sábado, 7 de septiembre de 2013

Azufaifo García





 Hombre peculiar desde el momento que su madre lo parió, quedó para siempre estigmatizado por la fragancia implacable y gélida de un nombre que se encontró en la cara cuando llegó al colegio. Allí advirtió por vez primera la vergüenza de llamarse así y el odio hacia sus padres por haberle torturado para toda su existencia con tamaño despropósito. En realidad era un venganza (eso creía él) de su madre, que tuvo un embarazo terrible, con sangrados constantes y siete meses de reposo casi absoluto. Además, según alegremente, como no puede ser de otra manera cuando una madre refiere al hijo sus primeros meses de existencia, relataba ella, Azufaifo era un feto de lo más movido. No se estaba quieto en el vientre materno y el útero de su madre bien pudo haber sido una enorme pelota golpeada constantemente desde dentro: ni de noche ni por el día descansaba el feto, señal de su futuro insomnio crónico. Quizás por esta tortura a la que sometió a su madre pudo ella decidir castigar al pequeño con un nombre tan ridículo. Pero no eran más que disquisiciones del chico.

  La excusa propicia de la madre era que uno de sus antojos más acuciantes durante la gestación fue la ingesta casi diaria, podríamos decir que compulsiva, del fruto conocido en  la comarca como jínjol. Se trata de un pequeño fruto del tamaño de una aceituna grande con sabor a manzana pero más dulce, en ocasiones de textura harinosa y piel marrón oscura cuando está maduro, generalmente muy duro. El árbol que produce esta fruta que por otros lares es conocido también como Jujube pertenece a la familia de las ramnáceas de origen asiático. El fruto del árbol es la azufaifa o azofaifa conocida como decíamos con jínjol. Pero a la buena mujer no se le había ocurrido otra cosa, con la aquiescencia del progenitor, de ponerle al chaval ese nombre tan estrafalario y curioso.

 Entre unas cosas y otras en Azufaifo se había quedado y las dudas siempre lo atormentaron. No sabía bien el porqué de ese castigo tan brutal, de esa marca, como si de una res se tratase, que pasearía por el mundo durante su existencia. Por supuesto este era su sentir. Que duda cabe que para el resto de la familia, padres  y hermanos, era un digno nombre, a la altura de la alcurnia que pretendía haber tenido la familia.

   La historia del antojo no le acababa de convencer. -Es como si a un hijo lo llamas hamburguesa por haber tenido antojos de hamburguesa, mama, le decía él ( nótese el mama en vez del mamá, reflejo de la vulgaridad de Azufaifo desde su tierna infancia). Siguió preguntando e inquiriendo cual pequeño detective a toda su familia, preguntaba a tíos y primos y hasta una pequeña encuesta llegó a hacer cuando tuvo conciencia de lo que era en el vecindario, en su modesto edificio. 

  Las vecinas más ancianas le trataban de consolar con la vergüenza de sus nombres. La anciana viuda mujer del tercero, una mujer de ojillos pequeños y lúcidos le dijo, la primera vez que le hizo la pregunta que no se molestara en preguntar. Ella se llamaba Aurea, es decir, hecha de oro y  que era un nombre que había odiado desde siempre por su ridiculez. Pero lo aceptaba porque sus padres así lo habían querido. En aquella época, decía la venerable anciana, se ponía el nombre del santo del día, aseguraba.

 -Fíjate en el santoral de tu fecha de nacimiento, Quizás hubiera sido peor. Rápidamente bajó hacia su apartamento e intentando leer el santoral del 11 de diciembre, todavía sin entender muy bien las letras, observó que ese día el santo era San Dámaso. Pues no está tan mal, pensó. Al menos es un santo, pero llamarse como un fruto es una vergüenza.

   Y bien cierto que al principio lo pasó verdaderamente mal. En la guardería y después en el colegio ya los niños se burlaban de su nombre haciendo odiosas comparaciones. Él no tuvo más remedio que recurrir a la violencia física ya que la verbal todavía no la tenía bien desarrollada. Así comenzó su carrera de daño y maldad que, durante su vida adulta, infringió impunemente a casi todas las personas que le rodearon. Cuando su madre ( en realidad la única que le educó en su casa por las ausencias de su padre) le preguntaba tirándole de las orejas que porqué se pegaba con los niños él respondía que la culpa era suya, que le había puesto un nombre tonto.

  Como no encontraba respuestas el pequeño Azufaifo se fue haciendo cada vez más huraño. Se convirtió en poco tiempo en una personita cruel. Le gustaba coger ranas e ir diseccionando con un cuchillito muy afilado, cual bisturí casero al pobre animal. Empezaba por extirparle las ancas, dejándolas minusválidas. Después las volvía a tirar a las acequias que poblaban los alrededores del pueblo. Con las arañas disfrutaba también dejándolas sin extremidades. Años después, cuando tuvo que inflingir un daño bestial a una persona que no pagaba sus deudas seccionó tranquilamente el meñique del susodicho para enviarlo a su dirección en búsqueda de un pronto pago para sus clientes. No era el único animal al que maltrataba, también descargaba su ira, como ya hiciera el rey ruso Iván el terrible, con gatos y perros. Pero si en el caso del monarca era una clara enfermedad mental, en su caso era por placer, una satisfacción oculta que aliviaba su  desdicha.

   A los primeros gustaba  lanzarlos desde la azotea a la calle en el preciso momento en que el vendedor de arrope pasaba con su bicicleta o cuando el afilador, con su sonido inconfundible de harmónica descendente y ascendente hacía su aparición. Tenía especial fijación con estos pobres vendedores ambulantes y con las viejas que casi no podían subir la costana con el carro de la compra. Una vez a punto estuvo de matar a una vecina de enfrente que llevaba marcapasos. La buena mujer, al ver caer espachurrado al pobre animal, en ocasiones previamente inflado con una bomba de bicicleta introducida por su ano, pegó tal alarido que cayó desmayada al suelo. 

  Lo cierto es que más que gato parecía un globo amorfo al que salían las tripas por la boca. La escena, el gato reventado, hicieron ya famoso al pequeño Azufaifo en todo el barrio. ¿Quién será el sicópata que hace estas aberraciones?, se preguntaban en los bares. Y pronto tuvieron respuesta: Azufaifo, el de la Toñi. Que si estaba loco, que si era un sinvergüenza. Mala prensa con tan solo 6 años de edad. Con los perros también se deleitaba. A uno pequeño, que asemejaba una rata, trató de extraerle los dientes con unas tenazas. El pequeño animal ladraba y lloraba de dolor y después de quitarle los incisivos lo dejó salir por sorpresa del descansillo de la escalera y, cual alma que lleva al diablo, cruzó la calle a tal velocidad, la cara hinchada y embadurnada de sangre que murió estrellado contra el muro de enfrente, después de haber sembrado el pánico entre los conductores que, frenando en seco, provocaron un choque por alcance en el que se involucraron 5 autos. En estas y otras distracciones mataba su tiempo. La escuela no le interesaba  y ya desde pequeño se escapaba sigilosamente para hacer sus macabras travesuras.

   Así iba trancurriendo la vida del niño Azufaifo que, por mor de un desgraciado nombre se convertiría en un energúmeno impresentable. Y atormetaría a las buenas gentes de su localidad, esas gentes tranquilas y ufanas, con nombres tranquilos y corrientes, sencillos, gratos al oído, sin mácula de una pérfida ridiculez. Los Paco, Pepe o Javier de toda la vida. Nombres inócuos en todo caso, nombres habituales pero que hacían pasar desapercibidas sus vidas, insulsas, indoloras e inodoras, como el agua pura y aburrida de un manantial.

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