Aquella mañana de primavera había sido muy nubosa desde las primeras horas del día. Nada más despuntar el alba percibió desde la autovía que iba a ser un día lluvioso. Pero eso a él poco le importaba. P.D. estaba material y moralmente arruinado. Su vida había dado un vuelco completo en su mente y pensaba con razones fundadas que ese proyecto tan acariciado y deseado estaba pronto a su consecución y, sin embargo, había comprobado de manera fehaciente que nada de eso era ya posible. Todos sus pequeños sueños, ingénuos quizás, eran papel mojado. Tan mojado como las pruebas, los documentos que ante toda la sociedad habían dejado constancia de un proyecto que se acababa de desmoronar.
No tuvo el valor ni la hombría suficientes para asumirlo. Sin pensárselo dos veces y, a la vista de aquella construcción metálica, la más grande de su país, giró el automóvil por una carretera secundaria. Buscando el rojo metálico que distinguía aquel ingenio de las comunicaciones torció a la derecha y llegó al camino que ascendía hacia él. Era una rampa con poca inclinación y el camino estaba empedrado como del siglo XVI pero conforme se acercaba a su objetivo el camino se hacía cada vez más intransitable. Estratagemas del amigo americano que levantó la torre, pensó él. Comenzó a llover una fina capa de agua que parecía el rocío de la noche pulverizado por el aire. Pronto se dió cuenta de su desesperación y todo su fracaso volvió a su imaginación. Detuvo el vehículo cuando un gran portón metálico prohibía expresamente el paso a todo personal no militar. No había nadie en la garita pero decidió dar la vuelta descendiendo hasta un solar que había a la derecha de la carretera que llevaba al pueblo del Monte Sinaí.
Allí se derrumbó definitivamente. Las lágrimas acudieron a sus ojos, sus sentimientos afloraron en un mar de frustración y decepción. La meteorología facilitaba las cosas: bajó del coche y, llorando, golpeó a patadas la fina hierba y las gruesas matas resecas del lugar mientras el agua comenzaba a calar en su pelo, más largo de lo habitual por aquellas fechas. Pronto estaría mojado por completo si no regresaba pero nada le importaba ya. Era Abril y las aguas calaban su cuerpo anunciando una despreocupación total y absoluta por seguir viviendo. ¿Tenía sentido?. Para P.D. la asunción del fracaso absoluto, de ese monte acantilado imaginario que había construído en su imaginación y nada más que en su imaginación a pesar de que durante meses creyó firmemente que no estaba solo en el proyecto, no dejaban lugar a la esperanza. El agua se mezclaba con sus lágrimas desconsoladas. Un coche pasó al lado del solar y lo miró, pero para P.D. es como si el coche no estuviera ahí o como si fuera un autómata el que lo conducía, como esos autómatas de los relojes del siglo XVII.
Ahora ya nada le importaba: ni su familia, ni sus amigos, ni el proyecto que se había derrumbado. Solo pensaba en la forma más adecuada de poner fin a su existencia. Y, obviamente, pensó en la localidad en la que residía, una ciudad mediana surcada por un río caudaloso pero que permitía, al atravesar uno de sus dos puentes, lanzarse al vacío y terminar sin dolor con todo el sufrimiento. Quedó convencido de ello tras descargar toda la adrenalina. Como testigos de su decisión estaba la torre yankee otrora, el solar reseco y la lluvia que empezaba a escampar. La suerte estaba echada, su plan se llevaría a cabo en pocos días, desaparecer sin dejar rastro, era un suicidio aparente, sin cuerpo. El río se encargaría de ello o eso pensaba él en ese momento de crecidas. Subió al coche todavía con las lágrimas derramándose. Apretó los dientes y encendió el motor. Puso la radio. Sonaba un tema brutal de Nirvana. Eso le dió fuerzas para ponerse en marcha y llegar a su hogar. Ahora solo faltaba poner en marcha el diabólico plan que lo condenaría al infierno para la eternidad, por un proyecto que él creyó sólido, consolidado, pero que jamás podría realizarse.
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