
"Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir" ( Borges) .
Salía cansado pero alegre, se sentía como aquellos guerreros tras la
triunfal batalla, aquellos héroes de la arena de tantas urbes, los
gladiadores, esos que un día habían encabezado una triunfante revolución
hasta la derrota final. Porque después de todo había luchado durante su
vida contra múltiples contratiempos, aquella polio que le dejó una
ostensible cojera en la pierna derecha, su eterna juventud y
adolescencia, el rechazo de todo y de todos, la universidad y las luchas
sindicales y la depresión, aquella enfermedad invisible pero letal,
quizás el campo minado más peligroso al que había tenido que hacer
frente durante su madurez. Pero aquella mañana de sábado, después del
combate y la ducha se sentía ganador. Ahora sí que podía presumir ante
sí mismo de ser un vencedor. Se llamaba Luftolde, otro lastre con el que
había tenido que lidiar durante su vida, otra bofetada en la cara más.
Pero ahora ya nada de eso le importaba. Ahora se sentía libre.
Llevaba tan solo unos meses entrenando. Fue una sencilla casualidad la
que le llevó allí. Una tarde veraniega, azotado por el calor de su mal
orientado y avenjentado apartamento de los años 30, había ascendido a la
fortaleza ya amarillenta, el sol estaba periclitando en el horizonte de
aquella límpida tarde de agosto. Decidió salir de su aislamiento y
recorrer la angosta carretera que asciende hasta aquella ciudadela
construida durante siglos, modificada, alterada, coronada hoy de cables y
antenas infames. Cuando arribó al patio de armas le llamó la atención
un pequeño grupo de personas disfrazadas, quizás para algún
espectáculo. Después descubriría que llevaban a cabo una exhibición del
arte de la esgrima clásica, del arte del duelo, un ancestral rito
convertido en nuestros días en deporte.
Él, que siempre había sido rechazado por una sociedad complaciente y
egoísta, observó asombrado una camaradería insultante. Por eso decidió
acudir cinco meses después al pabellón deportivo en el que se formaban y
en el que recibiría los pertrechos imprescindibles para la práctica de
aquel noble arte. Allí se sintió apreciado, era uno más y no uno menos
como le había sucedido durante años. Su minusvalía desapareció, se hizo
invisible a los ojos de todos sobre el colchón del tatami, donde se
mostraba ágil, atrevido y completamente desinhibido gracias a la
confianza que había recibido y de la que se había apropiado. Ya no
importaba la fuerza física sino esa destreza casi milimétrica,
matemática, que había adquirido en el manejo de la espada,
los movimientos pausados y eléctricos sobre el acotado espacio
enclaustrado por las cuatro paredes y la cubierta sujeta por inmensas vigas de metálicas.
En pantalones y camiseta había tocado por segunda vez el acero de las armas. Ayudado por unos cochambrosos pero mullidos guantes de jardinería asió con todas sus fuerzas la empuñadura metálica con cazoleta labrada y gavilanes, una hoja de 95 centímetros bien acabada, brillante, estrenada por él. Pronto sería consciente de haber encontrado sentido a su vida, un asidero al que agarrarse en aquellos tiempos turbulentos, también en su desgastada alma.
En pantalones y camiseta había tocado por segunda vez el acero de las armas. Ayudado por unos cochambrosos pero mullidos guantes de jardinería asió con todas sus fuerzas la empuñadura metálica con cazoleta labrada y gavilanes, una hoja de 95 centímetros bien acabada, brillante, estrenada por él. Pronto sería consciente de haber encontrado sentido a su vida, un asidero al que agarrarse en aquellos tiempos turbulentos, también en su desgastada alma.
Por fin había experimentado eso que sólo sienten los hombres libres,
por primera vez en su penoso devenir. Solo Dios conocía la proporción de
su liberación. Ese enorme peso, esa presión, la terrible ansiedad, la
soledad...tantas cosas se agolpaban en su cabeza y ahora se habían
esfumado. Sin que se lo pudiera haber imaginado en sus mejores
pesadillas la pierna había dejado de ser un problema, una constante y
agotadora preocupación. Tampoco lo era ya su aspecto físico general:
desgarbado, flacucho y sin apenas musculatura, fruto de un sedentarismo
adquirido tras años de inmovilidad y sufrimiento. Salía aquella mañana
del examen que certificaba que era un maestro en el arte del duelo, de
la esgrima clásica. Por fin era un héroe cotidiano, alguien de quien
estar orgulloso pero, sobre todas las cosas, sentía que era por fin uno
de tantos.
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