martes, 13 de mayo de 2014

El mensaje

  La personificación del mal. Esa fue la frase postrera del fiscal. Así lo había definido después de una larga retahíla de descalificativos, de injurias, de improperios. Nada había que hacer ya y lo sabía. Estaba condenado a pasar el resto de sus día entre rejas y aquello sería su sentencia de muerte. En su celda, meses atrás ya había decidido quitarse la vida. Si no lo hizo entonces se debió fundamentalmente a  una ilusión de esperanza, quizás en vano, que seguía albergando a pesar de todo. Es cierto que jamás pudo pensar que aquel mensaje que no había escrito fuese la causa de todas sus desdichas. Pero lo cierto es que esa misiva figuraba en los comentarios a una luctuosa noticia en un conocido diario digital. -Sí, pero yo no la escribí. Ojeé la página, leí la noticia y, quiero reconocerlo ahora, señor juez, pensé que se había hecho justicia, que el crimen nos liberaba de la pesada carga de ese parásito infecto que era el alcalde. Pero no escribí nada. ¿Es acaso delito el pensamiento?-. Y se hizo el silencio en la sala. 

   Fue por la tarde, después de salir del colegio, cuando se le acercaron tres policías, dos de paisano y lo condujeron a comisaría. Su delito era haber hecho apología del crimen, por un comentario que había insertado debajo de la noticia del asesinato del alcalde. El comentario afirmaba lo siguiente: "Ya era hora, puerco, te ha llegado tu hora. Se hizo justicia, y no serás el último. Hay que desinfectar la putrefacción con que tu y tu partido manchásteis el honroso nombre de esta ciudad. Púdrete en el infierno". Fue interrogado rápidamente y, en unas cuantas horas, fue puesto en libertad con cargos. Debería de presentarse con abogado o solicitar uno del turno de oficio la semana siguiente. Ya le habían advertido de que el delito era muy grave y que podía dar con sus huesos en prisión. Alterado, tomó una buena dosis de somníferos para olvidar.

   A la mañana siguiente regresó a la escuela, un tanto mareado por todo lo que le había sucedido. Es como cuando despiertas después de la muerte de un familiar, de tu esposa o de un hijo y nada más abrir los ojos cae sobre ti la pesada carga del drama que impregnará para siempre tu existencia. Triste y abatido nada comentó con sus colegas. Alguien le preguntó si no había pasado buena noche, por las ojeras moradas y los surcos de sus bolsas. Pero esquivo a todo y todos, salió por la tangente de un malestar gástrico. Por la tarde visitó a un abogado amigo que le aseguró que no se preocupase, en todo caso podría acabar en una falta grave y una contundente multa pero nada más.

   En eso pensaba cuando abandonaba la sala de vistas camino a la prisión. La condena a diez años de reclusión lo sumía en la desesperanza y lo acercaba a la soga que fabricaría una semana después, con la que se quitaría la vida. Era inocente, jamás escribió eso. Solo lo leyó y lo pensó y, sin embargo en la pantalla del ordenador, de todos los ordenadores del mundo, aparecía el ofensivo mensaje, libertad de expresión en algunos países, diez años de prisión en otros. No lo había escrito él, pero eso ya no tenía ninguna importancia.

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