viernes, 28 de febrero de 2014

Una nota en el bolsillo

   Algunas veces lavamos la ropa y nos dejamos algún papelito en un bolsillo que sale casi pulverizado, doblado, las letras apenas perceptibles. Es como una nota rota en mil pedazos pero pegados formando una amalgama que, con el secado de la ropa, aparece dura y amorfa. Eso me sucedió aquel verano de 1998 y las consecuencias pudieron haber sido más dramáticas de lo que de por sí fueron. Lo cierto es que no eché en falta durante unos días un pequeño papel en el que había anotado el argumento de un relato, solo un apunte, un esbozo sutil en el que aparecía la palabra repulsión. Lo supe porque cuando encontré la nota deformada y rota en el bolsillo, al intentar abrirla cuidadosamente por un lado observé dos sílabas, "re" y "ón". Era lo único que quedaba de la misiva que yo mismo había apuntado justo antes de volver a la cama después de haber tenido una pesadilla. En aquella época actuaba así: cualquier cosa que soñaba o, mejor dicho, que aparecía en el sueño como una desagradable pesadilla, la apuntaba en lo primero que tenía a mano.

    La nota acabó en la papelera de acero que está justo debajo de mi escritorio y no volví a dar importancia al asunto. Recordé la palabra "repulsión" y continué escribiendo una breve reseña sobre una película de Polanski, ahora no recuerdo cual. Fue en ese mismo instante cuando descubrí que, en mi pesadilla, había imaginado haber visto la película que todavía no había visto, a saber, Repulsión, una de las obras cumbres del genio polaco.  La nota estaba entonces escrita antes de que yo viese la película, de que ni siquiera supiese de su existencia pues cayó en mis manos días después cuando fui al videoclub y la alquilé. He de decir que la reseña de la película era bastante positiva y que, ahora que lo pienso, era esa la película que soñé haber escrito en la nota.

    Pero semanas más tarde, desperté en la noche tras una nueva pesadilla en la que aparecía una persona escribiendo en pequeñas notas la palabra repulsión, pegándolas cuidadosa y repetitivamente en una pared que se cubría de color amarillo por la acumulación de notitas. Sobresaltado fui raudo a mi despacho buscando en la papelera y descubrí asombrado que la amalgama de papel no estaba allí ya. Nervioso, traté de volver a dormir y al no conseguirlo puse una lavadora. Al día siguiente la ropa quedó completamente seca en el balcón que da a Treinta de Marzo. Serían las dos y pensaba bajar a la tienda de ultramarinos a por algo rápido, quizás unos callos. Cogí el primer pantalón que se había secado y me lo puse, traté de asearme y bajé a la calle. En la tienda pagué con mi tarjeta de crédito y la cajera me entregó un papelito que introduje casi por instinto en el bolsillo posterior izquierdo del vaquero. Entonces toqué algo áspero, como desmenuzado. Efectivamente: era una nota. Alarmado, salí rápidamente acera abajo, giré la esquina y subí al apartamento. En la mesa de aglomerado, ya despejada, deposité el contenido del bolsillo pero lo único que pude encontrar fue "pul" y "si".

   No pude comer, estaba totalmente paranoico, un desagradable dolor de estómago acudió a mi encuentro. ¿Qué estaba pasando?. ¿Estaba despierto de verdad o me hallaba dentro de una pesadilla en la que, de una manera circular, aparecía la palabra repulsión y después, de manera fragmentaria, como la memoria, aparecían letras sin sentido que formaban esa palabra?. Pero no podía ser así, yo estaba despierto. La crítica a la película estaba redactada en mi ordenador portátil. ¿Acaso era sonámbulo y había escrito sin darme cuenta?. Bajé al videoclub y pregunté por Polanski. Mi sorpresa aumentó cuando el dependiente dijo que nunca habían tenido ninguna película anterior a 1995, ya que la gente no tenía ningún interés por los clásicos pero que en el centro de la ciudad tenían una sucursal en la que sí podía conseguirla, estaba seguro. Salí a la calle un tanto desorientado y caminé bajo el ardiente sol veraniego. Sin darme cuenta llegué a Topete y bajé a la playa. Sudando, casi al borde de la deshidratación, absorbí un limón granizado sin degustarlo. Después quedé un rato un tanto confuso, en un banco enfrente de una escultura de bronce de una mujer. Viendo su belleza casi caí en un ensueño del que me desperté en el hospital, unas horas después, a consecuencia de una grave insolación.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Liberación III



   En el despacho recubierto de madera de la sede central de aquel banco, otrora caja de ahorros,  lucía una conocida pintura que había sido vendida a precio de saldo. Posiblemente en el mercado hubiese ascendido a varios millones pero ahora, sola y estática, contemplaba el cuerpo del director general tirado en el suelo, retorciéndose de dolor, perdiendo lentamente su vida. Las vísceras habían emergido del abdomen y el dolor y la pérdida de sangre le habían llevado a una lividez estática, mortecina. Se estaba muriendo solo, con un enorme dolor desde que el estoque le había atravesado el hígado y, al sacar el filo, desgarrado la panza. Sólo pudo, tras inclinarse como si de un resorte se tratase, en un acto reflejo, agarrar sus propios intestinos mientras se derrumbaba en la reluciente moqueta. Ahora se contorsionaba en la alfombra, a un lado de la inmensa mesa de madera de haya lacada, con un hilo de voz cada vez más apagado que suplicaba ayuda. Pero ya no había nadie en aquel lugar, solamente en la planta baja un guardia de seguridad que comenzaba el turno de noche en aquel preciso momento, el momento en el que, en la planta superior, su jefe exhalaba, paso a paso, los últimos alientos de vida. Pero quizás no estaba solo, acaso no iba a morir allí tirado como un perro en soledad. Su asesino estaba sentado delante, presenciando su fin.

    Quiso quedarse allí, quieto e impasible, mientras lo veía apagarse. Nunca había sentido nada parecido a una sed de venganza que le impulsara a disfrutar, de manera sádica, del dolor ajeno. Motivos quizás hubiese tenido para ello porque siempre había albergado un sentido primario de indefensión, de auto vergüenza inducida por el desprecio de los demás. Quizás todo ello le podía haber conducido al odio sin camino de regreso,  a una espiral que le hubiera llevado con seguridad a una muerte prematura. Pero no fue así y su vida no dejó de ser aquel camino de sufrimiento y depresión. Aunque ahora pensaba que se estaba haciendo justicia no sentía el bienestar que produce la convicción de un servicio honrado a la colectividad, a todo un país. Estaba entregando el cuerpo de un criminal que nunca se había manchado las manos de sangre. Un ser inhumano que no había mostrado ningún atisbo de arrepentimiento,  que había asesinado a su querido tío, a esa persona frágil y sensible que había sido quizás su mayor apoyo durante su infancia y madurez. Su querido y amado tío, muerto de pena por culpa de ese abyecto criminal.

   Pero ahora lo poseía, veía como suplicaba entre sollozos en un tono de voz minúsculo, como llegando a los últimos estertores. Sentado en su butaca reclinable de cuero negro no hizo ningún movimiento cuando tosió y tras un interminable y trémulo movimiento quedó inmóvil, paralizado, inerte, con los ojos abiertos, mirándole directamente. Su misión había sido cumplida. No quiso esperar mucho más, pues tampoco era hombre que se recrease en la visión de macabras visiones, más teniendo en cuenta el mal olor que ya inundaba aquel reducido recinto. Intentando ser lo más rápido de lo que su anatomía le permitía buscó la salida que no era otra que la misma entrada por la que se había colado 24 horas antes aproximadamente, cuando el trajín del final de la jornada laboral, la salida de los empleados y el cambio de turno en la vigilancia le había permitido escabullirse con su alargada mochila por una de las puertas traseras, esas que daban a un pequeño almacén en el que el personal de limpieza depositaba sus enseres. Recorriendo un vetusto y encerado pasillo de mármol descendió tranquilamente por la escalera principal, tranquilo, sin temor a nada ni a nadie, sabedor de que la noble escalinata conducía a una estancia por la que nadie transitaba en aquellas horas.

   El guardia de seguridad, al fondo, sentado en una incómoda silla  a un lado del  enorme portón de la entrada al edificio del siglo XIX, ni siquiera se percató de la figura que se escabullía hacia el interior de la planta baja, buscando en el laberíntico recinto la pequeña puerta que conducía al cuarto de limpieza del que había salido un hora antes. Allí permaneció unos minutos, los que tardó en abrir la puerta que daba al callejón posterior a través del cual huyó con sus pertrechos. Por la mañana, después de acudir a una sesión de entrenamiento de destreza escuchó en la radio la noticia del asesinato del político bancario. Había sido hallado un poco antes del amanecer por la policía que, alertada por  la llamada de su mujer, que pese a estar ya habituada a sus horarios intempestivos de putero con pedigrí, había tenido un pálpito, quizás un presentimiento sordo de vacuidad, de soledad sobrevenida por la excesiva tardanza de su esposo.  Las primeras pesquisas policiales, vomitaba el radiocasette del coche, apuntaban a un asesinato a sangre fría con arma blanca aunque todavía sin establecer ninguna hipótesis si bien se indicaba que el arma podía ser algún cuchillo de gran extensión, pero sin precisar mucho más.

   Luftolde llegó a su casa y comió tranquilamente los macarrones que había preparado dos días antes. Brindó consigo mismo por su éxito y jamás le supo tan bien la salsa carbonara que preparaba torpemente todas las semanas. Después se recostó en su desastrado sofá y dormitó, llegó incluso a coger el sueño, un sueño dulce y reparador, como hacía años que no recordaba.

Máximas mínimas VII

-Era un tipo de principios y por eso precipitó el final.

-El bombero se retiró quemando la fiesta.

-El bombero se retiró quemado de su fiesta.

-El quemado se retiró después de apagar la habitación.

-Sufrió un incendio y no apagó la cuenta.

-Vivía tanto que acabó sinvivir.

-Triste el pueblo que carece de felicidad.

- ¿Y si Dios fuese ateo?.

-¿Y si los ateos solo no creyeran en Dios?.


-¿Y si Borges solo hubiese sido un espejismo de sí mismo?.

-En el país de los fotógrafos sobraban las modelos.

-Una modelo trabaja en su modelo.

-El escultor modélico moldeaba fatal a su modelo.


-Pensemos en una escultura que no creara figuras.

- Era la gran figura de su partido y por eso le erigieron allí mismo.

viernes, 21 de febrero de 2014

Liberación II


   Luftolde se había transmutado en un ser nuevo. Su pericia adquirida tras aquellos meses de preparación le habían convertido en un verdadero experto en el manejo de la espada y la daga, armas utilizadas en el duelo conforme a la escuela de la destreza española del XVII. Quizás esta nueva pericia, su conocimiento y estudio unido a un sutil acercamiento a la literatura de capa y espada cambiaron por completo su perspectiva vital, su forma de pensar y ver el mundo. De repente vio una salida, una puerta de escape que, indefectiblemente, le llevaría por una peligrosa senda, por una pendiente descendente de la que jamás podría ya regresar. Es cierto que jamás fue una persona política pero tampoco era por aquel entonces un cerril antipolítico como le habían inculcado sus mayores, ese lugar común en España del "no te metas en política" heredado de tiempos remoto.

    Le interesaban los temas más flagrantes de aquella sociedad podrida por años de conformismo y latrocinio organizado y se preguntaba a diario si alguien o algo acabaría alguna vez con aquel estado de cosas.  Un hecho se cruzó en su vida de manera determinante y acabó por alterar su frágil equilibrio interior si es que este  había existido alguna vez. Un hecho marcó este cambio irreversible: la muerte prematura de un familiar cercano, una muerte lenta y tortuosa, con un sufrimiento atroz, después de haber sido robado, estafado, humillado por su oficina bancaria. Entonces sí que ya no hubo vuelta atrás. Es cierto que no comenzó a urdir en aquel momento un plan sistemático para acabar con los asesinos de tantas personas, de toda una sociedad, pensaba él. Se tomó un tiempo moderado de reflexión y, como decíamos, su momento estaba a punto de llegar porque se sentía preparado para cualquier reto, fuese el que fuese, incluso a costa de su propia vida.

   Su esperanza no era convertirse en un justiciero porque en realidad no pensaba que esa sociedad de mierda que lo había desplazado mereciese ser redimida, liberada de aquellos que la parasitaban desde hacía décadas. Sí, era cierto, aquellos nefastos personajes eran dignos de ser fusilados o, mejor todavía, torturados durante horas o mejor días para que pagaran así por el terrible sufrimiento que habían provocado a toda una sociedad, a toda una nación. Pero él no había sido llamado a redimir a nadie ni a nada, menos a aquellos que habían consentido durante tanto tiempo aquel estado de cosas. Digamos que creía firmemente que aquellos depravados, aquellos banqueros, políticos y empresarios no habían podido mantenerse pisando tantas cabezas si estas no hubiesen estado mirando para otro lado. Por eso él no quería ser un héroe para nadie. Porque aquellos parásitos despreciables eran los parásitos despreciables de aquella sociedad, eran sus parásitos, aquellos a los que había visto jaleados por televisión, muchos de ellos elevados a la categoría de héroes, admirados por todos mientras robaban a manos llenas. 

   Porque había comprobado durante su vida la corrupción de muchas de las instituciones por las que había transitado. La universidad, nido de podredumbre y corrupción, de compadreo. Ahora le venían a la cabeza imágenes fragmentarias, como la del banquero y el político corrupto elevados a la categoría de doctor por aquella institución del saber. Qué decir del sindicato en el que había militado tantos años, lugar de enchufe y apropiación indebida, órganos de un estado podrido. En realidad todo estaba pútrido, la sociedad entera era un lodazal inmundo y quizás él también estaba podrido por dentro, no era nada, era un detritus típico forjado durante años de frustración. ¿Quién era él ahora para ajustar cuentas a nadie?. Pero si no era más que un triste y penoso fracasado que, no obstante, había encontrado en aquel grupo de personas un apoyo, una cierta compasión, un cariño si lo queremos decir así y gracias a aquella catarsis se había sentido diferente, más abierto, más libre.

   Pero quizás precisamente por todo ello sentía como un deber inaplazable hacer algo, no por los demás, sino tan solo por sí mismo y por su desgraciado tío aunque, verdaderamente su proyecto se basaba en la idea de su única y egoísta satisfacción.  En la universidad había aprendido, a base de asistir a charlas y conferencias sobre el anarquismo, aquello de la propaganda por el hecho. Quedó grandemente impresionado por aquella ideología, no por su contenido intrínseco, que le parecía una inmensa gilipollez, sino por lo decisivo de su acción. Nunca había sido lo que se conocía otrora como un hombre de acción ni mucho menos pero sabía que tenía que actuar, que infligir un terrible dolor y, de paso, sacudir los cimientos de aquella adocenada realidad, paralizada por la falsa ilusión de un buenismo insoportable, de una sensación de dejadez, de que otros solucionarían los problemas de todos, esos otros que los habían provocado. Que duda cabía que su primera idea era atentar contra la cabeza de aquel estado inmundo pero el objetivo era excesivo incluso para una banda organizada, incluso para un propio estado beligerante aunque recordaba aquellos macabros sucesos de la calle mayor y la Puerta del Sol de Madrid, actos que siempre había repudiado pero que ahora veía con cierta simpatía.

    No se trataba de eso, sus objetivos serían mucho más específicos, menos directos pero igualmente alarmantes, era su más íntima pretensión. No era necesario en el mundo actual derribar a la cabeza, solo socavar los cimientos si es que estos existían, pensaba. Con su ganada destreza y sus espadas y daga pensaba emular a los espadachines de épocas remotas cuando España había llegado a ser algo, aunque hubiese sido un algo en decadencia. El perfecto manejo del círculo español y el movimiento de piernas jugaría a su favor. Controlaba como casi un maestro los compases y los cuarteos, había llegado, en muy poco tiempo, a realizar trepidantes, ángulos inverosímiles, uñas arriba y abajo. Tanto había llegado a progresar que su maestro de armas, con años de ventaja, había salido escaldado en un cuerpo a cuerpo. Quizás ya lo tenía decidido o quizás no pero lo cierto es que se dejaba el alma en los entrenos, tanto que amorató el cuerpo de su instructor por la fuerza que imprimía al tapón con el que se protegía el estoque. Sin embargo nadie supo, hasta muchísimo tiempo después, que el autor de aquella escabechina había sido él, el pobre tullido espadachín, el ridículo Luftolde, ese que no valía para nada, el inútil, el mediocre.  

Máximas mínimas VI

-Quiso ser tan trasparente que acabó por desaparecer.

-El político corrupto siempre utiliza el exabrupto.

-El corrupto saludó con su habitual eructo.

-La lealtad del desleal es similar a la fidelidad del infiel.

-El infiel infeliz quería vivir en una sociedad feliz.

-Las perdices fueron ingeridas en total felicidad.

-Simple dijo la verdad.

-¿Verdad que es mentira esa verdad?.

-El insomne dijo al despertar: te lo dije, debíamos de haber vivido soñando.

-Despertó de su letargo pero se le hizo muy largo.

-Tuvo un ataque de ansiedad al comprobar su necedad.

- El dormilón llegó al poder votado por insomnes.

-Pasaba noches insomnes y días de ensueño.
 

jueves, 20 de febrero de 2014

Él


   No sé muy bien que hora es ni en qué día exacto del mes me encuentro. Él ha vuelto de nuevo pero desconozco el carácter y la intensidad del ataque. En realidad él nunca se marchó. Necesitaba escribirlo porque si desaparezco creo que toda la gente que me estimó tiene derecho a conocer todos los pormenores de mi final, de mi  inminente final. Siempre lo supe, pero fue aquel día de febrero del 2010 cuando descubrí la terrible verdad: no estamos solos. Alguien o algo desconocido nos controla, domina nuestras pasiones, nuestras más inconfesables miserias. No piensen que se trata de un ente superior que domina nuestra personalidad, un espectro fantasmal que se apodera y posee nuestro cuerpo o quizás un extraterrestre venido de otro mundo. No, no. No es eso, es algo difícil de explicar para un pobre escritor de mala muerte que relata fabulaciones difíciles de creer. Es otro. De eso sí que estoy seguro. En realidad en estos momentos pudiera ser que me fulminara y no dejara que acabara estas líneas. Voy a tratar de ser conciso y sintético, de no utilizar en exceso esas partes de la corteza cerebral que en estos  momentos están bajo su control, básicamente para que no se de cuenta de lo que hago. Sí, ahora creo que está en un estado latente, como una enfermedad que acecha, a la espera de expandirse por el deteriorado organismo. 


   Ese febrero fue muy duro, lo recuerdo especialmente desagradable. Todo empezó como siempre en la temporada invernal, frecuentes infecciones faríngeas, salpicadas de una sutil y casi imperceptible febrícula. Pero algo llamó mi atención, algo diferente y no precisamente el esputo que seguía teniendo el mismo color que de costumbre. Un terrible dolor en el cuello. No es que fuera una novedad desde aquel accidente de hace ya más de un lustro, cuando dos hernias cervicales machacaron mis terminaciones nerviosas y provocaron una desagradable sensación de cosquilleo contínuo, como un calambre, en los dedos de mi mano derecha. Aquel dolor era inhumano, era mucho más grave que aquella tortícolis pertinaz que sufrí durante todo un caluroso mes de agosto del año 4. En aquella ocasión la rigidez mostraba a los demás la gravedad de una mala corriente de aire que había contracturado toda la musculatura que rodea al cuerpo cervical. Ahora la cuestión era muy diferente, tanto que el escalofrío que recorrió todo mi cuerpo al descubrirlo perdura indeleblemente en algún rincón de mi debilitada memoria. Aunque no lo puedo recordar bien, era un día entre semana, yo estaba en paro, en una de esas temporadas más o menos breves que transcurren entre una baja laboral y otra, entre una sustitución aquí y otra allá. 


   La madrugada había avanzado considerablemente en una de esas típicas noches interminables en las que el sueño no llega precisamente porque el sueño no es necesario. No tenía que madrugar, podía levantarme tranquilamente a las doce o la una, subir a Julio Antonio a la cadena de alimentación y comprar cualquier congelado que hornear en el microondas. La hora no puede ser en modo alguno exacta, puesto que tras una placentera sesión  masturbatoria en un frío y desangelado canal local, había comenzado a ver la paranoica película de Aronofsky, la de la madre enganchada a las anfetas. Pero, de pronto, a mitad de la película, en la plena y total oscuridad de mi viejo y solitario apartamento, noté un terrible desgarro en el cuello, en la parte posterior. Era como si algo muy cortante y extremadamente duro desgarrase la piel. A continuación el dolor se hizo terriblemente insoportable, tanto que hube de ingerir varias cápsulas de Nolotil para soportarlo. Alterado por ese dolor que, no obstante, no impedía la movilidad de mi cogote, me dirigí al espejo del minúsculo cuarto de baño. Encendí la luz y entonces apareció él. Mi dueño, esa persona que trata de destruirme, de acabar conmigo silenciosamente, sin dejar huella, que podrá perpetrar el crimen perfecto si estas líneas no llegan a conocimiento de alguien.

   Lo que pude corroborar de inmediato cuando puse detrás de la cabeza un pequeño espejito redondo fue la impresión de unas marcas muy profundas, unas marcas como de herida cicatrizada de un color amoratado. Eran cinco improntas, ahora sé que sencillamente era su firma. La que utiliza para advertir a su víctima, para inmovilizarla de terror, para persuadirla de inmediato de que no hay nada que hacer.  Eran sus dedos o mejor dicho sus garras, porque él tiene cinco dedos oscuros, muy sucios, acabados en cinco puntiagudas uñas, negras de inmundicia, asquerosamente repugnantes. Aquella noche se tornó en horror, en angustia. Entonces supe que él estaría para siempre allí donde yo estuviera, y que podía entrar en acción y acabar conmigo, como sé que lo está haciendo ya. Entonces supe que él era yo.   

miércoles, 19 de febrero de 2014

Liberación I






    "Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir" ( Borges) .




 
   Salía cansado pero alegre, se sentía como aquellos guerreros tras la triunfal batalla, aquellos héroes de la arena de tantas urbes, los gladiadores, esos que un día habían encabezado una triunfante revolución hasta la derrota final. Porque después de todo había luchado durante su vida contra múltiples contratiempos, aquella polio que le dejó una ostensible cojera en la pierna derecha, su eterna juventud y adolescencia, el rechazo de todo y de todos, la universidad y las luchas sindicales y la depresión, aquella enfermedad invisible pero letal, quizás el campo minado más peligroso al que había tenido que hacer frente durante su madurez. Pero aquella mañana de sábado, después del combate y la ducha se sentía ganador. Ahora sí que podía presumir ante sí mismo de ser un vencedor. Se llamaba Luftolde, otro lastre con el que había tenido que lidiar durante su vida, otra bofetada en la cara más. Pero ahora ya nada de eso le importaba. Ahora se sentía libre. 

   Llevaba tan solo unos meses entrenando. Fue una sencilla casualidad la que le llevó allí. Una tarde veraniega, azotado por el calor de su mal orientado y avenjentado apartamento de los años 30, había ascendido a la fortaleza ya amarillenta, el sol estaba periclitando en el horizonte de aquella límpida tarde de agosto. Decidió salir de su aislamiento y recorrer la angosta carretera que asciende hasta aquella ciudadela construida durante siglos, modificada, alterada, coronada hoy de cables y antenas infames. Cuando arribó al patio de armas le llamó la atención un pequeño  grupo de personas disfrazadas, quizás para algún espectáculo. Después descubriría que llevaban a cabo una exhibición del arte de la esgrima clásica, del arte del duelo, un ancestral rito convertido en nuestros días en deporte.

   Él, que siempre había sido rechazado por una sociedad complaciente y egoísta, observó asombrado una camaradería insultante. Por eso decidió acudir cinco meses después al pabellón deportivo en el que se formaban y en el que recibiría los pertrechos imprescindibles para la práctica de aquel noble arte. Allí se sintió apreciado, era uno más y no uno menos como le había sucedido durante años. Su minusvalía desapareció, se hizo invisible a los ojos de todos sobre el colchón del tatami, donde se mostraba ágil, atrevido y completamente desinhibido gracias a la confianza que había recibido y de la que se había apropiado.  Ya no importaba la fuerza física sino esa destreza casi milimétrica, matemática, que había adquirido en el manejo de la espada, los movimientos pausados y eléctricos sobre el acotado espacio enclaustrado por las cuatro paredes y la cubierta sujeta por inmensas vigas de metálicas. 

 En pantalones y camiseta había tocado por segunda vez el acero de las armas. Ayudado por unos cochambrosos pero mullidos guantes de jardinería asió con todas sus fuerzas la empuñadura metálica con cazoleta labrada y gavilanes, una hoja de 95 centímetros bien acabada, brillante, estrenada por él.  Pronto sería consciente de haber encontrado sentido a su vida, un asidero al que agarrarse en aquellos tiempos turbulentos, también en su desgastada alma.

  Por fin había experimentado eso que sólo sienten los hombres libres, por primera vez en su penoso devenir. Solo Dios conocía la proporción de su liberación. Ese enorme peso, esa presión, la terrible ansiedad, la soledad...tantas cosas se agolpaban en su cabeza y ahora se habían esfumado. Sin que se lo pudiera haber imaginado en sus mejores pesadillas la pierna había dejado de ser un problema, una constante y agotadora preocupación. Tampoco lo era ya su aspecto físico general: desgarbado, flacucho y sin apenas musculatura, fruto de un sedentarismo adquirido tras años de inmovilidad y sufrimiento.  Salía aquella mañana del examen que certificaba que era un maestro en el arte del duelo, de la esgrima clásica.  Por fin era un héroe cotidiano, alguien de quien estar orgulloso pero, sobre todas las cosas, sentía que era por fin uno de tantos.

martes, 18 de febrero de 2014

Máximas mínimas V

-Tenía tanta ira que comenzó a tocar la lira.

-El perro es el mejor amigo del hombre y el hombre es el mejor enemigo de sí mismo.

-Sin duda solo hay un ser más estúpido que el ser humano, tú.
-El político es el mejor amigo de la guillotina.

-La monarquía es la institución más democrática del planeta Marte.

-Los Selenitas son menos razonables que los sodomitas.

-Si hubiera vida ahí afuera no tendríamos que llevar escafandra.

-Si algún día viéramos un extraterrestre ¿ nos sorprendería que fuese humano?.

-Iba desnudo por la calle y se llevó el premio al peor vestido.
 
-El alma es el espejo de Drácula.

lunes, 17 de febrero de 2014

Máximas mínimas IV

 -La cara es el espejo de nada.

-La nada es el espejo de todo.

-Lo divino es humano y lo humano pudiera ser peligrosamente divino.

-El aprendizaje de las malas costumbres fue siempre el objetivo de las clases más favorecidas.

-Pienso ergo la cago.

-Cago y luego yo no he sido.

-Silba cuando llegue la noche y verás a un policía y no al lechero.

-Esta sociedad se fue a la mierda aquel día que el lechero dejó de ir por la mañana.

-Los Tetra Bricks acabaron con las vacas del coche.

-La vaca es el animal más ateo que existe: no pide permiso para cagarse en Dios cuando le viene en gana.

-De tanto insistir logró una enorme y sonrosda hemorroide.

-Iba tanto al parvulario que acabó por desaprender hasta la escritura y hubo de regresar a la universidad.

-Hacemos a veces cosas sin sentido como morirnos y querer seguir viviendo después.

jueves, 13 de febrero de 2014

Finis Terrae

Finis Terrae o Finisterre trasmutado
en Fisterra nacionalista e irracional
perversora de mentes inacabadas e iracundas
terminando el inicio de la pronta huída del pupitre gastado.

De infantes anodinos e irrelevantes
destruidos por su propia ira de
escasa lucidez acongojada por la
tecnología futurible y los besos perdidos

Amores truncados hasta el semestre,
carnosos labios accionados por el
resorte de la inmadurez, precoz
llegada del incierto malestar por venir.

Locura anodina de acnés informes,
infausto trabajo de aburrimiento,
de trágicos avances y retrocesos,
locura manipuladora de indecencia de lo singular

Finis Terrae de las ambiciones pueriles,
de la bella inmadurez tragicómica de
una colectividad herrumbrosa y aterida,
de su inmadurez ganada a golpes de decadencia







Máximas mínimas III

-Platón dijo que hay ideas innatas y yo digo que hay ideas ignotas.

-¿Cómo se puede vivir para morir si se ha estado muerto en vida?.

-Vivió muchos años muerto y solo al final de sus días comenzó a vivir.

- No hay nada peor en la vida que caminar de victoria en victoria para acabar derrotado.

- No hay nada más deleitoso en la vida que caminar de derrota en derrota para acabar vencedor.

- ¿De derrota en derrota y tiro porque me toca?

-Se aferraba tanto a la vida que acabó por no llegar a ninguna parte.

-De tanto llegar tarde a todas las citas acabamos por aferrarnos al reloj de la impuntualidad

-La salud es el más preciado don para el pobre y el más preciado objeto de consumo para el rico.

-Liberen a todos los locos del manicomio de la vida para que accedan a la tranquilidad de la celda acolchada de los cuerdos.

-En verdad yo os digo que antes pasará un banquero por el ojo de un alfiler que un camello por el arco de seguridad de la prisión.

-Alguien dijo una vez: no dejad el dinero en manos de los banqueros y más tarde volvió a decir:  no dejad el dinero en manos de los políticos y finalmente dijo: si todos tuviéramos el dinero en nuestras manos no habrían banqueros ni políticos, eso que saldríamos ganando.

 

miércoles, 12 de febrero de 2014

La eterna monarquía


   En un país cualquiera de cualquier continente habitaba un rey infinito e imperecedero. Siempre había estado en el trono, siempre había gobernado. En la sección de historia solo aparecía su reinado, era el Padre de la Nación, puesto que él la había fundado y era su encarnación, la emanación de la patria. Los bisabuelos contaban que había comenzado a reinar décadas antes del siglo en que habían nacido ellos. Los hijos preguntaban a sus padres y estos aseguraban que siempre lo habían recordado como rey. Esos mismos hijos que fueron preguntados por sus nietos, décadas después, recibieron la misma contestación: ahí está, sigue reinando, el supremo hacedor de la nación, el fundador de la patria. Para aquel entonces los escolares ya conocían de memoria la cancioncilla de dudoso gusto que cantaban a diario al entrar y salir del colegio. Para ellos era la más bella melodía que existía, era el himno nacional y decía algo así como:


Oh, nuestro supremo Rey
eres el monarca de nuestra nación,
fuiste y serás nuestro Rey,
por los siglos de los siglos....

   Nadie quiso nunca reconocer que la última frase de la estrofa había sido copiada de algún vetusto rito religioso. Los más viejos del lugar así lo recordaban, pero no sabían muy bien a que religión o creencia ancestral pertenecía. Por aquel entonces todas las confesiones religiosas se habían abolido por el único culto permitido, el culto civil a Su Majestad (nótese las mayúsculas S.M.).  La monarquía siempre había gobernado aquel país, aquella realidad. Nadie podía acaso dudar de que aquel ser superior que había sobrevivido ya varios siglos no constituyese una verdad tangible, auténtica, veraz. Por todas partes aparecía su egregia figura, su imagen lozana y sonriente. Enormes estatuas ecuestres y bustos adornaban plazas y jardines de pueblos y ciudades de la nación. Su rostro estaba siempre fijo noche y día, inmutable, en grandes pantallas que cubrían las fachadas de los fríos edificios administrativos de cristal y acero.

  Todos asumían  como  una verdad indiscutible su cercanía al pueblo, su camaradería. Se contaba desde el jardín de infancia hasta la tumba su leyenda, que seguía no obstante desarrollándose y creciendo puesto que todos presumían una larga e infinita vida al servicio del país, entregado a todos, conduciendo los destinos de aquel agradecido reino del éxito garantizado. Siempre había triunfado en todas las batallas, como máximo dirigente había logrado el bienestar de todos y esa verdad incontestable corría como la pólvora. Por aquel entonces  habían sido suprimidos los otrora conocidos como medios de comunicación que en aquello que la mayoría consideraba la antigüedad habían sido los responsables de todos los males, las enfermedades, las guerras, las ideologías. Aquella cosa que hacía décadas se había conocido como Internet y ese artefacto llamado teléfono, una invención maligna de algún enemigo de la paz y la armonía ya no existían. Los abuelos contaban a sus nietos que un día lejano sus abuelos habían dispuesto de unos artilugios diabólicos que les habían arrebatado su calidad de vida, una especie de mecanismos infernales que obnubilaba la inmensa clarividencia de sus pensamientos.

   Alegría. Esa era una de esas palabras permitidas por entonces, difundida y propagada de manera insistente durante generaciones. Oficialmente nadie había sido responsable de su implantación y de hecho ya no tenía exactamente el  mismo significado que antaño pero eso aquellos ciudadanos lo desconocían. Sabían que debían de aparecer siempre y en todo lugar con mucha alegría, siempre sonriendo, jamás con una mala mueca en el rostro, a pesar de que alguna incomodidad se hubiera instalado en sus vidas. La enfermedad no debía ser cortapisa para mostrar una buena sonrisa, las malas caras estaban penadas con sanciones de extrema gravedad. De hecho el saludo oficial incluía una sonrisa de oreja a oreja porque aquel era ya de hecho el país de  la alegría. Así lo había querido el rey. No había más que discutir porque lo había dicho El.  Aquel himno que se escuchaba a todas horas desde megáfonos por las calles era el himno de la alegría, el único sonido musical permitido oficialmente que se cantaba cada tres horas en punto en cualquier lugar del territorio nacional. Por supuesto nadie recordaba que ese título había sido recuperado de una obra de un tal Beethoven. Solo algún anciano de provecta edad creía haber oído hablar alguna de vez de la existencia de unos hombres que se dedicaban a escribir en un extraño lenguaje que se podía convertir en sonidos a través de determinados artilugios ya desaparecidos.

  La letra reflejaba la bondad suprema de su líder venerado, el inmortal monarca, el único y supremo ser. Todos sabían a pies juntillas, sílaba a sílaba, de la única estrofa y su dulce melodía que era la más bella que jamás ser humano hubiera tenido el placer de escuchar, al menos esa verdad incontestable había sido difundida por doquier:

Oh, nuestro supremo Rey
eres el monarca de nuestra nación,
fuiste y serás nuestro Rey,
por los siglos de los siglos....

    La censura no tenía cabida en aquel reino, entre otras cosas porque dicho vocablo había sido eliminado del uso común. Verdaderamente no era necesario porque habitualmente no pasaba nada. En realidad, desde el día que nadie sabía ya situar en el que se abolieron las religiones y se instauró el culto civil al Rey no había sucedido nada reseñable. Ni siquiera había ya sucesos, aquellos típicos inventos de la prensa que habían servido para desviar la atención de los asuntos más espinosos. Por una suerte de encantamiento, nadie tenía accidentes de tráfico, pues había sido suprimido el tráfico y las carreteras, nadie era asesinado, ni violado, ni maltratado porque un decreto real lo había abolido desde tiempos inmemoriales. En alguno de los pasquines que aparecían como por obra de magia en las estribaciones de cada nuevo día se contaban esas cosas que habían ocurrido antes y que ahora ya no eran posibles. Tampoco había epidemias ni intoxicaciones, pues los restaurantes habían sido cerrados y toda reunión mayor a tres personas era sutilmente evitada. Incluso en los organismos públicos, en los colegios y universidades no había nunca más de tres personas en el mismo lugar. Y aunque ello comportó un desembolso muy oneroso, puesto que se hubieron de levantar enormes infraestructuras para evitar aglomeraciones de más de tres individuos, se evitaba cualquier posible contagio infeccioso y, de paso, ideológico.

   Porque entonces las ideologías también habían fenecido de manera radical. El pensamiento único de su monarca era el único admitido y venerado como la única verdad posible, conocida por todos como la "sinceridad real". Ese era el título del libro. Todos guardaban un ejemplar en casa que leían a diario.  La sociedad había también sido trasformada de manera radical. Ahora solo podía haber familias de 3 miembros ya que, como decíamos antes, el tres era la cifra permitida. Estaba por todas partes e impregnaba el todo en aquella colectividad. Tres eran los miembros de la familia, tres pisos eran los que se podía elevar un edificio, tres barras de pan eran las máxima permitidas. Como todo, había sido una idea surgida de aquella mente privilegiada, de ese ser providencial que aquella nación había tenido la enorme fortuna de tener.
 
   Aquellas familias de tres miembros eran felices. Tenían todo lo que necesitaban, tres platos de comida al día y la inestimable compañía de sus seres queridos. Eso era todo, nadie necesitaba nada más, nadie discutía, nadie asistía a debates, la felicidad se respiraba por todas partes, incluso en plazas y jardines, únicos lugares en los que se permitía que más de una familia paseara con su único hijo. El trabajo había sido abolido porque se había comprobado científicamente, o eso decía el libro, que era un medio para enriquecerse, algo terminantemente prohibido para el común de los mortales. De hecho el dinero no existía como tal. A cada familia se le entregaba un emblema, un símbolo que llevaban zurzidos en todas sus prendas, junto al escudo real, que era único e intransferible y con el símbolo podían comprar tres latas de alubias a la semana, tres pañales o tres pastillas de jabón. Tres.

   Nadie había oído nunca la voz del Rey. La leyenda, contada de padres a hijos durante generaciones, la representaba ligada al imaginario popular y familiar. Todos decían saber cómo era pero nadie jamás la había escuchado. Al parecer su voz era suave, sin ninguna estridencia, pero firme, la más firme y bella voz que ser humano jamás hubiera podido escuchar.  Tenía un tono extremadamente persuasivo como padre de todos que era y se afirmaba que conmovía a las masas y aplacaba a los enemigos de la sociedad con su sola audición.  Todo esto había ido quedando reflejado en el libro que, con el paso de las generaciones se volvía a editar ampliando el acervo documental sobre el joven y saludable Rey. Cada generación disponía de novedades que enriquecían la sabiduría popular, que era la única aceptada oficialmente. No era necesario asistir al colegio y por eso mismo se suprimieron los profesores. Bastaba con la lectura y relectura del libro.

   En aquel reino de la complacencia, de la bonhomía universal, cayó como un violento rayo destructor la noticia de la abdicación de su soberano. Era una fresca pero luminosa mañana de abril cuando comenzó a correr el rumor en las familias, cuando muchos de sus componentes regresaban a sus hogares después de acudir a por la ración diaria de pan. Los panfletos estaban por todas partes, como presagiando que algo importante debían querer comunicar. Cuando comenzaron a leer la misiva nadie pareció entender nada de lo que  decía. ¿Qué significaba aquello?. ¿Es que acaso el monarca podía ser reemplazado?. Verdaderamente aquel pueblo amansado durante generaciones no estaba preparado para digerir algo que le sobrepasaba en su entendimiento global.  Estaban desbordados, aturdidos. Muchas personas sufrieron desmayos y vahídos al comenzar a asimilar la comunicación. En realidad muchos no llegaron a sus hogares pues fallecieron de la impresión.  

   Su rey, ese que suponían infinito y por ende irremplazable había ya dejado de serlo aunque nada se decía de su sustituto. En las calles los pasquines inundaban las aceras, se amontonaban informes y sin sentido y apenas daban abasto las escobas de cerdas de plástico manejadas con destreza por los barrenderos para acaparar todo el material desparramado, se mostraban insuficientes ante esos enormes montones blancos y móviles de papel. En realidad muchos de camino a casa comenzaban a pensar por primera vez en sus vidas la extraña idea de que acaso fuese insuficiente el personal destinado a  limpiar correctamente las calles. Era algo que jamás se habían planteado, una idea quizás loca, fruto de su nerviosismo e incertidumbre pero ahora aparecía como un hecho probable.  Y lo peor lo vivieron en breves instantes. Comenzaron a fabular, a pensar como seres racionales por primera vez en sus vidas. Si el Rey, el sagrado y divino Rey, el padre de todos, los abandonaba y era reemplazable ¿por qué habían creído lo contrario?. ¿Es que acaso habían vivido en una universal mentira transmitida con buena fe por sus familiares más allegados?. Y lo más importante, ¿Por qué abandonaba, por qué les abandonaba, qué sería ahora de ellos?.  Sin quererlo, apenas sin darse cuenta, aquella sociedad adormilada comenzó a despertar de su letargo secular.


  Un aparentemente inapreciable cambio desde el poder, una leve alteración del estatu quo, simple y sin aparente trascendencia operó como por milagro el cambio sanador. De repente se habían topado con una colosal mentira, creyeron ser conscientes de que nada de lo que habían soñado, vivido e imaginado era cierto. Estas humildes gentes, casi analfabetas, lectoras del libro, ese libro que ahora aparecía como una fabula irrisoria, habían comenzado a pensar por sí mismos. De manera casi mecánica comenzaron a violar la ley, esa que prohibía reuniones mayores de tres. Pronto se las ingeniaron para reunirse en secreto, para intentar conocer que había pasado, cuál era la verdad fidedigna. Sin saber cómo muchos comenzaron a comprender que ese líder carismático al que habían venerado como a un verdadero Dios podría no haber sido eterno, como se había contado secularmente. Algunos desviados de la doctrina, herejes para la verdad oficial, llegaron a difundir el rumor de que el monarca debía de haber muerto en algún momento de la evolución humana, en algo irreal llamado pasado.


   Tan pronto como se estableció esa posible nueva verdad , de manera fulminantemente veloz surgió un debate soterrado que se cuestionaba la esencia misma del poder y la religiosidad oficial. ¿No podían acaso haber sido manipulados desde su más tierna infancia o, algo peor, no podían haber sido engañados sus bisabuelos, sus abuelos, sus padres?. La cuestión de las responsabilidades apareció como una consecuencia de todo ello. Daba la sensación de que aquella sociedad que no existía como tal, que se desconocía en la práctica, había dado un salto prodigioso en la formación de una masa crítica. Y todo esto se había conseguido tan rápido que resultaba inverosímil visto desde fuera, cuanto más teniendo en cuenta la naturaleza del régimen que duraba ya siglos. Antes de que el poder establecido pudiese acaso anunciar quién era el nuevo tótem, el nuevo rey que sería posiblemente infinito como el anterior, millones de personas habían ya abarrotado las calles pidiendo la verdad. Sólo eso, sencillamente la verdad, algo que no podía ser revelado, algo prohibido porque la verdad, palabra tabú en otros tiempos, solo estaba al alcance del padre de la Nación.

   Sin embargo en días sucesivos y con una velocidad  insospechada, tan rápido como se había producido el estallido,  las manifestaciones fueron periclitando, como si el furor inicial hubiese sido aplacado por un temor primitivo, casi orgánico, consustancial a aquellos seres desprovistos de la más mínima cultura. Un miedo al vacío, a una libertad que siempre les había sido robada con altísimas dosis de manipulación y control mental comenzó a anidar por doquier. Aquellas movilizaciones sociales habían carecido desde el principio de una doctrina,  de un objetivo definido y claro, sin eslóganes y huérfana de dirección. Con la única demanda de la verdad como grito unánime pero sin dirección concreta estaban condenadas a la vacuidad, al fiasco más absoluto.

   Años, décadas de aislamiento no se podían subsanar en horas, en días. Pronto se anunció que el nuevo soberano era el hijo natural del anterior y con grandes alharacas, en periódicos oficiales, se trataba de inculcar a los habitantes de aquel reino la idea de que siempre había estado ahí, a la derecha del padre. Esta expresión hizo recordar a más de uno a otra mucho más arcaica aunque no se llegó a saber de dónde procedía, como muchas otras cosas en aquel país de la desmemoria inculcada desde el poder. De repente el pueblo se vio inundado de periódicos que se distribuían gratuitamente, en realidad no  mucho más que panfletos grapados con varias hojas. La primera noticia era que, por el momento y hasta nuevo aviso, su nuevo líder autorizaba momentáneamente la información, si bien se advertía a los súbditos de la transitoriedad de la medida y la maldad intrínseca del periodismo y la libre expresión. 

  En seguida comenzaron a surgir panegíricos, informaciones elogiosas y vergonzantes que la gran mayoría observó con gusto. Se argumentaba que era un ser providencial, también divino, al que se debía sumisión, respeto y oración. Él era y había sido durante siglos el príncipe más preparado del planeta, de ello no cabía duda. Había sido el verdadero impulsor de su padre, la verdadera base de sustento de aquel monarca que ahora dejaba su cargo tras siglos de servicio. Pronto se difundió su cara: joven, más todavía que su padre, moreno, sonriente y afable, debía también tener grandes dosis de campechanía como su padre, era la nueva emanación de la verdad oficial. Su enorme retrato apareció por todas partes, no solo en el papel impreso sino ocupando aquellos lugares que su supuesto padre había ocupado durante siglos.

    Fue todo muy breve, tanto que ni siquiera esa pequeña parte de la sociedad que al albur de las movilizaciones  y del pensamiento libre había emergido espontáneo tras la impactante noticia, tuvo el más mínimo tiempo para preparar nuevas concentraciones como aquellas que ya resonaban en gran parte de los súbditos como un hecho del pasado. En unos días esas personas habían desaparecido para siempre, nadie más se preguntó por su paradero y todo volvió a ser como había sido antes: la gente volvió a sus rutinas y costumbres ancestrales y asumió como verdadera la sucesión natural de las cosas. Era del todo normal que el hijo tomara el relevo del padre, desgastado y cansado tras siglos de dura y abnegada labor por la patria. Se abría para todos una nueva época de esperanza, de bienestar y de tranquilidad, todo volvía a su estado natural y secular. Atrás habían quedado ya aquellos momentos del shock inicial pero pensándolo bien, en sus casas, con el nuevo libro ahora actualizado, aquellas personas, aquellas familias de tres miembros habían asumido la eternidad, la continuidad ineludible y necesaria de su infinita institución monárquica.

lunes, 10 de febrero de 2014

Escribir por escribir

File:Mont Parnasse, par Edward Dodwell, BNF Gallica.jpg
 

  Sin duda resulta fácil, no difícil. Siempre ha sido así y nadie lo ha puesto en duda. Divagar delante de la pantalla mientras tecleas es como comer pipas y ver una mala película de los sábados por la tarde, de esas de los telefilms. Horribles aquellas y dulce la labor del amanuense, el que escribe por placer, sin la presión de tener que publicar nada ni ganar ningún mérito en oposiciones.  No es posible hilvanar un discurso coherente porque es incoherente per se. Que no sé lo que me digo hace ya años que se comenta por las esquinas de algún barrio cercano al puerto. Pero esto de ahora no hay quien te lo perdone, luisete. Ahora sí que sí, la has cagado pero bien. ¿Cómo se te ocurre escribir lo que te dicta tu conciencia, es decir, yo?. Porque además si lo que escribes no tiene tema ni estructura ni capítulos ni nada de nada es como escribir por escribir que es más o menos como divagar sin diván o algo por el estilo que leí no sé dónde y no sé cuándo. Pero la verdad es que puede llegar a ser terapéutico, es decir, si lo pensamos, escribir bien o mal no tiene mucha importancia. Lo que siempre se ha valorado en un escritor es que escriba y punto. Y  no hay más, como decía aquel y no precisamente el de Yo soy aquel, ese amanerado de voz hercúlea. 

    Entonces el hecho de escribir no deja de tener ningún sentido, porque para qué sirve escribir si no es para hacer frases con sentido. Pues no, amiga Amelia, amigo Leocadio. Yo escribo porque sí y a veces o quizás casi siempre lo que escribo es una verdadera porquería pero me da igual. Es aquel melapelismo que tan bien reflejó la filósofa Nieves Soriano, una especie de dejadez, de tocarte las pelotas mientras escribes sin sentido, un poco imitando a aquellos locos de la escritura automática, dejándote llevar, dejándome llevar, dejándoos llevar, en definitiva, escribir por escribir para no morir o algo así. Una vez comencé una novela de Cela, el censor que se hinchó a decir tacos y tuve que dejarla en la tercera línea. Más que nada porque no había Dios que la entendiera y la verdad es que me arrepiento y mucho. Creo que era algo de la guerra civil, de 1936 o por ahí, ahora no me viene a la memoria pero era una mierda de mucho cuidado. Pero ¿quién sabe si lo que lee es una obra maestra?. Pues algún listillo de barra de bar o de barra americana que se gasta su sueldo en cosas poco decorosas o que recibe su sueldo de personas poco decentes que escriben para publicar.


   La memoria es otro de las grandes catástrofes personales, eso que sales un día y te preguntan: -oiga, me puede decir usted su número de matrícula ( del coche se entiende) y tú dices, después de titubear, pues ahora mismo 6-1-1-2 o 3, JMG y después tienes que admitir que no tienen ni repajolera idea, que tu memoria es más flaca que una anoréxica en su fase final. Pero luego piensas, ¿y por qué?. Y sigues y sigues escribiendo para no olvidar quizás o para olvidarlo todo y no tener ya nada en la memoria...sí, porque podría pasar, una sociedad que necesitara escribir...o mejor...una sociedad de escritores. Pensemos en un parnaso en la tierra o algo así, un sitio plagado de escritores y mejor todavía que esos escritores sean autodidactas y no hayan leído un libro en su vida, que podría pasar. Entonces, ¿qué ocurriría?. Pues que tendríamos una muy rica literatura, la más rica y cebada literatura que podríamos haber imaginado en una pesadilla orwelliana. Ahora leo 1984 y me  viene a la cabeza la palabra distopía, pero Moro habló de la Utopía. Quizás estamos ya en ella, en una sociedad idílica y mugrienta, como aquella película o en la mugre y la furia o esa novela de Faulkner o las memorias del subsuelo del señor Fiodor.

   La literatura dentro de la literatura, la locura dentro de la locura. Imagino un conjunto de locos de atar en una habitación acolchada llenas de máquinas de escribir y soltando majaderías y pienso en la cabecera de cualquier periódico impreso o tal vez en su redacción, no se cual, uno ficticio, un periódico que fuera totalitario, que tuviera derechas e izquierdas y que todos los días hubiera una guerra civil, una batalla continua por el titular mayor y por el faldón, por la columna lateral, dándose de ostias y al final lo que pariría sería lo que todos querían leer, es decir, la gran mentira nacional, no que todo es una mierda, que eso ya lo sabemos, sino una puta mierda gloriosa, algo definitivo, sin sentido, como todo, algo paranoico y suburbial, alguien drogándose o chutándose hormona del crecimiento para aparentar ser más bajito que el de al lado ¿se imaginan?.

   Un tío renacuajo y al lado otro tío más renacuajo, reunión de batracios en el lodazal glorioso de las viejas glorias estadoespañolistas, esas recalcitrantes figuras de cera que son de carne y tienen sangre y sistema circulatorio como dijo Servet y acabó en la hoguera por listo. Porque no saben decir la verdad acaban fingiendo una mentira oficiosa u oficial, pero al final la cloaca no da más de si, mi verborrea anormal se va apagando porque no me da la gana escribir, mis dedos están hechos fosfatina y cada día escribo peor pero, ¿por qué dejarlo?.¿por las faltas de ortografía o por eso que nos machacaban en clase de catalán, perdón, de valenciano ( viva la incorrección política) llamado coherencia?. .Pues a saber usted lo que es. Lo que sí parece seguro es que con la invención de la máquina de escribir electrónica y su sucedáneo, el ordenador, el PC que dirían los pijo-progres de salón, se pueden hacer estas cosas que hago yo ahora. No es que sea nada nuevo, divagar o decir paridas sin sentido siempre han estado ahí, muchos no han hecho otra cosa y tienen el premio Nobel, ese galardón que te hace rico pero no buen escritor, en todo caso te da un chute de moralidad y de seguir siendo buen chico y políticamente correcto porque este año como eres chino te ha tocado a ti, el año que viene tocará a un africano o africana, qué más da, lo importante es hacer política. 

  Espero que nadie haya llegado hasta aquí porque entonces creeré que no se escribir, puesto que si supiera escribir todos trataría de hacerme recapacitar: luisito, déjate de paranoias y ponte a hacer lo que nunca debiste dejar de hacer, es decir, no hacer nada. Pero no,  yo soy obstinado, escribo y no hago como Torrente Ballester en su Saga-Fuga ni en sus relatos, yo no dicto a un magnetofón, yo tecleo y reflejo lo que se me va pasando por la mente, que más de uno dirá que está muy enfermita, aunque eso ya lo sabe mi psiquiatra,, al que visito de año en año, para no hacerle daño, anda si rima y todo. ¿Y lo del poeta?. ¿Pues no decía Machado que España debe tener su poeta?. Pues no tiene nombre señora, vaya poesía, si ni siquiera rima, no tiene ritmo y es una sarta de paridas sin perdón de Dios, oiga usted.. Dios, otra vez Dios, que cansado es pensar en que hay algo ahí, superior a todo y a todos que puede fulminarte como un rayo, y que tentador...hum, ahora que lo pienso, no estaría mal ser Dios un par de minutos, parar el tráfico y poder hacer lo que más te guste, comerte un kilo de chocolate con almendras, bostezar en una clase de historia, rezar porque no exista Dios y cosas así. A lo mejor también follarte a una buena mazizorra, pero, pensando en Dios y pensando en el pecado, cerdo que eres un cerdo. Ay, si mis tías del pueblo leyeran esto, que pensarían.