Ahora
que su popularidad no hacía más que incrementarse buscaba desesperadamente una
salida. En aquellos recintos otrora lujosos y ahora desconchados además de
buscar un subsidio se podía hurgar en los corchos en busca de una ocupación
diferente, quizás peor remunerada que la actual. Quería despedirse, marcharse,
dar un portazo antes de que le llegase la improbable carta de despido.
La empresa no pensaba echarlo, todo lo contrario, pero es cierto que su
prestigio como meteorólogo se había visto menguado hasta límites insoportables
por alguien con una pizca siquiera de amor propio. De un tiempo a esta parte
había sufrido la vergüenza de una caída descomunal en sus aciertos. Los errores
habían sido de bulto. Anunció grandes lluvias en todo el levante durante la
Semana Santa y se ganó una querella de varias cadenas hoteleras. El escándalo
corrió como la pólvora por redes sociales y fue mofa en diferentes espacios,
incluida su propia emisora. Más avanzada la primavera, unas semanas más tarde,
pronosticó mal lo que claramente era la penetración de una enorme perturbación
por el noroeste peninsular.
En
este caso las chanzas fueron excesivamente crueles, poniendo el énfasis en su
aspecto desastrado, su chorreante cabello y su mirada desviada. Todo estaba en
su contra como profesional pero la emisora sorprendentemente detectó una gran
subida en las audiencias. Cada vez que se anunciaba la aparición del hombre del
tiempo la cadena sobreponía el rótulo “El
hombre sin tiempo” ante la mofa generalizada de las masas. Había morbo en
toda esa gente fracasada por ver la caída, la hostia descomunal del otrora
líder, del sabio que ahora daba vergüenza ajena. Sus ridículos siempre
reconfortaban a aquellos individuos. Tanto éxito tenía que había llegado a igualar
el share del partido de fútbol que se
emitía en la cadena de la competencia.
Quería huir, desaparecer, quizás buscando refugio fuera de los medios
visuales. Regresar a la radio, dónde tan buenos momentos había pasado. Allí se
sentía querido y respetado. Solo su afán de enriquecerse le hizo dar el salto a
la pequeña pantalla, de lo que se arrepentía a diario. Su frágil sueño acabó en
espasmos, despertares frecuentes y casi
siempre embadurnado en litros del sudor de la derrota. Por las mañanas había
perdido peso, se sentía más ligero pero a la vez menos persona. Su aspecto
barruntaba problemas serios de salud y su agente se inquietó. Cierto que en televisión
todavía no se notaba su preocupante delgadez y sus inmensas ojeras moradas.
Mientras el populacho se divertía, el ardía en deseos por anunciar la verdad,
su verdad, su hartazgo, la vileza de los que le observaban. Anunciárselo a sus
caras impávidas: sois unos miserables.
Sus errores eran los beneficios de la emisora. Pronto comenzó a estudiar
de nuevo todos sus manuales de meteorología, hasta los más anticuados, los que
había estudiado en la facultad. Quería acertar, tenerlo todo atado y bien atado
porque esa sería la única manera de que lo despidiesen: acertar. Cuanto más
errara más fácil sería que le ofrecieran una irresistible oferta de renovación.
Y él quería salir, olvidarse de las cámaras, pasar desapercibido en bares y
restaurantes, no firmar ningún autógrafo más aunque los que firmase pusieran un
nombre imaginario y desconocido. Pasaron unos días y su buen hacer comenzó a
preocupar. Recibió un mensaje en su contestador: debía errar. La voz
inconfundible del consejero delegado, ese delante del cual había firmado su
contrato años atrás, ese que no lo había vuelto a llamar para agradecerle su
sacrificio y su entrega sin límites a la empresa. Al día siguiente apareció por
última vez en las pantallas. El tiempo estaba revuelto. Una baja presión muy
potente en torno a la costa mediterránea hacía indicar la posibilidad de unas
lluvias desaforadas. Investigando hasta el más mínimo detalle llegó a ofrecer
la alerta meteorológica que ni siquiera la delegación del gobierno llegó a
activar para la mañana siguiente. Anunció inundaciones y hasta precisó los
barrancos que a cierta hora del mediodía arrastrarían con su flujo millones de
toneladas de barro. En directo, en plena emisión sus compañeros de estudio
reían a carcajadas, en las casas millones lloraban de la risa incontenida.
Hasta se pudo registrar en el audio directo alguna carcajada del imbécil de
Parres.
Aquella noche estaba preocupado, tenía un amigo que vivía en aquella
comarca en la que estaba seguro que una tragedia se avecinaba. Llamó a su
teléfono pero nadie contestó. Prefirió no dejar un mensaje en el contestador.
Después ingirió un somnífero y descansó hasta las diez de la mañana. Bajó a
hacer la compra y se preparó un frugal almuerzo. Tenía que marchar a los
estudios a la una. Pero un mensaje llegó a su teléfono: estás despedido. El
jefe. Estaba contento aunque desconocía los límites de la tragedia que
había pronosticado en directo. Relajado, sin obligaciones más que la de
ir durante algunos de los siguientes siete días a recoger la carta de despido
durmió ligeramente. Por la tarde encendió la televisión y descubrió el macabro
hallazgo: más de 35 personas desaparecidas en el barranco de La Cala.
Una mezcla de incredulidad y de satisfacción corrían por sus venas. Después de
cerciorarse de la buena salud de su amigo llamó a su agente para despedirlo.
Nunca más esa sanguijuela le sacaría los cuartos. Por fin se sentía libre para
elegir aunque esa libertad hubiese sido obtenida a costa del sufrimiento de
muchos inocentes. Pero no tenía remordimientos, había hecho su trabajo y las
risas se habían tornado en llantos. Volvía a ser el hombre del tiempo. Pronto
se lo rifarían en cualquier empresa. Ahora podría decidir libremente su próximo
destino o probablemente, con la indemnización, no regresase jamás a la
popularidad. Había recuperado el tiempo que aquel nefasto trabajo de hombre del
tiempo le había arrebatado: ya no sería más un hombre sin tiempo.

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