viernes, 25 de octubre de 2013

El terremoto




   Todos los días sacudían 4 o 5 terremotos en el corredor del instituto. Los provocados por la muchachada jovial e impetuosa cuando sonaba la música que marcaba el inicio y el fin, sobre todo el fin de la clase correspondiente. Pero además, entre las clases, se notaba un alargado temblor de tierra que notaba toda la comunidad escolar, con más intensidad los que estaban en la planta baja. Ese temblor cotidiano se debía al túnel ferroviario que atravesaba subterráneamente la avenida delantera, a la que la fachada del centro daba su cara principal. Puntual y maquinalmente un tren se adentraba en las tripas de la urbe reduciendo su escasa velocidad para evitar inconvenientes descarrilamientos. El túnel de bóveda de cañón, ennegrecido por el paso de los años y de los ferrocarriles a gasoil, servía de cobijo a horribles trolebuses sobre raíles, todavía no electrificados, que debían de detenerse en una vía muerta para dejar pasar al que iba en dirección opuesta. 

    Todos los días el reloj marcaba el paso de cada tren con un temblor en el suelo que se hubiera podido confundir con un pequeño terremoto, de unos 3 grados en la escala Richter. Era puntual y, por esta causa, nadie podía pensar que la tierra pudiera temblar desde mucho más adentro, desde sus entrañas más profundas, en las que albergaba un conjunto de fallas que friccionaban periódicamente evitando la acumulación desastrosa de una energía que podría provocar la ruina inminente.  Estos pequeños sismos, quasi imperceptibles, desplazaban los estratos más profundos sobre los que se asentaba la horadada ciudad muy lentamente, tanto que pequeñas grietas surgidas en los años sesenta apenas habían ensanchado su amenazante tamaño. Todo iba según lo previsto por los sismólogos, pequeñas descargas de adrenalina subterránea eran vitales para el conjunto de la comunidad.

   Todos los días los ciudadanos iban y venían maquinalmente desde sus hogares en altos edificios hasta las oficinas, dejando a los chiquillos en la puerta del instituto y olvidándose de ellos por unas cuantas horas. Ese maquinal trajín impedía que los ...tanos percibiesen siquiera el paso lento y cadencioso del terremoto horario que los trenes producían. Ni en sus peores pesadillas podían imaginar que la pequeña urbe de provincias estuviera a punto de derrumbarse. Para que todos ellos no sospecharan siquiera lo que se avecinaba, el fin de un modo de vida, de una civilización, se había producido en ellos un olvido general.  A primeras horas de la mañana olvidaban que tenían hijos, depositándolos como corderitos en el establo gigantesco de la mole de hormigón compartimentada en habitáculos llenos de pupitres. Después llegó el olvido general, una especie de epidemia que confundía un temblor de tierra con un terremoto brutal y sanguinario, que ni siquiera les hizo pensar que tenían hijos que recoger y que esos hijos podían estar ya muertos. Porque ese olvido general era también un conjunto de mezquindades personales, de egoísmos mundanos que casi inconscientemente les hizo huir despavoridos poco después de las diez de la mañana del 5 de Octubre de 20.... Antes de llegar a sus centros de trabajo sucedió el gran temblor. En sus coches notaron un primer zumbido sordo que repentinamente apagó los semáforos. Pensaron ingenuamente que era un rutinario e inconveniente corte de suministro. Pero a las diez y un minuto llegó la enorme sacudida que abrió en canal la gran avenida, destruyendo en pocos segundo el ancho paseo arbolado, engulléndolo vorazmente y dejando a derecha e izquierda de la calzada a los autos enfrentados a un abismo insondable y profundo, palpitante de lava roja, exhalando un terrible calor que empezaba a provocar vientos cada vez más acelerados y abrasantes. 

   Solo ese día los habitantes de la ciudad huyeron dejando a sus hijos morir, sin sentir ningún remordimiento, pues habían olvidado ser padres. En realidad ese olvido era primigenio, muy anterior a la época del gran cataclismo. Y aquel día, despavoridos, aceleraron sus coches intentando desviarse por calles diagonales y paralelas a la gran avenida y, con muchas dificultades, salieron por caminos y carreteras que comunicaban la ya casi ruinosa ciudad con las aldeas y pueblos de su término municipal. En unas horas ya no podrían volver a esa ciudad que era engullida por la grieta infernal por la que antes discurrían subterráneamente pequeños ferrocarriles de cercanías.

   Todos los días comenzaban su jornada en una nueva ciudad, amanecía y llevaban a sus nuevos hijos al instituto. No recordaban siquiera de dónde procedían, eran extraños, extranjeros sin patria. Tampoco recordaban que habían tenido otros hijos que habían muerto en el siniestro terremoto que sacudió a la primera ciudad, aquella ciudad de los temblores de tierras cotidianos, medidos en el tiempo, aquella lúgubre ciudad que, abierta en canal, dejó sus tripas humeantes plenas de vidas infantiles, abandonadas a su suerte por unos progenitores olividadizos, descuidados, que dejaron marchar su pasado bajo un terror pesado, bajo un enorme terremoto


*imagen: Chola Chacal, wikimedia commons

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