
Luftolde se había transmutado en un ser nuevo. Su pericia adquirida tras aquellos meses de preparación le habían convertido en un verdadero experto en el manejo de la espada y la daga, armas utilizadas en el duelo conforme a la escuela de la destreza española del XVII. Quizás esta nueva pericia, su conocimiento y estudio unido a un sutil acercamiento a la literatura de capa y espada cambiaron por completo su perspectiva vital, su forma de pensar y ver el mundo. De repente vio una salida, una puerta de escape que, indefectiblemente, le llevaría por una peligrosa senda, por una pendiente descendente de la que jamás podría ya regresar. Es cierto que jamás fue una persona política pero tampoco era por aquel entonces un cerril antipolítico como le habían inculcado sus mayores, ese lugar común en España del "no te metas en política" heredado de tiempos remoto.
Le interesaban los temas más flagrantes de aquella sociedad podrida por años de conformismo y latrocinio organizado y se preguntaba a diario si alguien o algo acabaría alguna vez con aquel estado de cosas. Un hecho se cruzó en su vida de manera determinante y acabó por alterar su frágil equilibrio interior si es que este había existido alguna vez. Un hecho marcó este cambio irreversible: la muerte prematura de un familiar cercano, una muerte lenta y tortuosa, con un sufrimiento atroz, después de haber sido robado, estafado, humillado por su oficina bancaria. Entonces sí que ya no hubo vuelta atrás. Es cierto que no comenzó a urdir en aquel momento un plan sistemático para acabar con los asesinos de tantas personas, de toda una sociedad, pensaba él. Se tomó un tiempo moderado de reflexión y, como decíamos, su momento estaba a punto de llegar porque se sentía preparado para cualquier reto, fuese el que fuese, incluso a costa de su propia vida.
Su esperanza no era convertirse en un justiciero porque en realidad no pensaba que esa sociedad de mierda que lo había desplazado mereciese ser redimida, liberada de aquellos que la parasitaban desde hacía décadas. Sí, era cierto, aquellos nefastos personajes eran dignos de ser fusilados o, mejor todavía, torturados durante horas o mejor días para que pagaran así por el terrible sufrimiento que habían provocado a toda una sociedad, a toda una nación. Pero él no había sido llamado a redimir a nadie ni a nada, menos a aquellos que habían consentido durante tanto tiempo aquel estado de cosas. Digamos que creía firmemente que aquellos depravados, aquellos banqueros, políticos y empresarios no habían podido mantenerse pisando tantas cabezas si estas no hubiesen estado mirando para otro lado. Por eso él no quería ser un héroe para nadie. Porque aquellos parásitos despreciables eran los parásitos despreciables de aquella sociedad, eran sus parásitos, aquellos a los que había visto jaleados por televisión, muchos de ellos elevados a la categoría de héroes, admirados por todos mientras robaban a manos llenas.
Porque había comprobado durante su vida la corrupción de muchas de las instituciones por las que había transitado. La universidad, nido de podredumbre y corrupción, de compadreo. Ahora le venían a la cabeza imágenes fragmentarias, como la del banquero y el político corrupto elevados a la categoría de doctor por aquella institución del saber. Qué decir del sindicato en el que había militado tantos años, lugar de enchufe y apropiación indebida, órganos de un estado podrido. En realidad todo estaba pútrido, la sociedad entera era un lodazal inmundo y quizás él también estaba podrido por dentro, no era nada, era un detritus típico forjado durante años de frustración. ¿Quién era él ahora para ajustar cuentas a nadie?. Pero si no era más que un triste y penoso fracasado que, no obstante, había encontrado en aquel grupo de personas un apoyo, una cierta compasión, un cariño si lo queremos decir así y gracias a aquella catarsis se había sentido diferente, más abierto, más libre.
Pero quizás precisamente por todo ello sentía como un deber inaplazable hacer algo, no por los demás, sino tan solo por sí mismo y por su desgraciado tío aunque, verdaderamente su proyecto se basaba en la idea de su única y egoísta satisfacción. En la universidad había aprendido, a base de asistir a charlas y conferencias sobre el anarquismo, aquello de la propaganda por el hecho. Quedó grandemente impresionado por aquella ideología, no por su contenido intrínseco, que le parecía una inmensa gilipollez, sino por lo decisivo de su acción. Nunca había sido lo que se conocía otrora como un hombre de acción ni mucho menos pero sabía que tenía que actuar, que infligir un terrible dolor y, de paso, sacudir los cimientos de aquella adocenada realidad, paralizada por la falsa ilusión de un buenismo insoportable, de una sensación de dejadez, de que otros solucionarían los problemas de todos, esos otros que los habían provocado. Que duda cabía que su primera idea era atentar contra la cabeza de aquel estado inmundo pero el objetivo era excesivo incluso para una banda organizada, incluso para un propio estado beligerante aunque recordaba aquellos macabros sucesos de la calle mayor y la Puerta del Sol de Madrid, actos que siempre había repudiado pero que ahora veía con cierta simpatía.
No se trataba de eso, sus objetivos serían mucho más específicos, menos directos pero igualmente alarmantes, era su más íntima pretensión. No era necesario en el mundo actual derribar a la cabeza, solo socavar los cimientos si es que estos existían, pensaba. Con su ganada destreza y sus espadas y daga pensaba emular a los espadachines de épocas remotas cuando España había llegado a ser algo, aunque hubiese sido un algo en decadencia. El perfecto manejo del círculo español y el movimiento de piernas jugaría a su favor. Controlaba como casi un maestro los compases y los cuarteos, había llegado, en muy poco tiempo, a realizar trepidantes, ángulos inverosímiles, uñas arriba y abajo. Tanto había llegado a progresar que su maestro de armas, con años de ventaja, había salido escaldado en un cuerpo a cuerpo. Quizás ya lo tenía decidido o quizás no pero lo cierto es que se dejaba el alma en los entrenos, tanto que amorató el cuerpo de su instructor por la fuerza que imprimía al tapón con el que se protegía el estoque. Sin embargo nadie supo, hasta muchísimo tiempo después, que el autor de aquella escabechina había sido él, el pobre tullido espadachín, el ridículo Luftolde, ese que no valía para nada, el inútil, el mediocre.
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