martes, 1 de octubre de 2013

Fragmentación IV ( El ideólogo)

 

  Perico de la Nuez era un lector intelectual, un auténtico líder del pensamiento de su pueblo. En una ocasión llegó a dominar de tal manera la oratoria que en el bar de los flacos sonó un recordado aplauso de dos segundos de duración. Fue suficiente para él, había alcanzado el olimpo de ese micromundo que era la aldea de Moharras. Parecía imposible pero Perico había acumulado una gran biblioteca en la que no faltaban los grandes clásicos de su época: Cela, Malaparte, incluso Torrente Ballester con su saga-fuga y algunos escritos de Ridruejo y Emilio Romero. Superaba con creces a la biblioteca municipal. Era además muy aficionado al cine. Marisol, Joselito, las gemelas Pili y Mili figuraban entre las obras maestras de su vida, sin olvidar al inolvidable Pepe Isbert, paisano de todos ellos. Además había participado en los juegos florales de la diputación de 1953 y no había quedado mal del todo. Tercera mención honorífica por un poema en el que exaltaba las virtudes del Caudillo. Eran tiempos duros y Pedro, Perico, que creía ser masón no practicante exaltaba lo que hiciera falta para comer.

    En una ocasión llegó a vestir de camisa azul y guerrera desfilando por la calle principal, si bien contaba tan solo con 7 años. Aquello era cosa de su padre que quería estar bien visto por los vencedores, él que había sido más rojo que los tomates. Su afición a la intelectualidad le vino en la escuela: allí devoró con ansiedad los catecismos, la exaltación de espíritu nacional y la historia manipulada de España que él creyó a pies juntillas. Los Reyes Católicos crearon España, el liberalismo era malo porque le habían quitado a la iglesia sus posesiones. Pero Perico comenzó a tener cierto espíritu crítico, esa fuerza que en el espíritu asientan una buenas lecturas, cada vez más amplias. Eso le llevó a una evolución en lo político que no tenía parangón en Moharras.

   De chico era nacional-sindicalista, de adolescente nacional-católico y al llegar a la veintena creyó haber alcanzado el pensamiento nacional-ateo, republicano-monárquico. Esto, que era difícil de explicar en el bar, él lo tenía muy elaborado por escrito. Creía en una república coronada como única forma de progreso para la humanidad. Además pensaba que el rey debería ser el líder de los masones. Esto, por supuesto, no lo confirmó nunca del todo en público, pero en sus memorias de ultratumba (título por doquier original) afirmaba ser el creador de esta corriente de pensamiento político. El carlismo también podría ser integrado dentro de una masonería católica y apostólica. Sólo faltaría un casamiento entre el pretendiente y la hija del presidente de la república, si es que la había. 

   Estas ideas fenomenales, propias de un charlatán algo loco de  pueblo, hicieron de Perico un tipo singular, individualmente muy querido y admirado por las jóvenes generaciones. Un auténtico filósofo de pueblo. A cada idea que se le ocurría sucedía un nuevo texto que redactaba en las frías noches manchegas. Todas sus ideas carecían de cualquier sentido práctico. Eran barrabasadas, pero eso a él le daba igual y, además, no lo sabía. Eran compendios de ideas que él fragmentaba para elaborar algo único...y ridículo. Pero en Moharras era un semi-Dios. Era querido y respetado. 

  Llegó a crear una doctrina de pensamiento que bautizó como Liberal-Cristo-Dialéctica. Nadie supo nunca a qué se refería con ello, pero le servía para ganarse la admiración de los catetos analfabetos del bar de los flacos. Una tarde, después del café y el chinchón, comenzó una partida de dominó con el grupo. Allí pergeñó la teoría de los números singulares, que eran ni más ni menos que los impares a partir del cincuenta. La llamó "nueva doctrina matemático-realista. Matemáticas para pobres". 
   Todos estos trabajos llegaron a inundar su biblioteca e incluso su casa. Eran escritos filosóficos, matemáticos, médicos, políticos, religiosos, étnicos y de muchos otros tipos más. Su pensamiento se definiría a partir de entonces como la "fragmentación de las ideas preconcebidas", en sus propias palabras. Para entonces todo el pueblo lo tenía por un demente, por un viejo loco, de pelos arremolinados y calva brillante, que había perdido la chaveta haciendo la mili en melilla.

  Y algo de razón llevaban porque fue allí donde Perico se cargó a un soldado haciendo una guardia. Lo declararon loco y por eso volvió a la aldea bajo tratamiento. Pudo así trabajar sin dar un palo al agua porque una pequeña pensión cobraba, inventar, probar, insultar y hasta blasfemar contra el cura sin ser detenido jamás. El sargento de la Guardia Civil reía como un descosido cuando entraba en el bar anunciando a voces su nuevo descubrimiento que podía ser o bien la nueva dialéctica de las bacterias o la cataplasma de luciérnagas invisibles. Pero nadie se metía con él cuando se cagaba en la madre que parió al Caudillo. Era el único libre, el único que hacía lo que le venía en gana. 

   Sus ideas seccionadas, troceadas, daban lugar a nuevas teorías absurdas que terminaron con una gran fogata. Puesto que un exacerbado síndrome de Diógenes le había llevado a acumular todo tipo de objetos y libros antiguos: máquinas de escribir enrrobinadas, bobinas de cine que su abuelo había tenido guardadas en un corral y todo tipo de escritos que había conseguido acumular con el tiempo, una tarde de invierno los chavales llamaron a su puerta y él, siempre dispuesto a codearse con la chiquillada, abrió las portadas del caserón y se desparramaron cientos de libros rotos y roídos por las ratas, mezclados con basura y excrementos, hojas de papel que comenzaron su vuelo bajo la leve brisa del anochecer.   Un niño que llevaba un mechero prendió fuego y, como si una gran pira impregnada de petróleo se tratase, todo comenzó a arder sin control. 

  Perico vio como el fuego iba devorando su desastrada biblioteca, penetrando las llamas al interior de la casa. Entonces cerró con llave el portón y se dispuso a morir con sus escritos. Diez años después un solar vacío en la calle Cantarranas era el único vestigio de la filosofía de Pedro De la Nuez, el inventor, el ideólogo. Su memoria quedó incluso en cancioncillas que las madres cantaban a los niños para dormirlos. El pueblo le dedicó una calle: calle de Perico el ideólogo. De esta manera las generaciones recordaron a ese loco filósofo de pueblo que leía mucho y pensaba más, un filósofo del aislamiento y las partidas de dominó vespertinas, del carajillo dulce en las duras y frías tardes de La Mancha.

imagen: www.desmotivaciones.com

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