A los tres años de vida:
Me he resistido a escribir
esta carta, mis niños rubios de ojos pardo avellana. Quería demorarme hasta que la leyeseis, hijos, vosotros que todavía
ni siquiera sabéis hacerlo, pero no podía esperar a este doble trienio que
ahora alcanzáis, alcanzamos. Ya sabéis decir lo más importante: te quiero.
Habláis a trompicones, inventando extrañas palabras que algún día deberían de
figurar en algún remoto diccionario de ingenios, incluído el oportuno "no cabo" de toda la vida. Todavía os caéis, os tropezáis
con "la raya de un lápiz", como dicen los lugareños, y en
bastantes ocasiones aparecéis gritando y con moratones por todas partes, fruto
de golpes o peleas,riñas siempre sin sentido, enfados y rabietas absurdas pero necesarias para vuestro desarrollo. Gajes de vuestro enormemente
complicado oficio: crecer y aprender, disfrutar de la vida, querer. Ahí es
nada. Algún hijo de puta dijo que vosotros viviríais peor que nosotros: no será
por culpa nuestra, hijos. Tendréis lo más importante que pueda tener un Ser
Humano: la mejor educación posible, la que dan unos padres comprometidos con
vosotros.
Aunque a veces me entran
ganas de pediros perdón humildemente por haberos traído a este mundo de mierda:
hambre, muerte, guerra y salarios de miseria, reflexiono después, cuando os veo
las pequeñas caritas descansando sobre la almohada en vuestra siesta o cuando por el cristal del espejo del coche veo cómo se os cierran los ojitos y cuando, por la
noche, a horas intempestivas para vosotros, justo después de que, exhausto,
termino de contaros la leyenda de los molinos de viento y la infancia inventada
de Sancho Panza, ese disparatado relato del perrito Patán, la absurda historia
de Popeye y Brutus o el huevo Humpty cayéndose del muro, y entonces pienso que
este mundo todavía tiene sentido, porque la vida se tiene que abrir paso a
pesar de todo, a pesar de tanta inmundicia y degradación.
Verdaderamente, ha sido todo un placer el haberos conocido, Álex y Fran, Francisco y Alejandro el mayor placer de mi vida. Aparecisteis un día por casa y ahí estáis, okupas de por vida, pero unos okupas deliciosos, casi digestivos, porque dan unas ganas tremendas de comeros aunque otras veces os mandaría a hacer puñetas, todo hay que decirlo.
Verdaderamente, ha sido todo un placer el haberos conocido, Álex y Fran, Francisco y Alejandro el mayor placer de mi vida. Aparecisteis un día por casa y ahí estáis, okupas de por vida, pero unos okupas deliciosos, casi digestivos, porque dan unas ganas tremendas de comeros aunque otras veces os mandaría a hacer puñetas, todo hay que decirlo.
Quiero deciros todos
los días que os quiero aunque algunos no me dé tiempo, el maldito trajín de
esta vida. Quiero evitar que se repita la nefasta herencia de unas generaciones
maltratadas por el autoritarismo de unos padres que no faltos de amor,
reprimían sus emociones. Por eso, cuando me acuesto contigo, Álex, todos los
días, antes de cerrar los ojos, te recuerdo mi amor. Y a ti querido Fran
también aunque no duermas a mi lado. Reconforta poder decir esas mágicas
palabras sin rubor, con insultante alegría, a unos oídos todavía vírgenes de
sucias inmundicias.
Ya tenéis tres años y
seguís dando miedo: todavía os mostráis torpes, con esas carreritas por el
pasillo como robotizadas, con esos lamparones en el pijama al comeros el yogur,
con esos tortazos cotidianos que tanto nos asustan y esos chichones al caeros
del sofá. Vuestros diálogos son magistrales aunque no se comprendan del todo:
ya habláis, perfectamente, repitiendo cualquier cosa que se os ocurre. Pedís
"una cosita que me cure", o os aplicáis tranquilamente el "cura sana, culito de rana" en vuestros propios cuerpecitos, en la cabeza, brazos o piernas o decís insultantemente a un
desconocido: yo no tengo nombre, con un par, demencia fabulosa propia de
genio delirante. Cuando me afeito, me ayudáis, pasando la cuchilla suavemente
por mi rostro, después, al acariciarme decís: pincha poquito, aquí, ahí… o como tu, Alejandro, asientes con un doble sí mágico a cualquier pregunta que te interese. Ahora estáis en el momento que más gracia
hacéis y podemos todavía moldear vuestros gustos: primero fue el Antiguo
Egipto, que identificabais con la esfinge (que era Tut-Ank-Amón), después Don
Quijote y Sancho, Dulcinea y los gigantes, continuamos luego con las
parejas al bajar las escaleras: Pikachu y Ash, Mortadelo y Filemón, Patán y
Pierre, Pinocho y Gepetto, Zipi y Zape y cualquier otra que os mostraba en
televisión, sois verdaderamente adorables y para nada me molesta que entréis como caballo en una cacharrería por todas partes, hasta al aseo cuando hago pipí.
Sin madrugar, como
locos trasnochadores, os levantáis hacia la tele, la maldita tele, de la que
tanto abusamos, abusáis. Pero estáis ya educados, por vuestra madre, que ha
sacrificado su tiempo y su esfuerzo a vosotros, por vuestros abuelos, que os
conducen dulcemente por vuestros primeros años de vida, apoyándoos, jugando,
dándoos la comida, ayudando en todo lo humanamente posible en estos duros
momentos en el que me ha tocado también cuidar de mis mayores, imprescindibles
seres que os dan lo que les queda de vida, tanta o más como la que os pueda dar
yo, ocupado con tantas ocupaciones laborales y familiares. Tan pequeños, tan
rebeldes, tan simpáticos y tan dulces, tan regañados cuando os viene en gana,
derrocháis el tiempo en armar puzzles, crear corrales insospechados para el
ganado miniaturizado que pastoreáis con vehemencia, garabateando sin piedad
sobre cualquier papel que se os ponga por delante, con cualquier bolígrafo, lápiz,
pintura o tiza que encontráis sin buscarlas, incluso sobre exámenes que
impúdicamente intentáis corregir mientras me despisto más de la cuenta.
Este vuestro tercer año transcurriendo por este desgraciado planeta ha
sido duro para todos, como los anteriores. Todavía está en mi memoria, aunque
el tiempo pasa muy rápido, esos baños en la bañera de plástico, desbordada, que
tenía que montar con sus soportes abatibles en la habitación de Álex porque el
cuarto de baño es demasiado pequeño. Y el agua, que había que transportarla en
un gran balde y después regresarla por un tubito finalmente corroído por la
suciedad. En poco tiempo, parece que una eternidad (nunca sabremos como
transcurre el tiempo, como decía Proust) os duchaba, primero los tres juntos,
en verano, después de uno en uno, con los riñones reventados de agachar y cogeros en peso para secaros. Allí teníais a
vuestros amigos, el Pulpi y el Hipo, con
los que os lo pasabais de rechupete.
O cómo os teníamos que acarrear en brazos cuando no queríais seguir
andando (el carro desapareció de vuestras vidas y de las nuestras, por suerte).
Los paseos por la explanada y el parque, los columpios, en especial los
toboganes a los que os encaramabais finalmente sin ayuda, dejándoos caer en
posiciones inverosímiles o la casita de los gnomos en la calle de las setas
(antiguo San Francisco), los árboles gigantes en Gabriel Miró, el barco pirata
del puerto y tantos otros parques por vivir, por sentir.
Y el sueño, siempre acostumbrados a las hamaquitas de bebé, ya con 15
kilos, tocando el suelo, desparramados sobre el balancín, era vuestro fetiche
para dormir, arriba y abajo, después con cuento incluido. Pero luego, ahora ya,
en la cama, separados, como divorciados en sueños, necesitáis nuestra presencia
a vuestro lado, cogiéndote la mano Álex, con cualquier cuento inventado que
asumes sin rechistar, con tu mantita y la chufa
en la boca, manía difícil de suprimir, a veces la noche se nos echa encima y
despierto a las tantas porque no paras de moverte, inquieto en sueños igual que
en vigilia.
Así transcurre y ha transcurrido todo este tiempo magnífico y agotador. Ahora nos gustaría que no cambiaseis nunca, que
os detuvieseis ya, porque se os entiende todo: si os duele algo ya decís dónde
tenéis el “coco”, hace mucha gracia
cuando decís: “estoy muy triste” cuando se marchan los abuelos o al repetir:
eres malo, eres feo, confundiendo
malo con feo, bueno con guapo y, en fin, discutiendo tan pequeños las órdenes
de los superiores: no grites papá, cuando en un momento de estrés elevo
en exceso el tono. Sois dos, con diferentes personalidades, diferentes gustos y
diferentes rostros, aunque todo el mundo os confunda todavía, incluso yo cuando
no os tengo cara a cara. Creceréis y llegaréis lejos en la vida si vuestro
tronco se yergue recio y robusto, hacia el cielo. Estaremos, mientras sea
posible, en ello. Seguimos en la lucha. Ya sabéis de sobra que os quiero,
hijos.
Vuestro Padre, Luis.
30-03-17

No hay comentarios:
Publicar un comentario