lunes, 9 de septiembre de 2013

La máscara abrasiva

  *Se advierte de que este relato contiene alto contenido sexual.

   Había estado visitando casas de lenocinio desde que su esposa lo dejó, dos años atrás. Poco a poco, como quien estudia las diversas variedades genéticas del ser humano, había conseguido cierta experiencia en la fisonomía femenina. Desde luego para él no era una completa novedad puesto que, si bien no había gozado de la experiencia carnal femenina hasta que conoció a su exmujer, había practicado un onanismo descarnado y salvaje en su juventud aprovechando todo tipo de materiales pornográficos existentes entonces, antes de la era de internet.  Era por tanto ya a sus 40 años recién estrenados una persona versada en la materia. Pero algo indescriptible se fue apoderando de su ser. Después del abandono conyugal por circunstancias que no vienen ahora al caso comenzó a frecuentar las casas de putas más conocidas de la ciudad. Es cierto que no quería acercarse a esos clubs de carretera por una mala experiencia juvenil en la que ni siquiera pudo consumar el acto ante una poderosa prostituta negra. Y es por ello que buscaba en las páginas de contactos del diario local casas, apartamentos y pisos en los que señoritas de la vida ofrecían sus cuerpos por una módica cantidad. Había desarrollado las artes amatorias como nunca hubiera pensado. Hasta era capaz de aguantar el sexo en trío durante varias horas, dejando a las muchachas en un estado de postración que los 50 euros que depositaba no compensaban en modo alguno sus sinsabores. 

    Desde luego, nuestro protagonista se había convertido en todo un experto en las artes amatorias. Se jactaba en su conciliábulo de amigotes, en un bar mugriento y lleno de cucarachas, de ser todo un toro sexualmente hablando. Ellos se daban cuenta del peligroso camino que estaba tomando y le advertían que no derrochara en exceso en putas, que podría verse en la indigencia si seguía así, teniendo en cuenta que tenía que pasar la mitad de su suelo a su exmujer y que debía pagar el alquiler de su buhardilla más la hipoteca del domicilio conyugal en el que cohabitó durante más de una década. En realidad estaba tieso. Había días en los que no comía prácticamente nada. Acudía a hospitales  y hogares del pensionista para comer por 3 euros matando el hambre el resto del día con chucherías que compraba, cual colegial, en los quioscos del barrio. No obstante siempre reservaba parte de sus escasos emolumentos sobrantes para acudir a todas las casas de citas que pudiera costearse. Fue así como acabó en la completa ruína e indigencia, llegando a rebuscar de manera vergonzante en contenedores de basura, frutas y verduras deshechadas por tiendas y ciudadanos. Así trataba de seguir aguantando hasta que algo o alguien lo sacara del atolladero.

    Pero una fuerza que era superior a su voluntad lo impulsaba más y más a experimentar en lo sexual. Cada semana eran tres los días que buscaba sexo fácil en las páginas de la prensa. Cuando la economía se le echaba encima buscó la prostitución callejera, menos sutil pero más económica. Lo hacía con mujeres sin dientes, enfermas de alcoholismo y sida, mujeres de toda raza y volumetría, embarazadas, negras, obesas y hasta con travestis. No se avergonzaba de ello ya que sostenía que en realidad él pensaba en una mujer, que de hecho los travestis lo eran salvo por la sorpresa que escondían ahí abajo y que, en todo caso, pasaba desapercibida. Ello no le causó remordimientos puesto que ya había sido un sodomita desde que comenzó las relaciones con su novia, después esposa y  por lo tanto no le importaba tanto el agujero como la seguridad de saber que estaba con una tía. O que al menos lo aparentase y, desde luego, aseguraba, los travestis eran unas mujeronas impresionantes.

  No le importaba el aspecto ni la condición del material humano con el que estaba obsesionado: ahora debía conformarse con lo que su inexistente presupuesto no le iba permitiendo. Cayó en una espiral quasi demoníaca, solo pensaba en el sexo fácil y comenzó a buscarlo a diario. Se diría que estaba cayendo en una enorme adicción pero él, lejos de ser consciente de ello, continuaba como si de una rutina diaria se tratase, como si se lavase los dientes, costumbre que no solía practicar habitualmente  o como si viera la tele o  se echara a dormir impunemente en cualquier butacón de su triste buhardilla.

   En realidad un día del mes de enero, frío y desangelado, le sobrevino la muerte. Era finales de mes y su saldo estaba ya en números rojos. Verdaderamente desde hacía meses siempre lo estaba. Ni siquiera la tarjeta de crédito que otrora le ofertaba hasta 3000 euros para gastar alegremente vomitaba papel de ninguna clase en el cajero de la esquina. Sus deudas eran ya enormes y el saldo se le había acabado. Pero necesitaba sexo. Pero ya no se conformaba con cualquier cosa. Necesitaba algo muy potente porque, como suele suceder a los adictos en su espiral endiablada de urgencias, cuanto peor mejor. Y cuando el dinero se le acababa y menos días de sexo podía permitirse, la ansiedad lo llevaba a buscar desesperadamente cualquier cosa. 

  Fue así como, buscando en un contenedor próximo a un sex-shop de la ciudad dió con una caja que, aparentemente sin abrir, alguien que la había adquirido en la tienda de perversión había arrojado a la basura.  En su interior contenía, según referencia, una máscara de cuero de las que se venden a los sadomasoquistas, con  aberturas para los ojos y cremalleras por doquier, por supuesto una muy ancha en la boca. No comprendía como alguien se podía haber gastado 100 euros ( eso marcaba el cartón) y haberlo arrojado al cubo de basura sin haberle dado uso. Pero el no sabía todavía, en ese momento, que algo diabólico, un espíritu maligno que había tenido una muerte traumática era el responsable del contenido de esa caja. 

  Sin saberlo la recogió y se la llevó a su casa. Sin cenar, hambriento pero con una gran voluntad de no dejar esperar ni un segundo más de su existencia para probar algo nuevo, algo que le atraía de una manera terrible, como atrae un plato de sopa al mendigo que lleva sin comer dos días se apostó delante del espejo más grande que tenía en su casa para verse desnudo, todo su cuerpo piloso y fláccido a la vista, con la máscara puesta. 

  Al principio le resultó gracioso pero enseguida encontró su potencial erótico. Comenzó sin pensárselo a masturbarse compulsivamente. Abria y cerraba la cremallera de la máscara negra de cuero. El olor a dicho material, su lengua entrando  y saliendo y sus fuertes fricciones fueron incrementando su potencia sexual hasta que eyaculó poniendo el cristal perdido de semen. A continuación, extenuado, sin quitarse su disfraz, se dejó caer en el catre lleno de moho en el que, de vez en cuando, dormía. Sin embargo, cuando a punto estaba de quedarse dormido, un picor tremendo en la cabeza y cara empezó a molestarle. Primero no le dió mucha importancia, rascándose la nueva piel de cuero que había adoptado. Pero pocos segundos después notó un recalentamiento del cuero del que desconocía su origen. Rápidamente, para evitar posibles daños, trató de quitarse la máscara abriendo la enorme cremallera que la cerraba por su nuca. Pero esta estaba atascada. No entendía porqué le estaba sucediendo aquella desgracia. Su cara estaba empezando a quemarse, cada vez con mayor intensidad.

 Loco de furia intentó arrancarse la máscara por las bravas, sin abrir la cremallera, pero resultaba imposible. La máscara había alcanzado ya el punto de ebullición y su cara había empezado a convertise en un remedo de cera goteando cuando es calentada. Los alaridos y aullidos de dolor se escucharon en la vecindad que, lógicamente, salío a las escaleras alarmada. Varios vecinos traquetearon su puerta mientras que él seguía suplicando, clamando y gritando los más variopintos insultos que le venían a la mente. Pero todo esto no duró más que unos minutos porque su piel había desaparecido. 

   El cuero derretido se había adherido a la carne y así murió nuestro protagonista, derrotado por una máscara abrasiva que encontró en la basura. Cuando la policía lo encontró y los forenses actuaron pensaron que el individuo había puesto ácido en la máscara y que este era el responsable de la brutalidad que se encontraron en la mesa de disección. Pero no era así. Ese fue el informe oficial que todo el mundo leyó: su exmujer y sus examigos. En realidad la máscara abrasiva era un engaño del demonio, una perversión ideada por el maligno que había encontrado una víctima propicia para engrosar su desalmado proyecto. En realidad había caído en manos de lucifer mucho antes, el día después que pegó a su mujer y esta no lo denunció a la policía pero le puso de patitas en  la calle, ese día en que arrastrado por el odio y la concupiscencia, había acabado la noche durmiendo en un antro de la Calle de los Turcos rodeado de oprobio y desgracia.

imagen: fotolog.com

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