viernes, 20 de febrero de 2015

Muerte



  Yo morí el 28 de febrero de 1998. Ese día acabó mi vida y empezó mi muerte, lenta y angustiosa, que todavía continúo viviendo.  Para cualquier persona haber vivido un drama familiar resulta tremendamente doloroso, pero quizás lo peor sea recordar. Cuando escribo estas líneas ya ha pasado mucho tiempo. No obstante, rememorar aquellos instantes me provoca un dolor inmenso, imposible de expresar con unas cuantas palabras. Después de meditarlo mucho me decidí a contar con la meticulosidad más pulcra aquellos momentos. No lo hago por vanidad sino precisamente para evitar el olvido final, ahora que mi memoria empieza a mostrar signos de daño irreparable. Debo recordar, debo escribir esto, para que quede constancia de mis días, de mi vida y de mi muerte, en fin, de lo que algún día fui y hace tiempo dejé de ser. Nadie debería olvidar jamás quién fue y, sobre todo, quiénes fueron aquellos a los que más amó. 


   Recuerdo que era media mañana, justo después de haber saboreado uno de esos asquerosos cafés de máquina. Los balances no cuadraban, teníamos mucho trabajo por entonces y el jefe nos presionaba para que rindiésemos más. De repente Paco, uno de los encargados, subió corriendo las estrechas escaleras que comunicaban el pequeño y húmedo cuarto en el que transcurría mi rutinaria y mortecina jornada laboral.  Abrió mecánica y brutalmente la puerta y tras detenerse en seco, alterado, sudando a mares y con la cara desencajada me dijo que cogiese el teléfono, que tenía una llamada muy urgente.  La palabra urgente suele presagiar los más funestos mensajes. Descolgué el auricular y recibí el mazazo: Señor Gutiérrez, ha habido un accidente. Sin poder articular palabra, tras unos segundos de zozobra, mi interlocutor prosiguió: su mujer ha sufrido un lamentable incidente en la autopista. Nervioso, casi temblando, logré articular algunas palabras interrogativas:¿Qué ha pasado?. ¿Los niños están bien?, intuyendo la tragedia que acababa de comenzar. Vaya al hospital general, se encuentran ingresados allí. Colgué el teléfono como un autómata, en un estado de ansiedad que casi me impedía pensar. 

    Quedé parado mientras todos me miraban expectantes. ¿Qué ha sucedido, Emilio?, me preguntó también nervioso Jaime, mi compañero contable. Ni siquiera le escuché. Creo que dije, entrecortado, me tengo que ir. Sin coger el abrigo bajé rápidamente la escalera. Yo no podía apenas caminar, preso de una ansiedad que es imposible de describir. Nadie en esas condiciones debería jamás tomar un coche pero yo tenía que acudir lo más rápido que pudiese a ver a mi familia. Un compañero. no se quién, se ofreció a venir conmigo pero me negué incómodo, casi salvaje, despreciando cualquier concesión de clemencia.

   Conduciendo a ráfagas, acelerando y frenando bruscamente para evitar el alcance, con un nudo en la garganta tan atroz que a punto estuve de detenerme en el arcén para vomitar, con la radio apagada y la mente perdida, quería arribar a mi fatal destino como el boxeador noquedao espera el gong del final del asalto para evitar caer en la lona destrozado. Aparqué mal el coche, no recuerdo bien dónde, quizás en un paso de peatones o en la parada del autobús y corrí, corrí desesperado hacia la puerta de urgencias. Lanzándome hacia el mostrador pregunté por mi esposa e hijos. Ella estaba muy grave, en esos momentos se debatía entre la vida y la muerte, en un quirófano. Pregunté por mis tres hijos, mis trillizos. Nada me decían de ellos,  la celadora solo hablaba de mi mujer y que esperase en una sala especial. 

   Dijo que en breve me visitaría una psicóloga. Nervioso, exhalando alaridos sordos, entre lágrimas, pregunté por mis hijos. Dos enfermeros tuvieron que ayudarme para no caer al suelo. Creo que fue entonces cuando me hicieron tragar una pastilla, supongo que un tranquilizante. En la sala estaba solo. No recuerdo cuando accedió una chica muy joven. Quizás fueron segundos aunque para mi fueron horas, un tiempo perdido de tortura, de miedo irresoluble. Esperaba entonces lo peor pero lo peor estaba por llegar. 

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