martes, 12 de noviembre de 2013

La necesidad





 

 El amargo sabor de la recesión, esa que nadie ha llegado nunca a conocer fielmente, que jamás ha tratado o, al menos, no se ha tomado un café con ella en el bar de la esquina de Don Margarito, llegó sin avisar un día de invierno de finales de aquella década a la pequeña localidad de Villanueva. Era nuestro pueblo un lugar agradable pero frío, de bella y singular arquitectura, aunque un tanto deslabazada por el paso de los siglos. Había sido una ciudad renacentista y barroca y ahora era una ciudad moderna pero que conservaba en su interior algunas joyas de su magnífico pasado, esas que los ávidos turistas gustaban de malgastar.

   Cierto es que esa compañera de viaje había aparecido por allí en diversas y numerosas ocasiones. Los más viejos del lugar la habían saboreado durante décadas y hasta las gachas de harina eran más desagradables en su compañía. En realidad solo los más jóvenes ignoraban su rostro, su auténtica faz. Habían oído a los más viejos hablar en comidas y reuniones de taberna de su peligro, de su ingratitud. Pero jamás imaginaron que las necesidades más primarias del Ser Humano fueran a quedar sin abastecer por culpa de esa señora desagradecida. Así sucedió, de la noche a la mañana, que la mayoría de villanos comenzaron a percibir que ya no podían acceder a esas necesidades: la vivienda, el calor del hogar, las tres comidas principales, al menos ya no tan suculentas como antes, el sexo, al que habían tenido que renunciar muchos que lo buscaban furtivamente fuera de sus casas, en lugares de lenocinio y, por supuesto, el sueño, ese sueño que ahora era más ligero que nunca y que ya no permitía imaginar cosas bonitas, paisajes idílicos, futuros ignotos de grandeza. A lo más que llegaban ahora estos pobres desgraciados era a barruntar una especie de pesadilla que jamás terminaba.

   De esta manera, en escaso tiempo, como si de una epidemia de cólera morbo se tratase, muchos comenzaron a pedir a sus convecinos en las plazas y plazuelas, en los soportales de la Plaza Mayor o en los portones de las principales instituciones de la localidad, incluso en el enorme portón de la iglesia que permanecía cerrada por peligro de derrumbamiento. Había que jugarse el tipo por unas tristes monedas. La recesión era terrible, mayor incluso que la que acaeció nada más terminar la guerra, si bien aquella había sido silenciada a golpes de bayoneta, en las tapias del cementerio. Muchos de nuestros convencinos tenían todavía alguna esperanza a la que agarrarse. Consistía la misma en una serie de pólizas de seguro que habían contraído en tiempos de bonanza  y que, religiosamente habían ido abonando a los bolsillos inasciables de los grandes empresarios del país, esos que habían huído con sus dineros a mejores paraísos. Pero, sin embargo, muchos de esos seguros eran de vida o de invalidez permanente. Su descubrimiento o, mejor dicho, su redescubrimiento (puesto que muchos lo tenían en un sucio cajón olvidado) propició una avidez por la lectura minúscula y las lupas de las tiendas de chinos se agotaron: todos querían leer esas letras que jamás se habían parado a mirar con detenimiento.

   Ese afán por la lectura escondía el ansia por satisfacer aquellas necesidades básicas que muchos ya añoraban después de unas cuantas semanas. Por de pronto descubrieron que suculentas indemnizaciones llegarían como el maná a su hogares si sufrían accidentes con graves secuelas. De esta manera se fueron organizando en el pueblo, casi a escondidas, sin que las autoridades ni la policía se percatase, para inflingirse graves heridas que les permitieran recibir algo de dinero con el que sobrevivir en un medio extremadamente agresivo, como aquel ministro había dicho respecto a la reforma laboral. Primero fueron los automóviles. En poco tiempo chocaron muchos vehículos en las más escondidas y poco transitadas esquinas, esas que no tenían un ceda el paso o un espejito convexo de seguridad. Era la excusa perfecta. Pero pronto vieron que no era suficiente. Si querían vivir bien, aunque fuera mediante estas pequeñas corruptelas, necesarias para una sociedad que había sido esquilmada en gravísimos crímenes de corrupción política, como devolviendo de alguna manera ( no había otra forma de protesta más eficaz) un robo chiquitín por otro gigantesco, debían poner en marcha las claúsulas infernales de las pólizas de seguro. 

   Pronto comenzaron a aparecer daños graves en los sistemas de canalización de los campos de cultivo, roturas de cañerías en las viviendas, bajantes agujereadas, cristaleras rotas por arte de birlibirloque, muebles bufados en su interior por repentinos accidentes con el agua. Todo ello podía ser normal pero algo hacía sospechar a las autoridades: la frecuencia. Era casi imposible que todo este cúmulo de desgracias sucediera en tan poco tiempo. Y sin embargo, después de arduas investigaciones, nada se concluyó: simplemente estaban ocurriendo accidentes. 

  De igual manera que las autoridades no habían sabido predecir ni solventar la llegada de la maldita recesión, ahora los vecinos, en comandita o sin ella, provocaban, a sabiendas, la ruína de las aseguradoras y de la administración que tantos años les había estado robando. Era una venganza y una forma de superviviencia. Pero, no nos llamemos a engaño, todo esto era nada más que calderilla para pasar la semana. Había que dar un nuevo paso adelante si se quería sobrevivir y satisfacer aquellas necesidades que ahora esa mala víbora a la que ellos no habían llamado se estaba encargando de arrebatarles. 

   Tres meses después de la aparición de esa mala puta, tuvieron que tomar medidas más extremas si cabe. Fue de aquella manera como Villanueva se convirtió en un pueblo de tullidos, de inválidos, con una densidad desorbitante de graves accidentados. Por doquier aparecían en fábricas o en las tareas del campo mutilaciones de dedos y manos, de pies y piernas. Era como una plaga que nadie sabía como detener. El número de cojos alcanzó cotas inasumibles en una sociedad avanzada y a alguien arriba, en aquellas esferas del poder inalcanzables para el común de los mortales, se le encenció una bombillita de sentido común: estos villanos son unos sinvergüenzas, decían. Se están mutilando como forma de protesta y hay que acabar con ello, llegó a decir el subdirector del ministerio al subsecretario del mismo. Están poniendo en riesgo al sistema financiero, a las aseguradoras y a los bancos. Hay que parar esta sangría.
  
   Pero nada pudieron hacer: seguían apareciendo mulitalciones ocasionales, ya fuera con el cuchillo jamonero, en casa, intentando cortar una rebanada de pan para añadirle algo de aceite que restaba en la redoma, puesto que del jamón no se habían tenido noticias desde hacía semanas por el lugar, ya fuera con la cosechadora en el campo, por accidente que dejaba a más de uno sin pies ni manos. Más tarde la epidemia pasó a mayores con la aparición de hemiplejias y tetraplejias de gran calado, después de accidentes de circulación, ya fuera en los alrededores del pueblecito como en el propio casco urbano. Accidentes de tal gravedad que en una mañana, la del 26 de febrero, segó decenas de vidas inocentes dejando en silla de ruedas a más de 14 paisanos. 

   Era la desesperación llevada al máximo extremo de la negación de la dignidad del Ser Humano. Habían perdido la esperanza porque se la habían robado y no eran capaces ya, después de años de ignominia, de pensar que más valía vivir sin dinero que sin extremidades. Pero esas paparruchas a ellos no les detenía. Tras aquella mañana de accidentes concatenados y, más tarde también, con la aparición de salvajes actos de vandalismo precocinado, las autoridades decretaron el estado de emergencia, impidiendo a todos salir de sus casas. 
   De esta manera, en pocos días, comenzaron a producirse suicidios camuflados como accidentes. Así las familias de estos desventurados personajes, cobraban la prima del seguro, única forma de poder alimentar a sus hijos. Muchos salieron expelidos por los balcones, otros se abrieron las venas y los más sagaces incendiaron sus casas, pereciendo muchos en su interior. Pero al menos, la esperanza llegó a Villanueva: por un incendio, 10.000 euros; por una vida 50.000 euros. Así, con su sacrificio vital, lograron aquellos mártires de la recesión, sacar adelante a sus familias. Muchos, después de cobrar, huyeron sin mirar atrás y se juraron cual pacto sagrado no regresar más a aquel lugar infectado por la peste de la recesión. Una esperanza comenzó a correr por sus venas. Una ilusión de libertad y de progreso que contenía en sí misma el necesario olvido de los horrores sufridos cundió en ellos lejos de aquel lugar de espanto.

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