Era un sueño fragmentado. Así era la rutina matutina del panadero. Todos los días a las siete de la mañana, con el primer rayo del alba, llegaba a su apartamento del extrarradio de esa ciudad fea pero singularmente limpia, pulcra y seguramente por ello bien considerada por sus ciudadanos. Fernando llevaba una vida tranquila dentro de sus posibilidades. La enfermedad crónica que le sobrevino al final de la adolescencia, ese pertinaz y persistente trastorno del sueño, guardaba mucha relación con su vida familiar.
Desde pequeño había sentido una falta enorme de cariño. Esa carencia, esa limitación quasi orgánica había producido en su desarrollo intelectual una gran inseguridad. Fue un ser con una grave tara social cuando comenzó el bachillerato y, todavía más cuando accedió a sus estudios superiores, en una universidad en la que comenzó a dar muestras de enfermedad mental. La depresión y la ansiedad impulsadas por una terrible timidez congénita comenzaron a hacer añicos su estabilidad de cristal inventada durante su infancia. Pronto dejó las clases, abdicó de unos estudios para él insufribles y comenzó a buscar un trabajo digno con el que enderezar su indigna existencia.
Pronto encontró en el singular mundo de la repostería y la panadería la simbiosis perfecta con su cada vez más acentuada timidez. Esa fragmentación del alma que impide la interconexión con los demás. Sufría enormemente cada vez que tenía que hablar con su jefe: que si has puesto poca harina en la mezcla, que si la levadura no está bien revuelta, que si la masa hay que tirarla porque no la has trabajado lo suficiente....llegaba abatido a su pequeño cubículo de las afueras, muchas veces con las lágrimas en los ojos. Después, en la cama, daba vueltas y vueltas a su existencia mortecina y desastrosa. Apenas podía pegar ojo. Desde los primeros días de su primer y último trabajo no descansaba bien. Cogía levemente el sueño a las 10 de la mañana para despertarse súbitamente a los 5 minutos, preso de una angustia y un sudor sofocante. Es cierto que era verano y que no tenía ni para un ventilador. Su cuarto daba a un patio de luces ofuscadamente oscuro pero singularmente poblado de familias con niños pequeños que todavía ni asistían al colegio. Esto agravó más si cabe el insomnio, esa fiebre singular que lo aquejó el resto de su vida.
El verano pasó y el frescor se apoderó del triste piso de dos habitaciones. Su vana esperanza en coger el sueño, en escapar a la triste y desangelada vida que vivía se esfumaron pronto. Es cierto que nuestro protagonista llegaba a cerrar los ojos recostado del lado derecho, pero como máximo dormitaba en un ligero duermevela durante unos cuantos minutos. Cualquier sonido, cualquier mínimo soplido del viento deslizándose por entre las rendijas de la doble ventana de aluminio, rompían la paz de su espíritu y fragmentaban todavía más si cabe su delicado estado mental. Su sueño era a esas alturas ya irreparable, no se podía curar ni tratar de manera natural. Fue entonces cuando, llevado de una necesidad primaria, de un instinto de supervivencia casi animal decidió que tenía que anexionar sus recuerdos, que estaba perdiendo por su falta de sueño. En los últimos meses había llegado hasta a olvidar como llegar a su lugar de trabajo. Solo el GPS le salvó los muebles de un despido traumático. Esas lagunas mentales tan graves lo pusieron en alerta y se decidió a acudir a un especialista.
Por suerte o por desgracia Fernando dió con sus huesos en la casa de un eminente psiquiatra. Nunca sabremos con certeza si aquella tarde en la que ingresó por el quicio del portón de su consulta su vida comenzó a mejorar o, por el contrario, solo sirvió para agarrarse al clavo ardiendo de la drogadicción. Obviamente al principio la vida se le abrió con sus infinitas posibilidades: el sueño al no ser fragmentado posibilitó su inserción en una sociedad limitada, irreal, diminuta de amigos y compañeros de farras con los que acudía al único lugar en el que podía obtener algo de amor: la casa de citas. La droga le permitía al principio 5 horas de reparador sueño y, aunque se despertaba algo embotado, como borracho, su estado anímico comenzó a mejorar, se sentía como en su primera infancia, creía haber alcanzado la felicidad plena a pesar de que su vida seguía siendo tan insulsa como siempre. Sus sueños fragmentados desaparecieron y sus lagunas mentales también. Creyó superada para siempre una etapa negra, nefasta de su vida. Y sin embargo todo este logro no pasó de ser temporal, como una alucinación de rápida resolución.
Las benzodiacepinas hicieron un rápido efecto que, apoyado por unos gruesos tapones en los oídos, le permitían descansar después de tantos años de desgaste personal. Pero, unos cuantos meses después, ya entrada la primavera, algo comenzó a no marchar del todo bien. La panadería lo estaba agotando, como siempre y cada día su jefe le exigía más productividad al mismo precio. Comenzó a llegar a casa ya con el calor en las calles. Primero a las ocho y, al cabo de unas semanas, se plantó en las diez de la mañana en su casa. Derrotado física e mentalmente las pastillas comenzaron a perder su efecto. Los olvidos retornaron a su mente y la pesadilla cotidiana de la que había logrado zafarse pareció regresar con más ímpetu que antes. Era como si una fiebre mal curada retornara a su cuerpo con mayor virulencia, dejandole brutalmente agotado. La dura fragmentación regresó y no le quedó otra salida que la salida final a su penosa vida. Así Fernando terminó para siempre, agotado por su jefe, agobiado por el calor y amedrentado mentalmente por su adicción a las pastillas. Una sobredosis de diversos fármacos le paralizó el cuerpo y, poco a poco, se le apagó el corazón. Así logro la paz perpétua, el sueño intenso y sin fragmentar que había deseado desde joven.
imagen: www.clinicadam.com
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