
Ella apareció inesperadamente, como cuando espera uno al amor y se lo encuentra al ir a abrir una puerta. Venía de la compra, un regalo para alguien de la familia. Con una amable e irresistible sonrisa le invitó a que oliera el perfume de su grácil mano. Él la sostuvo suavemente, como para que no se notase su temblor, para no herirla y acercó su nariz a ella. Años después seguía obsesionado con esta escena. A lo largo del tiempo, cada mañana había recordado aquella pérdida, aquel abandono no premeditado. Una huida inconsciente de la responsabilidad de un amor por conquistar, de una vida que haber vivido.
Su regreso diario a la vida consistía en recordar la escena, en aquel salón gigantesco al que se accedía por una pequeña portezuela azul desde un campo normalmente florido en primavera e inerte en otoño. Una sala grande llena de personajes diversos sin ninguna conexión más allá que ejercer la misma rutinaria y mohína profesión. La mano, huesuda, alargada, irresistiblemente bella. Las uñas pintadas de rosa hacía días, un tanto quebradizas. Los tendones marcados, el anillo en su anular y la sinuosidad de sus yemas al contactar con la piel fresca y fría de sus congeladas manos.
Aquel tiempo desperdiciado. La mano que conducía hacia sus enormes ojos, limpios como el aire fresco del invierno después de una copiosa lluvia. Sin embargo había sucedido algo en su memoria. Después de cumplir los sesenta había comenzado a olvidar aspectos significativos de su biografía. Primero fueron algunos amigos, paisajes, sensaciones, tristezas. Más tarde se le difuminó el recuerdo de su propia familia, hasta dejar de conocer a sus hijos y su mujer. Llegó el día que salió sin compañía por un sendero repleto de flores de agrillo y no supo regresar al hogar. Pasaron días de pérdida, de frío y de necesidad vital de subsistir con lo primero que tenía a mano. Comía raíces y chupaba el tallo de esas flores camineras, ácido y amargo. A pesar de aquel estado de incivilización, sabía que una vez había tenido agarrada suavemente aquella mano.
Cuando por fin dieron con él quedó sumido en un estado quasi vegetativo, tumbado en una cama, muerto de frío, con unas fiebres muy altas. Todos intuían el final. Hacía algunos días que ya no comía ni hablaba, su delgadez era extrema. El médico solo acertó a inyectarle una suerte de calmante porque tenía espasmos musculares fruto del esfuerzo. Una mañana despertó y trató de caminar pero cayó al suelo abatido por la pérdida muscular. En el suelo exhaló su último aliento, solo, abatido, abandonado. Pero aunque parezca imposible, en aquel cerebro corroído por el olvido, murió feliz. Porque justo antes del último estertor recordó aquella imagen, aquella mano.
Existen personas que vamos dejando atrás conforme nos alcanza el devenir de la vida y otras de las que no podemos desprendernos y llevamos con nosotros, siempre. Sin duda, calan tus escritos y me atrevo a decir, sin reservas y a título personal evidentemente, que este es el relato más emotivo que has compartido. Es imposible no quererte un poquito y me hace feliz saber que ahí sigues.
ResponderEliminarMuchas gracias por tus palabras. Son muy sentidas. Pienso lo mismo de ti y espero que me acompañes con tus lecturas.
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