domingo, 22 de septiembre de 2013

Fragmentación II ( La ciudad)

   La ciudad sacudía su modorra en haces de humo expulsados por su insoportable tráfico. Todavía no había amanecido y las ráfagas de un tenue y mortecino viento de olores diversos que se entremezcalban configurando una nueva fragancia, esa fragancia única de este lugar molestaban ya a las escasas personas que, como un goteo de rocío, iban apareciendo cual seres extraños de raras facciones caminando de manera todavía torpe y descuidada por las aceras nuevas y avejentadas. Era por el año 201... cuando todos sus habitantes cayeron en la cuenta de la horrible faz de esta ciudad. Una ciudad incompleta, deslabazada, rota, como todavía no terminada, cual adolescente desorientado. Nuestra ciudad hay que decir que no era bonita, en todo caso resultona según en que parte de ella nos fijásemos. 

  Estaba compuesta de barrios o cuarteles muy separados los unos de los otros, sin ningún orden lógico ni racional. Desde hacía décadas había imperado un urbanismo atroz y espantoso que nuestros convecinos veían incluso agradable y necesario porque carecían de ninguna formación artística o de cualquier tipo. Era la ciudad con menos bachilleres del país y el dinero fácil explicaba ese becerro de oro al que todos adoraban: el ladrillo. La mayoría de ellos habían abandonado sus estudios por la facilidad de un dinero fresco que obtenían a base de paletadas y cáncer de piel.

    El centro urbano, antiguo, parecía más bien  un arrabal funesto repleto de edificios muy modernos. Poco tenía, por tanto, de antiguo visto de esta manera. Al lado de una sobria construcción palacial del siglo XVII habían levantado un edificio-muro de mármoles coloridos, sin ventanas. Justo enfrente de semejante aberración se encontraba desde hacía siglos una pequeña iglesia gótica con fachada barroca. Pues así todo lo demás: edificios decimonónicos se agolpaban con construcciones nuevas de aspecto demencial. Los solares permanecían décadas desocupados, llenos de escombros, basura maloliente y ratas. Si pensamos que este era el corazón de la urbe, descuidado, fragmentado en casas bien cuidadas,  solares pútridos y edificios nuevos de dudoso gusto   podemos  imaginar como era el resto de la ciudad, sobre todo los arrabales del norte y el sur.

   Curiosamente y aislado del resto, como el resto de barrios, el este aguardaba sorpresas agradables. Era una especie de ciudad fortificada dentro de nuestra ciudad, llena de jardines y casas-palacio de principios del siglo XX que la burguesía adinerada había construído como zona vacacional. Hoy había quedado más  asilada que nunca al trazar una avenida gigantesca entre su corazón y el resto de la urbe. De este núcleo de belleza y aire puro, corazón de jardines y fuentes de agua de gran vigor, de estos manantiales de paz  y dignidad, podría haber surgido un movimiento de solidaridad que hubiese cambiado el destino letal de nuestra urbe. Pero nunca la alta burguesía, los ricos, han pretendido mejorar algo más allá de sus propios intereses. Y así sucedió en nuestro caso.

   Pero a nosotros nos interesa aquí y ahora saber cómo eran esos arrabales, en muchos sentidos, más interesantes que el propio centro histórico. El de San... estaba a pocos metros del casco antiguo, extramuros y lo constituían unas pequeñas casitas de planta baja que habían ido transformándose en edificios singulares, de cierta belleza. Pero un día, un alcalde delincuente, uno entre tantos, decidió que había que destruir ese arrabal porque gente de baja calaña lo habitaba. En poco tiempo se crearían solares, que es la moneda corriente del desalmado. Entonces quedó amputado, separado para siempre de la ciudad. El castigo se tradujo en el derrumbamiento de varias manzanas para trazar una escandalosa ampliación de una avenida de salida de los vehículos a motor. Así, nuestro otrora bello y salvaje lugar apareció como un barrio fantasma, sin vida, mortecino, rodeado de solares infectos y deshabitado salvo por algunas viejecitas tranquilas y pacientes que no habían podido salir de sus casas antes de la plaga de derribos que asoló a nuestro moribundo espacio.

   Existían otros barrios conocidos como la zona norte donde habían edificios cochambrosos pasto del olvido y la marginación. Era el barrio de los gitanos y muchos edificios carecían hasta de puerta de entrada. Las fincas aparecían desconchadas y los solares apenas servían para que los niños jugaran a matar cucarachas y algunos reptiles inferiores, en ocasiones colúbridos. Era este un barrio más unido que otros mejores, había una solidaridad insólita entre sus convecinos. Se basaba esta en muchas jornadas al sol y a la sombra, al desempleo y a la prisión provincial. Pero, como otros, quedó un día amputado y segregado de la ciudad por mor de una Gran Vía que debía circundar la ciudad. 

  Ellos no le dieron importancia: ahora podrían llegar al mar mucho más rápido. Pero muchos atropellos empezaron a poner alerta a los ciudadanos de estos barrios periféricos. La gran avenida no perdonaba, era como una guillotina dispuesta a no dejar pasar hacia el interior de la ciudad a estos seres mugrientos y desasistidos. Hubo manifestaciones de desacuerdo y las autoridades se avinieron a poner semáforos. Más adelante, cuando las aguas se hubieron calmado, las autoridades dijeron que para integrar el barrio nada mejor que un tranvía. Ese tranvía moderno que habían suprimido antes para colonizar la ciudad de negros autobuses de horripilante aspecto, cual ataúdes de vida recién despertada, legañosa todavía. Todos alborozados festejaron con gran alegría su tranvía ultra-moderno pero después de un par de días descubrieron que no paraba allí, solo pasaba, ofreciendo un nuevo obstáculo al barrio, ahora de acero y cables eléctricos.

    Otro barrio separado del resto se encontraba al sur de la ciudad portuaria: tenía el nombre de un santo, quizás para pedir indulgencia con su situación. Se encontraba seccionado del resto por un enorme barranco ya canalizado por el que descendían lodos tóxicos, llenos de plomo y desechos de las industrias más sucias de la ciudad. Había un par de puentes que de nada servían pues el hedor era tan nauseabundo que nadie jamás pudo pasar andando por ellos. Cada año grandes máquinas y grúas excavadoras trataban de extraer la colmatación odiosa y repugnante de los barros, extremadamente antimedicinales. Era este lugar como un pueblo separado del cuerpo de la ciudad.

   Sus plantas bajas se veían en ocasiones confrontadas con algún edifico de apartamentos, pero eran los menos. Por si fuera poco, su fachada al mar era una burla constante. Ni los más viejos del lugar recordaban el día en que se pudo divisar el fulgor de las olas ni respirar el aire fresco y salino del mar, puesto que la carratera de la costa que lo flanqueaba estaba sobreelevada desde hacía décadas, había algún puente por el que pasaba el ferrocarril que impedía la visibilidad y evitando como decimos percibir a sus vecinos el aire cargado de salud que emite el mediterráneo. Solo el humo pestilente de automóviles y camiones servía de lento pero inexorable fluído que iba arruinando sus vidas. Era este barrio pequeño y separado como una cárcel sin carceleros. El propio urbanismo comprimía, como si de una gigante goma se tratase, la vida del tranquilo lugar. El que a él accedía no sabía muy bien si volvería a ver a sus seres queridos puesto que varios obstáculos mortales debía salvar, ora una vía del tren que llegó a tener paso a nivel, ora unas repentinas obras que habían cortado la salida por la carretera marítima. Era el típico barrio de pescadores sin pesacadores, sin grandes edificios, sin juventud, sin vida aparente, aunque algunas viejas comadres salían con sus lutos perpetuos a tomar el sol en el patio de esa cárcel de las ilusiones perdidas.

     Estos barrios periféricos siempre sufrían el mismo proceso de  abandono que acababa por llevarlos a un coma profundo de décadas de olvido anterior a su destrucción, su muerte definitiva. En ocasiones habían quedado fragmentos de esos barrios dentro de un nuevo barrio, de nueva planta, que se poblaba de familias jóvenes dispuestas a pagar con el precio de su vida un domicilio de 70 metros sin balcón y con garage particular. Estos micro barrios, estas mini cárceles de mugre y basura estaban bien localizadas y amenazadas de muerte por extirpación, cual tumor maligno. La idea de las autoridades era dejarlos morir de inanición, de desesperación, de abandono. Así sucedía con el barrio obrero, una pequeña agrupación de plantas bajas completamente conservadas y que se habían visto engullidas entre vías de gran amplitud de tráfico y edificios de caravista nuevos, que trazaban jardines y avenidas con paseos enormes. 

 Otro tanto pasaba con  tres o cuatro calles sin asfaltar que habían sido olvidadas en una planificación urbanística. Allí estaban, tras una  enorme mole arananjada de ladrillo. Nadie se atrevía a atravesarlas y todos las circundaban por miedo, un miedo irracional y pertinaz ganado a pulso por el ayuntamiento. Otro tanto sucedía en un barrio cercano al puerto y al centro de la ciudad. Sin asfalto, solo tierra y guijarros, salpicado de fábricas de harinas, había sido y todavía lo era la imagen de entrada a la ciudad.  Allí se apretujaban grupos de prostitutas que aparecían como las cucarachas cuando el sol se hundía en el ocaso del mediterráneo. En esa situación llevaba ya décadas, sino siglos y nadie parecía querer arreglar aquel desaguisado urbanístico.

   Y es que hay que decir que nuestra ciudad asemejaba a un cuerpo atacado por una infección mortal. Ya fuera por esa fragmentación que impedía hablar de una unidad conforme y lógica o por los avatares histórico-delincuenciales de sus gobernantes, la  urbe estaba salpicada de pequeños lugares abandonados, cuál células genéticamente endebles y enfermas, que podían amenazar con destruir el resto del cuerpo aparentemente sano. Y era cierto que así sucedió: el descuido, la desolación, la falta de escrúpulos para con  estos barrios dejados de la mano de Dios, sin sanidad, sin cultura, sin instalaciones propiciaron aquel año de 201... la propagación de una plaga que acabaría con toda la ciudad en semanas. Estas células ulcerosas era cierto que no ocupaban el resto del cuerpo salutífero. Pero era una gran verdad que desde allí surgían focos infecciosos, enfermedades diversas que iban progresando lentamente por el resto de la ciudad. Quizás la menos seguida por las autoridades pero que, a la postre, supuso la derrota y desaparición de nuestra ciudad, fuera el olvido. 

  Ese olvido fragmentario, incompleto, inasumible surgió de una manera palpitante en estos arrabales y barrios desatendidos. Nadie pareció darse cuenta, pero en semanas nadie recordaba ya dónde vivía, en qué lugar habitaban sus amigos o familiares. Mucha gente comenzó a deambular por la triste y desangelada urbe sin sentido de la orientación.  Las autoridades no daban crédito a lo que estaba sucediendo hasta que una buena mañana un personaje todavía no corrompido del equipo de gobierno acudió a visitar a sus padres que vivían en un barrio engullido de las afueras. Allí comprendió la magnitud de lo que estaba ocurriendo. La plaga de olvido había surgido allí: cientos de personas, muchas de ellas desnudas y en completo estado de paranoia, deambulaban por calles y plazas rompiendo, destruyendo de manera desaforada sus propias casas, arrojando muebles por las ventanas, dejaban las calles repletas de suciedad y el olor era casi imperceptible porque todo el barrio era ya como un gigante basurero de los extrarradios.

    Poco se podía hacer ya: la fragmentación consciente a la que durante décadas habían sometido a sus ciudadanos había terminado por destruir primero los barrios amputados y, posteriormente, habían invadido el corazón mismo de la población, pronto nadie se acordaba dónde vivía. Escenas dantescas se observaban por doquier. Las personas eran animales sin orientación, defecando y orinando en cualquier esquina. Muchos murieron por aplastamiento al caer por las ventanas todo tipo de objetos: muebles, televisiones, puertas. Finalmente llegó el día de la desaparición de nuestra ciudad. Las casas presentaban el aspecto de un bombardeo nuclear: solo algunos cimientos quedaban de los edificios. Pero nadie había bombardeado la ciudadad: habían sido los vecinos presos de una locura autodestructiva los responsables del derribo, cual  nuenva bastilla, de todas las edificaciones, ladrillo corrupto a ladrillo corrupto. Puesto que no recordaban ni quién eran ni porqué hacían lo que hacían decidieron finalmente acabar con sus tristes vidas. Lo que había comenzado por un abandono, un olvido consciente o no y un urbanismo salvaje que olvidaba y maltrataba a aquellos barrios tradicionales, que los marginaba y segregaba, finalizó como era de esperar por tantas décadas de desidia con la caída de nuestra ciudad.


foto: www.artundergroundbcn.blogspot.com

jueves, 19 de septiembre de 2013

Fragmentación I (La persona)

  
 Aquel cuerpo formado por diferentes extremidades se había construído con el trancurso lento pero inexorable del tiempo. Desde que era un sencillo embrión, con tan solo nueve semanas de vida ya contaba con unos diminutos brazos y piernas dentro del útero de su madre. En pocos meses había ya terminado su formación intrauterina y había comenzado a vivir en el mundo exterior. Era un ser vivo entero y completamente formado, con sus órganos, cabeza, tronco, brazos y piernas perfectamente constituídos. Pero tuvo, desde el mismo momento es que echó a andar algunas partes de su cuerpecito que no controlaba totalmente su sistema nervioso central. Nada hacía sospechar que este bebé que había comenzado a decir algunas palabras fuera a tener de adulto y, posteriormente en su senectud, graves deficiencias motoras que le llevarían a convertise en un ser mutilado, incompleto y psicológiamente hundido en una esquizofrenia incurable.

   En su infancia aparentaba normalidad aunque ya en el colegio dió muestras de problemas en sus extremidades. Una pierna se negaba a obedecer. Era una especie de rebeldía que ningún médico sabía cual podía ser su verdadero origen. Le hicieron pruebas psicológicas y neurológicas después de largos meses de análisis completados con alguna intervención invasiva. Consistió esta en la aplicación de pequeñas descargas eléctricas, de mucha potencia, cual bombardeo incesante sobre el miembro díscolo, concretamente sobre el nervio principal que dirige como una autopista las instrucciones del cerebro hasta el pie. Los médicos estaban patidifusos: no sabían dar con el mal. Mientras tanto el chiquillo tenía que seguir su educación y, sorprendentemente, la pierna fue dando signos de recuperación hasta que, pasados unos años, volvió a ser fiel al resto del cuerpo. La crisis que nadie se lograba explicar pareció llegar a su fin. Así creció y llegó a su adolescencia.

  Todo era normal e incluso consiguió, tras años de gimnasio y una notable educación física, una potente figura anatómica, musculada, sana y fuerte. Era la admiración del resto de su clase en el instituto. Pero fue por entonces cuando dió muestras de debilidades mentales o, podríamos llamarlas, excitaciones aleatorias, que comenzaron a sembrar la sospecha de que padecía severos transtornos de la personalidad. Sus padres, muy religiosos, tanto que habían sometido al chico desde su más tierna infancia a una educación cristiana profunda, casi preparatoria para entrar al seminario, no entendían su cambio de personalidad. Algunos días voceaba y gritaba palabras sin sentido durante la noche, despertando al vecindario. Dada la religiosidad paterna, llegaron a acudir al exhorcismo, figura absurda que no permite más que la locura inminente de su protagonista.

    No obstante aquellas sesiones que dirigía el padre Piquer consiguieron aplacar a la bestia o, al menos, entender que quien hablaba por él no era satanás, sino él mismo transmutado en otro ser. En definitiva, llegaron a la conclusión de que el problema tenía más que ver con una esquizofrenia incipiente que era necesario tratar. Lo cierto es que el joven dominaba las dos lenguas maternas de sus padres. Por eso no sorprendía a nadie que ahora hablase en un idioma y, al cabo del rato, contestase en otro. Sin embargo era a través del cambio de lengua como cambiaba también de alma, de ser consciente. Esto le sucedía en cualquier momento y situación y sus compañeros de clase lo dieron por desahuciado. Sus escasos amigos fueron desapareciendo y pronto se vió solo, abandonado por los demás, empeorando a pasos agigantados su decrepitud mental. Su familia decidió entonces mandarlo a un sanatorio mental. Allí, con duras técnicas psiquiátricas, consiguieron enderezar su rumbo. Incluso pudo llegar a ser un ser social completo, relacionándose con el resto de su familia y vecinos. Una gran fiesta celebró su reintegración en esa especial sociedad, marcada por la diversidad de nacionalidades.

   Así llegó a la madurez, a la juventud plena y adulta.  Un día de septiembre, finalizando ya el verano, decidió marcharse de casa para empezar una nueva vida con una compañera de viaje a la que había conocido meses atrás. Pero esta relación duró lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Desde los primeros días dió muestra de una brutal e intolerante independencia. Su actitud dictatorial y violenta se exacerbó llegando a los malos tratos. Era una guerra sin cuartel que solo un tratado de paz podía ponerle fin. Una serie de personas hubieron de mediar para que la separación fuese lo menos traumática posible. Ella se quedaba el piso en el que vivían. Eso a él ya no le preocupaba en esos instantes pues la familia disponía de una jugosa herencia familiar que incluía diversas propiedades rurales y urbanas. Después de la muerte de sus progenitores, como hijo único, había heredado un gran patrimonio y no le produjo especial dolor tener que ceder su pequeño apartamento a su compañera. Sin embargo un sentimiento de deterioro, decaimiento y depresión se apoderó de sí mismo. Había sido un ser violento e intolerante, dictatorial, obtuso y el resto de la sociedad le había dado de lado. Estaba solo, terriblemente solo. Fue entonces cuando los problemas de la infancia tomaron unos acontecimientos que ni él mismo podía entender. Su pierna díscola comenzó a propiciarle unos enormes dolores. Su pie derecho no respondía, como si se hubiera rebelado. Fue entonces cuando su brazo izquierdo comenzó a dar las mismas señales de alarma. Parecía como si hubiese sufrido, después de una angustiosa noche de verano, un accidente cerebro-vascular. La pierna y el brazo no respondían, estaban insensibles al dolor, casi la mitad de su cuerpo no obedecía a su mente. Los médicos no vieron en el centro de su sistema límbico nada extraño. Sí, era autoritario y padecía esquizofrenia, pero no había mácula de  ninguna arteria ni vena estropeada por la acción de un coágulo.

   Realmente su pierna y su brazo se habían revelado. Actuaban de manera independiente aunque él no sintiera su actividad. Era en la noche, cuando no estaba consciente, cuando estas se movían, se doblaban de forma inquieta. Nadie se dió cuenta de esta actividad hasta que una noche se despertó muy alarmado y con graves heridas en la cara y tronco. Su brazo izquierdo había comenzado sin que se diera cuenta a apretar el puño y había propinado un terrible puñetazo a su ojo derecho. También había heridas en la pierna izquierda, laceraciones y moratones muy preocupantes.  Asustado, pensaba que alguien en la habitación había entrado y lo había drogado. Alguna banda de desalmados le había hecho esas heridas. Acudió a policía y hospital donde fue atendido pero nada hacía pensar en un robo violento. Nada se habían llevado ni nadie había forzado la puerta de su domicilio. Fue por entonces cuando decidió poner cámaras en su habitación, en realidad en toda el cortijo, que incluía una ganadería taurina y caballar de gran valor.

   Al cabo de poco tiempo, apenas unas semanas, volvió a amanecer antes de hora lleno de golpes. Alterado, antes de llamar a la policía, sudoroso y ensangrentado, pasó a la sala de control y vió horrorizado como sus extremidades eran las causantes del penoso estado en el que se encontraba. Parecía como si de un mal sueño se tratase. Durante semanas no salió de su domicilio, aturdido por lo que había visto. No sabía a quién revelar su secreto, si era obra del maligno o una enfermedad neurológica. En realidad no creía mucho en lo primero porque era ateo, lógico estado después de una educación  extremadamente religiosa. Y pensó racionalmente que era su psique la causante de estas autoagresiones nocturnas. Finalmente decidió salir de su aislamiento y visitar a una panoplia de especialistas. Nadie llegó a una conclusión clara pero lo único que parecían confirmarle todos los médicos era que la amputación podía ser la mejor opción. Era lógico teniendo en cuenta que estas partes de su cuerpo iban por libre, no respondían al centro de gravedad de su mente. Pero se negó en redondo a todos estos dictámenes. Pensaba que algo se podría hacer antes de amputar, algún tratamiento conservador, no invasivo, que permitiese la recuperación de estos miembros díscolos.

   Fue de esta manera como contactó con especialistas foráneos, hasta a China viajó, poniéndose en manos de médicos cuyas prácticas se basaban en un tratamiento quasi mágico. Pensaban que algún problema espiritual lo atormentaba, que algo desde su nacimiento como ser no había funcionado bien y que podía conservar sus extremidades si resolvía su pasado incógnito que era el origen de la disputa. A pesar de no creer mucho en este tipo de magias se entregó con fruición a sus prácticas y, sorpresivamente para él, un cambio espiritual permitió la resolución aparente del problema. Parecía como si su mente había pactado con sus extremidades una acomodación real en su cuerpo. Pero era tan solo una tregua, un paréntesis disfuncional que acabaría por llevar a una ansiada independencia fisiológica. El acuerdo le permitió funcionar como un cuerpo unido, como un ser humano perfecto, creciendo espiritual y emocionalmente. Durante unos cuantos años todo fue bien. Pero, de nuevo, una calurosa noche de otoño regresó a su pesadilla. Una parte de sí mismo pensaba firmemente que lo mejor era amputar para siempre con sus problemas. Separar para poder andar un nuevo camino, una nueva identidad. Pero, por otro lado, su otro yo consciente le decía que si se producía la separación su identidad se vería seriamente alterada: ya no sería él mismo. Incluso se planteaba cambiar de nombre en el registro civil, mientras esos dos apéndices, tan suyos como el resto de su cuerpo, acabarían en el cubo de basura de la historia. La locura se apoderó de su ser completo y, en una ancianidad anticipada, se preparó para liberarse totalmente de la pesada carga.

   Esos díscolos miembros podrían acaso encontrar su camino. Es cierto que ya no tendrían vida real, porque la ruptura de los lazos nerviosos y de los vasos sanguíneos produce la muerte casi al instante, pero lo cierto es que ellos eran los únicos que pedían a gritos su alejamiento definitivo. Dispuestos a todo, como si poseyeran identidad por sí mismos anhelaban de manera insistente su autonomía. Y aunque habían llegado a convivir cordialmente con el todo, no descartaron nunca, en sus más íntimos deseos la independencia total y absoluta. Bien es cierto que no toda su substancia actuaba por igual: la mano era la responsable de todo el problema. Ella era la que decidía moverse pero es cierto que sin el resto nada hubiera sido posible. Llegó a descubrir que la musculatura del antebrazo era favorable a la unidad. Pero esto no le importó a la rebelde mano, que quiso que todo el conjunto se separase. Así, llegó el día tan anhelado por ellos: el día de la operación. Ingresó en el hospital para la amputación menos traumática posible: la quirúrgica. 

  Fue así como sucedió la fragmentación y muerte de nuestro personaje. En la sala de operaciones el corazón comenzó a latir cada vez más deprisa. Ya, en un rincón oscuro y apestoso, las extremidades habían sido separadas y la muerte biológica de estas se había producido: su independencia había sido un rotundo fracaso y no había servido para acallar sus dramas existenciales. Mientras el resto del cuerpo entraba en parada cardiovascular. La muerte, tratada de evitar por los cirujanos, terminó por imponerse. Lo que había comenzado con una anomalía, con una desgracia, su propia existencia, su triste devenir por la historia del mundo, finalizaba definitivamente para siempre. Con el paso del tiempo nadie ya recordó su existencia. Su memoria se perdió para siempre, aunque en varios libros registrales había quedado impreso con letras de fuego su nacimiento y desarrollo. Así terminó todo: en la nada, esa nada que todo lo envuelve cuando todo es nada.

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jueves, 12 de septiembre de 2013

Paco, el buen ladrón

   Nunca dejó de ser él. Siempre, hasta en su lecho de muerte, genio y figura, despuntó por su ingenio, por su brillante forma de golpear a la realidad, muchas veces esquiva y nauseabunda. Su desfachatez, su sentido del humor y su camaradería fueron siempre su santo y seña. Tenía esos brillantes momentos de lucidez cuando planeaba, de manera siempre magistral, toda una panoplia de atracos y delitos. Caía bien entre sus conocidos precisamente por la limpieza de sus actuaciones, era un delincuente común muy querido por todos. Incluso algunos de los que sufrieron sus actuaciones sintieron al final de su vida una enorme satisfacción no por el hecho de que dejara este mundo sino precisamente por el buen trato que siempre dispensó a sus rehenes en aquellos míticos atracos al banco central o al hispano americano. 

   Su nombre real no era Paco, como todos lo concieron. No era más que un alias de su verdadero nombre: Francisco. Pero jamás trató de engañar a nadie, ni siquiera a la policía. Jugaba limpio también con ellos: aunque los humillaba con sus arriesgadas maneras de esquivarlos siempre enviaba una nota de agradecimiento por navidad o semana santa, unos miguelitos de La Roda o una buena fabada asturiana. Y además era generoso: desde su retiro ordenaba a través de terceras y cuartas personas una lluvia de regalos para toda la comisaría. Era querido hasta por los políticos que tenían la obligación de dimitir por sus sonadas fugas, en especial aquella después de asaltar los sótanos del Banco de España. Se jactaba con sus amigos, en alegres tabernas, de ser una buena persona, de repartir, de ser una especie de Robin Hood urbano. Cuando robó su primer camión de dinero, después de repartir gentilmente unos fajos de billetes con los guardias de seguridad, puso el resto del botín directamente en el barrio de la anguila, el más pobre de la ciudad. Fue dejando en los buzones fajos y fajos del dinero. Sólo retuvo mil pesetas para tomarse una buena cerveza acompañada de un suculento guiso de la Juani. Era suficiente para él. Así fue como todo el mundo acabó por quererlo y hasta se llegó a proponer darle el título de hijo de la ciudad y las llaves de la misma aunque el rehusó horas antes de robarlas y dejarlas en la puerta del periódico principal acompañadas de la contabilidad B del partido del gobierno. 

  Jugaba siempre limpio en esos atracos, solo quería el dinero para vivir bien, para que la gente tuviera un poquito de esa felicidad que a diario le hurtaban los amigos de la poltrona. Nunca utilizó armas de fuego, de hecho, nunca las necesitó. Era mucho más sutil que todo eso. Atracaba sin violencia porque cuando entraba en las oficianas todos sabían que era él, Paco, y le abrían amablemente la caja fuerte. Iba de paisano, no se ponía máscaras ni amenazaba a nadie. Simplemente se llevaba lo que otros se habían llevado. No era legal pero al menos era honrado. Es cierto que llegó a acumular un sustancioso patrimonio, eso nunca lo negó, pero con vista a que su familia no pasase hambre cuando llegara su hora de acceder a prisión. Incluso allí hizo amigos y su misión fue siempre como evangélica, trataba de llevar la palabra de la bondad, de una espiritualidad que ni él mismo entendía a los desgraciados que habían caído pasto de la maldad del ser humano. Cuando salía del trullo siempre volvía a su único oficio, el que siempre ejerció desde que tuvo uso de razón. Alguien le preguntó en una ocasión el porqué no buscaba un trabajo honrado y se rehabilitaba para la socidad y el respondió que su trabajo era más honrado que el de muchos cargos a dedo, que medran del presupuesto de todos. Él, al menos, solo medraba del presupuesto de los explotadores, los bancos, las empresas. Era y fue, para todos, un ángel. Una buena persona, un hombre honrado, de los que ya no quedan.

lunes, 9 de septiembre de 2013

La máscara abrasiva

  *Se advierte de que este relato contiene alto contenido sexual.

   Había estado visitando casas de lenocinio desde que su esposa lo dejó, dos años atrás. Poco a poco, como quien estudia las diversas variedades genéticas del ser humano, había conseguido cierta experiencia en la fisonomía femenina. Desde luego para él no era una completa novedad puesto que, si bien no había gozado de la experiencia carnal femenina hasta que conoció a su exmujer, había practicado un onanismo descarnado y salvaje en su juventud aprovechando todo tipo de materiales pornográficos existentes entonces, antes de la era de internet.  Era por tanto ya a sus 40 años recién estrenados una persona versada en la materia. Pero algo indescriptible se fue apoderando de su ser. Después del abandono conyugal por circunstancias que no vienen ahora al caso comenzó a frecuentar las casas de putas más conocidas de la ciudad. Es cierto que no quería acercarse a esos clubs de carretera por una mala experiencia juvenil en la que ni siquiera pudo consumar el acto ante una poderosa prostituta negra. Y es por ello que buscaba en las páginas de contactos del diario local casas, apartamentos y pisos en los que señoritas de la vida ofrecían sus cuerpos por una módica cantidad. Había desarrollado las artes amatorias como nunca hubiera pensado. Hasta era capaz de aguantar el sexo en trío durante varias horas, dejando a las muchachas en un estado de postración que los 50 euros que depositaba no compensaban en modo alguno sus sinsabores. 

    Desde luego, nuestro protagonista se había convertido en todo un experto en las artes amatorias. Se jactaba en su conciliábulo de amigotes, en un bar mugriento y lleno de cucarachas, de ser todo un toro sexualmente hablando. Ellos se daban cuenta del peligroso camino que estaba tomando y le advertían que no derrochara en exceso en putas, que podría verse en la indigencia si seguía así, teniendo en cuenta que tenía que pasar la mitad de su suelo a su exmujer y que debía pagar el alquiler de su buhardilla más la hipoteca del domicilio conyugal en el que cohabitó durante más de una década. En realidad estaba tieso. Había días en los que no comía prácticamente nada. Acudía a hospitales  y hogares del pensionista para comer por 3 euros matando el hambre el resto del día con chucherías que compraba, cual colegial, en los quioscos del barrio. No obstante siempre reservaba parte de sus escasos emolumentos sobrantes para acudir a todas las casas de citas que pudiera costearse. Fue así como acabó en la completa ruína e indigencia, llegando a rebuscar de manera vergonzante en contenedores de basura, frutas y verduras deshechadas por tiendas y ciudadanos. Así trataba de seguir aguantando hasta que algo o alguien lo sacara del atolladero.

    Pero una fuerza que era superior a su voluntad lo impulsaba más y más a experimentar en lo sexual. Cada semana eran tres los días que buscaba sexo fácil en las páginas de la prensa. Cuando la economía se le echaba encima buscó la prostitución callejera, menos sutil pero más económica. Lo hacía con mujeres sin dientes, enfermas de alcoholismo y sida, mujeres de toda raza y volumetría, embarazadas, negras, obesas y hasta con travestis. No se avergonzaba de ello ya que sostenía que en realidad él pensaba en una mujer, que de hecho los travestis lo eran salvo por la sorpresa que escondían ahí abajo y que, en todo caso, pasaba desapercibida. Ello no le causó remordimientos puesto que ya había sido un sodomita desde que comenzó las relaciones con su novia, después esposa y  por lo tanto no le importaba tanto el agujero como la seguridad de saber que estaba con una tía. O que al menos lo aparentase y, desde luego, aseguraba, los travestis eran unas mujeronas impresionantes.

  No le importaba el aspecto ni la condición del material humano con el que estaba obsesionado: ahora debía conformarse con lo que su inexistente presupuesto no le iba permitiendo. Cayó en una espiral quasi demoníaca, solo pensaba en el sexo fácil y comenzó a buscarlo a diario. Se diría que estaba cayendo en una enorme adicción pero él, lejos de ser consciente de ello, continuaba como si de una rutina diaria se tratase, como si se lavase los dientes, costumbre que no solía practicar habitualmente  o como si viera la tele o  se echara a dormir impunemente en cualquier butacón de su triste buhardilla.

   En realidad un día del mes de enero, frío y desangelado, le sobrevino la muerte. Era finales de mes y su saldo estaba ya en números rojos. Verdaderamente desde hacía meses siempre lo estaba. Ni siquiera la tarjeta de crédito que otrora le ofertaba hasta 3000 euros para gastar alegremente vomitaba papel de ninguna clase en el cajero de la esquina. Sus deudas eran ya enormes y el saldo se le había acabado. Pero necesitaba sexo. Pero ya no se conformaba con cualquier cosa. Necesitaba algo muy potente porque, como suele suceder a los adictos en su espiral endiablada de urgencias, cuanto peor mejor. Y cuando el dinero se le acababa y menos días de sexo podía permitirse, la ansiedad lo llevaba a buscar desesperadamente cualquier cosa. 

  Fue así como, buscando en un contenedor próximo a un sex-shop de la ciudad dió con una caja que, aparentemente sin abrir, alguien que la había adquirido en la tienda de perversión había arrojado a la basura.  En su interior contenía, según referencia, una máscara de cuero de las que se venden a los sadomasoquistas, con  aberturas para los ojos y cremalleras por doquier, por supuesto una muy ancha en la boca. No comprendía como alguien se podía haber gastado 100 euros ( eso marcaba el cartón) y haberlo arrojado al cubo de basura sin haberle dado uso. Pero el no sabía todavía, en ese momento, que algo diabólico, un espíritu maligno que había tenido una muerte traumática era el responsable del contenido de esa caja. 

  Sin saberlo la recogió y se la llevó a su casa. Sin cenar, hambriento pero con una gran voluntad de no dejar esperar ni un segundo más de su existencia para probar algo nuevo, algo que le atraía de una manera terrible, como atrae un plato de sopa al mendigo que lleva sin comer dos días se apostó delante del espejo más grande que tenía en su casa para verse desnudo, todo su cuerpo piloso y fláccido a la vista, con la máscara puesta. 

  Al principio le resultó gracioso pero enseguida encontró su potencial erótico. Comenzó sin pensárselo a masturbarse compulsivamente. Abria y cerraba la cremallera de la máscara negra de cuero. El olor a dicho material, su lengua entrando  y saliendo y sus fuertes fricciones fueron incrementando su potencia sexual hasta que eyaculó poniendo el cristal perdido de semen. A continuación, extenuado, sin quitarse su disfraz, se dejó caer en el catre lleno de moho en el que, de vez en cuando, dormía. Sin embargo, cuando a punto estaba de quedarse dormido, un picor tremendo en la cabeza y cara empezó a molestarle. Primero no le dió mucha importancia, rascándose la nueva piel de cuero que había adoptado. Pero pocos segundos después notó un recalentamiento del cuero del que desconocía su origen. Rápidamente, para evitar posibles daños, trató de quitarse la máscara abriendo la enorme cremallera que la cerraba por su nuca. Pero esta estaba atascada. No entendía porqué le estaba sucediendo aquella desgracia. Su cara estaba empezando a quemarse, cada vez con mayor intensidad.

 Loco de furia intentó arrancarse la máscara por las bravas, sin abrir la cremallera, pero resultaba imposible. La máscara había alcanzado ya el punto de ebullición y su cara había empezado a convertise en un remedo de cera goteando cuando es calentada. Los alaridos y aullidos de dolor se escucharon en la vecindad que, lógicamente, salío a las escaleras alarmada. Varios vecinos traquetearon su puerta mientras que él seguía suplicando, clamando y gritando los más variopintos insultos que le venían a la mente. Pero todo esto no duró más que unos minutos porque su piel había desaparecido. 

   El cuero derretido se había adherido a la carne y así murió nuestro protagonista, derrotado por una máscara abrasiva que encontró en la basura. Cuando la policía lo encontró y los forenses actuaron pensaron que el individuo había puesto ácido en la máscara y que este era el responsable de la brutalidad que se encontraron en la mesa de disección. Pero no era así. Ese fue el informe oficial que todo el mundo leyó: su exmujer y sus examigos. En realidad la máscara abrasiva era un engaño del demonio, una perversión ideada por el maligno que había encontrado una víctima propicia para engrosar su desalmado proyecto. En realidad había caído en manos de lucifer mucho antes, el día después que pegó a su mujer y esta no lo denunció a la policía pero le puso de patitas en  la calle, ese día en que arrastrado por el odio y la concupiscencia, había acabado la noche durmiendo en un antro de la Calle de los Turcos rodeado de oprobio y desgracia.

imagen: fotolog.com

sábado, 7 de septiembre de 2013

Azufaifo García





 Hombre peculiar desde el momento que su madre lo parió, quedó para siempre estigmatizado por la fragancia implacable y gélida de un nombre que se encontró en la cara cuando llegó al colegio. Allí advirtió por vez primera la vergüenza de llamarse así y el odio hacia sus padres por haberle torturado para toda su existencia con tamaño despropósito. En realidad era un venganza (eso creía él) de su madre, que tuvo un embarazo terrible, con sangrados constantes y siete meses de reposo casi absoluto. Además, según alegremente, como no puede ser de otra manera cuando una madre refiere al hijo sus primeros meses de existencia, relataba ella, Azufaifo era un feto de lo más movido. No se estaba quieto en el vientre materno y el útero de su madre bien pudo haber sido una enorme pelota golpeada constantemente desde dentro: ni de noche ni por el día descansaba el feto, señal de su futuro insomnio crónico. Quizás por esta tortura a la que sometió a su madre pudo ella decidir castigar al pequeño con un nombre tan ridículo. Pero no eran más que disquisiciones del chico.

  La excusa propicia de la madre era que uno de sus antojos más acuciantes durante la gestación fue la ingesta casi diaria, podríamos decir que compulsiva, del fruto conocido en  la comarca como jínjol. Se trata de un pequeño fruto del tamaño de una aceituna grande con sabor a manzana pero más dulce, en ocasiones de textura harinosa y piel marrón oscura cuando está maduro, generalmente muy duro. El árbol que produce esta fruta que por otros lares es conocido también como Jujube pertenece a la familia de las ramnáceas de origen asiático. El fruto del árbol es la azufaifa o azofaifa conocida como decíamos con jínjol. Pero a la buena mujer no se le había ocurrido otra cosa, con la aquiescencia del progenitor, de ponerle al chaval ese nombre tan estrafalario y curioso.

 Entre unas cosas y otras en Azufaifo se había quedado y las dudas siempre lo atormentaron. No sabía bien el porqué de ese castigo tan brutal, de esa marca, como si de una res se tratase, que pasearía por el mundo durante su existencia. Por supuesto este era su sentir. Que duda cabe que para el resto de la familia, padres  y hermanos, era un digno nombre, a la altura de la alcurnia que pretendía haber tenido la familia.

   La historia del antojo no le acababa de convencer. -Es como si a un hijo lo llamas hamburguesa por haber tenido antojos de hamburguesa, mama, le decía él ( nótese el mama en vez del mamá, reflejo de la vulgaridad de Azufaifo desde su tierna infancia). Siguió preguntando e inquiriendo cual pequeño detective a toda su familia, preguntaba a tíos y primos y hasta una pequeña encuesta llegó a hacer cuando tuvo conciencia de lo que era en el vecindario, en su modesto edificio. 

  Las vecinas más ancianas le trataban de consolar con la vergüenza de sus nombres. La anciana viuda mujer del tercero, una mujer de ojillos pequeños y lúcidos le dijo, la primera vez que le hizo la pregunta que no se molestara en preguntar. Ella se llamaba Aurea, es decir, hecha de oro y  que era un nombre que había odiado desde siempre por su ridiculez. Pero lo aceptaba porque sus padres así lo habían querido. En aquella época, decía la venerable anciana, se ponía el nombre del santo del día, aseguraba.

 -Fíjate en el santoral de tu fecha de nacimiento, Quizás hubiera sido peor. Rápidamente bajó hacia su apartamento e intentando leer el santoral del 11 de diciembre, todavía sin entender muy bien las letras, observó que ese día el santo era San Dámaso. Pues no está tan mal, pensó. Al menos es un santo, pero llamarse como un fruto es una vergüenza.

   Y bien cierto que al principio lo pasó verdaderamente mal. En la guardería y después en el colegio ya los niños se burlaban de su nombre haciendo odiosas comparaciones. Él no tuvo más remedio que recurrir a la violencia física ya que la verbal todavía no la tenía bien desarrollada. Así comenzó su carrera de daño y maldad que, durante su vida adulta, infringió impunemente a casi todas las personas que le rodearon. Cuando su madre ( en realidad la única que le educó en su casa por las ausencias de su padre) le preguntaba tirándole de las orejas que porqué se pegaba con los niños él respondía que la culpa era suya, que le había puesto un nombre tonto.

  Como no encontraba respuestas el pequeño Azufaifo se fue haciendo cada vez más huraño. Se convirtió en poco tiempo en una personita cruel. Le gustaba coger ranas e ir diseccionando con un cuchillito muy afilado, cual bisturí casero al pobre animal. Empezaba por extirparle las ancas, dejándolas minusválidas. Después las volvía a tirar a las acequias que poblaban los alrededores del pueblo. Con las arañas disfrutaba también dejándolas sin extremidades. Años después, cuando tuvo que inflingir un daño bestial a una persona que no pagaba sus deudas seccionó tranquilamente el meñique del susodicho para enviarlo a su dirección en búsqueda de un pronto pago para sus clientes. No era el único animal al que maltrataba, también descargaba su ira, como ya hiciera el rey ruso Iván el terrible, con gatos y perros. Pero si en el caso del monarca era una clara enfermedad mental, en su caso era por placer, una satisfacción oculta que aliviaba su  desdicha.

   A los primeros gustaba  lanzarlos desde la azotea a la calle en el preciso momento en que el vendedor de arrope pasaba con su bicicleta o cuando el afilador, con su sonido inconfundible de harmónica descendente y ascendente hacía su aparición. Tenía especial fijación con estos pobres vendedores ambulantes y con las viejas que casi no podían subir la costana con el carro de la compra. Una vez a punto estuvo de matar a una vecina de enfrente que llevaba marcapasos. La buena mujer, al ver caer espachurrado al pobre animal, en ocasiones previamente inflado con una bomba de bicicleta introducida por su ano, pegó tal alarido que cayó desmayada al suelo. 

  Lo cierto es que más que gato parecía un globo amorfo al que salían las tripas por la boca. La escena, el gato reventado, hicieron ya famoso al pequeño Azufaifo en todo el barrio. ¿Quién será el sicópata que hace estas aberraciones?, se preguntaban en los bares. Y pronto tuvieron respuesta: Azufaifo, el de la Toñi. Que si estaba loco, que si era un sinvergüenza. Mala prensa con tan solo 6 años de edad. Con los perros también se deleitaba. A uno pequeño, que asemejaba una rata, trató de extraerle los dientes con unas tenazas. El pequeño animal ladraba y lloraba de dolor y después de quitarle los incisivos lo dejó salir por sorpresa del descansillo de la escalera y, cual alma que lleva al diablo, cruzó la calle a tal velocidad, la cara hinchada y embadurnada de sangre que murió estrellado contra el muro de enfrente, después de haber sembrado el pánico entre los conductores que, frenando en seco, provocaron un choque por alcance en el que se involucraron 5 autos. En estas y otras distracciones mataba su tiempo. La escuela no le interesaba  y ya desde pequeño se escapaba sigilosamente para hacer sus macabras travesuras.

   Así iba trancurriendo la vida del niño Azufaifo que, por mor de un desgraciado nombre se convertiría en un energúmeno impresentable. Y atormetaría a las buenas gentes de su localidad, esas gentes tranquilas y ufanas, con nombres tranquilos y corrientes, sencillos, gratos al oído, sin mácula de una pérfida ridiculez. Los Paco, Pepe o Javier de toda la vida. Nombres inócuos en todo caso, nombres habituales pero que hacían pasar desapercibidas sus vidas, insulsas, indoloras e inodoras, como el agua pura y aburrida de un manantial.