jueves, 19 de septiembre de 2013

Fragmentación I (La persona)

  
 Aquel cuerpo formado por diferentes extremidades se había construído con el trancurso lento pero inexorable del tiempo. Desde que era un sencillo embrión, con tan solo nueve semanas de vida ya contaba con unos diminutos brazos y piernas dentro del útero de su madre. En pocos meses había ya terminado su formación intrauterina y había comenzado a vivir en el mundo exterior. Era un ser vivo entero y completamente formado, con sus órganos, cabeza, tronco, brazos y piernas perfectamente constituídos. Pero tuvo, desde el mismo momento es que echó a andar algunas partes de su cuerpecito que no controlaba totalmente su sistema nervioso central. Nada hacía sospechar que este bebé que había comenzado a decir algunas palabras fuera a tener de adulto y, posteriormente en su senectud, graves deficiencias motoras que le llevarían a convertise en un ser mutilado, incompleto y psicológiamente hundido en una esquizofrenia incurable.

   En su infancia aparentaba normalidad aunque ya en el colegio dió muestras de problemas en sus extremidades. Una pierna se negaba a obedecer. Era una especie de rebeldía que ningún médico sabía cual podía ser su verdadero origen. Le hicieron pruebas psicológicas y neurológicas después de largos meses de análisis completados con alguna intervención invasiva. Consistió esta en la aplicación de pequeñas descargas eléctricas, de mucha potencia, cual bombardeo incesante sobre el miembro díscolo, concretamente sobre el nervio principal que dirige como una autopista las instrucciones del cerebro hasta el pie. Los médicos estaban patidifusos: no sabían dar con el mal. Mientras tanto el chiquillo tenía que seguir su educación y, sorprendentemente, la pierna fue dando signos de recuperación hasta que, pasados unos años, volvió a ser fiel al resto del cuerpo. La crisis que nadie se lograba explicar pareció llegar a su fin. Así creció y llegó a su adolescencia.

  Todo era normal e incluso consiguió, tras años de gimnasio y una notable educación física, una potente figura anatómica, musculada, sana y fuerte. Era la admiración del resto de su clase en el instituto. Pero fue por entonces cuando dió muestras de debilidades mentales o, podríamos llamarlas, excitaciones aleatorias, que comenzaron a sembrar la sospecha de que padecía severos transtornos de la personalidad. Sus padres, muy religiosos, tanto que habían sometido al chico desde su más tierna infancia a una educación cristiana profunda, casi preparatoria para entrar al seminario, no entendían su cambio de personalidad. Algunos días voceaba y gritaba palabras sin sentido durante la noche, despertando al vecindario. Dada la religiosidad paterna, llegaron a acudir al exhorcismo, figura absurda que no permite más que la locura inminente de su protagonista.

    No obstante aquellas sesiones que dirigía el padre Piquer consiguieron aplacar a la bestia o, al menos, entender que quien hablaba por él no era satanás, sino él mismo transmutado en otro ser. En definitiva, llegaron a la conclusión de que el problema tenía más que ver con una esquizofrenia incipiente que era necesario tratar. Lo cierto es que el joven dominaba las dos lenguas maternas de sus padres. Por eso no sorprendía a nadie que ahora hablase en un idioma y, al cabo del rato, contestase en otro. Sin embargo era a través del cambio de lengua como cambiaba también de alma, de ser consciente. Esto le sucedía en cualquier momento y situación y sus compañeros de clase lo dieron por desahuciado. Sus escasos amigos fueron desapareciendo y pronto se vió solo, abandonado por los demás, empeorando a pasos agigantados su decrepitud mental. Su familia decidió entonces mandarlo a un sanatorio mental. Allí, con duras técnicas psiquiátricas, consiguieron enderezar su rumbo. Incluso pudo llegar a ser un ser social completo, relacionándose con el resto de su familia y vecinos. Una gran fiesta celebró su reintegración en esa especial sociedad, marcada por la diversidad de nacionalidades.

   Así llegó a la madurez, a la juventud plena y adulta.  Un día de septiembre, finalizando ya el verano, decidió marcharse de casa para empezar una nueva vida con una compañera de viaje a la que había conocido meses atrás. Pero esta relación duró lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Desde los primeros días dió muestra de una brutal e intolerante independencia. Su actitud dictatorial y violenta se exacerbó llegando a los malos tratos. Era una guerra sin cuartel que solo un tratado de paz podía ponerle fin. Una serie de personas hubieron de mediar para que la separación fuese lo menos traumática posible. Ella se quedaba el piso en el que vivían. Eso a él ya no le preocupaba en esos instantes pues la familia disponía de una jugosa herencia familiar que incluía diversas propiedades rurales y urbanas. Después de la muerte de sus progenitores, como hijo único, había heredado un gran patrimonio y no le produjo especial dolor tener que ceder su pequeño apartamento a su compañera. Sin embargo un sentimiento de deterioro, decaimiento y depresión se apoderó de sí mismo. Había sido un ser violento e intolerante, dictatorial, obtuso y el resto de la sociedad le había dado de lado. Estaba solo, terriblemente solo. Fue entonces cuando los problemas de la infancia tomaron unos acontecimientos que ni él mismo podía entender. Su pierna díscola comenzó a propiciarle unos enormes dolores. Su pie derecho no respondía, como si se hubiera rebelado. Fue entonces cuando su brazo izquierdo comenzó a dar las mismas señales de alarma. Parecía como si hubiese sufrido, después de una angustiosa noche de verano, un accidente cerebro-vascular. La pierna y el brazo no respondían, estaban insensibles al dolor, casi la mitad de su cuerpo no obedecía a su mente. Los médicos no vieron en el centro de su sistema límbico nada extraño. Sí, era autoritario y padecía esquizofrenia, pero no había mácula de  ninguna arteria ni vena estropeada por la acción de un coágulo.

   Realmente su pierna y su brazo se habían revelado. Actuaban de manera independiente aunque él no sintiera su actividad. Era en la noche, cuando no estaba consciente, cuando estas se movían, se doblaban de forma inquieta. Nadie se dió cuenta de esta actividad hasta que una noche se despertó muy alarmado y con graves heridas en la cara y tronco. Su brazo izquierdo había comenzado sin que se diera cuenta a apretar el puño y había propinado un terrible puñetazo a su ojo derecho. También había heridas en la pierna izquierda, laceraciones y moratones muy preocupantes.  Asustado, pensaba que alguien en la habitación había entrado y lo había drogado. Alguna banda de desalmados le había hecho esas heridas. Acudió a policía y hospital donde fue atendido pero nada hacía pensar en un robo violento. Nada se habían llevado ni nadie había forzado la puerta de su domicilio. Fue por entonces cuando decidió poner cámaras en su habitación, en realidad en toda el cortijo, que incluía una ganadería taurina y caballar de gran valor.

   Al cabo de poco tiempo, apenas unas semanas, volvió a amanecer antes de hora lleno de golpes. Alterado, antes de llamar a la policía, sudoroso y ensangrentado, pasó a la sala de control y vió horrorizado como sus extremidades eran las causantes del penoso estado en el que se encontraba. Parecía como si de un mal sueño se tratase. Durante semanas no salió de su domicilio, aturdido por lo que había visto. No sabía a quién revelar su secreto, si era obra del maligno o una enfermedad neurológica. En realidad no creía mucho en lo primero porque era ateo, lógico estado después de una educación  extremadamente religiosa. Y pensó racionalmente que era su psique la causante de estas autoagresiones nocturnas. Finalmente decidió salir de su aislamiento y visitar a una panoplia de especialistas. Nadie llegó a una conclusión clara pero lo único que parecían confirmarle todos los médicos era que la amputación podía ser la mejor opción. Era lógico teniendo en cuenta que estas partes de su cuerpo iban por libre, no respondían al centro de gravedad de su mente. Pero se negó en redondo a todos estos dictámenes. Pensaba que algo se podría hacer antes de amputar, algún tratamiento conservador, no invasivo, que permitiese la recuperación de estos miembros díscolos.

   Fue de esta manera como contactó con especialistas foráneos, hasta a China viajó, poniéndose en manos de médicos cuyas prácticas se basaban en un tratamiento quasi mágico. Pensaban que algún problema espiritual lo atormentaba, que algo desde su nacimiento como ser no había funcionado bien y que podía conservar sus extremidades si resolvía su pasado incógnito que era el origen de la disputa. A pesar de no creer mucho en este tipo de magias se entregó con fruición a sus prácticas y, sorpresivamente para él, un cambio espiritual permitió la resolución aparente del problema. Parecía como si su mente había pactado con sus extremidades una acomodación real en su cuerpo. Pero era tan solo una tregua, un paréntesis disfuncional que acabaría por llevar a una ansiada independencia fisiológica. El acuerdo le permitió funcionar como un cuerpo unido, como un ser humano perfecto, creciendo espiritual y emocionalmente. Durante unos cuantos años todo fue bien. Pero, de nuevo, una calurosa noche de otoño regresó a su pesadilla. Una parte de sí mismo pensaba firmemente que lo mejor era amputar para siempre con sus problemas. Separar para poder andar un nuevo camino, una nueva identidad. Pero, por otro lado, su otro yo consciente le decía que si se producía la separación su identidad se vería seriamente alterada: ya no sería él mismo. Incluso se planteaba cambiar de nombre en el registro civil, mientras esos dos apéndices, tan suyos como el resto de su cuerpo, acabarían en el cubo de basura de la historia. La locura se apoderó de su ser completo y, en una ancianidad anticipada, se preparó para liberarse totalmente de la pesada carga.

   Esos díscolos miembros podrían acaso encontrar su camino. Es cierto que ya no tendrían vida real, porque la ruptura de los lazos nerviosos y de los vasos sanguíneos produce la muerte casi al instante, pero lo cierto es que ellos eran los únicos que pedían a gritos su alejamiento definitivo. Dispuestos a todo, como si poseyeran identidad por sí mismos anhelaban de manera insistente su autonomía. Y aunque habían llegado a convivir cordialmente con el todo, no descartaron nunca, en sus más íntimos deseos la independencia total y absoluta. Bien es cierto que no toda su substancia actuaba por igual: la mano era la responsable de todo el problema. Ella era la que decidía moverse pero es cierto que sin el resto nada hubiera sido posible. Llegó a descubrir que la musculatura del antebrazo era favorable a la unidad. Pero esto no le importó a la rebelde mano, que quiso que todo el conjunto se separase. Así, llegó el día tan anhelado por ellos: el día de la operación. Ingresó en el hospital para la amputación menos traumática posible: la quirúrgica. 

  Fue así como sucedió la fragmentación y muerte de nuestro personaje. En la sala de operaciones el corazón comenzó a latir cada vez más deprisa. Ya, en un rincón oscuro y apestoso, las extremidades habían sido separadas y la muerte biológica de estas se había producido: su independencia había sido un rotundo fracaso y no había servido para acallar sus dramas existenciales. Mientras el resto del cuerpo entraba en parada cardiovascular. La muerte, tratada de evitar por los cirujanos, terminó por imponerse. Lo que había comenzado con una anomalía, con una desgracia, su propia existencia, su triste devenir por la historia del mundo, finalizaba definitivamente para siempre. Con el paso del tiempo nadie ya recordó su existencia. Su memoria se perdió para siempre, aunque en varios libros registrales había quedado impreso con letras de fuego su nacimiento y desarrollo. Así terminó todo: en la nada, esa nada que todo lo envuelve cuando todo es nada.

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