miércoles, 12 de febrero de 2014

La eterna monarquía


   En un país cualquiera de cualquier continente habitaba un rey infinito e imperecedero. Siempre había estado en el trono, siempre había gobernado. En la sección de historia solo aparecía su reinado, era el Padre de la Nación, puesto que él la había fundado y era su encarnación, la emanación de la patria. Los bisabuelos contaban que había comenzado a reinar décadas antes del siglo en que habían nacido ellos. Los hijos preguntaban a sus padres y estos aseguraban que siempre lo habían recordado como rey. Esos mismos hijos que fueron preguntados por sus nietos, décadas después, recibieron la misma contestación: ahí está, sigue reinando, el supremo hacedor de la nación, el fundador de la patria. Para aquel entonces los escolares ya conocían de memoria la cancioncilla de dudoso gusto que cantaban a diario al entrar y salir del colegio. Para ellos era la más bella melodía que existía, era el himno nacional y decía algo así como:


Oh, nuestro supremo Rey
eres el monarca de nuestra nación,
fuiste y serás nuestro Rey,
por los siglos de los siglos....

   Nadie quiso nunca reconocer que la última frase de la estrofa había sido copiada de algún vetusto rito religioso. Los más viejos del lugar así lo recordaban, pero no sabían muy bien a que religión o creencia ancestral pertenecía. Por aquel entonces todas las confesiones religiosas se habían abolido por el único culto permitido, el culto civil a Su Majestad (nótese las mayúsculas S.M.).  La monarquía siempre había gobernado aquel país, aquella realidad. Nadie podía acaso dudar de que aquel ser superior que había sobrevivido ya varios siglos no constituyese una verdad tangible, auténtica, veraz. Por todas partes aparecía su egregia figura, su imagen lozana y sonriente. Enormes estatuas ecuestres y bustos adornaban plazas y jardines de pueblos y ciudades de la nación. Su rostro estaba siempre fijo noche y día, inmutable, en grandes pantallas que cubrían las fachadas de los fríos edificios administrativos de cristal y acero.

  Todos asumían  como  una verdad indiscutible su cercanía al pueblo, su camaradería. Se contaba desde el jardín de infancia hasta la tumba su leyenda, que seguía no obstante desarrollándose y creciendo puesto que todos presumían una larga e infinita vida al servicio del país, entregado a todos, conduciendo los destinos de aquel agradecido reino del éxito garantizado. Siempre había triunfado en todas las batallas, como máximo dirigente había logrado el bienestar de todos y esa verdad incontestable corría como la pólvora. Por aquel entonces  habían sido suprimidos los otrora conocidos como medios de comunicación que en aquello que la mayoría consideraba la antigüedad habían sido los responsables de todos los males, las enfermedades, las guerras, las ideologías. Aquella cosa que hacía décadas se había conocido como Internet y ese artefacto llamado teléfono, una invención maligna de algún enemigo de la paz y la armonía ya no existían. Los abuelos contaban a sus nietos que un día lejano sus abuelos habían dispuesto de unos artilugios diabólicos que les habían arrebatado su calidad de vida, una especie de mecanismos infernales que obnubilaba la inmensa clarividencia de sus pensamientos.

   Alegría. Esa era una de esas palabras permitidas por entonces, difundida y propagada de manera insistente durante generaciones. Oficialmente nadie había sido responsable de su implantación y de hecho ya no tenía exactamente el  mismo significado que antaño pero eso aquellos ciudadanos lo desconocían. Sabían que debían de aparecer siempre y en todo lugar con mucha alegría, siempre sonriendo, jamás con una mala mueca en el rostro, a pesar de que alguna incomodidad se hubiera instalado en sus vidas. La enfermedad no debía ser cortapisa para mostrar una buena sonrisa, las malas caras estaban penadas con sanciones de extrema gravedad. De hecho el saludo oficial incluía una sonrisa de oreja a oreja porque aquel era ya de hecho el país de  la alegría. Así lo había querido el rey. No había más que discutir porque lo había dicho El.  Aquel himno que se escuchaba a todas horas desde megáfonos por las calles era el himno de la alegría, el único sonido musical permitido oficialmente que se cantaba cada tres horas en punto en cualquier lugar del territorio nacional. Por supuesto nadie recordaba que ese título había sido recuperado de una obra de un tal Beethoven. Solo algún anciano de provecta edad creía haber oído hablar alguna de vez de la existencia de unos hombres que se dedicaban a escribir en un extraño lenguaje que se podía convertir en sonidos a través de determinados artilugios ya desaparecidos.

  La letra reflejaba la bondad suprema de su líder venerado, el inmortal monarca, el único y supremo ser. Todos sabían a pies juntillas, sílaba a sílaba, de la única estrofa y su dulce melodía que era la más bella que jamás ser humano hubiera tenido el placer de escuchar, al menos esa verdad incontestable había sido difundida por doquier:

Oh, nuestro supremo Rey
eres el monarca de nuestra nación,
fuiste y serás nuestro Rey,
por los siglos de los siglos....

    La censura no tenía cabida en aquel reino, entre otras cosas porque dicho vocablo había sido eliminado del uso común. Verdaderamente no era necesario porque habitualmente no pasaba nada. En realidad, desde el día que nadie sabía ya situar en el que se abolieron las religiones y se instauró el culto civil al Rey no había sucedido nada reseñable. Ni siquiera había ya sucesos, aquellos típicos inventos de la prensa que habían servido para desviar la atención de los asuntos más espinosos. Por una suerte de encantamiento, nadie tenía accidentes de tráfico, pues había sido suprimido el tráfico y las carreteras, nadie era asesinado, ni violado, ni maltratado porque un decreto real lo había abolido desde tiempos inmemoriales. En alguno de los pasquines que aparecían como por obra de magia en las estribaciones de cada nuevo día se contaban esas cosas que habían ocurrido antes y que ahora ya no eran posibles. Tampoco había epidemias ni intoxicaciones, pues los restaurantes habían sido cerrados y toda reunión mayor a tres personas era sutilmente evitada. Incluso en los organismos públicos, en los colegios y universidades no había nunca más de tres personas en el mismo lugar. Y aunque ello comportó un desembolso muy oneroso, puesto que se hubieron de levantar enormes infraestructuras para evitar aglomeraciones de más de tres individuos, se evitaba cualquier posible contagio infeccioso y, de paso, ideológico.

   Porque entonces las ideologías también habían fenecido de manera radical. El pensamiento único de su monarca era el único admitido y venerado como la única verdad posible, conocida por todos como la "sinceridad real". Ese era el título del libro. Todos guardaban un ejemplar en casa que leían a diario.  La sociedad había también sido trasformada de manera radical. Ahora solo podía haber familias de 3 miembros ya que, como decíamos antes, el tres era la cifra permitida. Estaba por todas partes e impregnaba el todo en aquella colectividad. Tres eran los miembros de la familia, tres pisos eran los que se podía elevar un edificio, tres barras de pan eran las máxima permitidas. Como todo, había sido una idea surgida de aquella mente privilegiada, de ese ser providencial que aquella nación había tenido la enorme fortuna de tener.
 
   Aquellas familias de tres miembros eran felices. Tenían todo lo que necesitaban, tres platos de comida al día y la inestimable compañía de sus seres queridos. Eso era todo, nadie necesitaba nada más, nadie discutía, nadie asistía a debates, la felicidad se respiraba por todas partes, incluso en plazas y jardines, únicos lugares en los que se permitía que más de una familia paseara con su único hijo. El trabajo había sido abolido porque se había comprobado científicamente, o eso decía el libro, que era un medio para enriquecerse, algo terminantemente prohibido para el común de los mortales. De hecho el dinero no existía como tal. A cada familia se le entregaba un emblema, un símbolo que llevaban zurzidos en todas sus prendas, junto al escudo real, que era único e intransferible y con el símbolo podían comprar tres latas de alubias a la semana, tres pañales o tres pastillas de jabón. Tres.

   Nadie había oído nunca la voz del Rey. La leyenda, contada de padres a hijos durante generaciones, la representaba ligada al imaginario popular y familiar. Todos decían saber cómo era pero nadie jamás la había escuchado. Al parecer su voz era suave, sin ninguna estridencia, pero firme, la más firme y bella voz que ser humano jamás hubiera podido escuchar.  Tenía un tono extremadamente persuasivo como padre de todos que era y se afirmaba que conmovía a las masas y aplacaba a los enemigos de la sociedad con su sola audición.  Todo esto había ido quedando reflejado en el libro que, con el paso de las generaciones se volvía a editar ampliando el acervo documental sobre el joven y saludable Rey. Cada generación disponía de novedades que enriquecían la sabiduría popular, que era la única aceptada oficialmente. No era necesario asistir al colegio y por eso mismo se suprimieron los profesores. Bastaba con la lectura y relectura del libro.

   En aquel reino de la complacencia, de la bonhomía universal, cayó como un violento rayo destructor la noticia de la abdicación de su soberano. Era una fresca pero luminosa mañana de abril cuando comenzó a correr el rumor en las familias, cuando muchos de sus componentes regresaban a sus hogares después de acudir a por la ración diaria de pan. Los panfletos estaban por todas partes, como presagiando que algo importante debían querer comunicar. Cuando comenzaron a leer la misiva nadie pareció entender nada de lo que  decía. ¿Qué significaba aquello?. ¿Es que acaso el monarca podía ser reemplazado?. Verdaderamente aquel pueblo amansado durante generaciones no estaba preparado para digerir algo que le sobrepasaba en su entendimiento global.  Estaban desbordados, aturdidos. Muchas personas sufrieron desmayos y vahídos al comenzar a asimilar la comunicación. En realidad muchos no llegaron a sus hogares pues fallecieron de la impresión.  

   Su rey, ese que suponían infinito y por ende irremplazable había ya dejado de serlo aunque nada se decía de su sustituto. En las calles los pasquines inundaban las aceras, se amontonaban informes y sin sentido y apenas daban abasto las escobas de cerdas de plástico manejadas con destreza por los barrenderos para acaparar todo el material desparramado, se mostraban insuficientes ante esos enormes montones blancos y móviles de papel. En realidad muchos de camino a casa comenzaban a pensar por primera vez en sus vidas la extraña idea de que acaso fuese insuficiente el personal destinado a  limpiar correctamente las calles. Era algo que jamás se habían planteado, una idea quizás loca, fruto de su nerviosismo e incertidumbre pero ahora aparecía como un hecho probable.  Y lo peor lo vivieron en breves instantes. Comenzaron a fabular, a pensar como seres racionales por primera vez en sus vidas. Si el Rey, el sagrado y divino Rey, el padre de todos, los abandonaba y era reemplazable ¿por qué habían creído lo contrario?. ¿Es que acaso habían vivido en una universal mentira transmitida con buena fe por sus familiares más allegados?. Y lo más importante, ¿Por qué abandonaba, por qué les abandonaba, qué sería ahora de ellos?.  Sin quererlo, apenas sin darse cuenta, aquella sociedad adormilada comenzó a despertar de su letargo secular.


  Un aparentemente inapreciable cambio desde el poder, una leve alteración del estatu quo, simple y sin aparente trascendencia operó como por milagro el cambio sanador. De repente se habían topado con una colosal mentira, creyeron ser conscientes de que nada de lo que habían soñado, vivido e imaginado era cierto. Estas humildes gentes, casi analfabetas, lectoras del libro, ese libro que ahora aparecía como una fabula irrisoria, habían comenzado a pensar por sí mismos. De manera casi mecánica comenzaron a violar la ley, esa que prohibía reuniones mayores de tres. Pronto se las ingeniaron para reunirse en secreto, para intentar conocer que había pasado, cuál era la verdad fidedigna. Sin saber cómo muchos comenzaron a comprender que ese líder carismático al que habían venerado como a un verdadero Dios podría no haber sido eterno, como se había contado secularmente. Algunos desviados de la doctrina, herejes para la verdad oficial, llegaron a difundir el rumor de que el monarca debía de haber muerto en algún momento de la evolución humana, en algo irreal llamado pasado.


   Tan pronto como se estableció esa posible nueva verdad , de manera fulminantemente veloz surgió un debate soterrado que se cuestionaba la esencia misma del poder y la religiosidad oficial. ¿No podían acaso haber sido manipulados desde su más tierna infancia o, algo peor, no podían haber sido engañados sus bisabuelos, sus abuelos, sus padres?. La cuestión de las responsabilidades apareció como una consecuencia de todo ello. Daba la sensación de que aquella sociedad que no existía como tal, que se desconocía en la práctica, había dado un salto prodigioso en la formación de una masa crítica. Y todo esto se había conseguido tan rápido que resultaba inverosímil visto desde fuera, cuanto más teniendo en cuenta la naturaleza del régimen que duraba ya siglos. Antes de que el poder establecido pudiese acaso anunciar quién era el nuevo tótem, el nuevo rey que sería posiblemente infinito como el anterior, millones de personas habían ya abarrotado las calles pidiendo la verdad. Sólo eso, sencillamente la verdad, algo que no podía ser revelado, algo prohibido porque la verdad, palabra tabú en otros tiempos, solo estaba al alcance del padre de la Nación.

   Sin embargo en días sucesivos y con una velocidad  insospechada, tan rápido como se había producido el estallido,  las manifestaciones fueron periclitando, como si el furor inicial hubiese sido aplacado por un temor primitivo, casi orgánico, consustancial a aquellos seres desprovistos de la más mínima cultura. Un miedo al vacío, a una libertad que siempre les había sido robada con altísimas dosis de manipulación y control mental comenzó a anidar por doquier. Aquellas movilizaciones sociales habían carecido desde el principio de una doctrina,  de un objetivo definido y claro, sin eslóganes y huérfana de dirección. Con la única demanda de la verdad como grito unánime pero sin dirección concreta estaban condenadas a la vacuidad, al fiasco más absoluto.

   Años, décadas de aislamiento no se podían subsanar en horas, en días. Pronto se anunció que el nuevo soberano era el hijo natural del anterior y con grandes alharacas, en periódicos oficiales, se trataba de inculcar a los habitantes de aquel reino la idea de que siempre había estado ahí, a la derecha del padre. Esta expresión hizo recordar a más de uno a otra mucho más arcaica aunque no se llegó a saber de dónde procedía, como muchas otras cosas en aquel país de la desmemoria inculcada desde el poder. De repente el pueblo se vio inundado de periódicos que se distribuían gratuitamente, en realidad no  mucho más que panfletos grapados con varias hojas. La primera noticia era que, por el momento y hasta nuevo aviso, su nuevo líder autorizaba momentáneamente la información, si bien se advertía a los súbditos de la transitoriedad de la medida y la maldad intrínseca del periodismo y la libre expresión. 

  En seguida comenzaron a surgir panegíricos, informaciones elogiosas y vergonzantes que la gran mayoría observó con gusto. Se argumentaba que era un ser providencial, también divino, al que se debía sumisión, respeto y oración. Él era y había sido durante siglos el príncipe más preparado del planeta, de ello no cabía duda. Había sido el verdadero impulsor de su padre, la verdadera base de sustento de aquel monarca que ahora dejaba su cargo tras siglos de servicio. Pronto se difundió su cara: joven, más todavía que su padre, moreno, sonriente y afable, debía también tener grandes dosis de campechanía como su padre, era la nueva emanación de la verdad oficial. Su enorme retrato apareció por todas partes, no solo en el papel impreso sino ocupando aquellos lugares que su supuesto padre había ocupado durante siglos.

    Fue todo muy breve, tanto que ni siquiera esa pequeña parte de la sociedad que al albur de las movilizaciones  y del pensamiento libre había emergido espontáneo tras la impactante noticia, tuvo el más mínimo tiempo para preparar nuevas concentraciones como aquellas que ya resonaban en gran parte de los súbditos como un hecho del pasado. En unos días esas personas habían desaparecido para siempre, nadie más se preguntó por su paradero y todo volvió a ser como había sido antes: la gente volvió a sus rutinas y costumbres ancestrales y asumió como verdadera la sucesión natural de las cosas. Era del todo normal que el hijo tomara el relevo del padre, desgastado y cansado tras siglos de dura y abnegada labor por la patria. Se abría para todos una nueva época de esperanza, de bienestar y de tranquilidad, todo volvía a su estado natural y secular. Atrás habían quedado ya aquellos momentos del shock inicial pero pensándolo bien, en sus casas, con el nuevo libro ahora actualizado, aquellas personas, aquellas familias de tres miembros habían asumido la eternidad, la continuidad ineludible y necesaria de su infinita institución monárquica.

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