
Hubiera contemplado algo más allá de su propia existencia, sobre todo cuando nació Eduardo, un lindo niñito de ojos azules y claros como el agua de un manantial. Pero el niño murió y fue muy triste. Jacinta había estado cuidando de su bebé recién nacido, a penas siete semanas, pero una trágica mañana, cambiando su pañal sucio, al ponerle el pantaloncito recién recogido de la terraza, caliente todavía por el impacto de los rayos solares, notó que la criatura se estremecía, su llanto fue seco e infinito, un grito demasiado brutal para esos pequeños pulmones. Pronto advirtió, por el estremecimiento del bebé, su contorsión casi diabólica, que algo marchaba mal. Esa carita descompuesta, enrojecida, casi paralizada por el dolor. Algo se movía en el interior de su ropita minúscula. Como por un impulso radical extrajo la madre el pantalón y encontró un inmenso abejorro removiéndose, lo golpeó contra la pared y lo machacó con su zapato en el suelo. El niño estaba ya entrando en shock anafiláctico pues el himenóptero, recogido accidentalmente por la madre, había inoculado una gran cantidad de veneno.
Nada había ya que hacer para remediar esa desgracia mortal: no pudo ser tratada con la extremada urgencia que la situación requería. El cuerpecito llegó ya sin vida a pediatría. El suceso provocó una gran tensión emocional en toda la comunidad y esa desgracia marcaría su vida y la conduciría a olvidarse de todo y de todos, al aislamiento que produce una vida social inexistente. La familia desapareció, las amistades también y Jacinta acabó siendo la jardinera de un vergel diminuto que fue su cárcel para el resto de sus días. Ellos lo llamaban el jardín de las desgracias porque, además de no ser nadie, "nunca venían solas". El niñito, ella, sus días de felicidad junto a su esposo y sus amigos, todo, absolutamente todo acabó aquella mañana en la que cambiaba un pañal y ponía un pantaloncito a su pequeño. Todo lo demás dejó de ser real, todo lo demás dejó de ser mentira, todo lo demás dejó de ser verdad.
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