lunes, 27 de febrero de 2017

Segunda carta a mis hijos: a los tres años de vida

 A los tres años de vida:

 Me he resistido a escribir esta carta,  mis niños rubios de ojos pardo avellana. Quería demorarme hasta que la leyeseis, hijos, vosotros que todavía ni siquiera sabéis hacerlo, pero no podía esperar a este doble trienio que ahora alcanzáis, alcanzamos. Ya sabéis decir lo más importante: te quiero. Habláis a trompicones, inventando extrañas palabras que algún día deberían de figurar en algún remoto diccionario de ingenios, incluído el oportuno "no cabo" de toda la vida. Todavía os caéis, os tropezáis con "la raya de un lápiz", como dicen los lugareños, y en bastantes ocasiones aparecéis gritando y con moratones por todas partes, fruto de golpes o peleas,riñas siempre sin sentido, enfados y rabietas absurdas pero necesarias para vuestro desarrollo. Gajes de vuestro enormemente complicado oficio: crecer y aprender, disfrutar de la vida, querer. Ahí es nada. Algún hijo de puta dijo que vosotros viviríais peor que nosotros: no será por culpa nuestra, hijos. Tendréis lo más importante que pueda tener un Ser Humano: la mejor educación posible, la que dan unos padres comprometidos con vosotros.

  Aunque a veces me entran ganas de pediros perdón humildemente por haberos traído a este mundo de mierda: hambre, muerte, guerra y salarios de miseria, reflexiono después, cuando os veo las pequeñas caritas descansando sobre la almohada en vuestra siesta o cuando por el cristal del espejo del coche veo cómo se os cierran los ojitos y cuando, por la noche, a horas intempestivas para vosotros, justo después de que, exhausto, termino de contaros la leyenda de los molinos de viento y la infancia inventada de Sancho Panza, ese disparatado relato del perrito Patán, la absurda historia de Popeye y Brutus o el huevo Humpty cayéndose del muro, y entonces pienso que este mundo todavía tiene sentido, porque la vida se tiene que abrir paso a pesar de todo, a pesar de tanta inmundicia y degradación.

 Verdaderamente, ha sido todo un placer el haberos conocido, Álex y Fran, Francisco y Alejandro el mayor placer de mi vida. Aparecisteis un día por casa y ahí estáis, okupas de por vida, pero unos okupas deliciosos, casi digestivos, porque dan unas ganas tremendas de comeros aunque otras veces os mandaría a hacer puñetas, todo hay que decirlo. 

   Quiero deciros todos los días que os quiero aunque algunos no me dé tiempo, el maldito trajín de esta vida. Quiero evitar que se repita la nefasta herencia de unas generaciones maltratadas por el autoritarismo de unos padres que no faltos de amor, reprimían sus emociones. Por eso, cuando me acuesto contigo, Álex, todos los días, antes de cerrar los ojos, te recuerdo mi amor. Y a ti querido Fran también aunque no duermas a mi lado. Reconforta poder decir esas mágicas palabras sin rubor, con insultante alegría, a unos oídos todavía vírgenes de sucias inmundicias.

  Ya tenéis tres años y seguís dando miedo: todavía os mostráis torpes, con esas carreritas por el pasillo como robotizadas, con esos lamparones en el pijama al comeros el yogur, con esos tortazos cotidianos que tanto nos asustan y esos chichones al caeros del sofá. Vuestros diálogos son magistrales aunque no se comprendan del todo: ya habláis, perfectamente, repitiendo cualquier cosa que se os ocurre. Pedís "una cosita que me cure", o os aplicáis tranquilamente el "cura sana, culito de rana" en vuestros propios cuerpecitos, en la cabeza, brazos o piernas o decís insultantemente a un desconocido: yo no tengo nombre, con un par, demencia fabulosa propia de genio delirante. Cuando me afeito, me ayudáis, pasando la cuchilla suavemente por mi rostro, después, al acariciarme decís: pincha poquito, aquí, ahí… o como tu, Alejandro, asientes con un doblemágico a cualquier pregunta que  te interese. Ahora estáis en el momento que más gracia hacéis y podemos todavía moldear vuestros gustos: primero fue el Antiguo Egipto, que identificabais con la esfinge (que era Tut-Ank-Amón), después Don Quijote y Sancho, Dulcinea y los gigantes, continuamos luego con las parejas al bajar las escaleras: Pikachu y Ash, Mortadelo y Filemón, Patán y Pierre, Pinocho y Gepetto, Zipi y Zape y cualquier otra que os mostraba en televisión, sois verdaderamente adorables y para  nada me molesta que entréis como caballo en una cacharrería por todas partes, hasta al aseo cuando hago pipí. 


   Sin madrugar, como locos trasnochadores, os levantáis hacia la tele, la maldita tele, de la que tanto abusamos, abusáis. Pero estáis ya educados, por vuestra madre, que ha sacrificado su tiempo y su esfuerzo a vosotros, por vuestros abuelos, que os conducen dulcemente por vuestros primeros años de vida, apoyándoos, jugando, dándoos la comida, ayudando en todo lo humanamente posible en estos duros momentos en el que me ha tocado también cuidar de mis mayores, imprescindibles seres que os dan lo que les queda de vida, tanta o más como la que os pueda dar yo, ocupado con tantas ocupaciones laborales y familiares. Tan pequeños, tan rebeldes, tan simpáticos y tan dulces, tan regañados cuando os viene en gana, derrocháis el tiempo en armar puzzles, crear corrales insospechados para el ganado miniaturizado que pastoreáis con vehemencia, garabateando sin piedad sobre cualquier papel que se os ponga por delante, con cualquier bolígrafo, lápiz, pintura o tiza que encontráis sin buscarlas, incluso sobre exámenes que impúdicamente intentáis corregir mientras me despisto más de la cuenta.

  Este vuestro tercer año transcurriendo por este desgraciado planeta ha sido duro para todos, como los anteriores. Todavía está en mi memoria, aunque el tiempo pasa muy rápido, esos baños en la bañera de plástico, desbordada, que tenía que montar con sus soportes abatibles en la habitación de Álex porque el cuarto de baño es demasiado pequeño. Y el agua, que había que transportarla en un gran balde y después regresarla por un tubito finalmente corroído por la suciedad. En poco tiempo, parece que una eternidad (nunca sabremos como transcurre el tiempo, como decía Proust) os duchaba, primero los tres juntos, en verano, después de uno en uno, con los riñones reventados de agachar y  cogeros en peso para secaros. Allí teníais a vuestros amigos, el Pulpi y  el Hipo, con los que os lo pasabais de rechupete.

   O cómo os teníamos que acarrear en brazos cuando no queríais seguir andando (el carro desapareció de vuestras vidas y de las nuestras, por suerte). Los paseos por la explanada y el parque, los columpios, en especial los toboganes a los que os encaramabais finalmente sin ayuda, dejándoos caer en posiciones inverosímiles o la casita de los gnomos en la calle de las setas (antiguo San Francisco), los árboles gigantes en Gabriel Miró, el barco pirata del puerto y tantos otros parques por vivir, por sentir.
   Y el sueño, siempre acostumbrados a las hamaquitas de bebé, ya con 15 kilos, tocando el suelo, desparramados sobre el balancín, era vuestro fetiche para dormir, arriba y abajo, después con cuento incluido. Pero luego, ahora ya, en la cama, separados, como divorciados en sueños, necesitáis nuestra presencia a vuestro lado, cogiéndote la mano Álex, con cualquier cuento inventado que asumes sin rechistar, con tu mantita y la chufa en la boca, manía difícil de suprimir, a veces la noche se nos echa encima y despierto a las tantas porque no paras de moverte, inquieto en sueños igual que en vigilia.

  Así transcurre y ha transcurrido todo este tiempo magnífico y agotador.   Ahora nos gustaría que no cambiaseis nunca, que os detuvieseis ya, porque se os entiende todo: si os duele algo ya decís dónde tenéis el “coco”, hace mucha gracia cuando decís: “estoy muy triste” cuando se marchan los abuelos o al repetir: eres malo, eres feo, confundiendo malo con feo, bueno con guapo y, en fin, discutiendo tan pequeños las órdenes de los superiores: no grites papá, cuando en un momento de estrés elevo en exceso el tono. Sois dos, con diferentes personalidades, diferentes gustos y diferentes rostros, aunque todo el mundo os confunda todavía, incluso yo cuando no os tengo cara a cara. Creceréis y llegaréis lejos en la vida si vuestro tronco se yergue recio y robusto, hacia el cielo. Estaremos, mientras sea posible, en ello. Seguimos en la lucha. Ya sabéis de sobra que os quiero, hijos.
Vuestro Padre, Luis.

30-03-17




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