Estaba compuesta de barrios o cuarteles muy separados los unos de los otros, sin ningún orden lógico ni racional. Desde hacía décadas había imperado un urbanismo atroz y espantoso que nuestros convecinos veían incluso agradable y necesario porque carecían de ninguna formación artística o de cualquier tipo. Era la ciudad con menos bachilleres del país y el dinero fácil explicaba ese becerro de oro al que todos adoraban: el ladrillo. La mayoría de ellos habían abandonado sus estudios por la facilidad de un dinero fresco que obtenían a base de paletadas y cáncer de piel.
El centro urbano, antiguo, parecía más bien un arrabal funesto repleto de edificios muy modernos. Poco tenía, por tanto, de antiguo visto de esta manera. Al lado de una sobria construcción palacial del siglo XVII habían levantado un edificio-muro de mármoles coloridos, sin ventanas. Justo enfrente de semejante aberración se encontraba desde hacía siglos una pequeña iglesia gótica con fachada barroca. Pues así todo lo demás: edificios decimonónicos se agolpaban con construcciones nuevas de aspecto demencial. Los solares permanecían décadas desocupados, llenos de escombros, basura maloliente y ratas. Si pensamos que este era el corazón de la urbe, descuidado, fragmentado en casas bien cuidadas, solares pútridos y edificios nuevos de dudoso gusto podemos imaginar como era el resto de la ciudad, sobre todo los arrabales del norte y el sur.
Curiosamente y aislado del resto, como el resto de barrios, el este aguardaba sorpresas agradables. Era una especie de ciudad fortificada dentro de nuestra ciudad, llena de jardines y casas-palacio de principios del siglo XX que la burguesía adinerada había construído como zona vacacional. Hoy había quedado más asilada que nunca al trazar una avenida gigantesca entre su corazón y el resto de la urbe. De este núcleo de belleza y aire puro, corazón de jardines y fuentes de agua de gran vigor, de estos manantiales de paz y dignidad, podría haber surgido un movimiento de solidaridad que hubiese cambiado el destino letal de nuestra urbe. Pero nunca la alta burguesía, los ricos, han pretendido mejorar algo más allá de sus propios intereses. Y así sucedió en nuestro caso.
Curiosamente y aislado del resto, como el resto de barrios, el este aguardaba sorpresas agradables. Era una especie de ciudad fortificada dentro de nuestra ciudad, llena de jardines y casas-palacio de principios del siglo XX que la burguesía adinerada había construído como zona vacacional. Hoy había quedado más asilada que nunca al trazar una avenida gigantesca entre su corazón y el resto de la urbe. De este núcleo de belleza y aire puro, corazón de jardines y fuentes de agua de gran vigor, de estos manantiales de paz y dignidad, podría haber surgido un movimiento de solidaridad que hubiese cambiado el destino letal de nuestra urbe. Pero nunca la alta burguesía, los ricos, han pretendido mejorar algo más allá de sus propios intereses. Y así sucedió en nuestro caso.
Pero a nosotros nos interesa aquí y ahora saber cómo eran esos arrabales, en muchos sentidos, más interesantes que el propio centro histórico. El de San... estaba a pocos metros del casco antiguo, extramuros y lo constituían unas pequeñas casitas de planta baja que habían ido transformándose en edificios singulares, de cierta belleza. Pero un día, un alcalde delincuente, uno entre tantos, decidió que había que destruir ese arrabal porque gente de baja calaña lo habitaba. En poco tiempo se crearían solares, que es la moneda corriente del desalmado. Entonces quedó amputado, separado para siempre de la ciudad. El castigo se tradujo en el derrumbamiento de varias manzanas para trazar una escandalosa ampliación de una avenida de salida de los vehículos a motor. Así, nuestro otrora bello y salvaje lugar apareció como un barrio fantasma, sin vida, mortecino, rodeado de solares infectos y deshabitado salvo por algunas viejecitas tranquilas y pacientes que no habían podido salir de sus casas antes de la plaga de derribos que asoló a nuestro moribundo espacio.
Existían otros barrios conocidos como la zona norte donde habían edificios cochambrosos pasto del olvido y la marginación. Era el barrio de los gitanos y muchos edificios carecían hasta de puerta de entrada. Las fincas aparecían desconchadas y los solares apenas servían para que los niños jugaran a matar cucarachas y algunos reptiles inferiores, en ocasiones colúbridos. Era este un barrio más unido que otros mejores, había una solidaridad insólita entre sus convecinos. Se basaba esta en muchas jornadas al sol y a la sombra, al desempleo y a la prisión provincial. Pero, como otros, quedó un día amputado y segregado de la ciudad por mor de una Gran Vía que debía circundar la ciudad.
Ellos no le dieron importancia: ahora podrían llegar al mar mucho más rápido. Pero muchos atropellos empezaron a poner alerta a los ciudadanos de estos barrios periféricos. La gran avenida no perdonaba, era como una guillotina dispuesta a no dejar pasar hacia el interior de la ciudad a estos seres mugrientos y desasistidos. Hubo manifestaciones de desacuerdo y las autoridades se avinieron a poner semáforos. Más adelante, cuando las aguas se hubieron calmado, las autoridades dijeron que para integrar el barrio nada mejor que un tranvía. Ese tranvía moderno que habían suprimido antes para colonizar la ciudad de negros autobuses de horripilante aspecto, cual ataúdes de vida recién despertada, legañosa todavía. Todos alborozados festejaron con gran alegría su tranvía ultra-moderno pero después de un par de días descubrieron que no paraba allí, solo pasaba, ofreciendo un nuevo obstáculo al barrio, ahora de acero y cables eléctricos.
Ellos no le dieron importancia: ahora podrían llegar al mar mucho más rápido. Pero muchos atropellos empezaron a poner alerta a los ciudadanos de estos barrios periféricos. La gran avenida no perdonaba, era como una guillotina dispuesta a no dejar pasar hacia el interior de la ciudad a estos seres mugrientos y desasistidos. Hubo manifestaciones de desacuerdo y las autoridades se avinieron a poner semáforos. Más adelante, cuando las aguas se hubieron calmado, las autoridades dijeron que para integrar el barrio nada mejor que un tranvía. Ese tranvía moderno que habían suprimido antes para colonizar la ciudad de negros autobuses de horripilante aspecto, cual ataúdes de vida recién despertada, legañosa todavía. Todos alborozados festejaron con gran alegría su tranvía ultra-moderno pero después de un par de días descubrieron que no paraba allí, solo pasaba, ofreciendo un nuevo obstáculo al barrio, ahora de acero y cables eléctricos.
Otro barrio separado del resto se encontraba al sur de la ciudad portuaria: tenía el nombre de un santo, quizás para pedir indulgencia con su situación. Se encontraba seccionado del resto por un enorme barranco ya canalizado por el que descendían lodos tóxicos, llenos de plomo y desechos de las industrias más sucias de la ciudad. Había un par de puentes que de nada servían pues el hedor era tan nauseabundo que nadie jamás pudo pasar andando por ellos. Cada año grandes máquinas y grúas excavadoras trataban de extraer la colmatación odiosa y repugnante de los barros, extremadamente antimedicinales. Era este lugar como un pueblo separado del cuerpo de la ciudad.
Sus plantas bajas se veían en ocasiones confrontadas con algún edifico de apartamentos, pero eran los menos. Por si fuera poco, su fachada al mar era una burla constante. Ni los más viejos del lugar recordaban el día en que se pudo divisar el fulgor de las olas ni respirar el aire fresco y salino del mar, puesto que la carratera de la costa que lo flanqueaba estaba sobreelevada desde hacía décadas, había algún puente por el que pasaba el ferrocarril que impedía la visibilidad y evitando como decimos percibir a sus vecinos el aire cargado de salud que emite el mediterráneo. Solo el humo pestilente de automóviles y camiones servía de lento pero inexorable fluído que iba arruinando sus vidas. Era este barrio pequeño y separado como una cárcel sin carceleros. El propio urbanismo comprimía, como si de una gigante goma se tratase, la vida del tranquilo lugar. El que a él accedía no sabía muy bien si volvería a ver a sus seres queridos puesto que varios obstáculos mortales debía salvar, ora una vía del tren que llegó a tener paso a nivel, ora unas repentinas obras que habían cortado la salida por la carretera marítima. Era el típico barrio de pescadores sin pesacadores, sin grandes edificios, sin juventud, sin vida aparente, aunque algunas viejas comadres salían con sus lutos perpetuos a tomar el sol en el patio de esa cárcel de las ilusiones perdidas.
Sus plantas bajas se veían en ocasiones confrontadas con algún edifico de apartamentos, pero eran los menos. Por si fuera poco, su fachada al mar era una burla constante. Ni los más viejos del lugar recordaban el día en que se pudo divisar el fulgor de las olas ni respirar el aire fresco y salino del mar, puesto que la carratera de la costa que lo flanqueaba estaba sobreelevada desde hacía décadas, había algún puente por el que pasaba el ferrocarril que impedía la visibilidad y evitando como decimos percibir a sus vecinos el aire cargado de salud que emite el mediterráneo. Solo el humo pestilente de automóviles y camiones servía de lento pero inexorable fluído que iba arruinando sus vidas. Era este barrio pequeño y separado como una cárcel sin carceleros. El propio urbanismo comprimía, como si de una gigante goma se tratase, la vida del tranquilo lugar. El que a él accedía no sabía muy bien si volvería a ver a sus seres queridos puesto que varios obstáculos mortales debía salvar, ora una vía del tren que llegó a tener paso a nivel, ora unas repentinas obras que habían cortado la salida por la carretera marítima. Era el típico barrio de pescadores sin pesacadores, sin grandes edificios, sin juventud, sin vida aparente, aunque algunas viejas comadres salían con sus lutos perpetuos a tomar el sol en el patio de esa cárcel de las ilusiones perdidas.
Estos barrios periféricos siempre sufrían el mismo proceso de abandono que acababa por llevarlos a un coma profundo de décadas de olvido anterior a su destrucción, su muerte definitiva. En ocasiones habían quedado fragmentos de esos barrios dentro de un nuevo barrio, de nueva planta, que se poblaba de familias jóvenes dispuestas a pagar con el precio de su vida un domicilio de 70 metros sin balcón y con garage particular. Estos micro barrios, estas mini cárceles de mugre y basura estaban bien localizadas y amenazadas de muerte por extirpación, cual tumor maligno. La idea de las autoridades era dejarlos morir de inanición, de desesperación, de abandono. Así sucedía con el barrio obrero, una pequeña agrupación de plantas bajas completamente conservadas y que se habían visto engullidas entre vías de gran amplitud de tráfico y edificios de caravista nuevos, que trazaban jardines y avenidas con paseos enormes.
Otro tanto pasaba con tres o cuatro calles sin asfaltar que habían sido olvidadas en una planificación urbanística. Allí estaban, tras una enorme mole arananjada de ladrillo. Nadie se atrevía a atravesarlas y todos las circundaban por miedo, un miedo irracional y pertinaz ganado a pulso por el ayuntamiento. Otro tanto sucedía en un barrio cercano al puerto y al centro de la ciudad. Sin asfalto, solo tierra y guijarros, salpicado de fábricas de harinas, había sido y todavía lo era la imagen de entrada a la ciudad. Allí se apretujaban grupos de prostitutas que aparecían como las cucarachas cuando el sol se hundía en el ocaso del mediterráneo. En esa situación llevaba ya décadas, sino siglos y nadie parecía querer arreglar aquel desaguisado urbanístico.
Otro tanto pasaba con tres o cuatro calles sin asfaltar que habían sido olvidadas en una planificación urbanística. Allí estaban, tras una enorme mole arananjada de ladrillo. Nadie se atrevía a atravesarlas y todos las circundaban por miedo, un miedo irracional y pertinaz ganado a pulso por el ayuntamiento. Otro tanto sucedía en un barrio cercano al puerto y al centro de la ciudad. Sin asfalto, solo tierra y guijarros, salpicado de fábricas de harinas, había sido y todavía lo era la imagen de entrada a la ciudad. Allí se apretujaban grupos de prostitutas que aparecían como las cucarachas cuando el sol se hundía en el ocaso del mediterráneo. En esa situación llevaba ya décadas, sino siglos y nadie parecía querer arreglar aquel desaguisado urbanístico.
Y es que hay que decir que nuestra ciudad asemejaba a un cuerpo atacado por una infección mortal. Ya fuera por esa fragmentación que impedía hablar de una unidad conforme y lógica o por los avatares histórico-delincuenciales de sus gobernantes, la urbe estaba salpicada de pequeños lugares abandonados, cuál células genéticamente endebles y enfermas, que podían amenazar con destruir el resto del cuerpo aparentemente sano. Y era cierto que así sucedió: el descuido, la desolación, la falta de escrúpulos para con estos barrios dejados de la mano de Dios, sin sanidad, sin cultura, sin instalaciones propiciaron aquel año de 201... la propagación de una plaga que acabaría con toda la ciudad en semanas. Estas células ulcerosas era cierto que no ocupaban el resto del cuerpo salutífero. Pero era una gran verdad que desde allí surgían focos infecciosos, enfermedades diversas que iban progresando lentamente por el resto de la ciudad. Quizás la menos seguida por las autoridades pero que, a la postre, supuso la derrota y desaparición de nuestra ciudad, fuera el olvido.
Ese olvido fragmentario, incompleto, inasumible surgió de una manera palpitante en estos arrabales y barrios desatendidos. Nadie pareció darse cuenta, pero en semanas nadie recordaba ya dónde vivía, en qué lugar habitaban sus amigos o familiares. Mucha gente comenzó a deambular por la triste y desangelada urbe sin sentido de la orientación. Las autoridades no daban crédito a lo que estaba sucediendo hasta que una buena mañana un personaje todavía no corrompido del equipo de gobierno acudió a visitar a sus padres que vivían en un barrio engullido de las afueras. Allí comprendió la magnitud de lo que estaba ocurriendo. La plaga de olvido había surgido allí: cientos de personas, muchas de ellas desnudas y en completo estado de paranoia, deambulaban por calles y plazas rompiendo, destruyendo de manera desaforada sus propias casas, arrojando muebles por las ventanas, dejaban las calles repletas de suciedad y el olor era casi imperceptible porque todo el barrio era ya como un gigante basurero de los extrarradios.
Ese olvido fragmentario, incompleto, inasumible surgió de una manera palpitante en estos arrabales y barrios desatendidos. Nadie pareció darse cuenta, pero en semanas nadie recordaba ya dónde vivía, en qué lugar habitaban sus amigos o familiares. Mucha gente comenzó a deambular por la triste y desangelada urbe sin sentido de la orientación. Las autoridades no daban crédito a lo que estaba sucediendo hasta que una buena mañana un personaje todavía no corrompido del equipo de gobierno acudió a visitar a sus padres que vivían en un barrio engullido de las afueras. Allí comprendió la magnitud de lo que estaba ocurriendo. La plaga de olvido había surgido allí: cientos de personas, muchas de ellas desnudas y en completo estado de paranoia, deambulaban por calles y plazas rompiendo, destruyendo de manera desaforada sus propias casas, arrojando muebles por las ventanas, dejaban las calles repletas de suciedad y el olor era casi imperceptible porque todo el barrio era ya como un gigante basurero de los extrarradios.
Poco se podía hacer ya: la fragmentación consciente a la que durante décadas habían sometido a sus ciudadanos había terminado por destruir primero los barrios amputados y, posteriormente, habían invadido el corazón mismo de la población, pronto nadie se acordaba dónde vivía. Escenas dantescas se observaban por doquier. Las personas eran animales sin orientación, defecando y orinando en cualquier esquina. Muchos murieron por aplastamiento al caer por las ventanas todo tipo de objetos: muebles, televisiones, puertas. Finalmente llegó el día de la desaparición de nuestra ciudad. Las casas presentaban el aspecto de un bombardeo nuclear: solo algunos cimientos quedaban de los edificios. Pero nadie había bombardeado la ciudadad: habían sido los vecinos presos de una locura autodestructiva los responsables del derribo, cual nuenva bastilla, de todas las edificaciones, ladrillo corrupto a ladrillo corrupto. Puesto que no recordaban ni quién eran ni porqué hacían lo que hacían decidieron finalmente acabar con sus tristes vidas. Lo que había comenzado por un abandono, un olvido consciente o no y un urbanismo salvaje que olvidaba y maltrataba a aquellos barrios tradicionales, que los marginaba y segregaba, finalizó como era de esperar por tantas décadas de desidia con la caída de nuestra ciudad.
foto: www.artundergroundbcn.blogspot.com
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