miércoles, 26 de febrero de 2014

Liberación III



   En el despacho recubierto de madera de la sede central de aquel banco, otrora caja de ahorros,  lucía una conocida pintura que había sido vendida a precio de saldo. Posiblemente en el mercado hubiese ascendido a varios millones pero ahora, sola y estática, contemplaba el cuerpo del director general tirado en el suelo, retorciéndose de dolor, perdiendo lentamente su vida. Las vísceras habían emergido del abdomen y el dolor y la pérdida de sangre le habían llevado a una lividez estática, mortecina. Se estaba muriendo solo, con un enorme dolor desde que el estoque le había atravesado el hígado y, al sacar el filo, desgarrado la panza. Sólo pudo, tras inclinarse como si de un resorte se tratase, en un acto reflejo, agarrar sus propios intestinos mientras se derrumbaba en la reluciente moqueta. Ahora se contorsionaba en la alfombra, a un lado de la inmensa mesa de madera de haya lacada, con un hilo de voz cada vez más apagado que suplicaba ayuda. Pero ya no había nadie en aquel lugar, solamente en la planta baja un guardia de seguridad que comenzaba el turno de noche en aquel preciso momento, el momento en el que, en la planta superior, su jefe exhalaba, paso a paso, los últimos alientos de vida. Pero quizás no estaba solo, acaso no iba a morir allí tirado como un perro en soledad. Su asesino estaba sentado delante, presenciando su fin.

    Quiso quedarse allí, quieto e impasible, mientras lo veía apagarse. Nunca había sentido nada parecido a una sed de venganza que le impulsara a disfrutar, de manera sádica, del dolor ajeno. Motivos quizás hubiese tenido para ello porque siempre había albergado un sentido primario de indefensión, de auto vergüenza inducida por el desprecio de los demás. Quizás todo ello le podía haber conducido al odio sin camino de regreso,  a una espiral que le hubiera llevado con seguridad a una muerte prematura. Pero no fue así y su vida no dejó de ser aquel camino de sufrimiento y depresión. Aunque ahora pensaba que se estaba haciendo justicia no sentía el bienestar que produce la convicción de un servicio honrado a la colectividad, a todo un país. Estaba entregando el cuerpo de un criminal que nunca se había manchado las manos de sangre. Un ser inhumano que no había mostrado ningún atisbo de arrepentimiento,  que había asesinado a su querido tío, a esa persona frágil y sensible que había sido quizás su mayor apoyo durante su infancia y madurez. Su querido y amado tío, muerto de pena por culpa de ese abyecto criminal.

   Pero ahora lo poseía, veía como suplicaba entre sollozos en un tono de voz minúsculo, como llegando a los últimos estertores. Sentado en su butaca reclinable de cuero negro no hizo ningún movimiento cuando tosió y tras un interminable y trémulo movimiento quedó inmóvil, paralizado, inerte, con los ojos abiertos, mirándole directamente. Su misión había sido cumplida. No quiso esperar mucho más, pues tampoco era hombre que se recrease en la visión de macabras visiones, más teniendo en cuenta el mal olor que ya inundaba aquel reducido recinto. Intentando ser lo más rápido de lo que su anatomía le permitía buscó la salida que no era otra que la misma entrada por la que se había colado 24 horas antes aproximadamente, cuando el trajín del final de la jornada laboral, la salida de los empleados y el cambio de turno en la vigilancia le había permitido escabullirse con su alargada mochila por una de las puertas traseras, esas que daban a un pequeño almacén en el que el personal de limpieza depositaba sus enseres. Recorriendo un vetusto y encerado pasillo de mármol descendió tranquilamente por la escalera principal, tranquilo, sin temor a nada ni a nadie, sabedor de que la noble escalinata conducía a una estancia por la que nadie transitaba en aquellas horas.

   El guardia de seguridad, al fondo, sentado en una incómoda silla  a un lado del  enorme portón de la entrada al edificio del siglo XIX, ni siquiera se percató de la figura que se escabullía hacia el interior de la planta baja, buscando en el laberíntico recinto la pequeña puerta que conducía al cuarto de limpieza del que había salido un hora antes. Allí permaneció unos minutos, los que tardó en abrir la puerta que daba al callejón posterior a través del cual huyó con sus pertrechos. Por la mañana, después de acudir a una sesión de entrenamiento de destreza escuchó en la radio la noticia del asesinato del político bancario. Había sido hallado un poco antes del amanecer por la policía que, alertada por  la llamada de su mujer, que pese a estar ya habituada a sus horarios intempestivos de putero con pedigrí, había tenido un pálpito, quizás un presentimiento sordo de vacuidad, de soledad sobrevenida por la excesiva tardanza de su esposo.  Las primeras pesquisas policiales, vomitaba el radiocasette del coche, apuntaban a un asesinato a sangre fría con arma blanca aunque todavía sin establecer ninguna hipótesis si bien se indicaba que el arma podía ser algún cuchillo de gran extensión, pero sin precisar mucho más.

   Luftolde llegó a su casa y comió tranquilamente los macarrones que había preparado dos días antes. Brindó consigo mismo por su éxito y jamás le supo tan bien la salsa carbonara que preparaba torpemente todas las semanas. Después se recostó en su desastrado sofá y dormitó, llegó incluso a coger el sueño, un sueño dulce y reparador, como hacía años que no recordaba.

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