María era una niña delicada y frágil, enfermiza desde el mismo momento que respiró. Su alumbramiento fue necesariamente problemático, precedido de unas aguas turbias que presagiaban la turbulenta y agitada vida que sufriría. Hay que destacar que pesó tan solo un kilo veinticinco gramos después de haber habitado en el útero materno durante seis meses y tres semanas. Fue algo más que prematura, fue precipitada, porque nadie en su casa la esperaba. Su madre era una oronda maestra que tenía el tremendo defecto o virtud, según el grado de moralidad del que esto lea, de beber en ayunas todas las mañanas un buen vaso de ginebra aderezado con esencia de clavo. Se trataba de una preparación que había leído en una novela que probando, por el método del ensayo-error al que tanta afición había tenido en su juventud, había encontrado como la más adecuada a su capacidad hepática.
El caso es que esta buena mujer, de nombre impronunciable, estaba tan gorda que jamás llegó a percibir que albergaba entre sus acuosos michelines una diminuta vida humana. El retiro del período lo achacaba a sus crónicos problemas hormonales, esos que le habían perpetuado en el rostro una desagradable pelusilla negruzca, salpicada de gruesos vellos muy oscuros, en ocasiones nacientes en diminutas verrugas. Desconocedora de su situación de gravidez regó aquella época en la que su hígado le había dado un respiro con alcoholes varios, preferentemente toda la gama y variedad de gin-tonics que una licorería del lugar ofertaba por aquel entonces.
No sabía muy bien porqué pero aquella temporada se encontraba mucho más activa, más vital y fue pródiga en excesos, incluidos los sexuales. Esos domingos por la mañana de diarreas apestosas eran el culmen a una semana de brutalidad e ignominia con su propio cuerpo. Es cierto que no era una mujer atractiva pero sí peculiarmente pícara, lo que se dice facilona.
Pero volviendo a nuestra protagonista, María, nació una noche de repente, sin ser esperada. Su madre pensó que, fruto de los excesos, sufría un nuevo dolor caótico y punzante de cólico. Cuando arribó al hospital cardiovascular se desveló el pastelón, y no precisamente el que tenía en sus sucias bragas. Se desveló así un enigma insondable, la aparición de un nuevo ser ignoto, una alma que había estado ahí desde hacía tiempo, ignorado por todos, una persona que, después de un nuevo alborear, se presentaba en el mundo de los vivos diminuta y liviana.
Pero volviendo a nuestra protagonista, María, nació una noche de repente, sin ser esperada. Su madre pensó que, fruto de los excesos, sufría un nuevo dolor caótico y punzante de cólico. Cuando arribó al hospital cardiovascular se desveló el pastelón, y no precisamente el que tenía en sus sucias bragas. Se desveló así un enigma insondable, la aparición de un nuevo ser ignoto, una alma que había estado ahí desde hacía tiempo, ignorado por todos, una persona que, después de un nuevo alborear, se presentaba en el mundo de los vivos diminuta y liviana.
El pequeño bebé, apenas no más grande que la palma de una mano, unió su inmadurez a una inquietud palpitante poco después de atravesar el canal del parto y ser extraída a la luz. Padecía un alcoholismo tan pronunciado que nació en coma etílico, casi sin respiración, teniendo que pasar varios días en cuidados paliativos para garantizar su supervivencia, lo cual no estuvo del todo claro hasta varias semanas después. La pequeña María rechazaba los biberones y cualquier forma artificial de nutrición pues su cerebro debía de ser consciente de que la única fuente de la que podía lograr la droga era el propio organismo del que había salido, al que había estado íntimamente unido aquellos primeros meses de su vida.
Los médicos, conscientes del origen de su toxicomanía, aceptaron la lactancia materna imponiendo su férrea dictadura, su espada de Damocles, sobre la rolliza docente. La amenaza llegaba a la pérdida de la maternidad, al secuestro estatal, un secuestro imperativo y urgente. Pero lo cierto es que aquella deformidad humana que ni siquiera había sentido al ser que albergaba en su seno pronto retomó su irremedible carrera dipsomaníca. De esta manera el pobre bebé no dejó se estar indirectamente alcoholizado. La niñita siempre estuvo achacosa, nerviosa y su cerebro infantil en continua expansión sufrió los embates de la embriaguez sobrevenida. Quedó para siempre esclava de las adicciones mundanas: alcohol, drogas y sexo.
Y ahora se preguntará más de uno que porqué los servicios sociales no reclamaron al incipiente ser, arrebatado ya a su propia consciencia, ebrio desde su más tierna niñez. Nadie jamás lo supo aunque quedó casi como una leyenda urbana alguna triquiñuela de la familia con un concejal corrupto. Pero esto no es lo más importante, lo verdaderamente aterrador en este caso fue la dejadez de todo el mundo. Ni siquera su propia familia, sabedora de lo que sucedía con la pequeña Yumba, hizo el menor movimiento por evitarlo. Ni siquiera el entorno social más próximo o lejano. Nadie. Eso fue lo más sorprendente en este caso, uno más en la iniquidad de una sociedad complaciente con su forma de vida.
La chiquitina como podía ser previsible, pronto tuvo que dejar de mamar. Fue en ese instante cuando sufrió su primer shock que apunto estuvo de llevársela por delante. Y hay que decir que la pequeña creció, pero lo hizo mal, a trompicones, como espasmódicos, frutos de la enfermedad que siempre le acompañó. Llegó sin saber como a su madurez física que no intelectual, pues jamás alcanzó el desarrollo cognitivo propio de la adultez. Entonces ya era un ser incompleto pero feliz y esa felicidad se le reflejaba en el rostro, siempre enrojecido, con una piel siempre como atópica, descamada, que arrastraba desde su niñez. Su alegría ingenua, basada en una mentalidad infantiloide, se vió reforzada gracias a su refugio favorito: la adicción. Sabemos por escritos de aquella época, borrones y tachones que redactaba con una letra infernal en una moleskine que le regaló un tío de Valladolid, que lejos de sufrir y tener complejos, era completamente feliz sumida en su realidad paralela, la que da la droga blanda y la dura, que también llegó a probar. En realidad María no era más que una víctima, una triste y desangelada imagen del desarbolamiento de una colectividad inhumana que no se preocupaba por el bienestar del ajeno sino del propio, su propia familia, la deshonra de una raza vil, que consintió el desastre al que finalmente estuvo abocada la insignificante damisela.
Su pequeño intelecto se vió abocado a un final paradójico y circular, ya que murió como nació, en un fugaz y distendido coma etílico. Para entonces había batido diversas plusmarcas en el campo de la dependencia. Enseguida que se enroló por obligación en el instituto, lugar que sirvió a María de laboratorio para algunas de sus más sonadas y oscuras adicciones, comenzó su decadencia final que, no obstante, se alargó unos años después de haber finalizado su deseducación obligatoria. Nada más arribar, recién cumplidos los 12 cayó presa del tabaquismo y los porros, accediendo a las aulas en un estado deplorable. Lo mejor, decían sus profesores, era que no molestaba. Como si eso fuera buena señal. Entraba con los ojos inyectados en microscópicas fisuras, capilares reventados, que proporcionaban a sus ojos un aspecto verdaderamente siniestro. Nada hacía, aguantaba la mirada como un espectro desde el fondo de la clase no más de 2 minutos antes de quedar fulminada encima del pupitre.
En un par de cursos era una de las personas más respetadas entre el alumnado pues eran ya legendarias sus borracheras matutinas con aquellos eructos olorosos de acidez aguardentosa, sus parrandas entre clase y clase y, finalmente, su actividad crepuscular con la marihuana, única diosa a la que verdaderamente llegó a venerar. La verdad es que su mirada y su actitud, mitad esperpéntica mitad lastimosa provocaba muchas sonrisas, que se volvían carcajadas, por los pasillos del aulario de secundaria. Pero eso a ella poco le importaba, su vida, su alma, su ilusión, todo lo depositaba en las drogas y, en una inusitada y pertinaz afición al sexo desmedido, suburbial, descontrolado. Parece mentira que un personalidad tan fugaz tuviese la fuerza de voluntad necesaria para poner en pie toda una leyenda, porque Yumba, no nos engañemos, dejó huella y no solo en el centro educativo. Su familia jamás quiso saber nada de un ser nacido de una emanación efluvia de toxicidad.Su madre había desaparecido del mundo poco después de que comenzara a caminar. De ella se encargó un pariente lejano, el único que se atrevió a burlar el tabú familiar, un ejemplar digno de estudio, no solo por su enorme y corpulenta fisonomía sino por su despreocupación por los asuntos mundanos. En realidad la niña creció totalmente sola, sin guía ni control.
Antes de dejar las aulas, aquellas que jamás aprovechó, la jovencita de ojos rojos, tuvo tiempo suficiente para saborear algunas de las más comunes adicciones: cristal y pirulas de colores. Antes del final llegó a protagonizar situaciones del más puro esperpento, en especial aquella áspera mañana de viernes cuyo desenlace quedó en la memoria colectiva de aquella ciudad, esa memoria que recuerda a personajes y situaciones aberrantes y que los abuelos cuentan a los nietos. Aquella jornada de paroxismo apareció semidesnuda, con el pelo encrespado y el cuerpo como si hubiera estado retozando en un lodazal: estaba completamente desprovista de voluntad y afirmaba estar viendo a Shivá mientras se lanzaba al suelo hozando como un puerco. Pocos días después era encontrada en la esquina sur del cementerio viejo, delante del instituto, todavía con constantes vitales pero sin vida cerebral. Los análisis posteriores confirmaron la intoxicación etílica irreversible, la autopsia reveló un final coherente con su vida, con su propia gestación. Una vida muy breve plagada de excesos, de drogas, de adicción desde el mismo día de su nacimiento hasta el último en el que su mortaja blanca cubría un pequeño cuerpo corrompido por la ignominia.
imagen: psicologialinstante.blogspot.com
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