miércoles, 30 de septiembre de 2015

El sendero de atrás

      Lucía caminaba muy lentamente por el sendero de atrás. Su vida se tornó especial desde  que quedó postrada en una silla de ruedas, aquellos terroríficos golpes que machacaron sus vértebras. No pudo terminar los estudios, encerrada en casa provista de unos extraños adminículos que le permitían siquiera sobrevivir, casi sin movilidad, levantándose ocasionalmente, con la ayuda de Emma. Alberto caminaba rápido por el sendero de atrás. Su vida se tornó especial desde que terminó la universidad. Había aprendido varios idiomas y había vivido. Ahora era millonario y su vida se circunscribía a pasar media hora al día desconectado de todo, de la empresa, la familia, su  mundo. Por eso paseaba a la misma hora por ese sendero. Un día se cruzó con ella...Hola, fue la única palabra que pudo articular ante aquel amasijo de extraños elementos. Lucía le respondió con una leve sonrisa. Aquel encuentro fortuito constituyó el inicio de una relación extraña, oscura y enfermiza. Una vez por semana coincidía aquel hola y aquella sonrisa. Con el tiempo, poco a poco quedaron atrapados en un diario y casual encuentro que pronto comenzó a tornarse en obsesivo. Ella tenía algo especial en la mirada y él también. Sus rostros reflejaban mejor que ninguna otra cosa sus almas insanas y perturbadas. Jamás necesitaron dialogar mucho más. Al cabo del tiempo caminaban juntos, se cogían del brazo, se sustentaban en el sendero de atrás.

   Para ellos aquel espacio tenía un sentido muy especial. Era su mundo, su verdadero mundo, objetivo e irracional, inquietante. Ella ya casi no dormía esperando el encuentro en el sendero de atrás. Él lo había dejado todo: la familia, la empresa, su mundo. Solo quería regresar sin descanso al sendero de atrás. En ocasiones lo recorría al alba, a media mañana o antes de la comida, era un alma en pena por el sendero de atrás. Por la tarde hiciese calor o frío rondaba el camino, se agotaba. Era consciente de que lo que hacía era enfermizo, de que estaba dejando de vivir, pero algo extraño y repugnante lo atraía hacia allí.

   Lucía se engalanaba con sus mejores ropas e incluso comenzó a maquillar su magullada cara. Sin duda alguna era una mujer bella pero no había querido hacerlo desde aquella noche, cuando después de hacer el amor descubrió el verdadero rostro de aquel que decía amarla. Sin embargo su convicción era endeble: no quería volver a conocer a nadie, solo quería permanecer junto a Emma. No podía existir sin Alberto. 
  
   Él siempre estaba allí, agotado y exhausto esperando en vano su encuentro, con el rostro desencajado, como enfermo, terminal. Verdaderamente, su cara era desagradable, su nariz estaba torcida, sus pómulos eran horrorosos y sus ojeras terribles, mucho más marcadas si cabe por la despigmentación de su faz, como si estuviera quemada. Había dejado de mirarse en el espejo hacía años, aquella terrible dismorfobia lo había hundido anímicamente.

   Algo indefinible marcaba aquellos encuentros, su atracción era extraña y carente de lógica alguna. Alberto era un tipo triste y abatido marcado por un exitoso fracaso en su camino vital. Lucía era una mujer hundida para siempre, destrozada por fuera y por dentro, que amaba a Emma y se había jurado no acercarse nunca más a un  hombre. Y sin embargo no podía evitar a diario salir con sus muletas adaptadas y sus herrajes incorporados a un cuerpo más artificial que natural. Salía y no se sabía porqué necesitaba ver a aquel espantajo humano que le había dicho hola un día caminado por el sendero de atrás..

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