No sé muy bien que hora es ni en qué día exacto del mes me encuentro. Él ha vuelto de nuevo pero desconozco el carácter y la intensidad del ataque. En realidad él nunca se marchó. Necesitaba escribirlo porque si desaparezco creo que toda la gente que me estimó tiene derecho a conocer todos los pormenores de mi final, de mi inminente final. Siempre lo supe, pero fue aquel día de febrero del 2010 cuando descubrí la terrible verdad: no estamos solos. Alguien o algo desconocido nos controla, domina nuestras pasiones, nuestras más inconfesables miserias. No piensen que se trata de un ente superior que domina nuestra personalidad, un espectro fantasmal que se apodera y posee nuestro cuerpo o quizás un extraterrestre venido de otro mundo. No, no. No es eso, es algo difícil de explicar para un pobre escritor de mala muerte que relata fabulaciones difíciles de creer. Es otro. De eso sí que estoy seguro. En realidad en estos momentos pudiera ser que me fulminara y no dejara que acabara estas líneas. Voy a tratar de ser conciso y sintético, de no utilizar en exceso esas partes de la corteza cerebral que en estos momentos están bajo su control, básicamente para que no se de cuenta de lo que hago. Sí, ahora creo que está en un estado latente, como una enfermedad que acecha, a la espera de expandirse por el deteriorado organismo.
Ese febrero fue muy duro, lo recuerdo especialmente desagradable. Todo empezó como siempre en la temporada invernal, frecuentes infecciones faríngeas, salpicadas de una sutil y casi imperceptible febrícula. Pero algo llamó mi atención, algo diferente y no precisamente el esputo que seguía teniendo el mismo color que de costumbre. Un terrible dolor en el cuello. No es que fuera una novedad desde aquel accidente de hace ya más de un lustro, cuando dos hernias cervicales machacaron mis terminaciones nerviosas y provocaron una desagradable sensación de cosquilleo contínuo, como un calambre, en los dedos de mi mano derecha. Aquel dolor era inhumano, era mucho más grave que aquella tortícolis pertinaz que sufrí durante todo un caluroso mes de agosto del año 4. En aquella ocasión la rigidez mostraba a los demás la gravedad de una mala corriente de aire que había contracturado toda la musculatura que rodea al cuerpo cervical. Ahora la cuestión era muy diferente, tanto que el escalofrío que recorrió todo mi cuerpo al descubrirlo perdura indeleblemente en algún rincón de mi debilitada memoria. Aunque no lo puedo recordar bien, era un día entre semana, yo estaba en paro, en una de esas temporadas más o menos breves que transcurren entre una baja laboral y otra, entre una sustitución aquí y otra allá.
La madrugada había avanzado considerablemente en una de esas típicas noches interminables en las que el sueño no llega precisamente porque el sueño no es necesario. No tenía que madrugar, podía levantarme tranquilamente a las doce o la una, subir a Julio Antonio a la cadena de alimentación y comprar cualquier congelado que hornear en el microondas. La hora no puede ser en modo alguno exacta, puesto que tras una placentera sesión masturbatoria en un frío y desangelado canal local, había comenzado a ver la paranoica película de Aronofsky, la de la madre enganchada a las anfetas. Pero, de pronto, a mitad de la película, en la plena y total oscuridad de mi viejo y solitario apartamento, noté un terrible desgarro en el cuello, en la parte posterior. Era como si algo muy cortante y extremadamente duro desgarrase la piel. A continuación el dolor se hizo terriblemente insoportable, tanto que hube de ingerir varias cápsulas de Nolotil para soportarlo. Alterado por ese dolor que, no obstante, no impedía la movilidad de mi cogote, me dirigí al espejo del minúsculo cuarto de baño. Encendí la luz y entonces apareció él. Mi dueño, esa persona que trata de destruirme, de acabar conmigo silenciosamente, sin dejar huella, que podrá perpetrar el crimen perfecto si estas líneas no llegan a conocimiento de alguien.
Lo que pude corroborar de inmediato cuando puse detrás de la cabeza un pequeño espejito redondo fue la impresión de unas marcas muy profundas, unas marcas como de herida cicatrizada de un color amoratado. Eran cinco improntas, ahora sé que sencillamente era su firma. La que utiliza para advertir a su víctima, para inmovilizarla de terror, para persuadirla de inmediato de que no hay nada que hacer. Eran sus dedos o mejor dicho sus garras, porque él tiene cinco dedos oscuros, muy sucios, acabados en cinco puntiagudas uñas, negras de inmundicia, asquerosamente repugnantes. Aquella noche se tornó en horror, en angustia. Entonces supe que él estaría para siempre allí donde yo estuviera, y que podía entrar en acción y acabar conmigo, como sé que lo está haciendo ya. Entonces supe que él era yo.
imagen: subjetividadycultura.org.mx
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