miércoles, 21 de agosto de 2013

Memoria de mis lecturas

   Me gusta leer, pero reconozco que, en mi casa, me cuesta avanzar en las lecturas. Igual me pasaba con los estudios. Tuve que tener una fuerza de voluntad extraordinaria para poder acabar mis estudios superiores, fui perezoso, iba poco a la facultad y leía por obligación. Nada o casi nada de novela, solo los libros exigidos por los catedráticos. Después, al acabar la  universidad, descubrí con asombro que no había leído prácticamente nada, a excepción del Quijote, entero, otra vez por obligación. Aunque hay que decir en honor a la verdad que tampoco sabía mucho de Historia, solo algo de contemporánea y muy poco de historia del arte. Había hecho un viaje a Salamanca en segundo curso, uno de esos viajes que se organizan entre compinches para un fin de semana. Y salió bien: bebimos lo habido y por haber. A pesar de que estaba con mis habituales dosis de antibióticos, por la garganta. Pues en la señorial y monumental ciudad helmántica no vi nada. Tampoco me interesó en exceso. La catedral la atravesé como se pasa uno por una calle comercial, mirando a derecha e izquierda sin pararme en nada. Pues así con todo.  

   La preparación de la oposición me descubrió un mundo nuevo. Tenía que leer mucho más porque si no sería un completo mastuerzo en arte, en geografía y en historia. Poco a poco empecé a ver láminas con esculturas, arquitecturas y pinturas que desconocía. Y empecé a valorar todo eso quizás porque me di cuenta del enorme esfuerzo que para mi suponía tener que aprender tantos detalles, tanta información, algo que jamás había hecho, ni siquiera en los exámenes más duros de la facultad. Por eso mi nota media en la carrera de Historia fue mediocre, un bien, nada de notables y sobresalientes,a excepción de un puñado de nueves y dieces, uno de ellos en clamoroso chanchullo, copiando literalmente, a manual abierto. Pero no tenía mucha importancia. Sabía que no era correcto, pero no sentí remordimientos por tratarse de una asignatura de las llamadas "marías". El caso es que cuando acudí a la academia EPO tuve a mi abasto un mundo nuevo. Fue como hacer tres carreras en una, en períodos cortos, de 5 o 6 meses, hasta los temidos exámenes de Julio. Ahí descubrí mi verdadera vocación y empecé a leer compulsivamente, especialmente los veranos, en la playa, en plazas y plazuelas, en bares y cafeterías, en el autobús, cuando iba de  la capital  al pueblo o del pueblo a la capital. Necesitaba leer pero no cualquier cosa: quería leer los clásicos, especialmente los del XIX, el siglo de la novela: los Flauvert, Dostoyevski, Hugo, Pérez Galdós...porque, ¿de qué vale leer novela actual, best-sellers, si no tienes en tu haber esas grandes novelas: crimen y castigo, la educación sentimental. 

  Fue por esa época cuando empecé a acumular libros que no podía leer en breve. Siempre esperaba a otra época para meterles mano. Pero siempre me costaba leer en casa. Necesitaba ( y necesito) espacios en los que no tenga nada que hacer porque no esté en mi casa haciendo algo: esperando para entrar al médico, lugar de visita frecuente por mis habituales achaques o, a veces, incluso, en las bibliotecas, que es el peor lugar para leer si vives en un pueblo. Poco dura tu paz y sosiego porque entra algún conocido y te habla: vamos al bar y adiós lecturas. Esos rincones tenían que ser públicos. Me vi leyendo la excepcional novela de Pío Baroja El árbol de la ciencia en la Placeta de San Juan de Dios. Ese verano devoré a Don Pío, su trilogía la lucha por la vida, la busca en ese lugar, por las tardes, después de que el radiante sol desapareciera volvía y retornaba a esa ruidosa plaza cercana a Campoamor, llena de niños y niñeras, de madres y abuelas, me sentaba en un banco libre y leía y leía, también de vez en cuando ojeaba al personal ( femenino, se entiende) pero no era esa mi motivación. Mi interés es que en esos lugares podía leer a ojo suelto....sin ataduras. En mi casa siempre había algo que me distraía y me lo impedía. Creo que si algún día tengo cáncer de piel la culpa será de las lecturas, porque la playa, en verano, era simplemente una excusa para leer. En las breves pausas en que mi cerviz se enderezaba, entre bikini y bikini, bebía limonada u otro refresco. Iba solo al Postiguet y al Pinet, playa virgen con pequeñas casitas otrora de pescadores, ahora ilegales legalizadas con el paso de las décadas por desidia administrativa. Iba a leer, solo, al lugar donde menos gente hubiese, en el centro de la playa, entre restaurantes.

     Y así, cuando acabé las oposiciones y conseguí mi primer trabajo en Benlliure, en Valencia, podía pasear por las tardes por la ribera vieja del Turia y sentarme en una sombra a leer. O en Marqués del Turia, o en la Plaza en donde se asienta ese neptuno agigantado, cercana a una de mis librerías favoritas, la París-Valencia, de donde siempre salía cargado con libros en busca del lugar donde había dejado el coche. En definitiva leía y compraba, compraba y leía y sigo y seguiré leyendo hasta que la vista me alcance. Lo más importante en la vida, a parte de leer y sumergirse en nuevos mundos a través de los grandes de la literatura, es la voluntad de conocer y de querer seguir conociendo y leyendo. Según mi teoría, una persona que deja de estar interesada en aprender nuevas cosas, en leer nuevas historias o repetidas ( sana costumbre), está perdiendo su vida. Vamos, que está muriendo poco a poco por dentro. Puede ser por mi deformación profesional de profesor, deseoso siempre de aprender y poder transmitir a mis alumnos algo de lo que ya he aprendido yo.  


    Es así como concibo la vida ahora, y como me doy cuenta de que nadie tiene su vida marcada de antemano, la puede cambiar, la puede mejorar (o empeorar) con sus lecturas o, sencillamente, como hacen la mayoría de los españoles, no leyendo o mintiendo en lo que  leen, quizás en un afán de esnobismo trasnochado. No hay que despreciar a nadie por su trayectoria, esta siempre puede ser modificada. Aun recuerdo a mi profesora de Inglés de Séptimo curso de EGB cuando me espetó que nunca llegaría a nada, por vago y por mi letra, que era horrorosa. Tenía razón en las dos cosas, no así en la primera parte de su aseveración. Ahora soy profesor y escribo en la pizarra bastante claro, quizás mejor que ella.

    Y si soy lo que soy es por un esfuerzo brutal, por un sacar fuerzas de donde no las había ni nunca las había habido. Pero salieron, por arte de magia o por narices, por cabezonería y por un placer nunca confesado por el saber que aprendí a apreciar. Por mi parte continuaré siempre buscando esos lugares, seguiré quemándome en la playa, buscando bancos, citas con el médico,tiempos perdidos en apariencia para acabar de leer todo lo que nunca podré leer en lo que me quede de vida. Esos lugares mágicos y tan al alcance de todos, todo por pereza, por esa pereza que da el propio hogar.

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