viernes, 20 de abril de 2018

El hundimiento


Relato presentado al II certamen literario de relato corto "Raval d'Elx"

    A la memoria de José Canals, Jacinto Agulló, Vicente Arroniz y Rafael Palao

  Aquel viernes todo predecía la llegada de un fin de semana tranquilo en la pequeña pero industriosa ciudad: hombres y mujeres marchaban a las fábricas y al campo. Muchas otras, ataviadas con sus mandiles o con pañuelos anudados a la cabeza, salían a comprar al mercado y después marchaban cargadas de ropa a los lavaderos de las acequias. Algunas, pacientemente, se acercaban a la fuente de la plaza a cargar las tinajas con su agua. Todo aparentaba normalidad, todo menos la miseria que se cernía sobre el pobre Pepe. José era un chico fuerte y trabajador pero pertenecía a una familia muy humilde, como la mayoría de las del barrio, una familia que necesitaba que todos los hijos trabajasen para subsistir en su normalizada pobreza. Pero ahora estaba parado porque para su desgracia hacía solo unos días se había lesionado en el partido del club Arrabal. Dolorido y deprimido, tenía que guardar reposo. Para animarlo, sus compañeros le habían prometido una parte proporcional de sus jornales pero Pepe se sentía extraño: no quería perjudicarles, ya que tampoco estos nadaban precisamente en la abundancia. Eran tiempos de postguerra y cartillas de racionamiento, de cara al sol y botijos en verano, de sol y moscas en una España todavía deprimida por la derrota.  

   La mañana de ese viernes había amanecido fresca y despejada en Elche. El sol comenzaba a calentar poco a poco aunque era más agradable acercarse al lado de la solana. Como solía ser habitual por aquellas fechas, a mediodía la temperatura era buena y podía uno pasear por el poble sin chaqueta. De repente, algo terrible sucedió. Como si de una imagen detenida en la pantalla del cine Alcázar se tratase, se escuchó un terrible y seco estruendo que dejó a todo el mundo paralizado y tras el breve pero intenso desconcierto, como las hormigas después de pisotear su hormiguero, todo el mundo empezó a correr desordenadamente en las cercanías del puente de Santa Teresa. Una joven mujer enlutada ni siquiera había podido terminar de santiguarse delante de los casalicios de San Agatángelo y la Mare de Déu. La fuerte explosión había ocurrido muy cerca, en la calle Alfonso XII. El humo blanco y denso subía hacia la fachada desde una tintorería y muchas personas se acercaron tras el desconcierto para ver lo que había sucedido. No tardaron en llegar desde la Plaza del Caudillo un par de guardias urbanos que avisaron a los servicios de emergencias: al parecer dos personas habían resultado heridas en el interior del negocio. Un coche ambulancia llegó pasados unos minutos desde la casa de socorro y se certificó la tragedia: dos fallecidos, calcinados por la explosión de la autoclave del negocio. Poco importaba que la fábrica de alpargatas de Sansano hubiese sufrido daños. La ciudad quedó conmocionada y en desde su casa José sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. No había escuchado la explosión nítidamente pero había visto por la ventana a la gente ir y venir nerviosa entre lamentos y sollozos. Algo en él no andaba bien: sentía una sensación desagradable, como de desconsuelo y luto sobrevenido, de miedo al futuro, de desconcierto.

   Ese sábado habían quedado en el corazón del Raval, junto a la fuente. Ya se hacía tarde, la luz comenzaba a menguar. Entonces llegaron sus amigos, sus compañeros, que tenían un deber no solo humanitario, sino moral: en aquellos tiempos la solidaridad entre los desposeídos era tremendamente fuerte. Llegaron a la plaza y fueron depositando sus duros en la gorra del desdichado, que en el fondo sentía una enorme lástima no sólo por él mismo sino por ellos. De repente, la tierra comenzó a temblar y José, junto a cinco de sus amigos que estaban cerca del centro quedaron paralizados por el terror, esperando el desenlace desastroso que se avecinaba. Entonces, un terrible rugido surgido de lo más profundo del suelo los succionó bestialmente hacia el fondo. El refugio de la Guerra Civil se había venido abajo y la tierra se los había tragado con una voracidad insaciable, casi asesina. Aquel trepidante hundimiento provocó su caída hacia un fondo horripilante y oscuro, lleno de cascotes y escombros, tablas de madera y fragmentos metálicos de la propia fuente. Una notable columna de humo, provocada por la polvareda, se pudo notar por los alrededores pese a la escasez de luz. El ruido atroz hizo que decenas de personas, muchas de paseo y otras saliendo precipitadamente de sus casas, comenzasen a acercarse a aquel pozo sobrevenido cuando el polvo comenzó a escampar. Todo el barrio trataba de ver lo que había pasado mientras los seis desafortunados jóvenes se debatían entre la vida y la muerte en el fondo de aquel oscuro boquete, cuatro de ellos muy malheridos y dos, más afortunados, llenos de heridas y rasguños, pero todavía dotados de una cierta movilidad. Pepe trataba de chillar, pero su voz ahogada apenas llegaba a la superficie. Los sollozos y gritos de los otros, entre lamentos de todo tipo, comenzaron a percibirse entre el rumor inmenso que había generado el gentío. Un sereno y algunos guardias comenzaron a llegar, accionando sus silbatos ahogadamente por la tensión del momento. Todavía no sabían ante lo que se encontraban: si una bomba, un terremoto o un corrimiento de tierras.  Lo cierto es que el suelo se había hundido y el pánico a caer en el interior apartaba al gentío hacia los extremos de la plaza. Los bomberos, que pronto se personaron en el lugar, supieron de inmediato que la estructura del refugio se encontraba muy dañada por las infiltraciones de la propia fuente y que había una clara negligencia que nadie querría ni podría denunciar.

 Dentro del refugio de la infamia José se desvanecía lentamente bajo el peso de aquella enorme losa. No tenía apenas tiempo para pensar, para reaccionar. Luchaba con todas sus fuerzas por tratar de movilizar alguna parte de su cuerpo pero le era imposible. Frustrado, el aire le comenzó a faltar y poco tiempo después se fue desvaneciendo y su corazón apagando para siempre. Entonces Pepe fue libre. Alzó sus ojos y pudo percibir de manera muy luminosa aquella tragedia. No escuchaba sonido alguno, solo luz, cada vez más intensa, que le alejaba de aquel bullicio. A lo lejos pudo ver otras luces fugaces que lo llamaban. No obstante, trató de forzar el descenso para ayudar a los otros dos compañeros que todavía se retorcían entre el dolor, dentro de ese lodazal inmundo en que se había convertido ese agujero, pero algo lo impelía hacia las estrellas. Se sentía liviano, tranquilo y como si flotase, ligero, ingrávido.

  José, el pobre jugador de fútbol y sus desgraciados amigos vieron llorar a un pueblo pero, a pesar de todo, divisaron con gran satisfacción, desde el lugar en el que se encontraban, el rescate de Juan y Fermín y la fortaleza de todo un barrio, su barrio, el Raval, que supo sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante esperando mejores tiempos.

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