viernes, 7 de diciembre de 2018

El objetivo

Aturdido todavía por las circunstancias, Javier, Javi, se mostraba dispuesto a lograr sus objetivos. El lugar incorporaba sutiles espacios para amortiguar sus pensamientos más destructivos. Una casa en la que todavía se mantenía el papel en las paredes, un mobiliario antiguo ( que no anticuado) y algunos matices de modernidad en los rincones, en donde estratégicamente se disponían diversos pufs para recostarse mientras uno podía contemplar tan acogedor espectáculo. 

Le había llamado indignada, soltando verdaderas diatribas contra el director, pero dispuesta, o eso creía él, a acordar unos sencillos pero firmes puntos de los que ambos eran partícipes: dureza, disciplina ante todo y ante todos, coherencia para abordar los retos que se les venían encima.  Se debían mostrar muy enérgicos para imponer la nueva situación, evitando cualquier desvío, cualquier salida de tono que desbaratara verdaderamente sus peliagudos propósitos.
 En muchas ocasiones Valeria había tratado de conllevar sus situaciones haciendo caso a aquellas aburridas normas de convivencia. El aula, los partes, aquellos expedientes. Pero ahora se mostraba implacable. Creía llegado el momento para establecer su dictadura educativa, aunque era consciente de que, por el momento, no contaba con las suficientes fuerzas dentro de aquella anarquía en que se había convertido el centro de trabajo. Ahora sus pensamientos se dirigían a conseguir algún apoyo, aunque fuera el de un triste profesor de filosofía. Ella siempre lo había tenido por un pusilánime. Pero había descubierto, con el paso del tiempo, que detrás de aquella máscara se escondía una persona retraída y acomplejada, sí, pero muy capaz de imponer su visión de la jugada. Era el compañero perfecto para su proyecto definitivo. 

Javi, Javier, esperaba en el suelo y meditaba convencido de poder contenerla. Sabía de sus intenciones y estaba convencido de la necesidad de un nuevo orden que cambiara para siempre su situación. No ansiaba el poder solamente por el sueldo y la notoriedad sino por lograr de una vez por todas, quizás la primera y la última, alcanzar algún objetivo auténtico en su vida... 


jueves, 29 de noviembre de 2018

Enderezar

La vida pasa, el tiempo vuela.
Un profesor pelea, se enfada, riñe.
El viento arquea las palmeras,
y enjambres de aves revolotean sobre sus cabezas.
El  profesor intenta que el gélido viento
no derribe las ilusiones de toda una generación, 
apoyado en la nostalgia por la historia.
Dura tarea, difícil edad.
¡Enderezar!. El único camino...
y no perder jamás la esperanza.



jueves, 2 de agosto de 2018

El verano

El verano son montones de muebles destrozados escoltando al carromato de la basura... es calor transformado en chorros de sudor en las sienes, como una hiperhidrosis ya incontrolada... es salir de la ducha y ya seco volver a estar mojado... son cursos de formación absurdos algunas mañanas y playa de tarde cuando el sol ni hace cosquillas... son gelattos cuando cae el sol en el espectral centro histérico de Elche... es visitar museos vacíos en tu ciudad y bares llenos en las de al lado...es oler la mierda de la depuradora por las noches y ver amanecer desde lo alto de unas palmeras... es ir en el coche escuchando a toda hostia "I'm the walrus" mientras vas a pasar la ITV...es holgazanear cuando te dejan, acostarte a las tantas viendo gilipolleces de cocina o soldaduras en la tele... es seguir adelantando algo de trabajo para septiembre(aunque nadie se lo crea)... es atrincherarse algunos días en el piso con el aire acondicionado pintando piedras con tus hijos...es que se te joda (otra vez) la garganta y que te pase siempre en vacaciones...es estar tranquilo a las doce y media de la noche y recibir en el móvil (puto móvil) un mensaje de la policía "tiene cita para renovar su DNI"... es dormir en el sofá toda la noche después de estremecerte viendo un capítulo de "Black Mirror".... es gritar desesperado por la última rabieta de los niños ... es leer ese clásico pendiente en la página 54 desde hace 2 años... es intentar leer varios libros cuando puedes, llegar a esa página ciento y pico y dudar si regresarlos a su estante o mandarlos al infierno de la basura ... es, como no, un cubo de pintura después de blanquear esa cochina pared del pasillo...es escuchar noticias absurdas que enmascaran otras de extrema gravedad...hacer excursiones y comer chocolate gratis en La Vila... flipar cómo se difunden bulos ahora llamados ' fakes' para manipular a la peña con todo... es pasar de todo y no pasar de nada, Sabina...es, en definitiva, echarte como siempre de menos.

Foto: Luis G. Pueyo


viernes, 22 de junio de 2018

El hombre sin tiempo



  Partía levemente desde su hogar con el solo peso de un aguado café que le proporcionaba su desastrada cafetera eléctrica, antigua, siempre inmóvil frente al molinillo desconchado. Bajaba todavía durmiendo, soñando semiinconsciente con un futuro inaccesible e intangible ya para él, marchaba raudo hacia la larga cola que se formaba en Galdós. Quería llegar pronto para no acceder muy tarde a la oficina de desempleo: sólo quería perder su trabajo. Varias cadenas le habían tentado, mejor salario, más tiempo libre, un plus por error...todo ello había ido generando en su imaginario la ilusa pretensión de mejorar.
 Ahora que su popularidad no hacía más que incrementarse buscaba desesperadamente una salida. En aquellos recintos otrora lujosos y ahora desconchados además de buscar un subsidio se podía hurgar en los corchos en busca de una ocupación diferente, quizás peor remunerada que la actual. Quería despedirse, marcharse, dar un portazo antes de que le llegase la improbable carta de despido.
   La empresa no pensaba echarlo, todo lo contrario, pero es cierto que su prestigio como meteorólogo se había visto menguado hasta límites insoportables por alguien con una pizca siquiera de amor propio. De un tiempo a esta parte había sufrido la vergüenza de una caída descomunal en sus aciertos. Los errores habían sido de bulto. Anunció grandes lluvias en todo el levante durante la Semana Santa y se ganó una querella de varias cadenas hoteleras. El escándalo corrió como la pólvora por redes sociales y fue mofa en diferentes espacios, incluida su propia emisora. Más avanzada la primavera, unas semanas más tarde, pronosticó mal lo que claramente era la penetración de una enorme perturbación por el noroeste peninsular.
 En este caso las chanzas fueron excesivamente crueles, poniendo el énfasis en su aspecto desastrado, su chorreante cabello y su mirada desviada. Todo estaba en su contra como profesional pero la emisora sorprendentemente detectó una gran subida en las audiencias. Cada vez que se anunciaba la aparición del hombre del tiempo la cadena sobreponía el rótulo “El hombre sin tiempo” ante la mofa generalizada de las masas. Había morbo en toda esa gente fracasada por ver la caída, la hostia descomunal del otrora líder, del sabio que ahora daba vergüenza ajena. Sus ridículos siempre reconfortaban a aquellos individuos. Tanto éxito tenía que había llegado a igualar el share del partido de fútbol que se emitía en la cadena de la competencia.
   Quería huir, desaparecer, quizás buscando refugio fuera de los medios visuales. Regresar a la radio, dónde tan buenos momentos había pasado. Allí se sentía querido y respetado. Solo su afán de enriquecerse le hizo dar el salto a la pequeña pantalla, de lo que se arrepentía a diario. Su frágil sueño acabó en espasmos, despertares  frecuentes y casi siempre embadurnado en litros del sudor de la derrota. Por las mañanas había perdido peso, se sentía más ligero pero a la vez menos persona. Su aspecto barruntaba problemas serios de salud y su agente se inquietó. Cierto que en televisión todavía no se notaba su preocupante delgadez y sus inmensas ojeras moradas. Mientras el populacho se divertía, el ardía en deseos por anunciar la verdad, su verdad, su hartazgo, la vileza de los que le observaban. Anunciárselo a sus caras impávidas: sois unos miserables.

   Sus errores eran los beneficios de la emisora. Pronto comenzó a estudiar de nuevo todos sus manuales de meteorología, hasta los más anticuados, los que había estudiado en la facultad. Quería acertar, tenerlo todo atado y bien atado porque esa sería la única manera de que lo despidiesen: acertar. Cuanto más errara más fácil sería que le ofrecieran una irresistible oferta de renovación. Y él quería salir, olvidarse de las cámaras, pasar desapercibido en bares y restaurantes, no firmar ningún autógrafo más aunque los que firmase pusieran un nombre imaginario y desconocido. Pasaron unos días y su buen hacer comenzó a preocupar. Recibió un mensaje en su contestador: debía errar. La voz inconfundible del consejero delegado, ese delante del cual había firmado su contrato años atrás, ese que no lo había vuelto a llamar para agradecerle su sacrificio y su entrega sin límites a la empresa. Al día siguiente apareció por última vez en las pantallas. El tiempo estaba revuelto. Una baja presión muy potente en torno a la costa mediterránea hacía indicar la posibilidad de unas lluvias desaforadas. Investigando hasta el más mínimo detalle llegó a ofrecer la alerta meteorológica que ni siquiera la delegación del gobierno llegó a activar para la mañana siguiente. Anunció inundaciones y hasta precisó los barrancos que a cierta hora del mediodía arrastrarían con su flujo millones de toneladas de barro. En directo, en plena emisión sus compañeros de estudio reían a carcajadas, en las casas millones lloraban de la risa incontenida. Hasta se pudo registrar en el audio directo alguna carcajada del imbécil de Parres.

   Aquella noche estaba preocupado, tenía un amigo que vivía en aquella comarca en la que estaba seguro que una tragedia se avecinaba. Llamó a su teléfono pero nadie contestó. Prefirió no dejar un mensaje en el contestador. Después ingirió un somnífero y descansó hasta las diez de la mañana. Bajó a hacer la compra y se preparó  un frugal almuerzo. Tenía que marchar a los estudios a la una. Pero un mensaje llegó a su teléfono: estás despedido. El jefe. Estaba contento aunque desconocía los límites de la tragedia que  había pronosticado en directo. Relajado, sin obligaciones más que la de ir durante algunos de los siguientes siete días a recoger la carta de despido durmió ligeramente. Por la tarde encendió la televisión y descubrió el macabro hallazgo: más de 35 personas desaparecidas en el barranco de La Cala. 
  Una mezcla de incredulidad y de satisfacción corrían por sus venas. Después de cerciorarse de la buena salud de su amigo llamó a su agente para despedirlo. Nunca más esa sanguijuela le sacaría los cuartos. Por fin se sentía libre para elegir aunque esa libertad hubiese sido obtenida a costa del sufrimiento de muchos inocentes. Pero no tenía remordimientos, había hecho su trabajo y las risas se habían tornado en llantos. Volvía a ser el hombre del tiempo. Pronto se lo rifarían en cualquier empresa. Ahora podría decidir libremente su próximo destino o probablemente, con la indemnización, no regresase jamás a la popularidad. Había recuperado el tiempo que aquel nefasto trabajo de hombre del tiempo le había arrebatado: ya no sería más un hombre sin tiempo.


viernes, 20 de abril de 2018

El hundimiento


Relato presentado al II certamen literario de relato corto "Raval d'Elx"

    A la memoria de José Canals, Jacinto Agulló, Vicente Arroniz y Rafael Palao

  Aquel viernes todo predecía la llegada de un fin de semana tranquilo en la pequeña pero industriosa ciudad: hombres y mujeres marchaban a las fábricas y al campo. Muchas otras, ataviadas con sus mandiles o con pañuelos anudados a la cabeza, salían a comprar al mercado y después marchaban cargadas de ropa a los lavaderos de las acequias. Algunas, pacientemente, se acercaban a la fuente de la plaza a cargar las tinajas con su agua. Todo aparentaba normalidad, todo menos la miseria que se cernía sobre el pobre Pepe. José era un chico fuerte y trabajador pero pertenecía a una familia muy humilde, como la mayoría de las del barrio, una familia que necesitaba que todos los hijos trabajasen para subsistir en su normalizada pobreza. Pero ahora estaba parado porque para su desgracia hacía solo unos días se había lesionado en el partido del club Arrabal. Dolorido y deprimido, tenía que guardar reposo. Para animarlo, sus compañeros le habían prometido una parte proporcional de sus jornales pero Pepe se sentía extraño: no quería perjudicarles, ya que tampoco estos nadaban precisamente en la abundancia. Eran tiempos de postguerra y cartillas de racionamiento, de cara al sol y botijos en verano, de sol y moscas en una España todavía deprimida por la derrota.  

   La mañana de ese viernes había amanecido fresca y despejada en Elche. El sol comenzaba a calentar poco a poco aunque era más agradable acercarse al lado de la solana. Como solía ser habitual por aquellas fechas, a mediodía la temperatura era buena y podía uno pasear por el poble sin chaqueta. De repente, algo terrible sucedió. Como si de una imagen detenida en la pantalla del cine Alcázar se tratase, se escuchó un terrible y seco estruendo que dejó a todo el mundo paralizado y tras el breve pero intenso desconcierto, como las hormigas después de pisotear su hormiguero, todo el mundo empezó a correr desordenadamente en las cercanías del puente de Santa Teresa. Una joven mujer enlutada ni siquiera había podido terminar de santiguarse delante de los casalicios de San Agatángelo y la Mare de Déu. La fuerte explosión había ocurrido muy cerca, en la calle Alfonso XII. El humo blanco y denso subía hacia la fachada desde una tintorería y muchas personas se acercaron tras el desconcierto para ver lo que había sucedido. No tardaron en llegar desde la Plaza del Caudillo un par de guardias urbanos que avisaron a los servicios de emergencias: al parecer dos personas habían resultado heridas en el interior del negocio. Un coche ambulancia llegó pasados unos minutos desde la casa de socorro y se certificó la tragedia: dos fallecidos, calcinados por la explosión de la autoclave del negocio. Poco importaba que la fábrica de alpargatas de Sansano hubiese sufrido daños. La ciudad quedó conmocionada y en desde su casa José sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. No había escuchado la explosión nítidamente pero había visto por la ventana a la gente ir y venir nerviosa entre lamentos y sollozos. Algo en él no andaba bien: sentía una sensación desagradable, como de desconsuelo y luto sobrevenido, de miedo al futuro, de desconcierto.

   Ese sábado habían quedado en el corazón del Raval, junto a la fuente. Ya se hacía tarde, la luz comenzaba a menguar. Entonces llegaron sus amigos, sus compañeros, que tenían un deber no solo humanitario, sino moral: en aquellos tiempos la solidaridad entre los desposeídos era tremendamente fuerte. Llegaron a la plaza y fueron depositando sus duros en la gorra del desdichado, que en el fondo sentía una enorme lástima no sólo por él mismo sino por ellos. De repente, la tierra comenzó a temblar y José, junto a cinco de sus amigos que estaban cerca del centro quedaron paralizados por el terror, esperando el desenlace desastroso que se avecinaba. Entonces, un terrible rugido surgido de lo más profundo del suelo los succionó bestialmente hacia el fondo. El refugio de la Guerra Civil se había venido abajo y la tierra se los había tragado con una voracidad insaciable, casi asesina. Aquel trepidante hundimiento provocó su caída hacia un fondo horripilante y oscuro, lleno de cascotes y escombros, tablas de madera y fragmentos metálicos de la propia fuente. Una notable columna de humo, provocada por la polvareda, se pudo notar por los alrededores pese a la escasez de luz. El ruido atroz hizo que decenas de personas, muchas de paseo y otras saliendo precipitadamente de sus casas, comenzasen a acercarse a aquel pozo sobrevenido cuando el polvo comenzó a escampar. Todo el barrio trataba de ver lo que había pasado mientras los seis desafortunados jóvenes se debatían entre la vida y la muerte en el fondo de aquel oscuro boquete, cuatro de ellos muy malheridos y dos, más afortunados, llenos de heridas y rasguños, pero todavía dotados de una cierta movilidad. Pepe trataba de chillar, pero su voz ahogada apenas llegaba a la superficie. Los sollozos y gritos de los otros, entre lamentos de todo tipo, comenzaron a percibirse entre el rumor inmenso que había generado el gentío. Un sereno y algunos guardias comenzaron a llegar, accionando sus silbatos ahogadamente por la tensión del momento. Todavía no sabían ante lo que se encontraban: si una bomba, un terremoto o un corrimiento de tierras.  Lo cierto es que el suelo se había hundido y el pánico a caer en el interior apartaba al gentío hacia los extremos de la plaza. Los bomberos, que pronto se personaron en el lugar, supieron de inmediato que la estructura del refugio se encontraba muy dañada por las infiltraciones de la propia fuente y que había una clara negligencia que nadie querría ni podría denunciar.

 Dentro del refugio de la infamia José se desvanecía lentamente bajo el peso de aquella enorme losa. No tenía apenas tiempo para pensar, para reaccionar. Luchaba con todas sus fuerzas por tratar de movilizar alguna parte de su cuerpo pero le era imposible. Frustrado, el aire le comenzó a faltar y poco tiempo después se fue desvaneciendo y su corazón apagando para siempre. Entonces Pepe fue libre. Alzó sus ojos y pudo percibir de manera muy luminosa aquella tragedia. No escuchaba sonido alguno, solo luz, cada vez más intensa, que le alejaba de aquel bullicio. A lo lejos pudo ver otras luces fugaces que lo llamaban. No obstante, trató de forzar el descenso para ayudar a los otros dos compañeros que todavía se retorcían entre el dolor, dentro de ese lodazal inmundo en que se había convertido ese agujero, pero algo lo impelía hacia las estrellas. Se sentía liviano, tranquilo y como si flotase, ligero, ingrávido.

  José, el pobre jugador de fútbol y sus desgraciados amigos vieron llorar a un pueblo pero, a pesar de todo, divisaron con gran satisfacción, desde el lugar en el que se encontraban, el rescate de Juan y Fermín y la fortaleza de todo un barrio, su barrio, el Raval, que supo sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante esperando mejores tiempos.

sábado, 31 de marzo de 2018

4 años

   Ya han pasado 4 años de aquel día internacional de la felicidad que casi se torna en tragedia, solo evitada por el valor y coraje materno, siempre luchador y tenaz. Habéis crecido sanos y fuertes, con biberón, fuísteis gordísimas criaturas, siempre parejos en todo menos en el carácter. Ahora ya tenéis una lengua materna asimilada y hasta os lanzáis a imitar el "We are the champions" de Freddy Mercury. Aunque os peleáis como buenos hermanos mellizos, aunque siguen habiendo noches de insomnio y días en los que las luchas y los gritos llegan casi hasta la extenuación, ha merecido la pena conoceros porque dais tanto amor que, en realidad, uno no sabe lo que un hijo puede dar hasta que lo recibe y, mucho más, por partida doble. Ha sido infinitamente duro, más si lo acompañamos de aquella terrible agonía de vuestra abuela, mi madre, de la que tan tristes os pusísteis al saber que no podía bajar del cielo. Ya sois personitas, con vuestras filias y fobias, con esas coletillas tan graciosas al hablar, como borrachos, ese "papá, repásame", los dientes antes de acostar o "necesito refrescarme" la boca antes de cerrar los ojos después del cuento. El descubrimiento del cole que os abrió el mundo a vuestros amiguitos que citáis a todas horas y a los parques de bolas, esa obsesión por pintar y dibujar estrambóticos y aberrantes monigotes, insaciable voracidad de papel, o esa última manía de medir el amor en metros y kilómetros. Y aunque todavía Fran, me pides que te acompañe al aseo para encenderte la luz y tu Álex te me echas encima para que juegue contigo, o para ver cualquier video de juegos en YouTube, son tantas las anécdotas, desde el casi balbuceo con 3 años a la retahíla contando una historia o un cuento, viles chivatos, porque no sabéis guardar un secreto, porque necesitáis vivir y reír, pero también llorar. Desde el estreñimiento crónico al aceitito para hacer caca, palabra que, cual imán, repetís con demasiada frecuencia. Espero que podamos seguir riendo y viviendo juntos muchas más aventuras. La lucha continúa, vuestra madre y primitas, el "toto" Fede, los yayos, siempre omnipresentes y salvadores, en fin, la tía Bienve o vuestro abuelito. Todos os quieren, y yo os adoro, enanos gruñones, nunca olvidadlo. Vuestro padre, Luis 


domingo, 4 de marzo de 2018

La mancha


Viví en aquellos meses de la primavera de 1986 una de las experiencias que más honda impresión dejaron sobre mi persona, marcando para siempre una fría, triste y pusilánime forma de ser que, solo con los años, logré matizar levemente en mi carácter. Sucedió todo durante la que fue mi corta infancia, súbitamente interrumpida para mi desgracia. Yo cursaba sexto de EGB, el equivalente al año escolar en el que se matriculan los niños de diez años aunque por aquellas fechas todavía tenía nueve. Al menos así lo recuerdo mientras escribo estas líneas. Durante mucho tiempo mi mente decidió eliminar aquellos desagradables momentos pero ahora han regresado de manera fragmentaria, aún incompletos, a mi cabeza, golpeándola fuertemente, hasta conducirme a mi actual estado de postración intelectual.

   Dejo a continuación paso a los escritos que encontré  en un perdido cajón del viejo mueble de madera lleno de carcoma y telarañas que durmió muchos años en un antiguo, desconchado y herrumboso pajar de la casa de mis tíos. Creo que son más ilustrativos que lo que yo mismo pudiera redactar en un recuerdo ya lejano que, no obstante, ha vuelto a retumbar en mi frágil memoria.

  Perdida para siempre, hubo un fatídico día: ese en el que descubrí aquella pequeña libretita de anillas rojiza, ya descolorida y cuarteada. Ella regresó como regresan en ocasiones los muertos, ávidos de justicia. Ese bloc de notas, de letra quasi ilegible, comenzó a hacerme recordar. Y es que, es bien sabido que aunque la memoria tiende a edulcorar o matizar buena parte de los sucesos traumáticos que nos suceden en la infancia, en especial los más desagradables, finalmente acaban por asentarse en el interior de nuestros pensamientos más lejanos y oscuros.

  Ahora he vuelto a recordar. El país vivía momentos convulsos y yo vivía con mis padres en un pequeño pueblo al que habíamos sido destinados por el azar de la administración. Este es el inicio de una redacción confusa, de letra casi ilegible, pues por entonces padecía una profunda disgrafía que nunca he acabado de desterrar. Mi formación paleográfica me ha permitido desentrañar esos deformes garabatos que, finalmente, me dispongo a trascribir. No se muy bien porqué lo hago, quizás para que en el futuro, estas cosas no vuelvan a ocurrir.

  Viernes, 23 de Abril 

   Estoy enfadado y por eso escribo. Me he cabreado mucho esta mañana, en el colegio. Antonio me ha escupido en la cara. No se muy bien el porqué, he hablado con la señorita María y lo ha castigado. Después me he sentido mal, porque no quería que lo castigasen. En el fondo yo tenía la culpa, había estado chinchándole toda la semana con lo del partido de fútbol. Luego, cuando he llegado a casa, mi madre estaba llorando. No entiendo le pasa eso, no lo entiendo. Creo que mi madre sufre por algo de mi padre. Él está siempre fuera, solo viene a casa a comer y después se vuelve a ir al trabajo, quizás esta semana iremos al piso de mi abuela como solemos hacer.

Lunes, 26 de Abril.

  Estoy cansado. Este fin de semana hemos hecho lo de siempre, viajar. Cuando vamos de fin de semana mis padres me recogen a las 5, después del colegio. Siento una sensación en el estómago cuando el coche coge un badén, como si me subiera para arriba. No se si es bueno o malo, pero me siento mal así que estaré malo. Cuando llegamos a la ciudad papá tarda mucho en aparcar. Después lo típico. El sábado vino un señor que no conozco y estuvo hablando con mi padre un buen rato. Tiene muy mal aspecto y una mancha muy oscura que le marca la sien derecha. Se les oyó hablar más alto de la cuenta, pero yo estaba viendo la televisión, los dibujos animados. Mi madre había comprado una torta de azúcar que tanto me gustan. Está riquísima, es de hojaldre y me la como toda de un tirón. El domingo no fuimos al parque como acostumbramos a hacer después de salir de misa. Mi padre fue a llamar por teléfono y yo me quedé con mamá viendo el mapa de España que hay en el suelo, en relieve. Por la tarde estuve viendo el programa que me gusta tanto de Si lo se no vengo. Después volvimos al pueblo y sentí otra vez la desagradable sensación de vacío que penetra por mi estómago. Es Domingo porque, al llegar, están dando la serie Luz de luna.

Lunes, 3 de Mayo.

  Este fin de semana hemos ido a casa de mi tio. Como siempre nos ha contado las mismas historias de siempre, muy chulas aunque repetidas. Críticas sobre la comida, lo normal para sacar conversación. Otra vez, en casa de la abuela, ha venido el señor de la semana pasada. Parece que debe dinero a papá. Estaba escuchando en la habitación de las dos camas, al lado de la ventana que da a la galería. Decía que pronto le devolvería el dinero. La verdad es que no he querido preguntar nada por si papá se enfadaba. En el coche hablaba con mamá de que esta semana viajará dos días, que pedirá permiso en el trabajo. No se que es lo que tiene que hacer fuera porque nunca habla de lo que hace cuando se va. Solo dice que va a examinar en oposiciones, que no se muy bien lo que significa. Hoy estaba cansado en el colegio, en el patio le he tirado una piedra al Curro y después el director me ha dicho que hablarían con mis padres. Espero que no lo haga.

Jueves, 5 de Mayo.

   Cuando he llegado esta mediodía a la casa me he cruzado por las escaleras con el señor que he visto en el piso los fines de semana. Supongo que saldría de casa. Papá estaba ya allí. Había vuelto del viaje que hizo el martes. Estaba un poco nervioso, sudando mucho y, cosa rara, se ha dado una ducha. No se cuanto tiempo hace que no se duchaba. Además luego estaba agresivo, se  ha llegado a sacar la correa aunque, como suele ser habitual, después no pega. En el fondo es bueno, aunque me grite de manera desagradable.

Miércoles, 11 de Mayo.

Estoy muy nervioso pero creo que me tranquiliza escribir. Ayer cuando volvía del colegio el hombre estaba en la escalera. Me dijo que esperaba a mi padre y comenzó a tocarme la cara y el pelo. Yo me aparté pero él me abrazó y me tocó por todas partes. Menos mal que salí corriendo y salí a la calle. Tenía mucho miedo pero no podía contarle nada a mamá. Me daba vergüenza. Estoy muy triste por lo que ha pasado. Y pensar que ese hombre tiene tratos con papá. Desearía no haber nacido para no tener que  ver más a ese señor.

Lunes,  16 de Mayo.

El fin de semana lo pasé fatal. Creo que mamá ha notado algo porque no ha parado de preguntarme que qué me pasaba. He decidido olvidar lo que pasó, creo que no volverá a pasar y además si ese hombre me volviera a tocar le daría un buen puntapié el sus partes, para que escarmentara. Después que se quejase a mi simpático papá, que tiene relaciones con el asqueroso este.


A partir de aquí la letra se hace todavía más oscura e ilegible. Realmente ha sido un milagro poder transcribir esta parte pero era como si fuese recordando una a una las palabras. Instintivamente, desgraciadamente he tenido que recordar lo que jamás hubiese querido.

Miércoles, 18 de Mayo.

Ha venido a buscarme al colegio. Estoy muy asustado y creo que mis padres lo están notando. No logro recordar bien su rostro. Tengo pesadillas, veo a una masa informe avanzando hacia mi con unas manos como de plastilina que me atrapan y me sumergen en un  mar de plástico derretido, como cuando se quema en la hoguera. Me ha perseguido y me ha cogido cuando menos lo esperaba, al salir del campo del Quimpa, entre todo el carrizo que se acumula allí. Me ha obligado a hacer cosas que no quería. No lo quiero recordar. Tengo moretones por los brazos, me ha apretado con mucha fuerza y me duele. Tengo que guardar el secreto. Será mi secreto. Nadie lo debe saber. Espero que ese tipo no regrese...


  No se si merece la pena escribir esto o debería dejarlo olvidado en el fondo de mi pensamiento. La verdad es que lo que viví me marcó, como marcaría a cualquier chaval de mi edad. Marcó una vida para siempre y, aunque mis padres y mi familia jamás lo supieron, no volví a ser el mismo. Yo solo recuerdo a un hombre y a una mancha, posiblemente un incipiente melanoma, que ojalá fuese terminal. Aquí acaba el relato de la libretita roja, al menos lo que encontré en aquel lugar. Es posible que las ratas y otros insectos comedores de papel hayan volatilizado algún recuerdo más referente a ese desagradable asunto. Les doy las gracias, ya que en mi memoria no existe nada más después del apunte final. Solo la mancha y lo que el propio texto me ha escupido a la cara vilmente. No quiero recordar pero habré de soportar esta pesada losa el resto de mis días.  

domingo, 21 de enero de 2018

Máximas de pacotilla X (Cronos)

-Sin pasado no habría presente, por tanto no tiene sentido vivir el presente sin aprender del pasado.
-El presente es el espejo en el que se deforma la visión del pasado.
-El pasado se hace presente cíclicamente aunque la mayoría ya no lo recuerde.
-Pasado más presente son igual a futuro, siempre incierto.