jueves, 1 de octubre de 2015

Felicidad

    Me busco pero no me encuentro. Me busco pero no me encuentro. En este momento me estoy buscando y me están buscando o eso espero. Temo mi propio temor, quizás lo más terrible de todo. Pero he de ser fuerte y espabilar. Y vaya si espabilaré...saldré a pasear, abandonaré esta prisión permanente, este arresto irracional. Veré la luz, sí, la veré y volveré a  ver a los míos, a mis sobrinos, a mis queridos camaradas de partida, a mis clientes, iré al cine...seguro que sí. Desconozco verdaderamente cuanto tiempo he permanecido encerrado aquí. Es posible que se hayan marchado y esté solo, con lo cual, en el mejor de los casos podría resistir una semana. Tengo tres botellas de agua y un pequeño puchero con patatas y acelgas. Es lo último que me dejaron. Lo que no soporto es el olor. Soy alérgico a esta podredumbre. Me paso el día estornudando, mi garganta va a estallar, necesito antiinflamatorios y, probablemente, antibióticos. Toso mucho y este olor...me repugna. En mi antiguo hogar, antes de estar aquí (parece que ocurrió hace muchos años) no aguantaba mucho dentro del lavabo...ahora vivo en él. Nadie ha limpiado nunca este ponzoñoso rincón escondido. 

   Tengo esperanza, porque tengo un plan. He creído conveniente elaborar un plan. Lo tengo todo en la cabeza. He recreado en mis largas noches (o días porque no lo puedo adivinar del todo, a no ser porque oigo remotamente los sonidos de los pájaros) un mapa. He pensado que estoy en el interior de un edificio extraño, vacío, quizás una de esas obras a medio terminar antes de que estallara la burbuja. Lo cierto es que no recuerdo en qué momento llegué aquí. Me veo por la noche bebiendo un gin-tónic, el tercero o cuarto. Después recuerdo haber salido a la calle a vomitar y sentarme mareado en un escalón, solo. Es posible que me diera un vahído y me durmiera. Ahora recuerdo que estaba en una calle estrecha, lateral a la discoteca, nadie pasaba por allí y hacía mucho frío, era fin de año, era principio de año nuevo. Me pasé con la bebida, llevaba mucho tiempo bebiendo sin sentido. Lo hacía mecánicamente, quizás para sumergirme en otra realidad, quizás para escribir o que tuviera alguna inspiración nueva. Desde que publiqué mi primer libro había intentado encontrar un tema, un asunto,  un motivo. Pero no lo hallaba, bien al contrario, me sentía atenazado, odiaba escribir. Entonces bebí, bebí mucho. Tanto que tuve una crisis hepática. El médico me aconsejó reposo, sobre todo mental. Pero no le hice caso. 

   Muchas noches cogía el coche y conducía hacia el primer lugar que pensara, sin planificar nada. Al llegar a ese pueblo o lugar buscaba un bar o discoteca y bebía. En uno de aquellos lugares encontré a Felicidad. Así se llamaba aquella bonita y joven chica con el pelo liso y corto con la que acabé aquella misma noche en  una pequeña habitación en un piso compartido. Era extranjera o al menos eso me dijo. No recuerdo su cara, se ha difuminado, solo esos ojos que me llamaban en sueños, cuando conseguía dormir en este infestado suelo. Ella era toda mi esperanza y sin embargo solo fui capaz de verla una vez. Cuanto daría por saber cuál fue su pasado: si acabó la carrera, si encontró la pareja ideal, si consiguió trabajo y encontrarse a sí misma. La amé, estoy seguro. Ahora mismo la sigo amando y la recuerdo, difuminada. 

   Cuando pierdo toda esperanza de abandonar este lugar pienso en ella y en aquel amor furtivo que duró una fracción de mi vida. Debo salir para encontrala y preguntarle qué fue de ella, qué vida vivió mientras yo no vivía. Si, ahora la veo. Esta con sus hijos y su marido, paseando cogidos de la mano por la playa. Es verano y han alquilado un apartamento en la costa brava. Están bañándose y ven a lo lejos un pequeño barco metálico, una ruina flotante, un viejo mercante varado. Ese mercante soy yo. Quiero avanzar pero el ancla me lo impide. Estoy atrapado y pronto llegará de nuevo el invierno y las mareas me escupirán hacia las rocas haciéndome añicos. Pero todo puede cambiar si logro evadirme de este infierno asqueroso. Al principio pensé en gritar, en hacer ruido de cualquier forma, pero no tengo voz. La he perdido y quizás jamás regrese. Podría hacer ruido con el orinal pero no me apetece esparcir más el olor.

  Veamos: la habitación tiene más o menos dos por dos metros y mide también lo mismo hasta el techo. Parece casi un cubo solo que asquerosamente mugriento, sucio y lleno de imperfecciones y rugosidades en sus paredes. Como ya no hay nadie puedo intentar poner en marcha la estrategia. Mi idea es quedarme inmóvil durante una hora y coger las máximas fuerzas posibles. He perdido masa muscular pero no ósea y mi cabeza es quizás el conjunto de huesos más fuerte de mi cuerpo.


      Lanzaré un terrible cabezazo hacia la pared por donde me pasaban la comida. Con suerte, después de unos minutos semi-inconsciente habré logrado abrir alguna grieta en ella, sobre todo si, como pienso, el ladrillo no es superior a los quince centímetros. Quizás el cráneo se me abra y pierda abundante sangre pero todavía recuerdo aquel golpe contra el muro de la escuela, al poco tiempo de aprender a montar. Mi cabeza debe ser muy dura si es que la solidez permanece indeleble en la osamenta humana. Podría estar enloqueciendo pero mi muerte por inanición será espantosa. Pienso en algunas imágenes de televisión o en aquella chica que murió de anorexia. Estaré loco, pero he de intentarlo a cualquier precio. Me voy a sentar en el rincón opuesto al de todos esos excrementos secos. He de tener fe, yo que siempre fui un agnóstico militante. Fe en algo, siquiera en la ley de la gravedad y en la dureza de los materiales. Estoy seguro de conseguirlo...lo lograré. Solo espero que mis cálculos hayan sido correctos. Y después recuperaré mi vida...volveré a vivir después de este abandono, después de que nadie pagara mi rescate y que los secuestradores me dejaran morir de hambre. Dentro de unos minutos estaré preparado para recibir el terrible impacto, el dolor, el mareo y  quizás, más tarde, la libertad. Creo firmemente que, a través  ese asqueroso boquete se vislumbra un lívido haz luminoso. Ahora o nunca, mi vida depende de ello.Lo voy a hacer...ahora¡.   

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El sendero de atrás

      Lucía caminaba muy lentamente por el sendero de atrás. Su vida se tornó especial desde  que quedó postrada en una silla de ruedas, aquellos terroríficos golpes que machacaron sus vértebras. No pudo terminar los estudios, encerrada en casa provista de unos extraños adminículos que le permitían siquiera sobrevivir, casi sin movilidad, levantándose ocasionalmente, con la ayuda de Emma. Alberto caminaba rápido por el sendero de atrás. Su vida se tornó especial desde que terminó la universidad. Había aprendido varios idiomas y había vivido. Ahora era millonario y su vida se circunscribía a pasar media hora al día desconectado de todo, de la empresa, la familia, su  mundo. Por eso paseaba a la misma hora por ese sendero. Un día se cruzó con ella...Hola, fue la única palabra que pudo articular ante aquel amasijo de extraños elementos. Lucía le respondió con una leve sonrisa. Aquel encuentro fortuito constituyó el inicio de una relación extraña, oscura y enfermiza. Una vez por semana coincidía aquel hola y aquella sonrisa. Con el tiempo, poco a poco quedaron atrapados en un diario y casual encuentro que pronto comenzó a tornarse en obsesivo. Ella tenía algo especial en la mirada y él también. Sus rostros reflejaban mejor que ninguna otra cosa sus almas insanas y perturbadas. Jamás necesitaron dialogar mucho más. Al cabo del tiempo caminaban juntos, se cogían del brazo, se sustentaban en el sendero de atrás.

   Para ellos aquel espacio tenía un sentido muy especial. Era su mundo, su verdadero mundo, objetivo e irracional, inquietante. Ella ya casi no dormía esperando el encuentro en el sendero de atrás. Él lo había dejado todo: la familia, la empresa, su mundo. Solo quería regresar sin descanso al sendero de atrás. En ocasiones lo recorría al alba, a media mañana o antes de la comida, era un alma en pena por el sendero de atrás. Por la tarde hiciese calor o frío rondaba el camino, se agotaba. Era consciente de que lo que hacía era enfermizo, de que estaba dejando de vivir, pero algo extraño y repugnante lo atraía hacia allí.

   Lucía se engalanaba con sus mejores ropas e incluso comenzó a maquillar su magullada cara. Sin duda alguna era una mujer bella pero no había querido hacerlo desde aquella noche, cuando después de hacer el amor descubrió el verdadero rostro de aquel que decía amarla. Sin embargo su convicción era endeble: no quería volver a conocer a nadie, solo quería permanecer junto a Emma. No podía existir sin Alberto. 
  
   Él siempre estaba allí, agotado y exhausto esperando en vano su encuentro, con el rostro desencajado, como enfermo, terminal. Verdaderamente, su cara era desagradable, su nariz estaba torcida, sus pómulos eran horrorosos y sus ojeras terribles, mucho más marcadas si cabe por la despigmentación de su faz, como si estuviera quemada. Había dejado de mirarse en el espejo hacía años, aquella terrible dismorfobia lo había hundido anímicamente.

   Algo indefinible marcaba aquellos encuentros, su atracción era extraña y carente de lógica alguna. Alberto era un tipo triste y abatido marcado por un exitoso fracaso en su camino vital. Lucía era una mujer hundida para siempre, destrozada por fuera y por dentro, que amaba a Emma y se había jurado no acercarse nunca más a un  hombre. Y sin embargo no podía evitar a diario salir con sus muletas adaptadas y sus herrajes incorporados a un cuerpo más artificial que natural. Salía y no se sabía porqué necesitaba ver a aquel espantajo humano que le había dicho hola un día caminado por el sendero de atrás..

lunes, 27 de julio de 2015

Lengua materna

     Ser locuaz siempre constituyó su esencia, su voluntad, su inalcanzable e irrealizable sueño. A él, solo a él, dedicó las más inhóspitas noches y los más luminosos días. Deseaba haber nacido con ese don, mas era todo lo contrario: hablaba mal, no tartamudeaba. De hecho casi todos con los que trató entendían perfectamente su voz pero, para su terrible desgracia, muy poca gente comprendía lo que su sistema fonador era capaz de articular a través de su boca.

    Su voz era fina, aflautada pero sin llegar al extremo de ser ridícula ni dar risa. De hecho, tras años de aprendizaje, había conseguido un tono aterciopelado, suave y lleno de matices. En el mercado, al pedir cuarto y mitad de bacaladilla las señoronas de abrigo con nutria giraban el pescuezo con un primor propio de la niña del exorcista. Todo el mundo admiraba su voz, era dulzona y agradable. 

   Sin embargo llegó a odiarla y a odiarse. Siempre se ha dicho que la voz de uno mismo resulta en extremo odiosa cuando es oída por su emisor. En nuestro caso, ese odio llegaba a extremos insoportables. Tanto era así que acabó por destruir todas las cintas en las que había grabado su voz, muchas casi constituían ya parte de la memoria de su vida. Pero su mayor problema estaba en el mensaje, en el contenido. 

  De joven le habían diagnosticado una extraña dislexia, tan rara que acabaron bautizando dicha variedad con su nombre. Leía con cierta soltura y llegó a escribir alguna novela que logró que le publicasen pagando, mas no era capaz de ser entendido por nadie excepto por su madre. Ella constituía la forma, la emisión, la traducción. El día en que ella murió quedó desconectado de la realidad porque hablaba una lengua que no era de este mundo. Un lenguaje propio, su lengua interior, única e intransferible. A partir de ese momento se aplicó en aprender la lengua vernácula, la común. 

  Visitó a cientos de especialistas que fracasaron en la primera sesión. Desalentado, acabó encerrándose en sí mismo, tornándose en un ser huraño que hasta retiró el saludo a los vecinos a los que toda la vida había tratado con lo que para nosotros hubiera sido un buenos días normal y corriente. Sin embargo un día, en la barandilla de una pasarela alguien le tocó por la espalda con un dedo. Podría haber sido cualquier persona, una niña pequeña o un triste anciano, un mendigo corriente o un oficinista en paro. Cualquiera podría haber sido el que evitase entonces su suicidio pero fue aquella chica de ojos límpidos y desmesurados que una vez había visto sentada en la misma sala en la que esperaba.

   Le preguntó que porqué quería hacerlo y él le respondió que porque nadie le entendía. Pero yo te entiendo, dijo ella. Asombrado, porque desde el fallecimiento de su madre no había encontrado a nadie con el que hablar, de sus ojos brotaron lágrimas incontenibles. Ella lo abrazó y lo invitó a hablar. Realmente nunca consiguió que nadie le entendiera durante el resto de su vida. Pero todo era distinto, ahora su voz encontraba el eco que siempre había ansiado. Ya no estaba solo, era suficiente, su vida había tenido sentido.


Elche, 27 de julio de 2015, 19:15

   

miércoles, 15 de julio de 2015

Paseo en medio de la nada

   Paseo en medio de la nada, fruto de la especulación de aquellos años salvajes. Un hombre, atravesando bancales, caminos y solares, algunos con los esqueletos oxidados por el paso de quinquenios de ignominia, camina sin descanso hacia algún sitio indeterminado. Va vestido de boda, encorbatado y engominado, pareciera todo un gánster. Pero no lo es, es simplemente un hombre. Es mayor y ha decidido salir a pasear, a recordar. El calor es asfixiante en estas fechas pero nunca había llegado a estos mínimos. El paisaje es desolador, el paisanaje lo es más todavía. 

    En su juventud, el hombre no pudo estudiar. Ahora no quieren, se dice mientras mira apesadumbrado los restos del naufragio. Los cascotes, las televisiones destrozadas, las neveras...todo roto, todo esparcido por un terreno inerte y sin sentido. Pasa por encima de la podredumbre de una realidad que le supera. Llega a la azarbe mayor y mira hacia el interior, hacia el agua que debe salvar alguna cosecha. Recuerda como de pequeño veía carneros destripados flotando en un agua turbia, grisácea. Ahora no ve nada, porque han enladrillado la azarbe. Solo ve granito y cemento y, al traspasarla recuerda el tablón de madera carcomido que juntaba ambas orillas. Se ve a si mismo cruzandolo con mucho terror, con aquel miedo al vacío y ese miedo inexplicable al agua, madre de todas las desgracias por aquellas tierras.

   Sigue adelante, hacia algún lugar en el que antes había alcachofas y algodón. Hace mucha calor, sofocante. Con su indumentaria oscura suda sin descanso pero continua. No quiere parar. No puede parar. Su mundo no es este y va en busca de otro lugar, quizás es ya imposible encontrarlo. Busca el mar. Casi desfallecido llega bordeando un camino pedregoso a una pequeña sierra tras la que se haya la  playa. Al cruzar al carretera descubre con espanto que donde solo había unas cuantas casitas ahora hay cientos, quizás miles. Cemento, se dice. Horrible escenario. Calles vacías, asfalto requemado, espejismos a lo lejos. Habrá que proseguir, piensa. Ve a un  niño. Trata de hablar con el pero no lo entiende aunque habla su mismo idioma. Se esboza una leve sonrisa en su agrietada faz. 

  La visión infantil le ha insuflado ánimos. Atraviesa un jardín vacío y observa con perplejidad que el agua sale disparada de entre la hierba por unos aparatos negros. Gira y le moja. Se refresca. Prosigue su camino y desciende la carretera todavía sin arcén, como en su juventud. Llega a un cruce de caminos redondo. Hay una mujer joven sentada en una hamaca, con un parasol que la protege del ardiente sol. Observa que algún coche rodea y regresa por donde venía. De repente levanta su pesada mirada, apesadumbrada ya, y ve una lámina marrón a lo lejos. No es el mar, es la vieja pinada, en la que con sus amigos venía algunos domingos a pasar el día. Delante estaba el mar. No lo ve. No ve nada más allá, solo un terrible vacío, una especie de desierto blanco, como una salina desecada pero inabarcable.

   La visión lo perturba. ¿Qué ha pasado?, piensa muy agitado. El calor acumulado y los nervios le precipitan a un mar de sudor. Desciende por la carretera hacia la masa boscosa con la esperanza de que el mar siga existiendo. Ve personas acampadas entre los pinos, en furgones, ropa tendida. Vuelve a su imaginación el recuerdo de aquella ropa blanca, la colada que su madre tendía en varias cuerdas sostenidas en cañizos. Llega a la playa, todavía desierta piensa porque no es verano. Ve el bar casi sumergido en las dunas y no ve el mar. Solo ve dunas y más dunas. Con mucho esfuerzo, casi a punto de desfallecer, observa un promontorio y asciende, aunque tropieza sofocado y cae al suelo. Su boca se llena de arena, como aquella que probaba ingenuamente de pequeño o cuando daba una dentellada a un bocadillo y tenía que escupir porque había entrado. Esa sensación desagradable se apodera de su ser.

  Llega a la cima y un inmenso desierto amarillo se levanta entorno suyo. Cuando mira hacia atrás ve a lo lejos la arboleda y más atrás la colina llena de casas sin sentido. Sin darse cuenta ha penetrado más de tres kilómetros en la muralla que formaba el mar solo que ese mar ya no existe. No se divisa el agua. Trata de buscar la isla plana. La ve. Se podría llegar hasta ella caminando. Una sensación de desamparo se une a sus agotadas fuerzas, a su boca reseca y todavía llena de tierra. Piensa, que desolación, que desastre, que  vacío. Ya no hay nada.

viernes, 1 de mayo de 2015

La mano


   Ella apareció inesperadamente, como cuando espera uno al amor y se lo encuentra al ir a abrir una puerta. Venía de la compra, un regalo para alguien de la familia. Con una amable e irresistible sonrisa le invitó a que oliera el perfume de su grácil mano. Él la sostuvo suavemente, como para que no se notase su temblor, para no herirla y acercó su nariz a ella. Años después seguía obsesionado con esta escena. A lo largo del tiempo, cada mañana había recordado aquella pérdida, aquel abandono no premeditado. Una huida inconsciente de la responsabilidad de un amor por conquistar, de una vida que haber vivido. 



   Su regreso diario a la vida consistía en recordar la escena, en aquel salón gigantesco al que se accedía por una pequeña portezuela azul desde un campo normalmente florido en primavera e inerte en otoño. Una sala grande llena de personajes diversos sin ninguna conexión más allá que ejercer la misma rutinaria y mohína profesión. La mano, huesuda, alargada, irresistiblemente bella. Las uñas pintadas de rosa hacía días, un tanto quebradizas. Los tendones marcados, el anillo en su anular y la sinuosidad de sus yemas al contactar con la piel fresca y fría de sus congeladas manos. 

    Aquel tiempo desperdiciado. La mano que conducía hacia sus enormes ojos, limpios como el aire fresco del invierno después de una copiosa lluvia. Sin embargo había sucedido algo en su memoria. Después de cumplir los sesenta había comenzado a olvidar aspectos significativos de su biografía. Primero fueron algunos amigos, paisajes, sensaciones, tristezas. Más tarde se le difuminó el recuerdo de su propia familia, hasta dejar de conocer a sus hijos y su mujer. Llegó el día que salió sin compañía por un sendero repleto de flores de agrillo y no supo regresar al hogar. Pasaron días de pérdida, de frío y de necesidad vital de subsistir con lo primero que tenía a mano. Comía raíces y chupaba el tallo de esas flores camineras, ácido y amargo. A pesar de aquel estado de incivilización, sabía que una vez había tenido agarrada suavemente aquella mano.

   Cuando por fin dieron con él quedó sumido en un estado quasi vegetativo, tumbado en  una cama, muerto de frío, con unas fiebres muy altas. Todos intuían el final. Hacía algunos días que ya no comía ni hablaba, su delgadez era extrema. El médico solo acertó a inyectarle una suerte de calmante porque tenía espasmos musculares fruto del esfuerzo. Una mañana despertó y trató de caminar pero cayó al suelo abatido por la pérdida muscular. En el suelo exhaló su último aliento, solo, abatido, abandonado. Pero aunque parezca imposible, en aquel cerebro corroído por el olvido, murió feliz. Porque justo antes del último estertor recordó aquella imagen, aquella mano.

martes, 31 de marzo de 2015

Máximas de pacotilla VII

-"¿Qué pensará?"- pensaba sin pensar el pensador.

Huimos hacia una cárcel para evitar la soledad de la multitud.

Después de haber muerto abyectamente, ¿sería posible una vida digna?

La indignidad es la motivación máxima de los cobardes.

¡Qué poco dura la vida cuando se pierde el tiempo!.

La mentira repetida infinitamente sigue siendo mentira, aunque tenderá infinitamente a la verdad.

La verdad repetida infinitamente sigue siendo una verdad, aunque se torne en mentira por la insistencia.

La verdad no difundida, jamás pasará de pueril inconveniente.

Puede pasar mucho tiempo para que la mentira difundida sea descubierta y para entonces la mentira oficial será verdad y la verdad oculta una simple anécdota histórica.

La libertad es el régimen de poder en el que la verdad oculta acaba emergiendo y la mentira está bajo control.

Es más manipulador el que sabe la verdad y no la difunde que el que no sabiendo que dice una mentira la defiende.

A pesar de las mentiras es preferible siempre vivir en una falsa democracia que en una dictadura verdadera.

viernes, 20 de febrero de 2015

Muerte



  Yo morí el 28 de febrero de 1998. Ese día acabó mi vida y empezó mi muerte, lenta y angustiosa, que todavía continúo viviendo.  Para cualquier persona haber vivido un drama familiar resulta tremendamente doloroso, pero quizás lo peor sea recordar. Cuando escribo estas líneas ya ha pasado mucho tiempo. No obstante, rememorar aquellos instantes me provoca un dolor inmenso, imposible de expresar con unas cuantas palabras. Después de meditarlo mucho me decidí a contar con la meticulosidad más pulcra aquellos momentos. No lo hago por vanidad sino precisamente para evitar el olvido final, ahora que mi memoria empieza a mostrar signos de daño irreparable. Debo recordar, debo escribir esto, para que quede constancia de mis días, de mi vida y de mi muerte, en fin, de lo que algún día fui y hace tiempo dejé de ser. Nadie debería olvidar jamás quién fue y, sobre todo, quiénes fueron aquellos a los que más amó. 


   Recuerdo que era media mañana, justo después de haber saboreado uno de esos asquerosos cafés de máquina. Los balances no cuadraban, teníamos mucho trabajo por entonces y el jefe nos presionaba para que rindiésemos más. De repente Paco, uno de los encargados, subió corriendo las estrechas escaleras que comunicaban el pequeño y húmedo cuarto en el que transcurría mi rutinaria y mortecina jornada laboral.  Abrió mecánica y brutalmente la puerta y tras detenerse en seco, alterado, sudando a mares y con la cara desencajada me dijo que cogiese el teléfono, que tenía una llamada muy urgente.  La palabra urgente suele presagiar los más funestos mensajes. Descolgué el auricular y recibí el mazazo: Señor Gutiérrez, ha habido un accidente. Sin poder articular palabra, tras unos segundos de zozobra, mi interlocutor prosiguió: su mujer ha sufrido un lamentable incidente en la autopista. Nervioso, casi temblando, logré articular algunas palabras interrogativas:¿Qué ha pasado?. ¿Los niños están bien?, intuyendo la tragedia que acababa de comenzar. Vaya al hospital general, se encuentran ingresados allí. Colgué el teléfono como un autómata, en un estado de ansiedad que casi me impedía pensar. 

    Quedé parado mientras todos me miraban expectantes. ¿Qué ha sucedido, Emilio?, me preguntó también nervioso Jaime, mi compañero contable. Ni siquiera le escuché. Creo que dije, entrecortado, me tengo que ir. Sin coger el abrigo bajé rápidamente la escalera. Yo no podía apenas caminar, preso de una ansiedad que es imposible de describir. Nadie en esas condiciones debería jamás tomar un coche pero yo tenía que acudir lo más rápido que pudiese a ver a mi familia. Un compañero. no se quién, se ofreció a venir conmigo pero me negué incómodo, casi salvaje, despreciando cualquier concesión de clemencia.

   Conduciendo a ráfagas, acelerando y frenando bruscamente para evitar el alcance, con un nudo en la garganta tan atroz que a punto estuve de detenerme en el arcén para vomitar, con la radio apagada y la mente perdida, quería arribar a mi fatal destino como el boxeador noquedao espera el gong del final del asalto para evitar caer en la lona destrozado. Aparqué mal el coche, no recuerdo bien dónde, quizás en un paso de peatones o en la parada del autobús y corrí, corrí desesperado hacia la puerta de urgencias. Lanzándome hacia el mostrador pregunté por mi esposa e hijos. Ella estaba muy grave, en esos momentos se debatía entre la vida y la muerte, en un quirófano. Pregunté por mis tres hijos, mis trillizos. Nada me decían de ellos,  la celadora solo hablaba de mi mujer y que esperase en una sala especial. 

   Dijo que en breve me visitaría una psicóloga. Nervioso, exhalando alaridos sordos, entre lágrimas, pregunté por mis hijos. Dos enfermeros tuvieron que ayudarme para no caer al suelo. Creo que fue entonces cuando me hicieron tragar una pastilla, supongo que un tranquilizante. En la sala estaba solo. No recuerdo cuando accedió una chica muy joven. Quizás fueron segundos aunque para mi fueron horas, un tiempo perdido de tortura, de miedo irresoluble. Esperaba entonces lo peor pero lo peor estaba por llegar. 

jueves, 1 de enero de 2015

Carta a mis hijos

Elche, navidades de 2014/15

Mis queridos Fran y Álex,  Álex y Fran:

         Espero que podáis leer estas breves líneas cuando seáis mayores, mis niños de ojos claros y rasgados. Nada me satisfaría más que allá por las décadas de los años veinte, treinta o cuarenta pudiéramos leerlas todos juntos. Aunque el mundo da muchas vueltas, daría mi vida porque así fuera. 

 Escuchad: si a mí me llegan a decir cuando tenía veinte años que iba a ser padre de dos niños hubiera tomado por loco al tarotista que me lo hubiese pronosticado. Porque la verdad es que jamás pensaba, por aquel entonces, que tendría descendencia. Os confesaré algo: me daban grima los niños, en especial los pequeños. Y aunque con el tiempo esa aversión se fue mitigando hasta esfumarse por completo, siempre tuve prevención para con estos humanitos deliciosos.


   Después llegó Sandra, vuestra prima, y el amor de tío derritió las últimas resistencias hacia estos locos bajitos, como decía Serrat. Más tarde, ya sabéis, sucedió lo inimaginable, lo inconcebible, lo inesperado, una revisión rutinaria, un temor fundado, un miedo ilógico: estabais allí. Erais solo dos pequeñas manchitas en un papel alargado lleno de fotografías oscuras.

 
    Cuando junto estas letras tenéis ya nueve meses y si alguien me hubiera preguntado hace años que el mejor regalo de cumpleaños no era el mejor teléfono del mercado, una televisión de 50 pulgadas o dos entradas para una buena función en el principal sino vuestra presencia, vuestro amor, vuestro cariño, me hubiesen tomado por un lunático de atar. Porque vosotros dais todo eso sin daros cuenta. Lo dais ahora, sin hablar, sin andar, sin apenas mantener el equilibrio al sentaros, tan pequeños, tan desvalidos. Entregáis más de lo que quizás podré yo daros, os quiero, pero jamás podré ofrendaros los millones de buenos ratos, de alegría por vivir, de bondad que ya nos ofrecéis. ¡Y sin daros cuenta!. ¿Puede haber más amor en la naturaleza?.

   Como ocurrió con mis mayores, creed en lo que queráis, sin ataduras, sin obligaciones.  Sed libres ante todo. Solo espero que no dejéis jamás de creer en el maravilloso milagro que la naturaleza es capaz de obrar: la vida. Esa fe en lo que nos rodea, por muy sucio que sea, esa fe en las personas, por muy rastreras que algunas resulten, esa fe en vosotros mismos, sin caer en egocentrismos, quizás el mayor tesoro del ser humano. Por muchas caídas que tengáis levantaos siempre pensando en lo que sois: vida. Y que un día un par de personas os albergaron en lo más recóndito de su mente y decidieron traeros hasta aquí, para que crecieseis en paz y libertad. Que recordéis siempre que fuisteis amados por dos seres que lo dieron todo por vosotros.

    Toda mi vida anterior no fue nada hasta que os tuve entre mis brazos aquel borrascoso veinte de Marzo. Hijos míos, recordad esta carta cuando sea mayor, si es que la vida me concede el privilegio de veros adultos y desarrollados plenamente en vuestra personalidad. Ahora debería decir aquí que nos dabais mucho trabajo, que teníamos que despertarnos dos o tres veces por la noche para consolaros porque os estaban rompiendo en las encías vuestros primeros dientes. ¡Y lo estoy diciendo!.  Que yo estaba todas las noches contigo, Alejandro, en una minúscula cama plegable al lado de tu cuna y que vuestra madre dormía con Francisco en otra habitación, en la cama grande, aunque dormir sería mucho decir. ¡Que eras muy puñetero, Fran!.

   Y que tu, Álex, aparecías muchas noches destapado en pleno invierno y, ¡oh, sorpresa!, te habías dado tu solo la vuelta, ¡qué enorme agilidad en sueños!. También podría decirte (y lo digo) que con nueve meses todavía solías despertar pronto. Entonces te acurrucaba junto a mis brazos, te preparaba raudo y veloz un pequeño biberón templado y que al no dormirte, cuatro, cinco, seis de la madrugada, te zambullía conmigo entre las mantas. Y que una de las mayores alegrías de mi vida, una de las mayores satisfacciones  y recuerdos que morirá conmigo fue verte cerrar los ojitos a mi lado mientras me cogías la narizota. Y que te gustaba mucho gritar, un grito seco y ronco, que creíamos que te quedarías sin habla tan pequeñito.

   ¿Y esos momentos inolvidables?: cuando a diario os cambio para daros el último biberón, esas sonrisas picaronas cuando os quito la ropa: los pantalones, el pañal, la camiseta antes del baño. Cuando me toca secaros y os volvéis locos viendo la toalla volar sobre vosotros. O esa locura transitoria que os sacude al ver la sombra de vuestra propia mano en la pared. O mis bufonadas con la ropa, mis cosquillas burlonas, mis caídas ficticias para volver a aparecer. O ese magnetismo que tiene para vosotros mi colgante en el cuello, esa aparente meditación, esos besos intermitentes en vuestra magna frente. Vuestros primeros dientes (con un primer mordisco al progenitor, Álex), vuestra mirada picarona, vuestra socarronería. Tu forma de llorar, Fran, cuando tu hermano grita, sin venir a cuento. Todo ello jamás se perderá, está ahí, para siempre, aunque vosotros no seáis capaces de recordarlo. ¿Veis?. Somos muy afortunados de tenernos, de teneros.

   Fue duro, durísimo al principio, en especial para vuestra madre, pero para todos en conjunto, porque fue un trabajo en equipo: vuestros cólicos, vuestras manías, vuestras exigencias fundadas, vuestra alimentación, vuestros primeros catarros. Contamos con la inmensa e impagable ayuda de vuestros abuelos a los que algún día deberéis (deberemos)  levantar un monumento.  Tan pequeños y frágiles pero ya con capacidad de decisión, mediante un primario sistema comunicativo: esos malestares que hablan por vosotros. Así sabemos qué dibujos os gustan en televisión, qué alimentos preferís o qué postura os agrada más a la hora de dormir. Pero todos los sinsabores pasados (y los que quedan por pasar) se tornan pequeñas anécdotas. Todas esas cosas  ahora no son nada. 

   Disfrutar de vuestra sonrisa, vuestros balbuceos, vuestras pedorretas interminables, vuestro llanto y vuestras torpezas es gozar de una existencia sublime, de unos días paradisíacos en nuestro paraíso particular, en el vuestro. De espaldas al mundo, de espaldas a la sociedad, de espaldas a la familia extensa  y a los amigos. ¿Y eso qué más da?. Sois una droga vital, no el café diario y matutino que me permite tenerme en pie, sois el estímulo para seguir aquí. Vuestras rutinas son mi engranaje con la realidad.

   En fin, que más deciros: que soy tremendamente afortunado de disfrutar de un permiso doble para acompañaros, pasearos pacientemente por las calles, a la mañana, a la tarde, a la noche, dormiros, viviros, tal y como vuestra madre lo hace cotidianamente. Que espero que podáis ser tan afortunados  como habéis hecho, vosotros, que lo sea yo ahora, que podáis sentir la intensidad de una vida como la que hemos tenido la inmensa suerte de gozar ahora. Vuestra vida.


   Os quiere siempre, vuestro padre, Luis.