Recuerdo que era media mañana, justo después de haber saboreado uno de esos asquerosos cafés de máquina. Los balances no cuadraban, teníamos mucho trabajo por entonces y el jefe nos presionaba para que rindiésemos más. De repente Paco, uno de los encargados, subió corriendo las estrechas escaleras que comunicaban el pequeño y húmedo cuarto en el que transcurría mi rutinaria y mortecina jornada laboral. Abrió mecánica y brutalmente la puerta y tras detenerse en seco, alterado, sudando a mares y con la cara desencajada me dijo que cogiese el teléfono, que tenía una llamada muy urgente. La palabra urgente suele presagiar los más funestos mensajes. Descolgué el auricular y recibí el mazazo: Señor Gutiérrez, ha habido un accidente. Sin poder articular palabra, tras unos segundos de zozobra, mi interlocutor prosiguió: su mujer ha sufrido un lamentable incidente en la autopista. Nervioso, casi temblando, logré articular algunas palabras interrogativas:¿Qué ha pasado?. ¿Los niños están bien?, intuyendo la tragedia que acababa de comenzar. Vaya al hospital general, se encuentran ingresados allí. Colgué el teléfono como un autómata, en un estado de ansiedad que casi me impedía pensar.
Quedé parado mientras todos me miraban expectantes. ¿Qué ha sucedido, Emilio?, me preguntó también nervioso Jaime, mi compañero contable. Ni siquiera le escuché. Creo que dije, entrecortado, me tengo que ir. Sin coger el abrigo bajé rápidamente la escalera. Yo no podía apenas caminar, preso de una ansiedad que es imposible de describir. Nadie en esas condiciones debería jamás tomar un coche pero yo tenía que acudir lo más rápido que pudiese a ver a mi familia. Un compañero. no se quién, se ofreció a venir conmigo pero me negué incómodo, casi salvaje, despreciando cualquier concesión de clemencia.
Conduciendo a ráfagas, acelerando y frenando bruscamente para evitar el alcance, con un nudo en la garganta tan atroz que a punto estuve de detenerme en el arcén para vomitar, con la radio apagada y la mente perdida, quería arribar a mi fatal destino como el boxeador noquedao espera el gong del final del asalto para evitar caer en la lona destrozado. Aparqué mal el coche, no recuerdo bien dónde, quizás en un paso de peatones o en la parada del autobús y corrí, corrí desesperado hacia la puerta de urgencias. Lanzándome hacia el mostrador pregunté por mi esposa e hijos. Ella estaba muy grave, en esos momentos se debatía entre la vida y la muerte, en un quirófano. Pregunté por mis tres hijos, mis trillizos. Nada me decían de ellos, la celadora solo hablaba de mi mujer y que esperase en una sala especial.
Dijo que en breve me visitaría una psicóloga. Nervioso, exhalando alaridos sordos, entre lágrimas, pregunté por mis hijos. Dos enfermeros tuvieron que ayudarme para no caer al suelo. Creo que fue entonces cuando me hicieron tragar una pastilla, supongo que un tranquilizante. En la sala estaba solo. No recuerdo cuando accedió una chica muy joven. Quizás fueron segundos aunque para mi fueron horas, un tiempo perdido de tortura, de miedo irresoluble. Esperaba entonces lo peor pero lo peor estaba por llegar.
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