jueves, 1 de enero de 2015

Carta a mis hijos

Elche, navidades de 2014/15

Mis queridos Fran y Álex,  Álex y Fran:

         Espero que podáis leer estas breves líneas cuando seáis mayores, mis niños de ojos claros y rasgados. Nada me satisfaría más que allá por las décadas de los años veinte, treinta o cuarenta pudiéramos leerlas todos juntos. Aunque el mundo da muchas vueltas, daría mi vida porque así fuera. 

 Escuchad: si a mí me llegan a decir cuando tenía veinte años que iba a ser padre de dos niños hubiera tomado por loco al tarotista que me lo hubiese pronosticado. Porque la verdad es que jamás pensaba, por aquel entonces, que tendría descendencia. Os confesaré algo: me daban grima los niños, en especial los pequeños. Y aunque con el tiempo esa aversión se fue mitigando hasta esfumarse por completo, siempre tuve prevención para con estos humanitos deliciosos.


   Después llegó Sandra, vuestra prima, y el amor de tío derritió las últimas resistencias hacia estos locos bajitos, como decía Serrat. Más tarde, ya sabéis, sucedió lo inimaginable, lo inconcebible, lo inesperado, una revisión rutinaria, un temor fundado, un miedo ilógico: estabais allí. Erais solo dos pequeñas manchitas en un papel alargado lleno de fotografías oscuras.

 
    Cuando junto estas letras tenéis ya nueve meses y si alguien me hubiera preguntado hace años que el mejor regalo de cumpleaños no era el mejor teléfono del mercado, una televisión de 50 pulgadas o dos entradas para una buena función en el principal sino vuestra presencia, vuestro amor, vuestro cariño, me hubiesen tomado por un lunático de atar. Porque vosotros dais todo eso sin daros cuenta. Lo dais ahora, sin hablar, sin andar, sin apenas mantener el equilibrio al sentaros, tan pequeños, tan desvalidos. Entregáis más de lo que quizás podré yo daros, os quiero, pero jamás podré ofrendaros los millones de buenos ratos, de alegría por vivir, de bondad que ya nos ofrecéis. ¡Y sin daros cuenta!. ¿Puede haber más amor en la naturaleza?.

   Como ocurrió con mis mayores, creed en lo que queráis, sin ataduras, sin obligaciones.  Sed libres ante todo. Solo espero que no dejéis jamás de creer en el maravilloso milagro que la naturaleza es capaz de obrar: la vida. Esa fe en lo que nos rodea, por muy sucio que sea, esa fe en las personas, por muy rastreras que algunas resulten, esa fe en vosotros mismos, sin caer en egocentrismos, quizás el mayor tesoro del ser humano. Por muchas caídas que tengáis levantaos siempre pensando en lo que sois: vida. Y que un día un par de personas os albergaron en lo más recóndito de su mente y decidieron traeros hasta aquí, para que crecieseis en paz y libertad. Que recordéis siempre que fuisteis amados por dos seres que lo dieron todo por vosotros.

    Toda mi vida anterior no fue nada hasta que os tuve entre mis brazos aquel borrascoso veinte de Marzo. Hijos míos, recordad esta carta cuando sea mayor, si es que la vida me concede el privilegio de veros adultos y desarrollados plenamente en vuestra personalidad. Ahora debería decir aquí que nos dabais mucho trabajo, que teníamos que despertarnos dos o tres veces por la noche para consolaros porque os estaban rompiendo en las encías vuestros primeros dientes. ¡Y lo estoy diciendo!.  Que yo estaba todas las noches contigo, Alejandro, en una minúscula cama plegable al lado de tu cuna y que vuestra madre dormía con Francisco en otra habitación, en la cama grande, aunque dormir sería mucho decir. ¡Que eras muy puñetero, Fran!.

   Y que tu, Álex, aparecías muchas noches destapado en pleno invierno y, ¡oh, sorpresa!, te habías dado tu solo la vuelta, ¡qué enorme agilidad en sueños!. También podría decirte (y lo digo) que con nueve meses todavía solías despertar pronto. Entonces te acurrucaba junto a mis brazos, te preparaba raudo y veloz un pequeño biberón templado y que al no dormirte, cuatro, cinco, seis de la madrugada, te zambullía conmigo entre las mantas. Y que una de las mayores alegrías de mi vida, una de las mayores satisfacciones  y recuerdos que morirá conmigo fue verte cerrar los ojitos a mi lado mientras me cogías la narizota. Y que te gustaba mucho gritar, un grito seco y ronco, que creíamos que te quedarías sin habla tan pequeñito.

   ¿Y esos momentos inolvidables?: cuando a diario os cambio para daros el último biberón, esas sonrisas picaronas cuando os quito la ropa: los pantalones, el pañal, la camiseta antes del baño. Cuando me toca secaros y os volvéis locos viendo la toalla volar sobre vosotros. O esa locura transitoria que os sacude al ver la sombra de vuestra propia mano en la pared. O mis bufonadas con la ropa, mis cosquillas burlonas, mis caídas ficticias para volver a aparecer. O ese magnetismo que tiene para vosotros mi colgante en el cuello, esa aparente meditación, esos besos intermitentes en vuestra magna frente. Vuestros primeros dientes (con un primer mordisco al progenitor, Álex), vuestra mirada picarona, vuestra socarronería. Tu forma de llorar, Fran, cuando tu hermano grita, sin venir a cuento. Todo ello jamás se perderá, está ahí, para siempre, aunque vosotros no seáis capaces de recordarlo. ¿Veis?. Somos muy afortunados de tenernos, de teneros.

   Fue duro, durísimo al principio, en especial para vuestra madre, pero para todos en conjunto, porque fue un trabajo en equipo: vuestros cólicos, vuestras manías, vuestras exigencias fundadas, vuestra alimentación, vuestros primeros catarros. Contamos con la inmensa e impagable ayuda de vuestros abuelos a los que algún día deberéis (deberemos)  levantar un monumento.  Tan pequeños y frágiles pero ya con capacidad de decisión, mediante un primario sistema comunicativo: esos malestares que hablan por vosotros. Así sabemos qué dibujos os gustan en televisión, qué alimentos preferís o qué postura os agrada más a la hora de dormir. Pero todos los sinsabores pasados (y los que quedan por pasar) se tornan pequeñas anécdotas. Todas esas cosas  ahora no son nada. 

   Disfrutar de vuestra sonrisa, vuestros balbuceos, vuestras pedorretas interminables, vuestro llanto y vuestras torpezas es gozar de una existencia sublime, de unos días paradisíacos en nuestro paraíso particular, en el vuestro. De espaldas al mundo, de espaldas a la sociedad, de espaldas a la familia extensa  y a los amigos. ¿Y eso qué más da?. Sois una droga vital, no el café diario y matutino que me permite tenerme en pie, sois el estímulo para seguir aquí. Vuestras rutinas son mi engranaje con la realidad.

   En fin, que más deciros: que soy tremendamente afortunado de disfrutar de un permiso doble para acompañaros, pasearos pacientemente por las calles, a la mañana, a la tarde, a la noche, dormiros, viviros, tal y como vuestra madre lo hace cotidianamente. Que espero que podáis ser tan afortunados  como habéis hecho, vosotros, que lo sea yo ahora, que podáis sentir la intensidad de una vida como la que hemos tenido la inmensa suerte de gozar ahora. Vuestra vida.


   Os quiere siempre, vuestro padre, Luis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario