Lleva solo dos semanas pero Juan no puede más. No es el agotamiento físico, el hambre o el frío, el terrible y penetrante frío seco de esa remota región a donde lo han conducido. Es algo peor. Ha comprendido, en el escaso lapso temporal que transcurre desde su exilio forzado a la URSS hasta acabar en este agujero, que nada importa ya, que no hay salida. Sus convicciones, muy firmes desde que enseñaba a los más desvalidos durante la guerra, todo su idealismo, la igualdad, la lucha por un mundo mejor para nada sirven en donde se encuentra ahora.
Todas las mañanas, bien ataviados con sus abrigos y ushankas raídas, marchan con sus picos y sus palas hacia un lugar cenagoso y húmedo. Allí extraen barro y tierra, también agua semicongelada, con una pétrea capa de hielo al amanecer. Los pies mojados se congelan todavía más cuando salen de la ciénaga, los dedos se dilatan y duelen cada día más, los pies se hinchan y resultan muy molestos. El tercer día apenas podía calzarlos. Muchos no regresan cada día. Juan ha aprendido que los sabañones se pueden soportar un poco mejor si envuelve sus dedos en las tiras de unas telas especiales que ha obtenido gracias a Miguel, otro español confinado en el infierno. Eso le anima, haber conocido a algún compatriota camarada. Reflexiona y piensa porqué utiliza ese término si ahora ya no tiene sentido. Piensa que, en realidad sigue siendo un idealista y que alguien muy depravado ha cometido un error, que él, republicano y socialista, que había luchado contra los facciosos no podía estar recluido como uno más de ellos.
Un error. Sí, debe ser eso. Pero este error me esta saliendo muy caro, piensa. Me consideran un traidor por ser extranjero en suelo ruso, simplemente por no haber escapado, por no haberme trasladado (como si pudiera haberlo hecho) más allá de los Urales cuando se aproximaron los alemanes. ¿Por qué?. ¿Acaso podía huir?. Mientras Juan se hacía estas preguntas esperan en el barracón 14 a que llegara la sopa caliente. Realmente ya no tiene hambre. Esa sensación desesperada y ansiosa de engullir lo que fuese ha desaparecido hace muchos días, tras ingerir la basura con que a diario les obsequian.
El pan está enmohecido y el caldo lleva siendo de remolacha los últimos días. Y sin embargo no tiene apetito. Quizás el cansancio ha introducido un perverso mecanismo, mortal acaso, para adaptar al organismo a necesitar cada día menos. Quizás el metabolismo se prepara para la muerte por inanición o tal vez para la llegada de la tuberculosis o el tifus que periódicamente aparece, como por azar, en alguno de los presos, siempre los más débiles.
A veces se consuela, se quiere engañar a sí mismo. Lo necesita, quizás sea una de los pocos rastros de la humanidad que derrochó en otro tiempos. Habla con otros españoles, los pocos que van quedando, los que regresan de los pantanos y de esa pesadilla de obra gigantesca del canal. Tampoco estamos tan mal. Saben que somos de los suyos aunque nos traten así. Se debe a la guerra, la maldita guerra, que todo lo cambia, que todo lo perturba, hasta las mentes de la buena gente, de los camaradas. Tenemos un día libre a la semana y aunque ahora con el frío no se pueda ni siquiera salir de la barraca, podemos jugar a las cartas y comer un suplemento. No es consuelo, pero demuestra que somos diferentes. Ellos no nos consideran como la escoria nazi que se pudre en el campo y, por supuesto, nos separan de los asesinos y delincuentes de la cárcel. Nosotros saldremos adelante.
Todo esto lo dice sin convicción, los demás callan. Su inmensa capacidad docente le hace llevar la voz cantante pero sus compatriotas, los que luchan a diario por seguir abriendo los ojos un nuevo día, poder acaso seguir despiojándose todas las mañanas antes de acudir a las letrinas, ya no le escuchan. Se puede decir que habla solo. Sin darse cuenta Juan esta solo. No hay piedad para un solo humano en el agujero de hielo. No existe la compasión, nadie reza, nadie cree en nada, ni siquiera él, que trata de infundir un mensaje de optimismo en el orco. Nadie cree en el hombre. Allí se limitan a vivir o algo parecido a ello.
Todo esto lo dice sin convicción, los demás callan. Su inmensa capacidad docente le hace llevar la voz cantante pero sus compatriotas, los que luchan a diario por seguir abriendo los ojos un nuevo día, poder acaso seguir despiojándose todas las mañanas antes de acudir a las letrinas, ya no le escuchan. Se puede decir que habla solo. Sin darse cuenta Juan esta solo. No hay piedad para un solo humano en el agujero de hielo. No existe la compasión, nadie reza, nadie cree en nada, ni siquiera él, que trata de infundir un mensaje de optimismo en el orco. Nadie cree en el hombre. Allí se limitan a vivir o algo parecido a ello.

Magnifica forma de llevarme con tus letras.
ResponderEliminarUn abrazo.
Muchas gracias por el elogio. Abrazos
EliminarAquí estamos para ello. Un saludo
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