viernes, 16 de agosto de 2013

Exámenes en Toledo

   Aquella mañana habíamos llegado demasiado pronto a la estación de Atocha. El talgo para Murcia salía a las dos de la tarde y eran las once de la  mañana. Nuestra peripecia en Toledo había sido en general bastante desagradable, no por el fracaso conjunto en los exámenes, ya previsto, sino por el asfixiante calor de la pensión que nos mantuvo en vela los dos días que experimentamos esas noches infernales. Toledo en Julio es una especie de lugar romántico convertido en el infierno de Dante. No obstante tuvimos la enorme sorpresa de una lluvia fina, casi inapreciable, que nos animó a cruzar el puente sobre el Tajo la tarde después de las primeras pruebas. Habíamos cenado de manera lamentable en uno de esos bares típicos que bien recordaban a un  cuéntame avinagrado. El estómago, fruto del nerviosismo atenazante que nos había invadido desde que estuvimos cerca de llegar tarde a la universidad laboral por un atasco, no daba más de si. El ardor y las flatulencias eran cada vez más acuciantes. Pero ya no teníamos que volver a leer hasta cinco días después. Evidentemente nuestro plan era regresar a casa al día siguiente y volver nuevamente aunque sin muchas esperanzas de consguir la ansiada plaza que nos despejara definitivamente el incierto futuro que se ceñía sobre nuestras vidas. 

    Cruzamos por el puente menos romántico, un puente de metal sin mucha gracia, sin historia, por el que pasa la carretera principal de entrada a la ciudad desde Madrid. El camino era arduo puesto que empezaba a anochecer y la pensión se iba alejando de nuestra vista de manera kilométrica. La primera idea que nos vino a la cabeza fue la de regresar: estábamos hechos cenizas. Una noche sin conciliar a penas el sueño, una mañana ajetreada de exámenes y una tarde bochornosa que alcanzó la cuarentena de centígrados había minado nuestro físico y nuestra psique. Pero la visión de Toledo y las tímidas gotitas de lo que fuera refrescó el ambiente y nuestro ánimo. Llegamos a la glorieta que da acceso al casco histórico de la imperial ciudad. No teníamos nada mejor que hacer, no teníamos nada que perder. Bordeamos la ciudad por la antequeruela después de haber callejeado por un barrio sin vida, mortecino, casi a oscuras. Por Azacanes llegamos a la cuesta de Carretas, a la altura de la majestuosa visión de la Puerta del Sol, con su bello arco mozárabe. Nunca habíamos visitado Toledo, jamás el casco antiguo. Solo conocíamos los fríos e insulsos barrios del extrarradio, ardientes del calor de mediados de Julio. Ni siquiera contábamos con un triste plano. Por esas circunstancias y otras que no vienen al caso no ascendimos la cuesta ya que habíamos hecho una subida muy sufrida y pensamos que esa rampa no llevaba a ningún lado. Así, casi sin darnos cuenta, evitamos Zocodóver, el corazón de la ciudad nueva y bajamos hasta la inmortal puerta de Bisagra, con la efigie del emperador Carlos esperándonos impertérrito. 
   Fue en ese momento cuando Juan pensó en acceder al corazón de Toledo, al centro neurálgico: a  la Catedral. Yo asentí y propuse bordear las murallas que ya percibíamos a luz de gas. Echamos a andar después de un breve descanso en Merchán y ascendimos levemente por Recaredo. Pronto percibimos que no era ese el mejor camino para lograr nuestro objetivo pero como quiera que ya habíamos andado mucho pensamos en continuar hasta donde la fortificación ofreciera una puerta para penetrar en ese Toledo mágico y sublime. Antes de llegar a la puerta de los Cambrones tuvimos un breve y animado encuentro con unas cortesanas que por aquella época todavía eran paisanas. Ellas nos guiaron correctamente sin pedir nada a cambio. Tampoco hubiéramos podido satisfacer nuestros ocultos deseos porque no teníamos ni para un triste refresco. 

   Nuestro objetivo era encontrar rápidamente el corazón de la legendaria urbe, almenada y fortificada, para regresar cuanto antes a nuestra horrorosa morada. Nuestro pensamiento estaba ya en casa, en ese regreso menos que triunfal a la estación del Carmen para después soñar con un golpe extraordinario de suerte que solucionara nuestros quebraderos  de cabeza. Era tarde. Todo aquel recorrido demoledor y oscuro, taciturno, había minado nuestras ganas de ver la inmortal en todo su esplendor, en rememorar unas calles solitarias y mojadas, casi siniestras. Pero sacamos fuerzas de flaqueza al atravesar Cambrón y ascender casi a tientas hasta San Juan de los Reyes que se nos mostró majestuosa presidida por la blanca efigie de la Católica Isabel. Proseguimos arduamente nuestra frugal y ciega visita a Toledo por la interminable Reyes Católicos hasta ascender por unas pequeñas escaleras que avecinaban hacia unos callejones lúgubres: los del Taller del Moro. Casi sin saberlo atravesábamos lugares históricos que habíamos estudiado arduamente en los libros y que dejábamos atrás sin ninguna preocupación. Tan solo queríamos salir de un callejero que, cada vez más, asemejaba para nosotros el laberinto de aquel ser mitad toro y necesitábamos una ariadna silente que nos lanzara un hilo de gratitud con el que regresar hasta aquella antequeruela humana y cercana.

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