viernes, 28 de noviembre de 2014

El libro prestado



      Había vivido gran parte de su vida en Corea, España. ¡Ah, Corea, la linda Corea!. La tranquila y limpia Corea, lamentaba desde su exilio particular. Había sido su barrio, su vida. Allí creció, cerca de las azarbes, al lado de la vereda, con las moreras y los gusanos de seda. Después de volver de la escuela se encaminaban con unos hilachos y anzuelos a por ranas que después guardaban en frascos de cristal. Esa fue su infancia. La huerta, tras su edificio de tres pisos, que se introducía en el barrio por la avenida. Allí pasaba las tardes, aquellas templadas tardes del invierno y otoño. Y en la primavera, cuando reverdecían los caminos de hierba mala y buena, las florecillas del agrillo mataban el hambre en los estómagos ayunos todavía del bocata vespertino. Ahora todo eran recuerdos difusos de una época desgraciada pero feliz al fin y al cabo. Desgraciada porque no fue bien amado de chiquilín, al menos no como lo debería ser un niño. Pero también tenía ahí dentro la felicidad de una infancia vivida en la calle, cuando todavía se podía jugar sin temor a nada ni a nadie. Sin embargo, en muchas ocasiones sentía un recuerdo de desagrado de su juventud, un malestar informe y poco definido que rápidamente desechaba su cerebro.

   La calle. Recordaba ahora, en su exilio forzado de Sonora, viejo y hundido en la soledad de una pequeña aldea sin asfalto, ojeroso por el insomnio, las caminatas hasta El Hondo, hasta aquel páramo de alamedas que tanto le impresionaba, y la vuelta por la carretera de Elche, sin arcén, saltando a los bancales cuando venía algún coche. Y luego la vaquería, con ese olor a cagarrutas, y los mosquitos y las libélulas, esos helicópteros suicidas que atravesaban el espacio y luego la vuelta por el desvío hasta regresar, extenuado, al pueblo. Recuerdos que se perdían lentamente en su ahuecada memoria, cada día más vacía, más liviana. Un día, sin embargo, recordó que alguien, en una ocasión, le había prestado un libro. Sólo eso.

     En su desvencijada morada yucateca había logrado reunir una buena biblioteca que abordaba los más dispares saberes. Con una obstinación diligente tenía todos los volúmenes leídos. Una tarde, pensativo y taciturno, quiso comenzar de nuevo. Una necesidad primaria le impelía a ello, la necesidad de recuperar lo perdido, los fragmentos minúsculos que del pegamento de su memoria se habían desencolado. De pronto, al observar la cuarta estantería algo le llamó la atención. Era un volumen negro, sin título aparente. Una sensación de escalofrío recorrió su arrugado cuerpo, como un flechazo, frío y terrible a la vez. Al principio apartó la mirada de él. Bebió agua, dió un paseo por los recovecos de su morada. Transcurrieron varios minutos antes de armarse de valor y regresar a la habitación atestada de libros.

    Aquel libro. ¡Era aquel libro!. No recordaba cuántas décadas yacía allí, semioculto, en aquel mar de páginas leídas y releídas. Muchas veces su mirada se había cruzado con él pero su mente lo había despreciado, como cuando se desechan los hechos traumáticos que uno ha vivido. Pero en cambio ahora, ¿por qué?. ¿Por qué diablos estaba allí?. Ahora recordaba, se lo había prestado alguien. ¿Pero quién?.  Sí, poco a poco comenzaba a recordar. Quizás su exilio había fabricado una cortina de olvido en su cerebro. Recordaba mucha gente de su país, de aquellos años en los que quizás hubiese sido feliz algún día, aunque ya no lo recordase. Pasados unos instantes de zozobra una imagen difusa pero cada vez más definida fue apareciendo. Un amigo, quizás un enemigo, pero esa cara le era conocida.

   No quería agarrar el volumen para evitar el recuerdo definitivo. Tenía miedo, un miedo instintivo, como el de los animales. Algo muy desagradable y oscuro había ocurrido con ese ser al que se resistía a visualizar con total nitidez.  Quizás lo hubiese asesinado, quizás ese individuo al que no podía poner nombre ni lugar exacto de encuentro hubiera abusado de él, lo hubiese violentado sexualmente o quizás era todo una pesadilla. Pero no, no podía ser una imaginación, era real, había sucedido. Ahora la imagen ya estaba mucho más definida, veía además su cuerpo, era un hombre joven y alto, fuerte, muy fuerte, violento. La sensación era de una inconmensurable incomodidad. Volvió a levantarse de su butaca e intentó salir al porche a fumar. Entonces se dio cuenta de que había dejado el tabaco hacía años. ¿Qué sentido tenía todo aquello?. ¿No era un simple libro prestado?. ¿Qué importancia tenía quién se lo hubiese prestado?.

    Ese objeto lleno de letras y palabras, aparentemente inocente, sin título en su cubierta negra, comenzaba a poblar rápidamente su imaginación. ¡Era inconcebible!. Y lo peor era que el dueño de aquel símbolo había sido real, había tratado de olvidarlo, de difuminarlo, pero ahora volvía con mucha más fuerza a su vida, ya cercana al final. Su imagen martilleaba con una feroz intensidad su existencia. ¡Era insoportable!. Pero quizás por eso mismo no tuvo el valor de coger el libro de la estantería. Su simbolismo perpetuaría, allá arriba, en la cuarta estantería, sus miedos y sus angustias pero, la mismo tiempo, serviría para anquilosarlos, para petrificarlos. Bastaría con no volver a ver el libro, con que su cerebro y su mirada discriminasen de nuevo aquel infernal ejemplar que un día alguien le prestó. Lo mejor era olvidar y continuar viviendo.

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