viernes, 30 de mayo de 2014

El enfermo de literatura


   Leía compulsivamente,  como poseído por un fervor demoníaco. Su drama era no tener tiempo y por eso iba siempre en busca de él. Su trabajo, sus otras ocupaciones, fundamentalmente el cuidado de una anciana madre, debilitada hasta la caquexia por el párkinson le impedía alcanzar los minutos necesarios para devorar libros, su gran pasión. Fernando era así con todo: excesivo con la vida, excesivo con el trabajo, excesivo con la literatura . Sus largas jornadas laborales se veían prolongadas por largas noches de insomnio trayendo y llevando, medicando, limpiando, luchando con su mamá. Sólo los domingos, el día en el que libraba, podía dedicar algo más de unos minutos a la lectura.

   Su obsesión literaria era desaforada, en especial por la la novela clásica y no quería en modo alguno abandonar este mundo de sinsabores sin haber leído las grandes obras reconocidas por todos, unos hermanos Karamazov,  una Ana Karenina, a Hugo, Dickens o Galdós. Detestaba las novedades no porque despreciara la literatura de su tiempo sino porque sabía que jamás tendría el tiempo necesario para llegar siquiera a los años 30. No seguía un orden cronológico estricto, pero sí respetaba los siglos y el siglo de la novela había sido el XIX. Estaba obsesionado con esos literatos que tienen, por lo general, ingentes obras y por motivos obvios sufría frecuentes ataques de ansiedad, se frustraba por no poder acabar los enormes tochos en los que se adentraba.

   Cansado y exhausto, una tarde a punto de cerrar la oficina se le ocurrió una peregrina idea para poder, de una vez por todas, terminar sus lecturas, muchas inacabadas o interrumpidas y vueltas a interrumpir por mil banalidades. Él se había dado cuenta de que en los tiempos muertos de su vida, cuando realmente no tenía nada que hacer, era cuando avanzaba sustancialmente en las novelas. Un día en un parque, en el metro, en momentos tan desagradables como la consulta de un urólogo. En la sala de espera del hospital, sobre todo ahí, cuando había tenido que llevar a su anciana madre a urgencias había llegado a leer un libro entero, de principio a fin, si bien este era escuálido. Es cierto que en estos establecimientos infectos en donde lo mismo se deja morir de un infarto a una persona como se le corta la pierna a un pobre individuo aquejado de un uñero se pierde mucho tiempo, especialmente en esas abarrotadas salas llenas de enfermos tosiendo y expandiendo virus al por mayor. Fue allí donde pergeñó su idea final: ponerse enfermo para poder leer.

   Primero fue una simple baja por gastritis fingida, previa visita a Don Josué, su médico de cabecera. No le resultó complicado habida cuenta de lo sencillo que resulta fingir unos síntomas tan peregrinos. Cuestión de un par de días. Pero no era suficiente. Durante ese breve tiempo había leído frenéticamente Cien Años de soledad, novela que nunca tuvo paciencia para terminar. Siempre se detenía en la tercera generación de protagonistas. No solo la releyó y terminó sino que pudo agenciarse Pantaleón y las Visitadoras y algún que otro relato de Vargas Llosa por el camino. La experiencia había sido altamente gratificante a pesar de su agotamiento físico y mental. Verdaderamente presentaba el tercer día de regreso a su trabajo un aspecto demacrado, fruto del insomnio acumulado y los días de trajín entre las letras y páginas de sus volúmenes.

  Más tarde buscó la baja prolongada, no más de tres semanas, lo suficiente para no verse en la indigencia que supone, a su edad, el paro fulminante. Entonces comenzó a saborear a los franceses, Flaubert y  Balzac, Zola, todo lo que había acumulado durante décadas en una desastrada habitación en la que los volúmenes dormitaban entre el polvo y los trastos. Dando saltos temporales llegó a Camus, después retrocedió hasta Proust para regresar sin tiempo de pausa con Faulkner y los americanos, incluyendo los relatos terroríficos de un Lovecraft o el genial Poe. Se replegó sobre Galdós nuevamente, Hesse, viajó a los clásicos y terminó, reventado, los ojos enrojecidos y llenos de pequeñas venitas fruto del derrame, en manos de Pedro Páramo, Borges y Chesterton.

   Tal trajín de autores, novelas y páginas produjo en él en una inflacción de letras, un desbordamiento incontrolado de la necesidad de vomitar ideas pero vivía solo, con una madre casi inexistente, últimamente vegetal. Nada había que hacer a ese respecto.  Fue entonces cuando Fernando comenzó a establecer la posibilidad de crear un personaje, un ser que, ante su falta de amistades, ante su aislamiento pudiese debatir, discutir, platicar sobre lo que ambos habían leído. No podemos hablar de esquizofrenia porque el lector era consciente de lo ficticio de su compañero. Estaba dentro de su cabeza pero sabía perfectamente que era un constructo propio, un ente no real que él ponía en marcha, como si de un ingenio que funcionara dándole cuerda. Esto fue una liberación, al menos tenía quien le escuchara y que, además, había leído lo mismo que él. Todo ello lo animó a perpetrar un nefasto plan para tener todo el tiempo del mundo para leer.

  Pero ahora no iba a ser una enfermedad fingida, sino una real. Tan solo necesitaba enfermar, de alguna enfermedad lo suficientemente grave como para disponer de una baja médica sine die y seguir cobrando de su empresa. Debía de ser enfermedad laboral, al menos que se demostrase que se había producido bien en el puesto en sí (cosa harto difícil por lo poco arriesgado de su ocupación) o en el trayecto de ida o de vuelta a casa, eso le garantizaría el cobro íntegro de su salario. Había que hacerlo bien, que nada ni nadie, especialmente la inspección de trabajo, supiese jamás de su descabellado plan. Este era sencillo, como no sabía cómo enfermar, lo más apropiado era hacerlo de manera directa, es decir, con un golpe, que rompiera algo en su enclenque cuerpo. El accidente de tráfico. Pero, ¿Qué hacer con su madre?. Bien pensado, con su situación precaria, el estado se haría cargo de ella y, de paso, se libraría de su pesada carga.

   El golpe fue contra un semáforo de la avenida del puerto, por la noche. No quedó excesivamente mal, solo unas cuantas costillas, y las dos piernas rotas. En el hospital reclamó la ayuda pública para su enferma madre y, algo que llamó la atención a los enfermeros, solicitó que alguien le llevara al hospital los libros del coche. La policía, después de inspeccionar el vehículo no entendía algo: el maletero estaba completamente lleno de libros, no cabía ni uno más. Y lo más curioso era que solo había novelas y algo de poesía. No siendo viajante o comercial, algo no encajaba. Argumentó en el atestado posterior que la dirección falló pero nada se pudo demostrar en el juicio. En la cama del hospital continuó, a pesar de los calmantes, con su enfervorecida pasión lectora. Fue así como Fernando hizo realidad, ya desdoblado en dos seres, su pasión más íntima y secreta, poseer toda la literatura solo que para ello tuvo que enfermar gravemente, enfermedad de la que jamás se recuperaría. 

Elche, finales de Mayo de 2014

martes, 20 de mayo de 2014

El pordiosero elegante


  Era todavía y había sido hasta entonces un auténtico Bon vivant, un personaje gracioso y desdentado que alegraba las mañanas a los jubilados y las tardes a los chavales en el jardín de la pólvora. Su aspecto general no es que fuera malo: era deplorable. Su ropa estaba siempre hecha jirones, en su mano siempre una botella de vino y aunque no llevaba perrito faldero estaba siempre presto a acariciar a cuantos se cruzasen en su devenir, siempre acompañado del sempiterno carro metálico de un hipermercado, lleno de latas, chatarra varia y alguna que otra prenda sucia que recogía en los contenedores. A pesar de todo era feliz: vivía como quería vivir y además era reconocido por su microcosmos reducido al jardín y sus alrededores. Caía bien a sus vecinos a pesar de que durmiera en un banco un día, otro en el césped: no molestaba, era parte del paisaje, del entorno equilibrado de aquel equilibrado barrio de aquella equilibrada ciudad de  provincias.

  Una tarde apareció limpio y lustroso, bien vestido, de traje y corbata, un traje de la más fina y cara seda y una corbata de esas de mucho lustre. Llevaba además una muy buena pinta, bien afeitado y aseado y todos en el jardín se asombraron y alarmaron: ¿Dónde habría robado su indumentaria?.¿Dónde le habrían afeitado esa barba casi hebraica que  amenazaba con llegarle a la cintura?. ¿Sería él o era un impostor?. Rápidamente sacó a todos de dudas: efectivamente era él, y ese día se casaba su hija a la que pensaba dar la mejor boda que pudiese. Aunque siempre lo había insinuado por su complexión física, jamás hubiera nadie imaginado que podía llegar a ser un verdadero caballero. 

  A partir de entonces sería conocido en el lugar como el pordiosero elegante. Edelmira, su hija,  que tuvo una gran boda, no supo nunca que su padre era el pobretón desarrapado que habitaba en la pólvora  y tampoco llegó nunca a sospechar ni imaginar que la noche de bodas, mientras ella yacía en la habitación de un lujoso hotel, su padre había ya regresado a su pecera sin agua, a su jaula de pajarillo contento, en la que mejor se sentía, en dónde era la persona más feliz del mundo. Ya dormía contento en el suelo de la pólvora, acompañado de un cartón de vino de la peor calaña, pronto su barba volvería a crecer y sus convecinos le volverían a dejar las sobras en cajitas apiladas en un rinconcito debajo de la vieja encina.

El jardín de las desgracias


   Hubiera contemplado algo más allá de su propia existencia, sobre todo cuando nació Eduardo, un lindo niñito de ojos azules y claros como el agua de un manantial. Pero el niño murió y fue muy triste. Jacinta había estado cuidando de su bebé recién nacido, a penas siete semanas, pero una trágica mañana, cambiando su pañal sucio, al ponerle el pantaloncito recién recogido de la terraza, caliente todavía por el impacto de los rayos solares, notó que la criatura se estremecía, su llanto fue seco e infinito, un grito demasiado brutal para esos pequeños pulmones. Pronto advirtió, por el estremecimiento del bebé, su contorsión casi diabólica, que algo marchaba mal. Esa carita descompuesta, enrojecida, casi paralizada por el dolor. Algo se movía en el interior de su ropita minúscula. Como por un impulso radical extrajo la madre el pantalón y encontró un inmenso abejorro removiéndose, lo golpeó contra la pared y lo machacó con su zapato en el suelo. El niño estaba ya entrando en shock anafiláctico pues el himenóptero, recogido accidentalmente por la madre, había inoculado una gran cantidad de veneno.


  Nada había ya que hacer para remediar esa desgracia mortal: no pudo ser tratada con la extremada urgencia que la situación requería. El cuerpecito llegó ya sin vida a pediatría. El suceso provocó una gran tensión emocional en toda la comunidad y esa desgracia marcaría su vida y la conduciría a olvidarse de todo y de todos, al aislamiento que produce una vida social inexistente. La familia desapareció, las amistades también y Jacinta acabó siendo la jardinera de un vergel diminuto que fue su cárcel para el resto de sus días. Ellos lo llamaban el jardín de las desgracias porque, además de no ser nadie, "nunca venían solas". El niñito, ella, sus días de felicidad junto a su esposo y sus amigos, todo, absolutamente todo acabó aquella mañana en la que cambiaba un pañal y ponía un pantaloncito a su pequeño. Todo lo demás dejó de ser real, todo lo demás dejó de ser mentira, todo lo demás dejó de ser verdad.

martes, 13 de mayo de 2014

El mensaje

  La personificación del mal. Esa fue la frase postrera del fiscal. Así lo había definido después de una larga retahíla de descalificativos, de injurias, de improperios. Nada había que hacer ya y lo sabía. Estaba condenado a pasar el resto de sus día entre rejas y aquello sería su sentencia de muerte. En su celda, meses atrás ya había decidido quitarse la vida. Si no lo hizo entonces se debió fundamentalmente a  una ilusión de esperanza, quizás en vano, que seguía albergando a pesar de todo. Es cierto que jamás pudo pensar que aquel mensaje que no había escrito fuese la causa de todas sus desdichas. Pero lo cierto es que esa misiva figuraba en los comentarios a una luctuosa noticia en un conocido diario digital. -Sí, pero yo no la escribí. Ojeé la página, leí la noticia y, quiero reconocerlo ahora, señor juez, pensé que se había hecho justicia, que el crimen nos liberaba de la pesada carga de ese parásito infecto que era el alcalde. Pero no escribí nada. ¿Es acaso delito el pensamiento?-. Y se hizo el silencio en la sala. 

   Fue por la tarde, después de salir del colegio, cuando se le acercaron tres policías, dos de paisano y lo condujeron a comisaría. Su delito era haber hecho apología del crimen, por un comentario que había insertado debajo de la noticia del asesinato del alcalde. El comentario afirmaba lo siguiente: "Ya era hora, puerco, te ha llegado tu hora. Se hizo justicia, y no serás el último. Hay que desinfectar la putrefacción con que tu y tu partido manchásteis el honroso nombre de esta ciudad. Púdrete en el infierno". Fue interrogado rápidamente y, en unas cuantas horas, fue puesto en libertad con cargos. Debería de presentarse con abogado o solicitar uno del turno de oficio la semana siguiente. Ya le habían advertido de que el delito era muy grave y que podía dar con sus huesos en prisión. Alterado, tomó una buena dosis de somníferos para olvidar.

   A la mañana siguiente regresó a la escuela, un tanto mareado por todo lo que le había sucedido. Es como cuando despiertas después de la muerte de un familiar, de tu esposa o de un hijo y nada más abrir los ojos cae sobre ti la pesada carga del drama que impregnará para siempre tu existencia. Triste y abatido nada comentó con sus colegas. Alguien le preguntó si no había pasado buena noche, por las ojeras moradas y los surcos de sus bolsas. Pero esquivo a todo y todos, salió por la tangente de un malestar gástrico. Por la tarde visitó a un abogado amigo que le aseguró que no se preocupase, en todo caso podría acabar en una falta grave y una contundente multa pero nada más.

   En eso pensaba cuando abandonaba la sala de vistas camino a la prisión. La condena a diez años de reclusión lo sumía en la desesperanza y lo acercaba a la soga que fabricaría una semana después, con la que se quitaría la vida. Era inocente, jamás escribió eso. Solo lo leyó y lo pensó y, sin embargo en la pantalla del ordenador, de todos los ordenadores del mundo, aparecía el ofensivo mensaje, libertad de expresión en algunos países, diez años de prisión en otros. No lo había escrito él, pero eso ya no tenía ninguna importancia.

lunes, 12 de mayo de 2014

Máximas de pacotilla II

-Mediocracia (gobierno de los mediocres)
-Mierdocracia (gobieno de la mierda, la clase política)
-Eslogan electoral: ¿Mediocracia o mierdocracia?. Elija lo menos bueno.
-Si vota a nuestro partido solo defraudaremos a Hacienda.
-!Votad, estúpidos¡.
-!No votéis, ignorantes¡.
-Si vota no conduzca.
-¿políticos nefastos o votantes infaustos?.
- Tuvo una desagradable indigestión: vomitó votos.
-Votadme a mi que yo jamás os votaré a vosotros.
-Eurodiputados y eurogilipollas.
-No es menos ladrón el que no es político.
- ¿Qué se puede esperar de un país que vota con la nariz tapada?
-La política era tal estercolero que la nación se acostumbró a votar con la nariz tapada.
-Algunas empresas se hicieron ricas con el negocio de la recogida de residuos políticos.
-Prefiero un buen partido que me provoque erecciones que un mal partido que convoque elecciones (ja, ja).
-La formación obtuvo buen partido de las comisiones.
-Vota P.S.O.E: partido siniestro de obligado entusiasmo
-Vota P.P.:partido putrefacto
-Vota UPYD: Un país y diota
-Vota IU: imbéciles ulteriores
-Vota P.C.E: partido de las comisiones de España
-Vota VOX: varios oscuros xenófobos
-Vota PODEMOS: pocos obligados diariamente en Madrid os seguimos
-Vota partido X: partido xerografista


viernes, 2 de mayo de 2014

Máximas de pacotilla

-Desventurado el que aventura sus desventuras.
-La Democracia Real no era monárquica.
-Democracia divina: Los fieles lo eligiron a Él
-Demos "cracias" a Dios: Amén.
-Bendito el que viene en nombre del parné
-Solo el Dios dinero salvará vuestras conciencias.
-Fumar mata pero vivir mata todavía más.
-No me da la real gana de ser republicano, dijo el facha.
-La irrealidad suele ser benigna con los realistas.
-"Realmente se vive muy bien", dijo el monarca multimillonario.
-"España es una nación de naciones" dijo el hombre sin nociones.
-Lo verdaderamente revolucionario es la falsedad de las revoluciones.
-En vez de la revolución de los claveles los españoles hicimos la contrarrevolución de los cuarteles.