Perico de la Nuez era un lector intelectual, un auténtico líder del
pensamiento de su pueblo. En una ocasión llegó a dominar de tal manera la
oratoria que en el bar de los flacos sonó un recordado aplauso de dos segundos
de duración. Fue suficiente para él, había alcanzado el olimpo de ese
micromundo que era la aldea de Moharras. Parecía imposible pero Perico había
acumulado una gran biblioteca en la que no faltaban los grandes clásicos de su
época: Cela, Malaparte, incluso Torrente Ballester con su saga-fuga y algunos
escritos de Ridruejo y Emilio Romero. Superaba con creces a la biblioteca
municipal. Era además muy aficionado al cine. Marisol, Joselito, las gemelas
Pili y Mili figuraban entre las obras maestras de su vida, sin olvidar al
inolvidable Pepe Isbert, paisano de todos ellos. Además había participado en
los juegos florales de la diputación de 1953 y no había quedado mal del todo.
Tercera mención honorífica por un poema en el que exaltaba las virtudes del
Caudillo. Eran tiempos duros y Pedro, Perico, que creía ser masón no
practicante exaltaba lo que hiciera falta para comer.
En una ocasión llegó a vestir de camisa azul y guerrera
desfilando por la calle principal, si bien contaba tan solo con 7 años. Aquello
era cosa de su padre que quería estar bien visto por los vencedores, él que
había sido más rojo que los tomates. Su afición a la intelectualidad le vino en
la escuela: allí devoró con ansiedad los catecismos, la exaltación de espíritu
nacional y la historia manipulada de España que él creyó a pies juntillas. Los
Reyes Católicos crearon España, el liberalismo era malo porque le habían
quitado a la iglesia sus posesiones. Pero Perico comenzó a tener cierto
espíritu crítico, esa fuerza que en el espíritu asientan una buenas lecturas,
cada vez más amplias. Eso le llevó a una evolución en lo político que no tenía
parangón en Moharras.
De chico era nacional-sindicalista, de adolescente
nacional-católico y al llegar a la veintena creyó haber alcanzado el
pensamiento nacional-ateo, republicano-monárquico. Esto, que era difícil de
explicar en el bar, él lo tenía muy elaborado por escrito. Creía en una
república coronada como única forma de progreso para la humanidad. Además
pensaba que el rey debería ser el líder de los masones. Esto, por supuesto, no
lo confirmó nunca del todo en público, pero en sus memorias de ultratumba
(título por doquier original) afirmaba ser el creador de esta corriente de
pensamiento político. El carlismo también podría ser integrado dentro de una
masonería católica y apostólica. Sólo faltaría un casamiento entre el
pretendiente y la hija del presidente de la república, si es que la
había.
Estas ideas fenomenales, propias de un charlatán algo loco
de pueblo, hicieron de Perico un tipo singular, individualmente muy
querido y admirado por las jóvenes generaciones. Un auténtico filósofo de
pueblo. A cada idea que se le ocurría sucedía un nuevo texto que redactaba en
las frías noches manchegas. Todas sus ideas carecían de cualquier sentido
práctico. Eran barrabasadas, pero eso a él le daba igual y, además, no lo
sabía. Eran compendios de ideas que él fragmentaba para elaborar algo único...y
ridículo. Pero en Moharras era un semi-Dios. Era querido y respetado.
Llegó a crear una doctrina de pensamiento que bautizó como
Liberal-Cristo-Dialéctica. Nadie supo nunca a qué se refería con ello, pero le
servía para ganarse la admiración de los catetos analfabetos del bar de los
flacos. Una tarde, después del café y el chinchón, comenzó una partida de
dominó con el grupo. Allí pergeñó la teoría de los números singulares, que eran
ni más ni menos que los impares a partir del cincuenta. La llamó "nueva
doctrina matemático-realista. Matemáticas para pobres".
Todos estos trabajos llegaron a inundar su biblioteca e
incluso su casa. Eran escritos filosóficos, matemáticos, médicos, políticos,
religiosos, étnicos y de muchos otros tipos más. Su pensamiento se definiría a
partir de entonces como la "fragmentación de las ideas preconcebidas",
en sus propias palabras. Para entonces todo el pueblo lo tenía por un demente,
por un viejo loco, de pelos arremolinados y calva brillante, que había perdido
la chaveta haciendo la mili en melilla.
Y algo de razón llevaban porque fue allí donde Perico se cargó a un
soldado haciendo una guardia. Lo declararon loco y por eso volvió a la aldea
bajo tratamiento. Pudo así trabajar sin dar un palo al agua porque una pequeña
pensión cobraba, inventar, probar, insultar y hasta blasfemar contra el cura
sin ser detenido jamás. El sargento de la Guardia Civil reía como un descosido
cuando entraba en el bar anunciando a voces su nuevo descubrimiento que podía
ser o bien la nueva dialéctica de las bacterias o la cataplasma de luciérnagas
invisibles. Pero nadie se metía con él cuando se cagaba en la madre que parió
al Caudillo. Era el único libre, el único que hacía lo que le venía en
gana.
Sus ideas seccionadas, troceadas, daban lugar a nuevas teorías
absurdas que terminaron con una gran fogata. Puesto que un exacerbado síndrome
de Diógenes le había llevado a acumular todo tipo de objetos y libros antiguos:
máquinas de escribir enrrobinadas, bobinas de cine que su abuelo había tenido
guardadas en un corral y todo tipo de escritos que había conseguido acumular con
el tiempo, una tarde de invierno los chavales llamaron a su puerta y él,
siempre dispuesto a codearse con la chiquillada, abrió las portadas del caserón
y se desparramaron cientos de libros rotos y roídos por las ratas, mezclados
con basura y excrementos, hojas de papel que comenzaron su vuelo bajo la leve
brisa del anochecer. Un niño que llevaba un mechero prendió fuego
y, como si una gran pira impregnada de petróleo se tratase, todo comenzó a
arder sin control.
Perico vio como el fuego iba devorando su desastrada biblioteca,
penetrando las llamas al interior de la casa. Entonces cerró con llave el
portón y se dispuso a morir con sus escritos. Diez años después un solar vacío
en la calle Cantarranas era el único vestigio de la filosofía de Pedro De la
Nuez, el inventor, el ideólogo. Su memoria quedó incluso en cancioncillas que
las madres cantaban a los niños para dormirlos. El pueblo le dedicó una calle:
calle de Perico el ideólogo. De esta manera las generaciones recordaron a ese
loco filósofo de pueblo que leía mucho y pensaba más, un filósofo del
aislamiento y las partidas de dominó vespertinas, del carajillo dulce en las
duras y frías tardes de La Mancha.
imagen: www.desmotivaciones.com
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