viernes, 22 de junio de 2018

El hombre sin tiempo



  Partía levemente desde su hogar con el solo peso de un aguado café que le proporcionaba su desastrada cafetera eléctrica, antigua, siempre inmóvil frente al molinillo desconchado. Bajaba todavía durmiendo, soñando semiinconsciente con un futuro inaccesible e intangible ya para él, marchaba raudo hacia la larga cola que se formaba en Galdós. Quería llegar pronto para no acceder muy tarde a la oficina de desempleo: sólo quería perder su trabajo. Varias cadenas le habían tentado, mejor salario, más tiempo libre, un plus por error...todo ello había ido generando en su imaginario la ilusa pretensión de mejorar.
 Ahora que su popularidad no hacía más que incrementarse buscaba desesperadamente una salida. En aquellos recintos otrora lujosos y ahora desconchados además de buscar un subsidio se podía hurgar en los corchos en busca de una ocupación diferente, quizás peor remunerada que la actual. Quería despedirse, marcharse, dar un portazo antes de que le llegase la improbable carta de despido.
   La empresa no pensaba echarlo, todo lo contrario, pero es cierto que su prestigio como meteorólogo se había visto menguado hasta límites insoportables por alguien con una pizca siquiera de amor propio. De un tiempo a esta parte había sufrido la vergüenza de una caída descomunal en sus aciertos. Los errores habían sido de bulto. Anunció grandes lluvias en todo el levante durante la Semana Santa y se ganó una querella de varias cadenas hoteleras. El escándalo corrió como la pólvora por redes sociales y fue mofa en diferentes espacios, incluida su propia emisora. Más avanzada la primavera, unas semanas más tarde, pronosticó mal lo que claramente era la penetración de una enorme perturbación por el noroeste peninsular.
 En este caso las chanzas fueron excesivamente crueles, poniendo el énfasis en su aspecto desastrado, su chorreante cabello y su mirada desviada. Todo estaba en su contra como profesional pero la emisora sorprendentemente detectó una gran subida en las audiencias. Cada vez que se anunciaba la aparición del hombre del tiempo la cadena sobreponía el rótulo “El hombre sin tiempo” ante la mofa generalizada de las masas. Había morbo en toda esa gente fracasada por ver la caída, la hostia descomunal del otrora líder, del sabio que ahora daba vergüenza ajena. Sus ridículos siempre reconfortaban a aquellos individuos. Tanto éxito tenía que había llegado a igualar el share del partido de fútbol que se emitía en la cadena de la competencia.
   Quería huir, desaparecer, quizás buscando refugio fuera de los medios visuales. Regresar a la radio, dónde tan buenos momentos había pasado. Allí se sentía querido y respetado. Solo su afán de enriquecerse le hizo dar el salto a la pequeña pantalla, de lo que se arrepentía a diario. Su frágil sueño acabó en espasmos, despertares  frecuentes y casi siempre embadurnado en litros del sudor de la derrota. Por las mañanas había perdido peso, se sentía más ligero pero a la vez menos persona. Su aspecto barruntaba problemas serios de salud y su agente se inquietó. Cierto que en televisión todavía no se notaba su preocupante delgadez y sus inmensas ojeras moradas. Mientras el populacho se divertía, el ardía en deseos por anunciar la verdad, su verdad, su hartazgo, la vileza de los que le observaban. Anunciárselo a sus caras impávidas: sois unos miserables.

   Sus errores eran los beneficios de la emisora. Pronto comenzó a estudiar de nuevo todos sus manuales de meteorología, hasta los más anticuados, los que había estudiado en la facultad. Quería acertar, tenerlo todo atado y bien atado porque esa sería la única manera de que lo despidiesen: acertar. Cuanto más errara más fácil sería que le ofrecieran una irresistible oferta de renovación. Y él quería salir, olvidarse de las cámaras, pasar desapercibido en bares y restaurantes, no firmar ningún autógrafo más aunque los que firmase pusieran un nombre imaginario y desconocido. Pasaron unos días y su buen hacer comenzó a preocupar. Recibió un mensaje en su contestador: debía errar. La voz inconfundible del consejero delegado, ese delante del cual había firmado su contrato años atrás, ese que no lo había vuelto a llamar para agradecerle su sacrificio y su entrega sin límites a la empresa. Al día siguiente apareció por última vez en las pantallas. El tiempo estaba revuelto. Una baja presión muy potente en torno a la costa mediterránea hacía indicar la posibilidad de unas lluvias desaforadas. Investigando hasta el más mínimo detalle llegó a ofrecer la alerta meteorológica que ni siquiera la delegación del gobierno llegó a activar para la mañana siguiente. Anunció inundaciones y hasta precisó los barrancos que a cierta hora del mediodía arrastrarían con su flujo millones de toneladas de barro. En directo, en plena emisión sus compañeros de estudio reían a carcajadas, en las casas millones lloraban de la risa incontenida. Hasta se pudo registrar en el audio directo alguna carcajada del imbécil de Parres.

   Aquella noche estaba preocupado, tenía un amigo que vivía en aquella comarca en la que estaba seguro que una tragedia se avecinaba. Llamó a su teléfono pero nadie contestó. Prefirió no dejar un mensaje en el contestador. Después ingirió un somnífero y descansó hasta las diez de la mañana. Bajó a hacer la compra y se preparó  un frugal almuerzo. Tenía que marchar a los estudios a la una. Pero un mensaje llegó a su teléfono: estás despedido. El jefe. Estaba contento aunque desconocía los límites de la tragedia que  había pronosticado en directo. Relajado, sin obligaciones más que la de ir durante algunos de los siguientes siete días a recoger la carta de despido durmió ligeramente. Por la tarde encendió la televisión y descubrió el macabro hallazgo: más de 35 personas desaparecidas en el barranco de La Cala. 
  Una mezcla de incredulidad y de satisfacción corrían por sus venas. Después de cerciorarse de la buena salud de su amigo llamó a su agente para despedirlo. Nunca más esa sanguijuela le sacaría los cuartos. Por fin se sentía libre para elegir aunque esa libertad hubiese sido obtenida a costa del sufrimiento de muchos inocentes. Pero no tenía remordimientos, había hecho su trabajo y las risas se habían tornado en llantos. Volvía a ser el hombre del tiempo. Pronto se lo rifarían en cualquier empresa. Ahora podría decidir libremente su próximo destino o probablemente, con la indemnización, no regresase jamás a la popularidad. Había recuperado el tiempo que aquel nefasto trabajo de hombre del tiempo le había arrebatado: ya no sería más un hombre sin tiempo.


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