lunes, 3 de febrero de 2014

Xylometazolina


       Don Ramón era uno de esos médicos de toda la vida, de los que, en pleno siglo XXI seguía ostentando para sus pacientes el título de Don  que, como todos sabemos, solo se usa ya en España en escasas ocasiones, cuando la persona a la que nos referimos ostenta una superioridad intelectual o moral (aunque creo que ni siquera en esos casos) y, sobre todo, cuando viste una bata blanca y trabaja en un centro de salud, otrora conocidos como consultorios médicos.

-¿Qué tal, Don Ramón?.¿Se encuentra usted bien?.

  Solía ser la fórmula de cortesía que todos los parroquianos del pequeño pueblecito de montaña utilizaban cuando traspasaban el umbral de la puerta de la consulta, la única consulta de aquel  pueblo devenido en aldea. La pregunta sobre la salud se debía a que Don Ramón estaba siempre enfermo, delicado de salud, achacoso. Tanto es así que alguna vez hubo de ser atendido por sus pacientes: en una ocasión al levantarse para tomar la tensión de un enfermo este acabó tomándosela a él,  resultando aquella vez en una grave descompesación cardiovascular que acabó con el doctor encamado en el hospital, ambulancia mediante.  Su avanzada edad y estas repentinas enfermedades durante el desempeño de su labor médica lo hacían todavía si cabe más popular entre los escasos centenares de vecinos que todavía habitaban aquel lugar en estado de despoblación. Era un hombre querido y caía bien a la concurrencia no solo por sus enfermedades, que siempre llaman a la compasión, sino por sus peculiaridades entre las que se encontraba una desconocida adicción a los vasodilatadores nasales, en concreto al Otrivin.

   Era el típico médico mayor, a punto de jubilarse y con mucha experiencia acumulada por años de monotonía en la asistencia familiar. Su ojo clínico era ya legendario pues podía decirte el mal que llevabas a cuesta solo con mirarte al entrar a su consulta. Era lo que se llama un ojo clínico de libro.   No se sabe muy bien si conocía la ciencia secreta de mirar el iris, pero la verdad es que calaba a las personas en cuanto les echaba una breve ojeada. Era prácticamente calvo y muy delgado, con un aspecto ascético que impresionaba nada más verlo, sobre todo a los escasos transeúntes que para su desgracia caían enfermos cuando traspasaban aquel puerto intrincado de montaña. Sus facciones eran duras y angulosas, a la par que consumidas. Su cara estaba profundamente marcada por unas arrugas casi siniestras, de gran profundidad, casi como cicatrices de una vida dura, de sufrimiento. Aunque, en realidad ( y esto se supo mucho después) lo que le sucedía tenía mucho que ver con su trabajo, en su juventud, en un laboratorio farmaceútico, ese lugar al que acuden personas desesperadas para servir de conejillos de indias de las nuevas medicaciones.

- Don Ramón, ¿otra vez constipado?. ¡Cuídese mucho!, le gritaban desde la otra acera.
-Ay, hijo, si yo lo hago pero este frío se le mete a uno en los huesos, decía con una vocecilla casi monacal.

   Así era Don Ramón, una persona agradable al trato, afable y con esa característica que suelen presentar aquellos doctores mayores ,  la lentitud, que exhasperaba al resto de enfermos, que no cejaban en sus críticas al viejo médico pero que, cuando llegaba su turno, agradecían el tiempo pasado en el interior. Porque Don Ramón se tomaba su tiempo, no solo auscultaba en todo caso y condición que se presentara en el pequeño cuarto provisto de un infiernillo de brasas, ya que no quería otra cosa para calentarse. Siempre tumbaba al paciente en la desvencijada camilla, tocaba sus ganglios linfáticos, pues aseguraba que todos los  males están en la linfa. También conversaba y digamos que hacía una especie de terapia y autoterapia, pues también él contaba sus males y sus penas a los pacientes.  Era como un ritual preciso que todos conocían y todos criticaban en la sala de espera, elogiándolo sin embargo en el vestíbulo de salida del pequeño y cochambroso edificio.

-Buenos días hijo. Veo que la vesícula otra vez...
-Buenos días Don Ramón, he pasado una noche del diablo con un dolor aquí en el vientre. Yo creo que es un cólico.
-Bueno, ahora lo veremos. De momento túmbate ahí en la camilla y quítate la ropa.

  Y daba así comienzo esa monotonía que podía durar más de media hora. Pero debido a la burbuja inmobiliaria, llegaron al pueblo personas de fuera, -extranjeros o bárbaros, como decían los romanos- les decía el médico a los vecinos de toda la vida. Fue a partir de entonces cuando, debido a los nuevos convecinos, lo que antes era aceptado por la gente casi sin darse cuenta, resultó algo sospechoso para los recién llegados- Aquella costumbre de Don Ramón, desconocida en toda su plenitud por los lugareños, acabó llevándoselo por delante para siempre.  Durante su trayectoria de esnifador de Otrivin todos suponían que sufría graves ataques congestivos de nariz y que por eso tenía esa afición desmedida a la xylometazolina. Tenía un frasco encima de su mesa, pero tenía otro en su cartera, otro más en un petate que llevaba siempre a cuestas y decenas de ellos en su domicilio, repartidos por toda la casa. ¿Era acaso un adicto a este producto o realmente necesitaba por alguna razón oculta tener las narices siempre abiertas, de par en par, por algún motivo en concreto?.

-¿Qué va a ser Don Ramón?. ¿Otra de Otrivín?, le preguntaba Leocadia, la farmacéutica.
- Si, hija si, esta maldita nariz entaponada. ¡Creo que algún día me llevará a la tumba!.
- Cuídese doctor. Porque no es bueno su uso continuado, produce dependencia.
- ¡Qué me vas a contar tu a mi, si yo fui uno de sus inventores¡

   Exageraba un poco pues si bien es cierto que participó en el equipo que se encargaba del desarrollo y comercialización del producto, y sirvió de conejillo de indias durante unas semanas, no había sido un descubrimiento propio. Lo que si sucedió en aquella época es el inicio de su relación con el producto en concreto, una dependencia que, no obstante, le había sido enormemente provechosa puesto que le había granjeado suculentos emolumentos en una época incipiente de su emancipación.  

Lo que si sucedió verdaderamente fue que su adicción, su sujección psicológica a la mencionada droga nasal, le permitió descubrir nuevos mundos que se relacionaban con el olfato, un sentido que los seres humanos tenemos poco desarrollado en comparación con otras especies vivas. No debía de haber pasado así, de hecho lo normal es que el aprendiz de médico hubiera desarrollado una pertinaz e irreversible anosmia, que es la incapacidad de oler ni de saborear la comida, muchas veces frutos de los abusos con las drogas. Y sorprendentemente en este caso ocurrió lo contrario.

    A cada insuflación, a cada inhalación, su sentido del olfato era cada vez más potente. Las neuronas receptoras del olfato de Ramón enviaban los olores a los bulbos olfatorios cada vez con mayor intensidad. Pronto se dio cuenta del potencial del que disponía con este descubrimiento pero, a la vez, del drama que suponía oler con demasiada intensidad todo y a todos. Fue así como se fue apartando de la gente, de sus escasos amigos: no podía soportar el olor a sudor, los sobacos, las entrepiernas y el sexo, era algo que le repugnaba. Y sin embargo Ramón no dejó de aplicarse diariamente sus ocho inhalaciones de rigor, quería experimentar, ser su propia cobaya, quería conocer el secreto que solo a él había sido dado descubrir. Pronto comenzó a percibir un cambio en su percepción. Poco a poco, los olores más agradables le resultaban empalagosos y, por el contrario, los más abyectos le iban pareciendo más y más atractivos.

-¿Por qué quería usted continuar administrándose el spray nasal?, le inquirió el comisario.
- Porque pronto comenzó a gustarme todo lo que olía, en especial el olor fétido, quizás repulsivo que desprenden las personas y, más en concreto los pacientes enfermos. ¿Es qué usted nunca ha estado en un hospital, centro de salud o acaso en un practicante?
-Por supuesto, pero no veo nada  agradable en esos olores, al contrario, siempre me causaron repulsión.
-Pues a mi me pasó al contrario, hijo, que le vamos a hacer


   El comisario Dembrices había enviado un requerimiento al Doctor para que se presentara urgentemente en comisaría, a 15 kilómetros del pueblecito en el que vivía. Se habían acumulado varias quejas contra él. Pero no de vecinos de toda la vida, como dijimos, sino de aquellos de fuera que observaron en la conducta del viejo galeno algo sospechoso. Pero veamos en qué consistía esta manía, quizás obsesión de Ramón. Ya dijimos que su nariz había logrado olfatear los más mínimos olores internos y externos del ser humano. 

 -Pero si es cierto eso que me cuenta, ¿porqué hizo lo que hizo?. ¿No se supone que a usted le repugnaban esos olores?, inquiría el comisario.
-Pues porque, con el tiempo, aquellos olores desagradables, se me hicieron cada vez más placenteros y llegó un día que no podía vivir sin ellos. Conocía, es decir, conozco a todos los del pueblo no por sus nombres sino por el olor de sus heces. Sí, ya se que no es nada normal, ni aleccionador, que vaya por ahí buscando mierda. Es posible que esté más loco que una cabra.


  Todo esto lo contaba Don Ramón con un temblor en las manos, pues por aquella época era ya evidente para todos que el párkinson estaba haciendo mella en su extremado físico. Pero era la verdad y por eso había sido denunciado. Con el tiempo había desarrollado una tolerancia hacia los malos olores, esos que inundaban su paladar, su olfato. Por eso continuó con el dilatador nasal. No podía evitar esos olores, digamos que se hizo dependiente de ellos, en una especie de adicción al mal olor, sobre todo al que dejamos los humanos cuando vamos al servicio o cuando nos tiramos un pedo. Cada uno tenemos un perfume peculiar y Ramón sabía diferenciar entre cientos diferentes, que después clasificaba.

    Alguna vez, ya retirado de su plaza, le preguntaron, en aquel desvencijado geriátrico en el que acabó sus días si había practicado la coprofilia pero él siempre insistió en que jamás realizó práctica sexual alguna, como se hartó de confesar en comisaría. Era célibe y no buscaba alterar esa situación natal, lo cierto es que jamás estuvo interesado por el sexo. Ya podrían los curas ser como yo, decía entre bromas a sus vejestorios compinches.

-¿Entonces, usted buscaba la ponzoña, recogía las heces de sus pacientes y las clasificaba?
- No fue así exactamente, comisario. Yo sentía atracción por la masa fecal. No le se decir desde cuando, si al poco de notar esa prodigiosa capacidad olfativa o un poco después. Pero me sucedió pronto que esos vapores que desprenden los intestinos, me parecían más dulces que el olor suave y dulce de las flores.
- ¿Y fue entonces cuando  comenzó a clasificar a sus pacientes?. Degenerado...
- Bueno, después de recoger en diversos análisis las heces de mis convecinos, normalmente a través de análisis que yo mismo les ordenaba realizar, guardaba una pizquita en un pequeño clasificador y después pasaba la tarde aprendiendo sus matices.¿Sabe, cada persona tiene un olor inconfundible?
- ¿Pero no entiende usted que eso es una guarrería, hombre?
- Escuche, cuando mis fosas nasales mutaron, muchos olores normales me parecían repugnantes pero curiosamente, los más desagradables para cualquier nariz normal fueron cambiando para mí. Precisamente eran aquellos olores que a todo el mundo desagradan  los que más me agradaban y, sin embargo, los otrora delicados y suaves olores del  tomillo y la lavanda no los podía soportar ¿entiende?

 El pobre viejo se repetía sin darse cuenta y el comisario decidió dar parte al colegio de médicos y a las autoridades sanitarias que decidieron expedientarlo con una suspensión temporal que acabó siendo perpetua ya que tan solo le quedaban unos meses para la jubilación.

-Usted es un pervertido y un asqueroso, continuaba el policía.
-Ay, hijo, si a usted la naturaleza le hubiese dotado con este don que yo descubrí gracias a la xylometazolina, también hubiera sucumbido a este placer, a este dulzor, a esta alegría de vivir ¿sabe?. Mis pacientes me preguntaban a veces si tenía dotes adivinatorias porque muchas veces cuando iba por una calle, antes de girar una esquina, sabía si era Pepe el de la Puri o el abuelo cebolleta. Ellos me querían, jamás se quejaron de nada. Ellos no supieron nunca mi pasión por la hez, por todo lo que ella comporta y su belleza, su textura, su aroma, su vapor....
-Cerdo.
-No más que usted, señor comisario. ¿acaso no le gusta a usted unos olores más que otros?. Bien, pues yo tuve la desgracia, si lo quiere ver así, de tomarle gusto a esos olores peculiares. Yo sabía quien estaba a la vuelta de la esquina no por su olor corporal, sino por su culo, porque las personas solemos dejar parte de nuestras deposiciones en el ano o en los calzoncillos. ¿Comprende?. El otrivín me abrió nuevas posibilidades, por eso jamás podré dejarlo.
-Vaya si lo dejará, ahora mismo daré parte a sus superiores. Me parece que jamás volverá a tratar con pacientes.

 Y así acabó la vida de médico venerable Don Ramón, un médico respetado, de los de antes que terminó viviendo entre ancianos hasta sus últimos días, apartado de su adicción a la xylometazolina. Y aunque es cierto que tardó muchos meses en volver a respirar por la nariz, acabó finalmente por hacerlo. Sin embargo, en sus noches finales, no dejó de hablar entre pesadillas y paranoias, antes de llegar a ver el túnel de luz, sobre el otrivín y el delicado, delicioso y sublime olor a mierda.

*imagen:  elpresentefuehaceunrato.com

 

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