Pero parecía no tener fin, ese conjunto informe de callejones y callejas sin salida. El agobio pronto se apoderó de nuestras ya perturbadas mentes. Nuestra Ariadna era invisible y el hilo lo deberíamos buscar con denuedo en las siguientes horas. Por suerte para los dos la llovizna se transmutó en lluvia o chubasco veraniego y nos calamos hasta los huesos. Ahora si que parecíamos almas en pena en un Toledo resbaladizo, empedrado y volátil. Tanteábamos algunas paredes al girar por Santa Úrsula, que no villagrán. La luz se había ido en todo el casco viejo. Solo la luna, cerrada por el momento por unos cumulonimbos espesos, podría guiarnos en esa maraña tupida. Yo sugerí girar a la izquierda, por un pasadizo cubierto de chapas y andamios por alguna de las recurrentes obras de restauración.
Por uno de esos azares que ofrece Toledo aparecimos en la Plaza del Ayuntamiento tras casi caernos por unos peldaños que nos dejaron en el lugar más esplendoroso de la urbe. A nuestra vista se encontraba la majestuosa fachada principal de la Catedral Primada. Solo veímos sombras en lo que eran arquivoltas y, con la luz ya despejada de la luna, pudimos observar el enorme campanario coronado con una flecha metálica reluciente que un flamenco levantó en el XV. Nuestro deseo de salir de aquel laberinto primó más que la necesidad de contemplar la maravilla gótica que teníamos delante. Solo la triste y desangelada puerta del infierno pareció llamarnos la atención y, solo de pensarlo, pusimos pies en polvorosa por la rampa que asciende hacia arco de palacio en donde, tras un requiebro, vislumbramos la salida por Hombre de Palo, todavía lejana, casi a tientas avanzábamos en línea recta, lo cual nos tranquilizó. Yo observé a Juan que esta sería la mejor decisión: la recta siempre nos sacaría hacia afuera. De repente la luz urbana regresó mientras la lluvia había escampado dejando un fulgor en el empedrado maravilloso. Algunos comercios comenzábamos a ver con sus escaparates. A su calle habíamos arribado. La amplitud de la calle y su animación lumínica relajó nuestra ansiedad enormemente. Casi sin voluntad seguimos andando como yo había pensado anteriormente: el tramo recto es la mejor manera de salir de un laberinto. Y así llegamos de repente a la gran Zocodóver donde algunos incautos todavía permanecían resguardados en sus soportales mientras tomaban algún refrigerio. Sugerí a Juan tomar algo antes de buscar la salida lumínica que era evidente por la cuesta de armas. Se negó, estaba obcecado y aturdido, el miedo había hecho mella después de nuestra primera y única experiencia juntos por las calles de un Toledo aterrorizador.
Descendimos convencidos de regresar pronto a la pensión. Pronto descubrimos la Puerta del Sol y el camino de llegada al casco antiguo. Pensamos en bajar a ver a Don Carlos el Primero de España y Quinto de Alemania antes de regresar por una avenida más concurrida que las lúgubres calles de la Antequeruela. Así lo hicimos, rendimos pleitesía al más grande monarca de nuestra cruel historia y, sin demora, llegamos a la rotonda que enfilaba el puente de la avenida que llegaba, tras cruzar el Tajo, a la bella estación de ferrocarril neomudéjar. Lo habíamos conseguido. Estábamos vivos, había que celebrarlo pero nuestros ingresos no daban para nada. Además no había ni un triste garito abierto en aquella alejada zona. Entramos en la pensión del infierno, último piso. Eran las 4 de la mañana, el tren salía a las 10. ¿Quién podría dormir después de esta aventura?. Yo desde luego no: los tremendos dolores que la muela del juicio superior me estaban provocando se agravaba por el asfixiante calor. La mañana despuntó por la ventana apenas tapada por una triste persiana verde desenrollada. No podía más, quería coger el tren, necesitábamos llegar a Madrid para enlazar con Murcia. La bella estación toledana iba quedando atrás. Nuestras ilusiones también. La primera impresión de mi vida de Toledo quedó para siempre grabada en mi memoria y de que manera. Madrid, con su Museo del Prado esperaba, legañosos, nuestra indigna visita.
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