jueves, 29 de agosto de 2013

La velocidad de la luz

Para Manuela García, que me trajo a donde estoy
   

   Mariela vivía en un túnel de oscuridad perpétua. Había nacido normal, tenía una visión y audición que no hacían prever, en principio, que poseyera el gen autonómico recesivo que provoca la desagradable enfermedad genética que el médico escocés Usher describió en el siglo XX y que se caracteriza por aunar una sordera incipiente con una ceguera progresiva, conocida como Retinosis Pigmentaria. 

   Sin embargo desde su más tierna infancia  tenía que acercarse a la pizarra a copiar lo que la monja Doña Julia escribía en el encerado con el cabreo consiguiente de la desalmada religiosa. Esa dureza la atormentaba y, cuando llegaba a casa, insistía una y otra vez en que le costaba ver la pizarra desde el fondo del aula. A pesar de esa pronta dificultad para ver bien no tuvo gafas hasta los 16 años, cuando sus padres, analfabetos en un pueblo del interior de la España profunda, decidieron acercarse a la capital de la provincia a que un médico viera a la chiquilla. Gafas graduadas, miopía. Ese fue el primer diagnóstico y el primer tratamiento para una enfermedad que no espera a nadie y se desarrolla paulatinamente, en silencio, sin avisar, hasta la total oscuridad y silencio.

    Cuando fue consciente de su enfermedad los años perdidos ya no podían regresar y las dificultades de aprendizaje habían hecho mella en su espíritu. Era un ser incompleto, incapaz de salir a  la vida con total seguridad. Quizás por eso resultó ser que la familia la había destinado para vestir santos. Cuidaría de la anciana que todavía era viuda joven, ella sola, sin ayuda de sus hermanos. Pero un día todo comenzó a correr como la velocidad de la luz, como esa luz que perdía por meses, por semanas y días, que se le escurría de las manos, mientras un hálito de sonido escapaba de sus oídos. Su vida pasaba rápido, debía acelerarla   y por eso encontró lo que buscaba, su liberación, abandonarse al mundo, salir a la calle, sin transporte, sin carnet, ofreciéndose al primer amor que la respetara como era y que la ayudara a salir del agujero al que se avecinaba a esa endiablada velocidad. 

   La dura y triste realidad la llevó a convertirse en itinerante y en interina. Necesitaba atrapar las imágenes y sonidos que el diabólico gen recesivo le trataba de arrebatar cruelmente. Decidió proseguir pese a las atávicas dificultades, que habían conseguido momificar a varios antepasados suyos en vida. Visitó los  lugares más remotos de su bella patria, escuchó las melodías más dulces que ofrece la naturaleza, la caída de una cascada, el aullido de un lobo, el chirrido de los grillos. También quería ver y aprehender las imágenes de las más bellas ciudades de Europa y sus característicos sonidos. Y conocer a mucha gente para verles el rostro, definirlos en su mente y grabar como si de un autómata fuera sus voces, sus tonos y sonidos naturales. Así transcurrió la vida, a toda velocidad, sin pausa y con prisa.

miércoles, 28 de agosto de 2013

La decisión de P.D.

   Aquella mañana de primavera había sido muy nubosa desde las primeras horas del día. Nada más despuntar el alba percibió desde la autovía que iba a ser un día lluvioso. Pero eso a él poco le importaba. P.D. estaba material y moralmente arruinado. Su vida había dado un vuelco completo en su mente y pensaba con razones fundadas que ese proyecto tan acariciado y deseado estaba pronto a su consecución y, sin embargo, había comprobado de manera fehaciente que nada de eso era ya posible. Todos sus pequeños sueños, ingénuos quizás, eran papel mojado. Tan mojado como las pruebas, los documentos que ante toda la sociedad habían dejado constancia de un proyecto que se acababa de desmoronar.

   No tuvo el valor ni la hombría suficientes para asumirlo. Sin pensárselo dos veces y, a la  vista de aquella construcción metálica, la más grande de su país, giró el automóvil por una carretera secundaria. Buscando el rojo metálico que distinguía aquel ingenio de las comunicaciones torció a la derecha y llegó al camino que ascendía hacia él. Era una rampa con poca inclinación y el camino estaba empedrado como del siglo XVI pero conforme se acercaba a su objetivo el camino se hacía cada vez más intransitable. Estratagemas del amigo americano que levantó la torre, pensó él. Comenzó a llover una fina capa de agua que parecía el rocío de la noche pulverizado por el aire. Pronto se dió cuenta de su desesperación y todo su fracaso volvió a su imaginación. Detuvo el vehículo cuando un gran portón metálico prohibía expresamente el paso a todo personal no militar. No había nadie en la garita pero decidió dar la vuelta descendiendo hasta un solar que había a la derecha de la carretera que llevaba al pueblo del Monte Sinaí.

    Allí se derrumbó definitivamente. Las lágrimas acudieron a sus ojos, sus sentimientos afloraron en un mar de frustración y decepción.  La meteorología facilitaba las cosas: bajó del coche y, llorando, golpeó a patadas la fina hierba y las gruesas matas resecas del lugar mientras el agua comenzaba a calar en su pelo, más largo de lo habitual por  aquellas fechas. Pronto estaría mojado por completo si no regresaba pero nada le importaba ya.  Era Abril y las aguas calaban su cuerpo anunciando una despreocupación total y absoluta por seguir viviendo. ¿Tenía sentido?. Para P.D. la asunción del fracaso absoluto, de ese monte acantilado imaginario que había construído en su imaginación y nada más que en su imaginación a pesar de que durante meses creyó firmemente que no estaba solo en el proyecto, no dejaban lugar a la esperanza. El agua se mezclaba con sus lágrimas desconsoladas. Un coche pasó al lado del solar y lo miró, pero para P.D. es como si el coche no estuviera ahí o como si fuera un autómata el que lo conducía, como esos autómatas de los relojes del siglo XVII.

   Ahora ya nada le importaba: ni su familia, ni sus amigos, ni el proyecto que se había derrumbado. Solo pensaba en la forma más adecuada de poner fin a su existencia. Y, obviamente, pensó en la localidad en la que residía, una ciudad mediana surcada por un río caudaloso pero que permitía, al atravesar uno de sus dos puentes, lanzarse al vacío y terminar sin dolor con todo el sufrimiento. Quedó convencido de ello tras descargar toda la adrenalina. Como testigos de su decisión estaba la torre yankee otrora, el solar reseco y la lluvia que empezaba a escampar. La suerte estaba echada, su plan se llevaría a cabo en pocos días, desaparecer sin dejar rastro, era un suicidio aparente, sin cuerpo. El río se encargaría de ello o eso pensaba él en ese momento de crecidas. Subió al coche todavía con las lágrimas derramándose. Apretó los dientes y encendió el motor. Puso la radio. Sonaba un tema brutal de Nirvana. Eso le dió fuerzas para ponerse en marcha y llegar a su hogar. Ahora solo faltaba poner en marcha el diabólico plan que lo condenaría al infierno para la eternidad, por un proyecto que él creyó sólido, consolidado, pero que jamás podría realizarse.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Memoria de mis lecturas

   Me gusta leer, pero reconozco que, en mi casa, me cuesta avanzar en las lecturas. Igual me pasaba con los estudios. Tuve que tener una fuerza de voluntad extraordinaria para poder acabar mis estudios superiores, fui perezoso, iba poco a la facultad y leía por obligación. Nada o casi nada de novela, solo los libros exigidos por los catedráticos. Después, al acabar la  universidad, descubrí con asombro que no había leído prácticamente nada, a excepción del Quijote, entero, otra vez por obligación. Aunque hay que decir en honor a la verdad que tampoco sabía mucho de Historia, solo algo de contemporánea y muy poco de historia del arte. Había hecho un viaje a Salamanca en segundo curso, uno de esos viajes que se organizan entre compinches para un fin de semana. Y salió bien: bebimos lo habido y por haber. A pesar de que estaba con mis habituales dosis de antibióticos, por la garganta. Pues en la señorial y monumental ciudad helmántica no vi nada. Tampoco me interesó en exceso. La catedral la atravesé como se pasa uno por una calle comercial, mirando a derecha e izquierda sin pararme en nada. Pues así con todo.  

   La preparación de la oposición me descubrió un mundo nuevo. Tenía que leer mucho más porque si no sería un completo mastuerzo en arte, en geografía y en historia. Poco a poco empecé a ver láminas con esculturas, arquitecturas y pinturas que desconocía. Y empecé a valorar todo eso quizás porque me di cuenta del enorme esfuerzo que para mi suponía tener que aprender tantos detalles, tanta información, algo que jamás había hecho, ni siquiera en los exámenes más duros de la facultad. Por eso mi nota media en la carrera de Historia fue mediocre, un bien, nada de notables y sobresalientes,a excepción de un puñado de nueves y dieces, uno de ellos en clamoroso chanchullo, copiando literalmente, a manual abierto. Pero no tenía mucha importancia. Sabía que no era correcto, pero no sentí remordimientos por tratarse de una asignatura de las llamadas "marías". El caso es que cuando acudí a la academia EPO tuve a mi abasto un mundo nuevo. Fue como hacer tres carreras en una, en períodos cortos, de 5 o 6 meses, hasta los temidos exámenes de Julio. Ahí descubrí mi verdadera vocación y empecé a leer compulsivamente, especialmente los veranos, en la playa, en plazas y plazuelas, en bares y cafeterías, en el autobús, cuando iba de  la capital  al pueblo o del pueblo a la capital. Necesitaba leer pero no cualquier cosa: quería leer los clásicos, especialmente los del XIX, el siglo de la novela: los Flauvert, Dostoyevski, Hugo, Pérez Galdós...porque, ¿de qué vale leer novela actual, best-sellers, si no tienes en tu haber esas grandes novelas: crimen y castigo, la educación sentimental. 

  Fue por esa época cuando empecé a acumular libros que no podía leer en breve. Siempre esperaba a otra época para meterles mano. Pero siempre me costaba leer en casa. Necesitaba ( y necesito) espacios en los que no tenga nada que hacer porque no esté en mi casa haciendo algo: esperando para entrar al médico, lugar de visita frecuente por mis habituales achaques o, a veces, incluso, en las bibliotecas, que es el peor lugar para leer si vives en un pueblo. Poco dura tu paz y sosiego porque entra algún conocido y te habla: vamos al bar y adiós lecturas. Esos rincones tenían que ser públicos. Me vi leyendo la excepcional novela de Pío Baroja El árbol de la ciencia en la Placeta de San Juan de Dios. Ese verano devoré a Don Pío, su trilogía la lucha por la vida, la busca en ese lugar, por las tardes, después de que el radiante sol desapareciera volvía y retornaba a esa ruidosa plaza cercana a Campoamor, llena de niños y niñeras, de madres y abuelas, me sentaba en un banco libre y leía y leía, también de vez en cuando ojeaba al personal ( femenino, se entiende) pero no era esa mi motivación. Mi interés es que en esos lugares podía leer a ojo suelto....sin ataduras. En mi casa siempre había algo que me distraía y me lo impedía. Creo que si algún día tengo cáncer de piel la culpa será de las lecturas, porque la playa, en verano, era simplemente una excusa para leer. En las breves pausas en que mi cerviz se enderezaba, entre bikini y bikini, bebía limonada u otro refresco. Iba solo al Postiguet y al Pinet, playa virgen con pequeñas casitas otrora de pescadores, ahora ilegales legalizadas con el paso de las décadas por desidia administrativa. Iba a leer, solo, al lugar donde menos gente hubiese, en el centro de la playa, entre restaurantes.

     Y así, cuando acabé las oposiciones y conseguí mi primer trabajo en Benlliure, en Valencia, podía pasear por las tardes por la ribera vieja del Turia y sentarme en una sombra a leer. O en Marqués del Turia, o en la Plaza en donde se asienta ese neptuno agigantado, cercana a una de mis librerías favoritas, la París-Valencia, de donde siempre salía cargado con libros en busca del lugar donde había dejado el coche. En definitiva leía y compraba, compraba y leía y sigo y seguiré leyendo hasta que la vista me alcance. Lo más importante en la vida, a parte de leer y sumergirse en nuevos mundos a través de los grandes de la literatura, es la voluntad de conocer y de querer seguir conociendo y leyendo. Según mi teoría, una persona que deja de estar interesada en aprender nuevas cosas, en leer nuevas historias o repetidas ( sana costumbre), está perdiendo su vida. Vamos, que está muriendo poco a poco por dentro. Puede ser por mi deformación profesional de profesor, deseoso siempre de aprender y poder transmitir a mis alumnos algo de lo que ya he aprendido yo.  


    Es así como concibo la vida ahora, y como me doy cuenta de que nadie tiene su vida marcada de antemano, la puede cambiar, la puede mejorar (o empeorar) con sus lecturas o, sencillamente, como hacen la mayoría de los españoles, no leyendo o mintiendo en lo que  leen, quizás en un afán de esnobismo trasnochado. No hay que despreciar a nadie por su trayectoria, esta siempre puede ser modificada. Aun recuerdo a mi profesora de Inglés de Séptimo curso de EGB cuando me espetó que nunca llegaría a nada, por vago y por mi letra, que era horrorosa. Tenía razón en las dos cosas, no así en la primera parte de su aseveración. Ahora soy profesor y escribo en la pizarra bastante claro, quizás mejor que ella.

    Y si soy lo que soy es por un esfuerzo brutal, por un sacar fuerzas de donde no las había ni nunca las había habido. Pero salieron, por arte de magia o por narices, por cabezonería y por un placer nunca confesado por el saber que aprendí a apreciar. Por mi parte continuaré siempre buscando esos lugares, seguiré quemándome en la playa, buscando bancos, citas con el médico,tiempos perdidos en apariencia para acabar de leer todo lo que nunca podré leer en lo que me quede de vida. Esos lugares mágicos y tan al alcance de todos, todo por pereza, por esa pereza que da el propio hogar.

La carta -II-

   No se porqué estoy escribiendo todo esto en mi libreta moleskine. La verdad es que ya todo me suda la polla. Hice lo que hice y ahora solo quiero salir de este pudridero que es mi piso. Pero tengo que ocultar el cuerpo. Lo primero que tengo que hacer es salir cuando sea de noche y deshacerme del muñeco. Si, ahora lo veo: escribo todo esto para tranquilizarme.  Obviamente cuando acabe todo el proceso destruiré este escrito para que nadie lo vea. Lo más importante ahora es dejarlo todo como estaba antes, ya limpié el piso y ahora tengo un cadáver en la bañera con el cráneo destrozado. El olor es insoportable. ¿Cómo me desharé de la hija de puta esta?. 
   Existen varias posibilidades pero no todas están a mi alcance. Además el tiempo es oro porque su madre pronto la echará de menos. Alguna amiga...puede llamar a casa aunque he desconectado el teléfono. Pueden sospechar....me llamarán a ver dónde estoy yo...!!Dios mío, porqué pones tantas dificultades a los que hacemos justicia¡¡.  Tengo que hacerlo muy rápido...la  puedo triturar, pero ¿cómo?...no,no, eso no puede ser. Deshacerla en ácido...pero si no tengo ácido, solo una botella de salfumán para los desatascos. El emparedamiento es inviable...ni yo soy albañil ni tengo material ni puedo hacer ruido. Yo solo soy un triste juntador de letras que se gana la vida de mala manera. Jamás conseguí aprobar esas asquerosas oposiciones, lo más que he hecho en serio es escribir algún artículo en la prensa local a cincuenta céntimos. Ni para pipas. Pero era luchador...buscaba lo que hiciese falta, menos en la  obra, he sido corredor de seguros, he vendido hasta casas en una triste inmobiliaria que jamás me dió de alta. ¿Pero porqué escribo ahora esto, a quién coño le importa todo lo que yo he hecho?. 

   Tengo que pensar más rápido que lo que escribo. He descartado varias opciones. Creo que lo más sencillo será cortarla en pedacitos, si y después, jajaja, que gran venganza sería, enviar hamburguesas a la casa del cabrón de su amante o colárselas en la compra para que así se la comiera de verdad. Pero tengo que dejar de desvariar. A ver que tengo por la casa. Voy a mirar en los cajones. Tengo un cuchillo de sierra para cortar el pan. Con las bolsas de plástico puedo bajarlas al maletero esta noche y llevarlas a algún vertedero de la zona o enterrarlas. Pero tengo que hacerlo ya. Voy a entrar al baño y ahora sigo escribiendo...No he podido aguantar el pútrido olor y la escena dantesca de la bañera. Vengo descompuesto y he tenido que vomitar en el fregadero de la cocina. Creo que deberé buscar algún tipo de trapo que puesto de parapeto en mi cara haga de mascarilla. Primero cogeré todo el fixo y lo voy a envolver a mi nariz y boca, pero antes perfumaré el pañuelo o los pañuelos, meteré un buen mogollón para poder volver a entrar, cuchillo en mano para serrar los huesos más importantes. 

   Ya me he enarbolado en la cabeza todo el aparataje necesario, parece que funciona, he entrado en el baño y no olía muy mal, porque había puesto perfume de jazmin a los trapos que me hacen de máscarilla. Voy a proceder a serrar esa amalgama descomupuesta. El muñeco, depués de desvestirlo tiene un aspecto aterrador. Está todas las piernas y el vientre morados, como negros, y  el resto de un blancor resplandeciente. No se a que se debe, pero se ven como cicatrices en la piel. Puajjjj. Es muy asqueroso. Voy a empezar a serrar por la cabeza. No quiero ver ese rostro que parece que me sigue mirando. Intentaré sacar el cráneo rápido para poder descansar y seguir después un poco más. Ya he serrado la cabeza y la he metido en la primera bolsa negra. Ahora acabo de descubrir que solo quedan 5 bolsas de basura. ¿Cábrá todo el cuerpo ahí?. Lo dudo.

martes, 20 de agosto de 2013

La carta -I-





Buenos días, tardes o noches, no se muy bien que hora es puesto que llevo dos días encerrado en mi casa con las persianas bajadas. El único reloj que llevaba en la muñeca izquierda se cayó al suelo hace como un mes y no ha vuelto a funcionar. El resto de aparatos móviles y ordenadores los he inutilizado a propósito para que nadie me pueda localizar. Creo que voy a buscar el momento propicio para salir. Mejor por la noche. Escaparé de mi casa porque el hedor a cadáver es ya insoportable. Mirando por la mirilla de la puerta principal del tercer piso de la calle Hospital podré saber cuándo es de noche. Además el hambre provoca en mi estómago una serie de ruidos y dolores casi insoportables. He matado a mi mujer. Lo hice ayer después de dejarla inconsciente por un golpe en el cráneo. Fue muy desagradable porque no solo salió un enorme chorro de sangre, como disparado, hacia arriba y en todas direcciones, sino que los sesos han impregnado el pasillo que lleva al comedor, justamente cuando ella llevaba en una bandeja su desayuno, compuesto de un vaso de leche caliente con galletas. Para mi no había nada. Tal era el respeto que esa zorra me tenía. El día de antes de mi regreso al piso había invitado a mi casa a un joven bien parecido, un impresentable niñato diez años menor que ella y habían follado en mi cama de matrimonio. Cuando llegué los pille dándose una ducha en el baño, los dos juntos, follando como perros. Cuando ella notó mi presencia trató de secarse, echar rápidamente al niñato y venir al comedor a darme explicaciones. Pero no había nada que explicar.

   Me llamo Pedro y lo he tenido que hacer. No había elección. ¿Quién se  había creído que era la hija de puta esta?. Hace un mes que vivo en una pensión del extrarradio porque me dijo que lo nuestro había acabado. Con dos cojones. Que se había cansado de mi, de mis extravagancias ( a escribir le llama extravagancia), que prestaba más atención al teclado que a ella, que lo nuestro había terminado. Llevábamos tres felices años casados hasta que la muy zorra va y me dice que se había terminado.  Esa no es forma de tratar a alguien que se lo ha dado todo: que traía el dinero a casa, a pesar de estar en paro desde hace 2 años, mis apaños hacía, mis chanchullos ayudando a un amigo a distribuir maría. Ella, sin embargo, no movía un dedo. En paro desde hacía 5 años, ni siquiera madrugaba para ir a comprar, tenía la casa manga por hombro y, por supuesto, no había buscado trabajo desde hacía siglos. Era yo el que sostenía su insostenible manera de vivir. Porque ella no se privaba de nada, faltaría más. Derrochaba y derrochaba cual políticucho de tres al cuarto. Y un día va y me dice que se  ha enamorado de un hombre que la trata mejor que yo.

   Ella se llamaba Beatriz, como en el cuento de Dante y ese día había puesto en la escalera todas las cosas más preciadas. Me  había llamado por teléfono y me había dicho que fuese a mi casa. Cuál sería mi sorpresa cuando veo un cajón con mis libros, los más queridos, y ropa, mucha ropa. Intenté entrar sin llamar y la muy desgraciada estaba follándose al hijo de puta en la ducha. No se porqué no los  maté allí mismo. Pero le permití salir del piso casi en pelota. Ella, llorando, me dijo que no volviera más, que todo lo mío estaba en el pasillo del descansillo del edificio. -Y una mierda, le repliqué. Esta casa es mía, la compré yo y la he pagado yo porque tu, desde hace 4 años no aportas nada, vives de prestado en mi casa.

  Le remarqué que la casa era mía y que no se le ocurriera cambiar la cerradura o la denunciaría. Como ya estaba dentro decidí quedarme, hacer presión para que la guarra decidiera abrir la puerta blindada y se largase por sus propios medios. Pero nada, ella se quedó allí, mirándome, chuleándome, burlándose de mi, incitándome a tener sexo con ella, me sacaba la lengua y hasta hacía gestos libidinosos con algunas frutas. Yo me metí en mi cuarto y me encerré allí. Pasé la noche sin dormir hasta la mañana fatídica de los hechos. Cuando levanté ella se paseaba desnuda, provocandome o mejor, hiriendo mi sensibilidad. Ella sabía de mis problemas de erección desde hacía un año. Un síndrome de no se qué me impedia ponerme duro aunque se me pusiera delante la mismísima Charlize Theron en tanga. La muy zorra me provocaba, iba por el pasillo como desfilando por una pasarela para  humillarme más y  más. Entonces no pude más. Hice lo que se merecía. Ella cogió su bandeja de desayuno y yo cogí el martillo más grande que había en la galería, encima de la lavadora, en la caja de herramientas. Sin mediar palabra clavé en su cráneo con todas las fuerzas que tenía, con un odio infernal que desconocía, una fuerza fuera de lugar. Le hinqué la parte que saca los clavos, la más afilada y aquelló pegó un reventón espectacular. Yo mismo me manché de sesos y sangre. El muñeco cayó boca abajo.


    No sentí nada en particular. Solo que un peso muy pesado se había ido para siempre. Me sentía ligero, sin remordimientos, ¡¡que cojones¡¡, era lo que se merecía. Arrastré el cadáver desnudo hasta la bañera y allí lo dejé. Limpié lo que pude porque el olor a sangre y sesos es muy desagradable, deja un ambiente agrio, como a cítricos podridos. Casi tanto más que la podredumbre de un cuerpo en descomposición.  Utilicé lejía y agua y el suelo lo sequé incontables veces, fregándolo sin descanso. Después me deshice en bolsas de basura del mocho y el cubo. Los trapos y demás productos que usé para dejar niquelado el pasillo también lo apelmacé en una gran bolsa de basura. 

Ahora me toca  deshacerme del cadáver pero estoy  reventado y me voy a acostar. Antes voy a cerrar la puerta del baño a cal y canto y a poner algo que impida que el olor llegue al resto de la casa. Me voy a dormir, creo que voy a dormir bien por primera vez en muchos años, he hecho lo que debía de haber hecho hace mucho tiempo.


Imagen: el santuario del rock.com

lunes, 19 de agosto de 2013

Exámenes en Toledo II

 
 Pero parecía no tener fin, ese conjunto informe de callejones y callejas sin salida. El agobio pronto se apoderó de nuestras ya perturbadas mentes. Nuestra Ariadna era invisible y el hilo lo deberíamos buscar con denuedo en las siguientes horas.  Por suerte para los dos la llovizna se transmutó en lluvia o chubasco veraniego y nos calamos hasta los huesos. Ahora si que parecíamos almas en pena en un  Toledo resbaladizo, empedrado y volátil. Tanteábamos algunas paredes al girar por Santa Úrsula, que no villagrán. La luz se había ido en todo el casco viejo. Solo la luna, cerrada por el momento por unos cumulonimbos espesos, podría guiarnos en esa maraña tupida. Yo sugerí girar a la izquierda, por un pasadizo cubierto de chapas y andamios por alguna de las recurrentes obras de restauración. 

  Por uno de esos azares que ofrece Toledo aparecimos en la Plaza del Ayuntamiento tras casi caernos por unos peldaños que nos dejaron en el lugar más esplendoroso de la urbe. A nuestra vista se encontraba la majestuosa fachada principal de la Catedral Primada. Solo veímos sombras en lo que eran arquivoltas y, con la luz ya despejada de la luna, pudimos observar el enorme campanario coronado con una flecha metálica reluciente que un flamenco levantó en el XV. Nuestro deseo de salir de aquel laberinto primó más que la necesidad de contemplar la maravilla gótica que teníamos delante. Solo la triste y desangelada puerta del infierno pareció llamarnos la atención y, solo de pensarlo, pusimos pies en polvorosa por la rampa que asciende hacia arco de palacio en donde, tras un requiebro, vislumbramos la salida por Hombre de Palo, todavía lejana, casi a tientas avanzábamos en línea recta, lo cual nos tranquilizó. Yo observé a Juan que esta sería la mejor decisión: la recta siempre nos sacaría hacia afuera. De repente la luz urbana regresó mientras la lluvia había escampado dejando un fulgor en el empedrado maravilloso. Algunos comercios comenzábamos a ver con sus escaparates. A su calle habíamos arribado. La amplitud de la calle y su animación lumínica relajó nuestra ansiedad enormemente. Casi sin voluntad seguimos andando como yo había pensado anteriormente: el tramo recto es la mejor manera de salir de un laberinto. Y así llegamos de repente a la gran Zocodóver donde algunos incautos todavía permanecían resguardados en sus soportales mientras tomaban algún refrigerio. Sugerí a Juan tomar algo antes de buscar la salida lumínica que era evidente por la cuesta de armas. Se negó, estaba obcecado y aturdido, el miedo había hecho mella después de nuestra primera y única experiencia juntos por las calles de un Toledo aterrorizador. 

   Descendimos convencidos de regresar pronto a la  pensión. Pronto descubrimos la Puerta del Sol y el camino de llegada al casco antiguo. Pensamos en bajar a ver a Don Carlos el Primero de España y Quinto de Alemania antes de regresar por una avenida más concurrida que las lúgubres calles de la Antequeruela. Así lo hicimos, rendimos pleitesía al más grande monarca de nuestra cruel historia y, sin demora, llegamos a la rotonda que enfilaba el puente de la avenida que llegaba, tras cruzar el Tajo, a la bella estación de ferrocarril neomudéjar. Lo habíamos conseguido. Estábamos vivos, había que celebrarlo pero nuestros ingresos no daban para nada. Además no había ni un triste garito abierto en aquella alejada zona. Entramos en la pensión del infierno, último piso. Eran las 4 de la mañana, el tren salía a las 10. ¿Quién podría dormir después de esta aventura?. Yo desde luego no: los tremendos dolores que la muela del juicio superior me estaban provocando se agravaba por el asfixiante calor. La mañana despuntó por la ventana apenas tapada por una triste persiana verde desenrollada. No podía más, quería coger el tren, necesitábamos llegar a Madrid para enlazar con Murcia.  La bella estación toledana iba quedando atrás. Nuestras ilusiones también. La  primera impresión de mi vida de Toledo quedó para siempre grabada en mi memoria y de que manera. Madrid, con su Museo del Prado esperaba,  legañosos, nuestra indigna visita.

viernes, 16 de agosto de 2013

Exámenes en Toledo

   Aquella mañana habíamos llegado demasiado pronto a la estación de Atocha. El talgo para Murcia salía a las dos de la tarde y eran las once de la  mañana. Nuestra peripecia en Toledo había sido en general bastante desagradable, no por el fracaso conjunto en los exámenes, ya previsto, sino por el asfixiante calor de la pensión que nos mantuvo en vela los dos días que experimentamos esas noches infernales. Toledo en Julio es una especie de lugar romántico convertido en el infierno de Dante. No obstante tuvimos la enorme sorpresa de una lluvia fina, casi inapreciable, que nos animó a cruzar el puente sobre el Tajo la tarde después de las primeras pruebas. Habíamos cenado de manera lamentable en uno de esos bares típicos que bien recordaban a un  cuéntame avinagrado. El estómago, fruto del nerviosismo atenazante que nos había invadido desde que estuvimos cerca de llegar tarde a la universidad laboral por un atasco, no daba más de si. El ardor y las flatulencias eran cada vez más acuciantes. Pero ya no teníamos que volver a leer hasta cinco días después. Evidentemente nuestro plan era regresar a casa al día siguiente y volver nuevamente aunque sin muchas esperanzas de consguir la ansiada plaza que nos despejara definitivamente el incierto futuro que se ceñía sobre nuestras vidas. 

    Cruzamos por el puente menos romántico, un puente de metal sin mucha gracia, sin historia, por el que pasa la carretera principal de entrada a la ciudad desde Madrid. El camino era arduo puesto que empezaba a anochecer y la pensión se iba alejando de nuestra vista de manera kilométrica. La primera idea que nos vino a la cabeza fue la de regresar: estábamos hechos cenizas. Una noche sin conciliar a penas el sueño, una mañana ajetreada de exámenes y una tarde bochornosa que alcanzó la cuarentena de centígrados había minado nuestro físico y nuestra psique. Pero la visión de Toledo y las tímidas gotitas de lo que fuera refrescó el ambiente y nuestro ánimo. Llegamos a la glorieta que da acceso al casco histórico de la imperial ciudad. No teníamos nada mejor que hacer, no teníamos nada que perder. Bordeamos la ciudad por la antequeruela después de haber callejeado por un barrio sin vida, mortecino, casi a oscuras. Por Azacanes llegamos a la cuesta de Carretas, a la altura de la majestuosa visión de la Puerta del Sol, con su bello arco mozárabe. Nunca habíamos visitado Toledo, jamás el casco antiguo. Solo conocíamos los fríos e insulsos barrios del extrarradio, ardientes del calor de mediados de Julio. Ni siquiera contábamos con un triste plano. Por esas circunstancias y otras que no vienen al caso no ascendimos la cuesta ya que habíamos hecho una subida muy sufrida y pensamos que esa rampa no llevaba a ningún lado. Así, casi sin darnos cuenta, evitamos Zocodóver, el corazón de la ciudad nueva y bajamos hasta la inmortal puerta de Bisagra, con la efigie del emperador Carlos esperándonos impertérrito. 
   Fue en ese momento cuando Juan pensó en acceder al corazón de Toledo, al centro neurálgico: a  la Catedral. Yo asentí y propuse bordear las murallas que ya percibíamos a luz de gas. Echamos a andar después de un breve descanso en Merchán y ascendimos levemente por Recaredo. Pronto percibimos que no era ese el mejor camino para lograr nuestro objetivo pero como quiera que ya habíamos andado mucho pensamos en continuar hasta donde la fortificación ofreciera una puerta para penetrar en ese Toledo mágico y sublime. Antes de llegar a la puerta de los Cambrones tuvimos un breve y animado encuentro con unas cortesanas que por aquella época todavía eran paisanas. Ellas nos guiaron correctamente sin pedir nada a cambio. Tampoco hubiéramos podido satisfacer nuestros ocultos deseos porque no teníamos ni para un triste refresco. 

   Nuestro objetivo era encontrar rápidamente el corazón de la legendaria urbe, almenada y fortificada, para regresar cuanto antes a nuestra horrorosa morada. Nuestro pensamiento estaba ya en casa, en ese regreso menos que triunfal a la estación del Carmen para después soñar con un golpe extraordinario de suerte que solucionara nuestros quebraderos  de cabeza. Era tarde. Todo aquel recorrido demoledor y oscuro, taciturno, había minado nuestras ganas de ver la inmortal en todo su esplendor, en rememorar unas calles solitarias y mojadas, casi siniestras. Pero sacamos fuerzas de flaqueza al atravesar Cambrón y ascender casi a tientas hasta San Juan de los Reyes que se nos mostró majestuosa presidida por la blanca efigie de la Católica Isabel. Proseguimos arduamente nuestra frugal y ciega visita a Toledo por la interminable Reyes Católicos hasta ascender por unas pequeñas escaleras que avecinaban hacia unos callejones lúgubres: los del Taller del Moro. Casi sin saberlo atravesábamos lugares históricos que habíamos estudiado arduamente en los libros y que dejábamos atrás sin ninguna preocupación. Tan solo queríamos salir de un callejero que, cada vez más, asemejaba para nosotros el laberinto de aquel ser mitad toro y necesitábamos una ariadna silente que nos lanzara un hilo de gratitud con el que regresar hasta aquella antequeruela humana y cercana.

viernes, 9 de agosto de 2013

Para Dante o Fernando

Cigoto unido por gametos, ahora eres mórula o amalgama de células
ávidas de nutrición gestataria, en pocos instantes serás
conjunto de células informe y sin sentido,
llegaste como el rayo inesperado, en una noche de tormenta estival,
retuerces ahora como una granada los aceros de la verja de nuestra vida
planteas una ilusión desconocida, mágica de algo que, ya existiendo,
todavía no se puede comunicar. 

Eres el desconocido que llamará a nuestra puerta algún día
llevándonos la buenanueva de tu esperanza vital, de tu armonía
con la creación, das carta de naturaleza desde ahora que no te vemos 
ni escuchamos. Pequeño Dante, futuro Fénix de los ingenios,
próximo buscón que comienzas ya tus travesuras
apareciendo reluciente en nuestras despreocupadas vidas
ayudando a trasmutar un bello cuerpo, en la belleza suprema del ser.

Sin nombre seguro, solo con seudónimo pero sí con identidad forjada
en múltiples batallas libradas en los microscópicos genes entremezclados,
serán tus luchas acuáticas sutiles frente a las dificultades mundanas,
que te esperan próximas y que seguirán siendo hostiles cuando llegues
porque Dante, el mundo en el que has aparecido está lleno de sinsabores 
que tu sabrás endulzar cuando salgas de la amiosis al aire y vueles
como un pequeño pajarillo amamantado de dichas y parabienes.

Fernando, que también así te llamarás, bendice con tu progreso la inquietud
de nuestras vidas. Flota, navega por ese mundo de oscuridad al que nosotros 
nos asomaremos algún día, para verte palpitar. Ahora solo eres un pequeño
renacuajo sin extremidades ni ojos. Mañana serás un feto bello y dulce, que
aumentarás de volumen para dar el salto mortal que supone el  momento
de tu vida más traumático aunque nunca jamás lo vayas a recordar.

Estaremos pendientes de tu vida, de tu evolución, de tu alma ya transmutada en 
las nuestras, imbrincada por una cuerda umbilical de emociones que por siempre
serán nuestras y, sobre todo, tuyas. Te esperamos en la luz Fernando, Dante, Dante, 
Fernando o como tu te llames, bello garbanzo de vida, luz en la oscuridad intrauterina.


jueves, 8 de agosto de 2013

El reloj de arena

  
   Una mañana de agosto Antigua barría el suelo sin adoquinar de una pequeña habitación. Encima de la repisa de la chimenea, todavía humeante, los rescoldos saltarines mirando en rededor, se encontraba un enigmático reloj de arena. Era un reloj extraño, por cuyo cristal se deslizaban de tanto en tanto arenillas de colores del tiempo pasado, imperceptibles al oído, pero implacables en cualquier caso.  La anciana que habitaba la sala había cumplido ya cien años y recordaba desde muy niña al reloj de arena parda que solo cobraba vida si otra vida lo giraba caprichosamente. Jamás, desde que su marido murió, hacía ya más de cinco décadas, había abandonado aquel lugar. Nadie le impedía salir, nadie le prohibía percibir, de vez en cuando, la leve brisa del amanecer o los calurosos vientos del estio. Selló con la vida un feroz pacto de silencio, un alejamiento consciente de la realidad común. No tenía hijos aunque, muy joven, dió a luz un feto de cuatro meses al que bautizó como Hemógenes por ser ese el día del santo. Decidió enterrarlo en el centro de esa diminuta sala de la chimenea y el reloj. Allí, treinta años más tarde, había sepultado en silencio a su esposo, agricultor, que con sus rudas  manos pasaba las tardes girando y dando vida al reloj.

   Una tarde de Agosto, en plena canícula estival, ambos mataban el tiempo jugando al cinquillo y al parchís, cuando el reloj de arena, no se sabe muy bien por que circunstancia, abandonó su lugar en la repisa y cayó precipitadamente al suelo de tierra del pequeño hogar. Ambos quedaron un tanto desconcertados puesto que ningún temblor de tierra, ningún soplido de viento que se hubiese colado por las rendijas del portón de madera llena de grietas había podido precipitar su caída y posterior estallido en el suelo. Esa tarde hacía exactamente un mes. Era el mismo día de la semana y el mismo día del mes, que Antigua había abortado precipitadamente a su todavía prehumano Hermógenes. Antigua pensó en la presencia del infante y que era un aviso de que estaba junto a ellos. El marido, Juan, que era anticlerical y no creía en cuentos del otro mundo, quitó importancia al asunto. A pesar de todo, Antigua obligó a Juan a restaurar el reloj de arena. Sin pensárselo dos veces el marido barrió toda la arena que el reloj contenía y parte de la que quedaba en el suelo, muy cerca del lugar de donde habían sepultado el pequeño cuerpecito de Hermógenes. Años después Antigua, sola y abandonada, en ese retiro voluntario, como si de un arresto domiciliario se tratase, pensaba que dándole vueltas al reloj, periódicamente, mantenía consigo el alma de su pequeño. 

   Una tarde de Agosto, muchos años depués, Antigua murió de lo mayor que era. Desde hacía unos meses notaba que su esposo y su hijo non nato la llamaban desde el centro de la habitación. El reloj de arena parecía, ahora, perceptible para sus sordos oídos. Se sentaba en una avejentada silla de mimbre en el centro de la habitación, debajo de sus restos, delante de los caprichosos rescoldos de la chimenea y pasaba las horas viendo como giraba el reloj, volteándolo cada cinco inteminables minutos. Ella creía que en el reloj estaban las almas de sus dos seres queridos y que cuando cobraba vida y la arena parda comenzaba a moverse y descender estaba mucho más cerca de alcanzar su deseo, su único y desesperado deseo: morir pronto para estar con ellos en el reloj de arena.