En un país cualquiera de cualquier
continente habitaba un rey infinito e imperecedero. Siempre había estado en el
trono, siempre había gobernado. En la sección de historia solo aparecía su
reinado, era el Padre de la Nación, puesto que él la había fundado y era su
encarnación, la emanación de la patria. Los bisabuelos contaban que había
comenzado a reinar décadas antes del siglo en que habían nacido ellos. Los
hijos preguntaban a sus padres y estos aseguraban que siempre lo habían
recordado como rey. Esos mismos hijos que fueron preguntados por sus nietos,
décadas después, recibieron la misma contestación: ahí está, sigue reinando, el
supremo hacedor de la nación, el fundador de la patria. Para aquel entonces los
escolares ya conocían de memoria la cancioncilla de dudoso gusto que cantaban a
diario al entrar y salir del colegio. Para ellos era la más bella melodía que
existía, era el himno nacional y decía algo así como:
Oh, nuestro supremo Rey
eres el monarca de nuestra nación,
fuiste y serás nuestro Rey,
por los siglos de los siglos....
Nadie quiso nunca reconocer que la última frase de la estrofa
había sido copiada de algún vetusto rito religioso. Los más viejos del lugar
así lo recordaban, pero no sabían muy bien a que religión o creencia ancestral
pertenecía. Por aquel entonces todas las confesiones religiosas se habían
abolido por el único culto permitido, el culto civil a Su Majestad (nótese las
mayúsculas S.M.). La monarquía siempre había gobernado aquel país,
aquella realidad. Nadie podía acaso dudar de que aquel ser superior que había
sobrevivido ya varios siglos no constituyese una verdad tangible, auténtica,
veraz. Por todas partes aparecía su egregia figura, su imagen lozana y sonriente.
Enormes estatuas ecuestres y bustos adornaban plazas y jardines de pueblos y
ciudades de la nación. Su rostro estaba siempre fijo noche y día, inmutable, en
grandes pantallas que cubrían las fachadas de los fríos edificios
administrativos de cristal y acero.
Todos asumían como una verdad indiscutible su cercanía
al pueblo, su camaradería. Se contaba desde el jardín de infancia hasta la
tumba su leyenda, que seguía no obstante desarrollándose y creciendo puesto que
todos presumían una larga e infinita vida al servicio del país, entregado a
todos, conduciendo los destinos de aquel agradecido reino del éxito
garantizado. Siempre había triunfado en todas las batallas, como máximo
dirigente había logrado el bienestar de todos y esa verdad incontestable corría
como la pólvora. Por aquel entonces habían sido suprimidos los otrora
conocidos como medios de comunicación que en aquello que la mayoría consideraba
la antigüedad habían sido los responsables de todos los males, las
enfermedades, las guerras, las ideologías. Aquella cosa que hacía décadas se
había conocido como Internet y ese artefacto llamado teléfono, una invención
maligna de algún enemigo de la paz y la armonía ya no existían. Los abuelos
contaban a sus nietos que un día lejano sus abuelos habían dispuesto de unos
artilugios diabólicos que les habían arrebatado su calidad de vida, una especie
de mecanismos infernales que obnubilaba la inmensa clarividencia de sus
pensamientos.
Alegría. Esa era una de esas palabras permitidas por entonces,
difundida y propagada de manera insistente durante generaciones. Oficialmente
nadie había sido responsable de su implantación y de hecho ya no tenía
exactamente el mismo significado que antaño pero eso aquellos ciudadanos
lo desconocían. Sabían que debían de aparecer siempre y en todo lugar con mucha
alegría, siempre sonriendo, jamás con una mala mueca en el rostro, a pesar de
que alguna incomodidad se hubiera instalado en sus vidas. La enfermedad no
debía ser cortapisa para mostrar una buena sonrisa, las malas caras estaban
penadas con sanciones de extrema gravedad. De hecho el saludo oficial incluía
una sonrisa de oreja a oreja porque aquel era ya de hecho el país de la
alegría. Así lo había querido el rey. No había más que discutir porque lo había
dicho El. Aquel himno que se escuchaba a todas horas desde megáfonos por
las calles era el himno de la alegría, el único sonido musical permitido
oficialmente que se cantaba cada tres horas en punto en cualquier lugar del
territorio nacional. Por supuesto nadie recordaba que ese título había sido
recuperado de una obra de un tal Beethoven. Solo algún anciano de provecta edad
creía haber oído hablar alguna de vez de la existencia de unos hombres que se
dedicaban a escribir en un extraño lenguaje que se podía convertir en sonidos a
través de determinados artilugios ya desaparecidos.
La letra reflejaba la bondad suprema de su líder venerado, el
inmortal monarca, el único y supremo ser. Todos sabían a pies juntillas, sílaba
a sílaba, de la única estrofa y su dulce melodía que era la más bella que jamás
ser humano hubiera tenido el placer de escuchar, al menos esa verdad
incontestable había sido difundida por doquier:
Oh, nuestro supremo Rey
eres el monarca de nuestra nación,
fuiste y serás nuestro Rey,
por los siglos de los siglos....
La censura no tenía cabida en aquel reino, entre otras
cosas porque dicho vocablo había sido eliminado del uso común. Verdaderamente
no era necesario porque habitualmente no pasaba nada. En realidad, desde el día
que nadie sabía ya situar en el que se abolieron las religiones y se instauró
el culto civil al Rey no había sucedido nada reseñable. Ni siquiera había ya
sucesos, aquellos típicos inventos de la prensa que habían servido para desviar
la atención de los asuntos más espinosos. Por una suerte de encantamiento,
nadie tenía accidentes de tráfico, pues había sido suprimido el tráfico y las
carreteras, nadie era asesinado, ni violado, ni maltratado porque un decreto
real lo había abolido desde tiempos inmemoriales. En alguno de los pasquines
que aparecían como por obra de magia en las estribaciones de cada nuevo día se
contaban esas cosas que habían ocurrido antes y que ahora ya no eran posibles.
Tampoco había epidemias ni intoxicaciones, pues los restaurantes habían sido
cerrados y toda reunión mayor a tres personas era sutilmente evitada. Incluso
en los organismos públicos, en los colegios y universidades no había nunca más
de tres personas en el mismo lugar. Y aunque ello comportó un desembolso muy
oneroso, puesto que se hubieron de levantar enormes infraestructuras para
evitar aglomeraciones de más de tres individuos, se evitaba cualquier posible
contagio infeccioso y, de paso, ideológico.
Porque entonces las ideologías también habían fenecido de
manera radical. El pensamiento único de su monarca era el único admitido y
venerado como la única verdad posible, conocida por todos como la "sinceridad
real". Ese era el título del libro. Todos guardaban un ejemplar en
casa que leían a diario. La sociedad había también sido trasformada de
manera radical. Ahora solo podía haber familias de 3 miembros ya que, como
decíamos antes, el tres era la cifra permitida. Estaba por todas partes e
impregnaba el todo en aquella colectividad. Tres eran los miembros de la
familia, tres pisos eran los que se podía elevar un edificio, tres barras de
pan eran las máxima permitidas. Como todo, había sido una idea surgida de
aquella mente privilegiada, de ese ser providencial que aquella nación había
tenido la enorme fortuna de tener.
Aquellas familias de tres miembros eran felices. Tenían todo
lo que necesitaban, tres platos de comida al día y la inestimable compañía de
sus seres queridos. Eso era todo, nadie necesitaba nada más, nadie discutía,
nadie asistía a debates, la felicidad se respiraba por todas partes, incluso en
plazas y jardines, únicos lugares en los que se permitía que más de una familia
paseara con su único hijo. El trabajo había sido abolido porque se había
comprobado científicamente, o eso decía el libro, que era un medio para
enriquecerse, algo terminantemente prohibido para el común de los mortales. De
hecho el dinero no existía como tal. A cada familia se le entregaba un emblema,
un símbolo que llevaban zurzidos en todas sus prendas, junto al escudo real,
que era único e intransferible y con el símbolo podían comprar tres latas de
alubias a la semana, tres pañales o tres pastillas de jabón. Tres.
Nadie había oído nunca la voz del Rey. La leyenda, contada de
padres a hijos durante generaciones, la representaba ligada al imaginario
popular y familiar. Todos decían saber cómo era pero nadie jamás la había
escuchado. Al parecer su voz era suave, sin ninguna estridencia, pero firme, la
más firme y bella voz que ser humano jamás hubiera podido escuchar. Tenía
un tono extremadamente persuasivo como padre de todos que era y se afirmaba que
conmovía a las masas y aplacaba a los enemigos de la sociedad con su sola
audición. Todo esto había ido quedando reflejado en el libro que, con el
paso de las generaciones se volvía a editar ampliando el acervo documental
sobre el joven y saludable Rey. Cada generación disponía de novedades que
enriquecían la sabiduría popular, que era la única aceptada oficialmente. No
era necesario asistir al colegio y por eso mismo se suprimieron los profesores.
Bastaba con la lectura y relectura del libro.
En aquel reino de la complacencia, de la bonhomía universal, cayó
como un violento rayo destructor la noticia de la abdicación de su soberano.
Era una fresca pero luminosa mañana de abril cuando comenzó a correr el rumor
en las familias, cuando muchos de sus componentes regresaban a sus hogares
después de acudir a por la ración diaria de pan. Los panfletos estaban por
todas partes, como presagiando que algo importante debían querer comunicar. Cuando
comenzaron a leer la misiva nadie pareció entender nada de lo que decía.
¿Qué significaba aquello?. ¿Es que acaso el monarca podía ser reemplazado?. Verdaderamente
aquel pueblo amansado durante generaciones no estaba preparado para digerir
algo que le sobrepasaba en su entendimiento global. Estaban desbordados,
aturdidos. Muchas personas sufrieron desmayos y vahídos al comenzar a asimilar
la comunicación. En realidad muchos no llegaron a sus hogares pues fallecieron
de la impresión.
Su rey, ese que suponían infinito y por ende irremplazable
había ya dejado de serlo aunque nada se decía de su sustituto. En las calles
los pasquines inundaban las aceras, se amontonaban informes y sin sentido y
apenas daban abasto las escobas de cerdas de plástico manejadas con destreza
por los barrenderos para acaparar todo el material desparramado, se mostraban
insuficientes ante esos enormes montones blancos y móviles de papel. En
realidad muchos de camino a casa comenzaban a pensar por primera vez en sus
vidas la extraña idea de que acaso fuese insuficiente el personal destinado
a limpiar correctamente las calles. Era algo que jamás se habían
planteado, una idea quizás loca, fruto de su nerviosismo e incertidumbre pero
ahora aparecía como un hecho probable. Y lo peor lo vivieron en breves
instantes. Comenzaron a fabular, a pensar como seres racionales por primera vez
en sus vidas. Si el Rey, el sagrado y divino Rey, el padre de todos, los
abandonaba y era reemplazable ¿por qué habían creído lo contrario?. ¿Es que
acaso habían vivido en una universal mentira transmitida con buena fe por sus
familiares más allegados?. Y lo más importante, ¿Por qué abandonaba, por qué
les abandonaba, qué sería ahora de ellos?. Sin quererlo, apenas sin darse
cuenta, aquella sociedad adormilada comenzó a despertar de su letargo secular.
Un aparentemente inapreciable cambio desde el poder, una leve
alteración del estatu quo, simple y sin aparente trascendencia operó como por
milagro el cambio sanador. De repente se habían topado con una colosal mentira,
creyeron ser conscientes de que nada de lo que habían soñado, vivido e
imaginado era cierto. Estas humildes gentes, casi analfabetas, lectoras del
libro, ese libro que ahora aparecía como una fabula irrisoria, habían comenzado
a pensar por sí mismos. De manera casi mecánica comenzaron a violar la ley, esa
que prohibía reuniones mayores de tres. Pronto se las ingeniaron para reunirse
en secreto, para intentar conocer que había pasado, cuál era la verdad
fidedigna. Sin saber cómo muchos comenzaron a comprender que ese líder
carismático al que habían venerado como a un verdadero Dios podría no haber
sido eterno, como se había contado secularmente. Algunos desviados de la
doctrina, herejes para la verdad oficial, llegaron a difundir el rumor de que
el monarca debía de haber muerto en algún momento de la evolución humana, en
algo irreal llamado pasado.
Tan pronto como se estableció esa posible nueva verdad , de manera
fulminantemente veloz surgió un debate soterrado que se cuestionaba la esencia
misma del poder y la religiosidad oficial. ¿No podían acaso haber sido
manipulados desde su más tierna infancia o, algo peor, no podían haber sido
engañados sus bisabuelos, sus abuelos, sus padres?. La cuestión de las
responsabilidades apareció como una consecuencia de todo ello. Daba la
sensación de que aquella sociedad que no existía como tal, que se desconocía en
la práctica, había dado un salto prodigioso en la formación de una masa
crítica. Y todo esto se había conseguido tan rápido que resultaba inverosímil
visto desde fuera, cuanto más teniendo en cuenta la naturaleza del régimen que
duraba ya siglos. Antes de que el poder establecido pudiese acaso anunciar
quién era el nuevo tótem, el nuevo rey que sería posiblemente infinito como el
anterior, millones de personas habían ya abarrotado las calles pidiendo la
verdad. Sólo eso, sencillamente la verdad, algo que no podía ser revelado, algo
prohibido porque la verdad, palabra tabú en otros tiempos, solo estaba al
alcance del padre de la Nación.
Sin embargo en días sucesivos y con una velocidad
insospechada, tan rápido como se había producido el estallido, las
manifestaciones fueron periclitando, como si el furor inicial hubiese sido
aplacado por un temor primitivo, casi orgánico, consustancial a aquellos seres
desprovistos de la más mínima cultura. Un miedo al vacío, a una libertad que
siempre les había sido robada con altísimas dosis de manipulación y control
mental comenzó a anidar por doquier. Aquellas movilizaciones sociales habían
carecido desde el principio de una doctrina, de un objetivo definido y
claro, sin eslóganes y huérfana de dirección. Con la única demanda de la verdad
como grito unánime pero sin dirección concreta estaban condenadas a la
vacuidad, al fiasco más absoluto.
Años, décadas de aislamiento no se podían subsanar en horas,
en días. Pronto se anunció que el nuevo soberano era el hijo natural del
anterior y con grandes alharacas, en periódicos oficiales, se trataba de
inculcar a los habitantes de aquel reino la idea de que siempre había estado
ahí, a la derecha del padre. Esta expresión hizo recordar a más de uno a otra
mucho más arcaica aunque no se llegó a saber de dónde procedía, como muchas
otras cosas en aquel país de la desmemoria inculcada desde el poder. De repente
el pueblo se vio inundado de periódicos que se distribuían gratuitamente, en
realidad no mucho más que panfletos grapados con varias hojas. La primera
noticia era que, por el momento y hasta nuevo aviso, su nuevo líder autorizaba
momentáneamente la información, si bien se advertía a los súbditos de la
transitoriedad de la medida y la maldad intrínseca del periodismo y la libre
expresión.
En seguida comenzaron a surgir panegíricos, informaciones elogiosas
y vergonzantes que la gran mayoría observó con gusto. Se argumentaba que era un
ser providencial, también divino, al que se debía sumisión, respeto y oración.
Él era y había sido durante siglos el príncipe más preparado del planeta, de
ello no cabía duda. Había sido el verdadero impulsor de su padre, la verdadera
base de sustento de aquel monarca que ahora dejaba su cargo tras siglos de
servicio. Pronto se difundió su cara: joven, más todavía que su padre, moreno,
sonriente y afable, debía también tener grandes dosis de campechanía como su padre,
era la nueva emanación de la verdad oficial. Su enorme retrato apareció por
todas partes, no solo en el papel impreso sino ocupando aquellos lugares que su
supuesto padre había ocupado durante siglos.
Fue todo muy breve, tanto que ni siquiera esa pequeña parte
de la sociedad que al albur de las movilizaciones y del pensamiento libre
había emergido espontáneo tras la impactante noticia, tuvo el más mínimo tiempo
para preparar nuevas concentraciones como aquellas que ya resonaban en gran
parte de los súbditos como un hecho del pasado. En unos días esas personas
habían desaparecido para siempre, nadie más se preguntó por su paradero y todo
volvió a ser como había sido antes: la gente volvió a sus rutinas y costumbres
ancestrales y asumió como verdadera la sucesión natural de las cosas. Era del
todo normal que el hijo tomara el relevo del padre, desgastado y cansado tras
siglos de dura y abnegada labor por la patria. Se abría para todos una nueva
época de esperanza, de bienestar y de tranquilidad, todo volvía a su estado
natural y secular. Atrás habían quedado ya aquellos momentos del shock inicial
pero pensándolo bien, en sus casas, con el nuevo libro ahora actualizado,
aquellas personas, aquellas familias de tres miembros habían asumido la
eternidad, la continuidad ineludible y necesaria de su infinita institución
monárquica.
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