jueves, 8 de agosto de 2013

El reloj de arena

  
   Una mañana de agosto Antigua barría el suelo sin adoquinar de una pequeña habitación. Encima de la repisa de la chimenea, todavía humeante, los rescoldos saltarines mirando en rededor, se encontraba un enigmático reloj de arena. Era un reloj extraño, por cuyo cristal se deslizaban de tanto en tanto arenillas de colores del tiempo pasado, imperceptibles al oído, pero implacables en cualquier caso.  La anciana que habitaba la sala había cumplido ya cien años y recordaba desde muy niña al reloj de arena parda que solo cobraba vida si otra vida lo giraba caprichosamente. Jamás, desde que su marido murió, hacía ya más de cinco décadas, había abandonado aquel lugar. Nadie le impedía salir, nadie le prohibía percibir, de vez en cuando, la leve brisa del amanecer o los calurosos vientos del estio. Selló con la vida un feroz pacto de silencio, un alejamiento consciente de la realidad común. No tenía hijos aunque, muy joven, dió a luz un feto de cuatro meses al que bautizó como Hemógenes por ser ese el día del santo. Decidió enterrarlo en el centro de esa diminuta sala de la chimenea y el reloj. Allí, treinta años más tarde, había sepultado en silencio a su esposo, agricultor, que con sus rudas  manos pasaba las tardes girando y dando vida al reloj.

   Una tarde de Agosto, en plena canícula estival, ambos mataban el tiempo jugando al cinquillo y al parchís, cuando el reloj de arena, no se sabe muy bien por que circunstancia, abandonó su lugar en la repisa y cayó precipitadamente al suelo de tierra del pequeño hogar. Ambos quedaron un tanto desconcertados puesto que ningún temblor de tierra, ningún soplido de viento que se hubiese colado por las rendijas del portón de madera llena de grietas había podido precipitar su caída y posterior estallido en el suelo. Esa tarde hacía exactamente un mes. Era el mismo día de la semana y el mismo día del mes, que Antigua había abortado precipitadamente a su todavía prehumano Hermógenes. Antigua pensó en la presencia del infante y que era un aviso de que estaba junto a ellos. El marido, Juan, que era anticlerical y no creía en cuentos del otro mundo, quitó importancia al asunto. A pesar de todo, Antigua obligó a Juan a restaurar el reloj de arena. Sin pensárselo dos veces el marido barrió toda la arena que el reloj contenía y parte de la que quedaba en el suelo, muy cerca del lugar de donde habían sepultado el pequeño cuerpecito de Hermógenes. Años después Antigua, sola y abandonada, en ese retiro voluntario, como si de un arresto domiciliario se tratase, pensaba que dándole vueltas al reloj, periódicamente, mantenía consigo el alma de su pequeño. 

   Una tarde de Agosto, muchos años depués, Antigua murió de lo mayor que era. Desde hacía unos meses notaba que su esposo y su hijo non nato la llamaban desde el centro de la habitación. El reloj de arena parecía, ahora, perceptible para sus sordos oídos. Se sentaba en una avejentada silla de mimbre en el centro de la habitación, debajo de sus restos, delante de los caprichosos rescoldos de la chimenea y pasaba las horas viendo como giraba el reloj, volteándolo cada cinco inteminables minutos. Ella creía que en el reloj estaban las almas de sus dos seres queridos y que cuando cobraba vida y la arena parda comenzaba a moverse y descender estaba mucho más cerca de alcanzar su deseo, su único y desesperado deseo: morir pronto para estar con ellos en el reloj de arena.

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