Lucía caminaba muy lentamente por el sendero de atrás. Su
vida se tornó especial desde que quedó
postrada en una silla de ruedas, aquellos terroríficos golpes que machacaron
sus vértebras. No pudo terminar los estudios, encerrada en casa provista de
unos extraños adminículos que le permitían siquiera sobrevivir, casi sin
movilidad, levantándose ocasionalmente, con la ayuda de Emma. Alberto caminaba
rápido por el sendero de atrás. Su vida se tornó especial desde que terminó la
universidad. Había aprendido varios idiomas y había vivido. Ahora era
millonario y su vida se circunscribía a pasar media hora al día desconectado de
todo, de la empresa, la familia, su mundo. Por eso paseaba a la misma
hora por ese sendero. Un día se cruzó con ella...Hola, fue la única palabra que
pudo articular ante aquel amasijo de extraños elementos. Lucía le respondió con
una leve sonrisa. Aquel encuentro fortuito constituyó el inicio de una relación
extraña, oscura y enfermiza. Una vez por semana coincidía aquel hola y aquella
sonrisa. Con el tiempo, poco a poco quedaron atrapados en un diario y casual
encuentro que pronto comenzó a tornarse en obsesivo. Ella tenía algo especial
en la mirada y él también. Sus rostros reflejaban mejor que ninguna otra cosa
sus almas insanas y perturbadas. Jamás necesitaron dialogar mucho más. Al cabo
del tiempo caminaban juntos, se cogían del brazo, se sustentaban en el sendero
de atrás.
Para ellos aquel espacio tenía un sentido muy
especial. Era su mundo, su verdadero mundo, objetivo e irracional, inquietante.
Ella ya casi no dormía esperando el encuentro en el sendero de atrás. Él lo
había dejado todo: la familia, la empresa, su mundo. Solo quería regresar sin
descanso al sendero de atrás. En ocasiones lo recorría al alba, a media mañana o
antes de la comida, era un alma en pena por el sendero de atrás. Por la tarde
hiciese calor o frío rondaba el camino, se agotaba. Era consciente de que lo
que hacía era enfermizo, de que estaba dejando de vivir, pero algo extraño y
repugnante lo atraía hacia allí.
Lucía se engalanaba con sus mejores ropas e
incluso comenzó a maquillar su magullada cara. Sin duda alguna era una mujer
bella pero no había querido hacerlo desde aquella noche, cuando después de
hacer el amor descubrió el verdadero rostro de aquel que decía amarla. Sin
embargo su convicción era endeble: no quería volver a conocer a nadie, solo
quería permanecer junto a Emma. No podía existir sin Alberto.
Él siempre estaba allí, agotado y exhausto esperando
en vano su encuentro, con el rostro desencajado, como enfermo, terminal. Verdaderamente,
su cara era desagradable, su nariz estaba torcida, sus pómulos eran horrorosos
y sus ojeras terribles, mucho más marcadas si cabe por la despigmentación de su
faz, como si estuviera quemada. Había dejado de mirarse en el espejo hacía
años, aquella terrible dismorfobia lo había hundido anímicamente.
Algo
indefinible marcaba aquellos encuentros, su atracción era extraña y carente de
lógica alguna. Alberto era un tipo triste y abatido marcado por un exitoso
fracaso en su camino vital. Lucía era una mujer hundida para siempre,
destrozada por fuera y por dentro, que amaba a Emma y se había jurado no
acercarse nunca más a un hombre. Y sin embargo no podía evitar a diario
salir con sus muletas adaptadas y sus herrajes incorporados a un cuerpo más
artificial que natural. Salía y no se sabía porqué necesitaba ver a aquel
espantajo humano que le había dicho hola un día caminado por el sendero de
atrás..
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