Tuvo que aprender a hablar y a escribir a la edad en que los niños están ya masturbándose desaforadamente. Esa gran desventaja le provocaba enormes padecimientos que agravaban su ya delicado estado de salud general. A los 12 años comenzó, tras una traumática rehabilitación, a caminar de manera más o menos estable, pero nunca jamás derecha. Siempre tuvo una pierna menos desarrollada que otra y una cojera permanente que era el hazmereir de la clase de séptimo de EGB. Allí se convirtió en el "collón" después de unir la primera sílaba de cojo y refundirla con su nombre castellanizado. Además su retraso educativo le hacía leer mal, con un ligero tartamudeo fruto de una pequeña parálisis en la lengua.
Pero John que, a pesar de su nombre, era español y vivía en un pueblecito del cantábrico, sintió pronto una atracción irrefrenable hacia lo desconocido. Le atraía sobremanera el universo y gracias a un regalo de su padre, pasaba buena parte de las noche oteando el cielo con su pequeño telescopio de juguete. Fue así como creyó intuir la llegada del final. Una noche de verano, después de haber hecho parte de los deberes de Vacaciones Santillana, de haber olfateado una vez más, cual drogadicto, el sabroso olor de los libros nuevos, se alzó al tejado de la casona de piedra. Había allí arriba una especie de balconada interna, encima de la bajante del tejado que daba al corral interior. El pueblo estaba casi en total oscuridad y el cielo estaba raso y diáfano, como corresponde a esas noches de verano límpias de nubosidad, algo difícil de lograr en esas latitudes.
El frío era también cortante puesto que una célula de aire fresco se había colado en la región desde el atlántico. Entonces, concretamente a las 23 horas John lo vió: descubrió el secreto de la Vía Láctea: su inminente final. Solo que un final que podía durar un millón de años. Pero el pequeño no sabía de esas cronologías y pensó que era inminente, cuestión de horas, todo ello un apremio. Aquello le angustió mucho porque pensó que jamás podría llegar a conocer todos los secretos que la naturaleza y la vida en sociedad nos revela con el paso de las décadas, con el envejecimiento progresivo de nuestras células. Lloró mucho, sufrió lo indecible pero el secreto que solo él creía conocer le aprisionaba el estómago. No pudo comer durante muchos días, apenas algunas papillas y líquidos para sobrellevar la ansiedad que se apoderó se sus entrañas y evitar la deshidratación. Saturnino, el médico del pueblo ya no sabía que hacer. Su familia no entendía lo que le pasaba, pero John C. supo a partir de aquella noche de observaciones aéreas el gran secreto que, en su ingenuidad inmadura, pensaba que solo a él le había sido dado a conocer: no quería revelar a nadie que todo principio tiene un final y que lo que ha sido creado debe ser asimismo destruido.
* imagen: pinceladasdepsicología.com
El frío era también cortante puesto que una célula de aire fresco se había colado en la región desde el atlántico. Entonces, concretamente a las 23 horas John lo vió: descubrió el secreto de la Vía Láctea: su inminente final. Solo que un final que podía durar un millón de años. Pero el pequeño no sabía de esas cronologías y pensó que era inminente, cuestión de horas, todo ello un apremio. Aquello le angustió mucho porque pensó que jamás podría llegar a conocer todos los secretos que la naturaleza y la vida en sociedad nos revela con el paso de las décadas, con el envejecimiento progresivo de nuestras células. Lloró mucho, sufrió lo indecible pero el secreto que solo él creía conocer le aprisionaba el estómago. No pudo comer durante muchos días, apenas algunas papillas y líquidos para sobrellevar la ansiedad que se apoderó se sus entrañas y evitar la deshidratación. Saturnino, el médico del pueblo ya no sabía que hacer. Su familia no entendía lo que le pasaba, pero John C. supo a partir de aquella noche de observaciones aéreas el gran secreto que, en su ingenuidad inmadura, pensaba que solo a él le había sido dado a conocer: no quería revelar a nadie que todo principio tiene un final y que lo que ha sido creado debe ser asimismo destruido.
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