo salvaba y entonces llegaban ellas. No podía ser casualidad. Al despertar no pudieron reprimir su ansiedad y revelaron el sueño compartido. ¿Sería acaso una señal?. Cuando se prepararon para ir a la glorieta, en dónde se situaba como cada año la feria de navidad, cogieron sus paraguas y, justo antes de cerrar la puerta, Hanna observó, al fondo de su perspectiva visual, al árbol de navidad que la observaba como en el sueño. Algo en su cabeza, como un resorte, se accionó al instante, quedando bloqueada en ese mismo momento, con el llavero de casa entre los dedos, como aturdida. Linda se percató de la actitud de su compañera y  preguntando que sucedía Hanna, a penas balbuceando, le advirtió de que era mejor que no saliesen, que hacía mucho frío.
    Asustada por la reacción de Hanna, Linda preguntó nerviosa qué es lo que ocurría a lo que esta le respondió haciendo un gesto de silencio. Entonces, le cogió la mano conduciéndola junto al sofá, al que dieron la vuelta para quedar frente al árbol de navidad. En silencio pasaron los minutos, un tiempo en el que, sin decir nada, Linda acabó de comprender. Allí estaba el árbol suplicando sin palabras, inmóvil. Su dolor era el dolor de toda la naturaleza. Él era el árbol. El árbol del sueño bifurcado, repetido.  ¿Era acaso una señal?. Linda, que siempre desconfió de espíritus y creencias, hubo de empezar a poner en orden sus ideas. Debía reconocer que estaba impresionada. Pero esa sensación no era nada en comparación con lo que a continuación sucedió.
   Unos minutos después sonó el timbre de la vivienda. Era un cartero. Ambas se extrañaron, pues era día festivo. El crepúsculo cercaba poco a poco la tenue luz diurna. Casi con ansiedad bajaron al portal. Había una carta oficial, del Ministerio de Exteriores. -Qué extraño, no hay repartos en navidad-,  pensaba Linda tratando de esquivar una parte de su mente que le decía que la razón no tiene porqué dominarlo todo en nuestra vida.
    Abrieron la carta en silencio, delante del árbol magullado. Ya era oficial: un país muy lejano daba permiso para adoptar. Ofrecían la posibilidad de la doble adopción en un plazo determinado de tiempo que habrían de emplear para viajar y tramitar toda la burocracia propia de estos asuntos. Ambas no salían de su asombro: serían gemelos, su felicidad no sería doble sino mucho mayor, incomensurable. No podían ser más dichosas, no podían haber tenido mejor regalo de navidad. Tras abrazarse entre llantos, a pesar de que la noche se les había echado encima, volvieron su mirada a aquel arbolito que les había traído la dicha. Lo desvistieron tranquilamente y lo envolvieron con sus mejores mantas. Llegaron a la helada sierra y, tras ascender por un raquítico camino forestal, a la luz de la luna, depositaron el árbol junto a sus hermanos. Linda no olvidó su pasado de incredulidad pero al lado de Hanna creyó para siempre en la existencia de algo tan etéreo como es la felicidad.