
Era todavía y había sido hasta entonces un auténtico Bon vivant, un personaje gracioso y desdentado que alegraba las mañanas a los jubilados y las tardes a los chavales en el jardín de la pólvora. Su aspecto general no es que fuera malo: era deplorable. Su ropa estaba siempre hecha jirones, en su mano siempre una botella de vino y aunque no llevaba perrito faldero estaba siempre presto a acariciar a cuantos se cruzasen en su devenir, siempre acompañado del sempiterno carro metálico de un hipermercado, lleno de latas, chatarra varia y alguna que otra prenda sucia que recogía en los contenedores. A pesar de todo era feliz: vivía como quería vivir y además era reconocido por su microcosmos reducido al jardín y sus alrededores. Caía bien a sus vecinos a pesar de que durmiera en un banco un día, otro en el césped: no molestaba, era parte del paisaje, del entorno equilibrado de aquel equilibrado barrio de aquella equilibrada ciudad de provincias.
Una tarde apareció limpio y lustroso, bien vestido, de traje y corbata, un traje de la más fina y cara seda y una corbata de esas de mucho lustre. Llevaba además una muy buena pinta, bien afeitado y aseado y todos en el jardín se asombraron y alarmaron: ¿Dónde habría robado su indumentaria?.¿Dónde le habrían afeitado esa barba casi hebraica que amenazaba con llegarle a la cintura?. ¿Sería él o era un impostor?. Rápidamente sacó a todos de dudas: efectivamente era él, y ese día se casaba su hija a la que pensaba dar la mejor boda que pudiese. Aunque siempre lo había insinuado por su complexión física, jamás hubiera nadie imaginado que podía llegar a ser un verdadero caballero.
A partir de entonces sería conocido en el lugar como el pordiosero elegante. Edelmira, su hija, que tuvo una gran boda, no supo nunca que su padre era el pobretón desarrapado que habitaba en la pólvora y tampoco llegó nunca a sospechar ni imaginar que la noche de bodas, mientras ella yacía en la habitación de un lujoso hotel, su padre había ya regresado a su pecera sin agua, a su jaula de pajarillo contento, en la que mejor se sentía, en dónde era la persona más feliz del mundo. Ya dormía contento en el suelo de la pólvora, acompañado de un cartón de vino de la peor calaña, pronto su barba volvería a crecer y sus convecinos le volverían a dejar las sobras en cajitas apiladas en un rinconcito debajo de la vieja encina.
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