jueves, 12 de septiembre de 2013

Paco, el buen ladrón

   Nunca dejó de ser él. Siempre, hasta en su lecho de muerte, genio y figura, despuntó por su ingenio, por su brillante forma de golpear a la realidad, muchas veces esquiva y nauseabunda. Su desfachatez, su sentido del humor y su camaradería fueron siempre su santo y seña. Tenía esos brillantes momentos de lucidez cuando planeaba, de manera siempre magistral, toda una panoplia de atracos y delitos. Caía bien entre sus conocidos precisamente por la limpieza de sus actuaciones, era un delincuente común muy querido por todos. Incluso algunos de los que sufrieron sus actuaciones sintieron al final de su vida una enorme satisfacción no por el hecho de que dejara este mundo sino precisamente por el buen trato que siempre dispensó a sus rehenes en aquellos míticos atracos al banco central o al hispano americano. 

   Su nombre real no era Paco, como todos lo concieron. No era más que un alias de su verdadero nombre: Francisco. Pero jamás trató de engañar a nadie, ni siquiera a la policía. Jugaba limpio también con ellos: aunque los humillaba con sus arriesgadas maneras de esquivarlos siempre enviaba una nota de agradecimiento por navidad o semana santa, unos miguelitos de La Roda o una buena fabada asturiana. Y además era generoso: desde su retiro ordenaba a través de terceras y cuartas personas una lluvia de regalos para toda la comisaría. Era querido hasta por los políticos que tenían la obligación de dimitir por sus sonadas fugas, en especial aquella después de asaltar los sótanos del Banco de España. Se jactaba con sus amigos, en alegres tabernas, de ser una buena persona, de repartir, de ser una especie de Robin Hood urbano. Cuando robó su primer camión de dinero, después de repartir gentilmente unos fajos de billetes con los guardias de seguridad, puso el resto del botín directamente en el barrio de la anguila, el más pobre de la ciudad. Fue dejando en los buzones fajos y fajos del dinero. Sólo retuvo mil pesetas para tomarse una buena cerveza acompañada de un suculento guiso de la Juani. Era suficiente para él. Así fue como todo el mundo acabó por quererlo y hasta se llegó a proponer darle el título de hijo de la ciudad y las llaves de la misma aunque el rehusó horas antes de robarlas y dejarlas en la puerta del periódico principal acompañadas de la contabilidad B del partido del gobierno. 

  Jugaba siempre limpio en esos atracos, solo quería el dinero para vivir bien, para que la gente tuviera un poquito de esa felicidad que a diario le hurtaban los amigos de la poltrona. Nunca utilizó armas de fuego, de hecho, nunca las necesitó. Era mucho más sutil que todo eso. Atracaba sin violencia porque cuando entraba en las oficianas todos sabían que era él, Paco, y le abrían amablemente la caja fuerte. Iba de paisano, no se ponía máscaras ni amenazaba a nadie. Simplemente se llevaba lo que otros se habían llevado. No era legal pero al menos era honrado. Es cierto que llegó a acumular un sustancioso patrimonio, eso nunca lo negó, pero con vista a que su familia no pasase hambre cuando llegara su hora de acceder a prisión. Incluso allí hizo amigos y su misión fue siempre como evangélica, trataba de llevar la palabra de la bondad, de una espiritualidad que ni él mismo entendía a los desgraciados que habían caído pasto de la maldad del ser humano. Cuando salía del trullo siempre volvía a su único oficio, el que siempre ejerció desde que tuvo uso de razón. Alguien le preguntó en una ocasión el porqué no buscaba un trabajo honrado y se rehabilitaba para la socidad y el respondió que su trabajo era más honrado que el de muchos cargos a dedo, que medran del presupuesto de todos. Él, al menos, solo medraba del presupuesto de los explotadores, los bancos, las empresas. Era y fue, para todos, un ángel. Una buena persona, un hombre honrado, de los que ya no quedan.

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