miércoles, 19 de febrero de 2014

Liberación I






    "Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir" ( Borges) .




 
   Salía cansado pero alegre, se sentía como aquellos guerreros tras la triunfal batalla, aquellos héroes de la arena de tantas urbes, los gladiadores, esos que un día habían encabezado una triunfante revolución hasta la derrota final. Porque después de todo había luchado durante su vida contra múltiples contratiempos, aquella polio que le dejó una ostensible cojera en la pierna derecha, su eterna juventud y adolescencia, el rechazo de todo y de todos, la universidad y las luchas sindicales y la depresión, aquella enfermedad invisible pero letal, quizás el campo minado más peligroso al que había tenido que hacer frente durante su madurez. Pero aquella mañana de sábado, después del combate y la ducha se sentía ganador. Ahora sí que podía presumir ante sí mismo de ser un vencedor. Se llamaba Luftolde, otro lastre con el que había tenido que lidiar durante su vida, otra bofetada en la cara más. Pero ahora ya nada de eso le importaba. Ahora se sentía libre. 

   Llevaba tan solo unos meses entrenando. Fue una sencilla casualidad la que le llevó allí. Una tarde veraniega, azotado por el calor de su mal orientado y avenjentado apartamento de los años 30, había ascendido a la fortaleza ya amarillenta, el sol estaba periclitando en el horizonte de aquella límpida tarde de agosto. Decidió salir de su aislamiento y recorrer la angosta carretera que asciende hasta aquella ciudadela construida durante siglos, modificada, alterada, coronada hoy de cables y antenas infames. Cuando arribó al patio de armas le llamó la atención un pequeño  grupo de personas disfrazadas, quizás para algún espectáculo. Después descubriría que llevaban a cabo una exhibición del arte de la esgrima clásica, del arte del duelo, un ancestral rito convertido en nuestros días en deporte.

   Él, que siempre había sido rechazado por una sociedad complaciente y egoísta, observó asombrado una camaradería insultante. Por eso decidió acudir cinco meses después al pabellón deportivo en el que se formaban y en el que recibiría los pertrechos imprescindibles para la práctica de aquel noble arte. Allí se sintió apreciado, era uno más y no uno menos como le había sucedido durante años. Su minusvalía desapareció, se hizo invisible a los ojos de todos sobre el colchón del tatami, donde se mostraba ágil, atrevido y completamente desinhibido gracias a la confianza que había recibido y de la que se había apropiado.  Ya no importaba la fuerza física sino esa destreza casi milimétrica, matemática, que había adquirido en el manejo de la espada, los movimientos pausados y eléctricos sobre el acotado espacio enclaustrado por las cuatro paredes y la cubierta sujeta por inmensas vigas de metálicas. 

 En pantalones y camiseta había tocado por segunda vez el acero de las armas. Ayudado por unos cochambrosos pero mullidos guantes de jardinería asió con todas sus fuerzas la empuñadura metálica con cazoleta labrada y gavilanes, una hoja de 95 centímetros bien acabada, brillante, estrenada por él.  Pronto sería consciente de haber encontrado sentido a su vida, un asidero al que agarrarse en aquellos tiempos turbulentos, también en su desgastada alma.

  Por fin había experimentado eso que sólo sienten los hombres libres, por primera vez en su penoso devenir. Solo Dios conocía la proporción de su liberación. Ese enorme peso, esa presión, la terrible ansiedad, la soledad...tantas cosas se agolpaban en su cabeza y ahora se habían esfumado. Sin que se lo pudiera haber imaginado en sus mejores pesadillas la pierna había dejado de ser un problema, una constante y agotadora preocupación. Tampoco lo era ya su aspecto físico general: desgarbado, flacucho y sin apenas musculatura, fruto de un sedentarismo adquirido tras años de inmovilidad y sufrimiento.  Salía aquella mañana del examen que certificaba que era un maestro en el arte del duelo, de la esgrima clásica.  Por fin era un héroe cotidiano, alguien de quien estar orgulloso pero, sobre todas las cosas, sentía que era por fin uno de tantos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario