viernes, 15 de noviembre de 2013

El postre del gato

 
Aquella mañana dentro del apartamento desde el que se visualizaba a la perfección English Bay había un olor insoportable y nauseabundo. Un cadáver yacía en el suelo de una habitación cuando la señorita Martha llegó a su hora para limpiar. Era el dueño y único habitante de esa morada. Un joven y atractivo yuppie al que ya habían echado de menos en la oficina de un pequeño banco de inversión. Su masa encefálica se encontraba adosada en gran medida a la pared en la que se encontraba la ventana que daba a la bahía y que estaba también repleta de salpicaduras de sangre. Sin embargo, cuando la policía forense llegó algo llamó la atención de los investigadores: había muchas manchas de sangre en las paredes, es cierto, y trozos de sesos por doquier pero no en el suelo. No, nada había, justo allí donde se encontraba tirado el fiambre. Y algo que después de realizadas todas las operaciones de recogida de evidencias científicas se comentó en la unidad de criminología forense: faltaba cerebro. Aunque esta circunstancia no acabó siendo reflejada en el informe final, el inspector McEvoy no dejó de ponerlo de relieve en la reunión que, tres días después, tuvo con sus subalternos tras el asqueroso café de máquina que se tomaba todas las mañanas cuando llegaba al  trabajo. ¿Quién estaría tan enfermo para, después de descubrir  al joven ejecutivo inerte, pálido, con un tiro en la cabeza, recoger parte de los sesos desperdigados y llevarselos como un trofeo a su casa?. Lo cierto es que nadie en la oficina acertó aquel día a dar con la clave.


 De la investigación concienzuda se dedujo que el joven había muerto de un solo disparo y que lo más probable es que se tratase de un suicidio. Pero nadie se podía imaginar que ese suicidio tenía un responsable macabro, un vil asesino del que la policía jamás tendría noticia. Un crimen que jamás se resolvería y un delincuente que jamás podría ser imputado. Yendo unos meses hacia atrás vemos a una persona tomando un gin-tonic con una atractiva chica en la terraza de un pub irlandés. Ella tiene una caja entre sus piernas y dentro de ella hay un pequeño gatito blanco. Este procede de una camada más amplia de una gata que la chica tenía en su casa de campo. Ella había puesto unos carteles en diversas farolas de la ciudad para deshacerse de tan inmensa prole. Una mañana un joven había llamado por teléfono y ella había acudido a la cita con el gatito en una caja. Después ambos habían continuado con la amistad y ella había frecuentado su círculo de amistades pero había una cosa que ambos compartieron desde el primer momento. El gato.

      Los dos jóvenes se hicieron pronto amantes y mientras llevaban a cabo su juego diario el pequeño gatito observaba incrédulo la actuación. Sabemos que los animales carecen de conciencia, pero también sabemos que pueden albergar algunos sentimientos primarios que quizás no son capaces de controlar. Entre ellos se encuentran los celos. Así, vemos como ciertos felinos superiores son capaces de rechazar a una cría o devorarla sin piedad. Desconocemos bien el mecanismo mental que conduce a este crimen pero lo cierto es que el gatito, tan chiquitín como era, comenzó a sentir algo en su interior que no podemos describir adecuadamente puesto que la psiquiatría no ha abordado todavía una especialización ligada a la veterinaria. Si hubiese sido un niño o un joven diríamos que tenía celos, unos celos ardientes del joven ejecutivo. Porque, en el fondo, la pequeña cría, separada tempranamente de su madre, había tomado a al joven y delgada mujer como a su verdadera madre. Viéndola gemir y gritar encima de la cama o en el sofá del salón, pensaba en su interior que algo malo le estaba pasando y que el responsable era ese individuo al que apenas conocía. 

    Poco a poco el felino casi insignificante comenzó a albergar, no se sabe muy bien porqué, un sentimiento más elaborado. Sin ser consciente de ello, alguna fuerza extraña y ajena a él vio la oportunidad maléfica de perpetrar algo malvado, siniestro, que atrapara para su redil una alma descarriada, pecadora, ominosa. Así, lo desconocido se apoderó del gato. Ciertamente el joven observó con preocupación la agresividad del pequeño gatito: prácticamente no lo podía ni acariciar, enseguida mostraba sus afiladas garras y sus pequeños dientes de leche, amenazante siempre. La cuestión es que cuando ella llegaba a la casa él tenía las manos y los brazos llenos de arañazos, cada día más profundos. Mientras ella permanecía en el pisito y después de hacer el amor, fumando y mirando la profunda bahía, el pequeño gato se acurrucaba en una esquina de la pequeña habitación, maquinando su cruel venganza.

   Una mañana el joven despertó sobresaltado y sudoroso en la cama. Había tenido una sucia pesadilla, unas imágenes de sangre y violencia le habían hecho despertar sobresaltado. Y el susto no quedó ahí. Encendió la luz y el gato, erizado y como poseído de una fuerza demoníaca, se lanzó sobre su cara como si fuese un enorme imán y la cabeza del él contuviera enormes cantidades de metal. A duras penas logró el muchacho desprenderse de la gatuna forma. Tuvo que arrancarse parte de su propia piel y lanzar con todas sus fuerzas al diablo hecho gato contra la pared lateral, quedando este semi-incosciente. Cuando se miró al espejo vio con horror que su rostro había quedado abruptamente deformado, alterado, manipulado, lleno de arañazos de gran profundidad, cual marcas de cuchillo. Una pestaña había sido arrancada y el ojo quedaba, en parte, al descubierto. El horror se apoderó del joven que acudió rápido al hospital más cercano. Allí hubo de ser operado de urgencia en la unidad de cirugía estética. Sin embargo, aquellas marcas, aquellas huellas del mal, quedarían inalterables en su imagen. Y lo peor fue que la que más quería, esa joven que había entrado en su vida por un anuncio de publicidad, y de la que se había enamorado como un chiquillo, que le proporcionaba los momentos más alegres de su dura existencia, que había conseguido apartarlo de la depresión nerviosa por la que había estado ingresado en un sanatorio psiquiátrico durante un mes, comenzó a esquivarlo. 

   La joven sentía repulsión por ese rostro demacrado y pronto dejó de lado la relación. El ojo derecho del chico no podía cerrarse del todo, faltaba piel. Dos grandes cicatrices que partían, una de la oreja derecha y otra del pómulo izquierdo, atravesaban la cara. Una cara que ciertamente era ahora absolutamente desagradable e incluso asquerosa. De hecho comenzó a evitar a sus amigos y a sus más íntimos colaboradores en el trabajo. Después de unos días de baja médica acudió a la oficina y notó claramente como los que antes le admiraban por su vitalidad y belleza en las facciones, ahora lo evitaban. Incluso las mujeres que con el trabajaban dejaron de saludarlo. No tardó en esta situación de regresar a la profunda depresión. Así, una noche de insomnio, dolorido todavía por las marcas funestas que el gato había proporcionado a su cara, tomó la decisión más importante de su vida. Nadie quería ya quedar con él, sus pocos amigos no le llamaban, su novia, su amante, lo había repudiado. Ni siquiera le cogía ya el teléfono. En el trabajo todos le decían que debía operarse, reconstruirse ese párpado extirpado por las uñas del felino. Pero su ánimo estaba más que decaído. No se lo pensó dos veces: cogió una pistola que tenía guardada en la parte superior de un mueble y se quitó la vida de un balazo en la frente.

    En un último momento de lucidez, todavía vivo sobre la moqueta marrón, observó con terror como el pequeño gatito se acercaba a su rostro y se encaramaba a su cabeza. La sangre que brotaba por el agujero frontal y, sobre todo por el occipital, inundaba el suelo y buena parte de la masa encefálica que había salido por la parte posterior estaba desparramada por el tapiz que cubría su habitación. Fue entonces cuando, a punto de exhalar, giró su cabeza y pudo vislumbrar el verdadero rostro del gato. Este comenzó a devorar salvajemente los sesos y a lamer la sangre de una manera demoníaca. Entonces el joven corredor de bolsa supo que todo había sido un plan urdido por el maligno, que el gato no era más que un juguete, un instrumento que había perpetrado y precipitado su suicidio y que su destino estaba ya escrito, que su alma sería rápidamente atrapada y lanzada a sufrir los suplicios de Dante. 

   Dos días después el olor llegaba hasta el corredor que conducía a su apartamento. Un viejo vecino que estaba sordo reconoció el olor de la muerte. Llamó de inmediato a la policía que precisamente ya había sido informada de la ausencia al trabajo del muchacho unas horas antes. Minutos después la señorita Martha accedía con su llave de forma rutinaria, a su hora habitual de los martes, las 9 de la mañana. El fétido olor la alarmo  y rápidamente su estado nervioso declinó como si bajara una pronunciada rampa.  Fue ella la primera que descubrió el macabro hallazgo. La policía accedió en pocos minutos al hogar. Allí, el comisario McEvoy y sus subalternos policías atendieron rutinariamente un sencillo caso de suicidio. Caso cerrado. Pero, como dijimos al principio, el comisario no quedó del todo satisfecho. Algo había llamado su atención: había poca materia....poca materia.

  Mientras tanto un pequeño gato que había salido a escape de la casa cuando la señorita Martha penetró en el domicilio había devorado su diabólico postre. Esa maléfica posesión que había logrado extirpar del joven lo que más apreciaba, su alma, había marchado ya hacia su lejana morada. Y el pequeño gato, en la calle, todavía paladeaba su manjar, esa materia gris repleta de nervios rojos que le permitió subsistir un par de días antes de morir de inanición. 

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