martes, 25 de noviembre de 2014

Microcuentos IV

CIUDAD

  Ciudad dormida, inerte, vacía. Pero en las entrañas de la urbe laten palpitantes millones de  corazones singulares. Los de los desesperados, eternos seguidores de una vieja Edad de Oro, seres que quedaron estancados en una época de descreimiento y rebeldía. Ellos vegetan eternamente y en desolación.

DESOLACIÓN

  Desolación y tristeza. ¿Derrota definitiva?. Frank se repetía esas frases mientras caminaba lentamente por la ribera del río. Y sin embargo, miró al cielo y quizás encontró la respuesta. Derrota, sin duda. Porque Frank no era Frank. En realidad Frank no existía. Era solo el reflejo  que en la estratosfera la luz contra el agua del cauce depositaba sobre esa vereda inconclusa, inerme y fría.

FRÍA

  -Fría usted bien esos saquitos-, le repetía el encargado al pobre Mbala. Cerdo inmigrante, ¿por qué lo habrán contratado?, se oyó cuando tras golpear con rabia las puertas que separaban la cocina del salón-comedor del restaurante salió a repetir su odio con los demás. Pero en esta ocasión el sonido casi imperceptible arribó a la primera mesa que había a la izquierda de la barra del bar. Allí estaba Josué, antiguo inmigrante, ahora jefe de la oficina de extranjería. Llamó al encargado. Preguntó por sus sucias palabras. Le espetó que cerraría su bar por falta de higiene, que no era necesario ver las cocinas. -Usted no está capacitado para la vida porque usted está sucio y arrastra con su sola presencia toda esa ponzoña por donde va, dijo con gran parsimonia mientras tomaba notas en su moleskine. Él era negro como Mbala. El encargado estaba negramente carcomido por su propia ira. Años después el despreciable ser alcanzó a ser redimido cuando murió en África luchando contra una terrible epidemia.


EPIDEMIA

  Una terrible epidemia envolvió a los habitantes de aquel pequeño pueblecito. No era de odio, sino de extremada ingratitud, de sepulcral hastío hacia lo de fuera. Pensaron no comprar nada que no se produjera allí, autoabastecerse. Pero  pronto comenzó a escasear todo, el hambre llegó a tal extremo que hubo que hervir cinturones y zapatos. Como jamás fueron capaces de admitir que estaban enfermos, claudicaron como lo harían un grupo de hienas encerradas en una jaula: se comieron los unos a los otros.

OTROS

   Otros. Indudablemente eran otros. Siempre habían sido otros. Aquellas estructuras anquilosadas eran incapaces de asumir su derrumbe. El comisario no recordaba haber torturado a nadie. Ni siquiera reconocía haber dado órdenes para que sus subordinados lo hiciesen. Pero cuando aparecieron aquellos cadáveres putrefactos, encorvados, maniatados y despellejados, cuando la ignominia cubrió por entera a aquella comisaría, otros fueron los que acabaron cargando con la culpa.


CULPA

   -¿Culpa?. No, culpa no, necesidad diría yo-. Afirmaba impotente el pastor ante el agente que lo interrogaba. El asesinato despiadado y planificado concienzudamente de aquel malnacido, el que tantas vidas había sustraído, no era un acto humano, era obra de Dios.

DIOS

   Dios, en su omnipotencia, jamás imaginó que un insignificante mortal se atrevería a jurar en su nombre. Después de constatarlo, decidió desaparecer para siempre.

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